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UNA FLOR PARA EVANGELINA ROGRIGUEZ (¿1879?-1947)

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                               Capítulo XIII

                              (Novela-Histórica)

                  Por :Bernot Berry Martínez    (bloguero) 

 

Dra. Evangelina Rodríguez

    Afirma el escritor Antonio Zaglul que a Evangelina Rodríguez  la  encontraron  desmayada en una carretera del Este, siendo conducida a la vivienda de sus familiares, en la calle Rafael Deligne, y que dos días después, el 11 de Enero de 1947, a la una de la tarde, falleció de inanición. Asevera bien al comentar que su muerte es una enorme incongruencia, pues nuestra primera médica, quien tanto combatió y se sacrificó para que los pobres no expiraran de hambre --¡vaya sorpresa de la vida!--, murió por falta de alimentarse. Sí, feneció de necesidad, expulsada como leprosa del pueblo que tanto socorrió. Y sucedió de esa manera debido a que así lo anhelaban sus poderosos enemigos, unos enanos mentales que no llegaron a comprender a esa fémina de altísima intelectualidad. Es más, todavía sus ideas y principios, a tantos años de haber expirado, les quedan grandes a curas, pastores, muchos ricos, como también a supuestos resentidos letrados, cadáveres sociales que apoyaron la tiranía demencial de Rafael L. Trujillo Molina. Es por motivo de estos últimos que determinadas personas pensantes con frecuencia se interrogan: ¿Cómo estos cultos individuos, sentados a la mesa de sus acomodadas moradas, pudieron observar a sus hijos ingiriendo un alimento manchado con la sangre de tantos patriotas? Por consiguiente, tiene bastante lógica esa explicación de que numerosos de sus vástagos, ya jóvenes, estudiando en la única Universidad de entonces, la USD, repudiaron cuanto efectuaron sus progenitores, ya que sus conciencias se hallaban muy adoloridas y deberían demostrar que eran sus contrarios. Cierto, se encontraban emocionalmente heridos por el popular índice acusador, refugiándose en el clandestino y heroico Movimiento 14 de Junio, dirigido por el héroe Manuel Tavárez Justo. Pero pronto la mayoría se apartó de esa Organización cuando consideraron que muchos de sus principales dirigentes eran nacionalistas de la izquierda revolucionaria. Por eso, inmensos oportunistas afines a sus padres, cumpliéndose la genética, buscando protección a sus bienes, de igual modo a sus parientes, con bastante ardor se inscribieron en el denominado PRD, dirigido por el socialdemócrata Juan Bosch. Cierto, se cobijaron en esa Institución escalando con prontitud ciertas posiciones cimeras, manteniéndolas durante años, traicionando con los años al fundador dirigente, uno de los magnos Latinoamericanos del Siglo XX, tanto en Política como en Literatura. Y es que nuestros campesinos siempre lo han manifestado: “El perro huevero, aunque le quemen el hocico”...        

    Lo siguiente se sugiere con gran firmeza: contra los malignos sujetos que tanto daño le ocasionaron a la quizá más extraordinaria mujer nacida en Dominicana, Andrea Evangelina Rodríguez Perozo,”Lilina”, nos unimos para vociferar a los vientos del mundo: ¡Mil veces malditas sean sus memorias!”                                       

    De acuerdo al distinguido Dr. Zaglul Elmúdeci, nuestra destacada educadora-médica, luchadora por los humildes, murió en la casa ya mencionada. En la misma, con el paso del tiempo, funcionaría la denominada “Funeraria Martínez”.      

    Por todo Macorís se esparció rápidamente la noticia acerca de su defunción. Y por esa causa pudo ser que algunos recordaron que ella había amparado en demasía a sus coterráneos, además a numerosos del país, incluyendo hasta de lejanas naciones. Sus servicios de educación y medicina los prestó con fervorosa devoción y amor. Andrea fue una heroína  del Humanismo. Prácticamente se quitaba el pan de su boca para dársela al hambriento. Fue gran amante de la niñez.              

    Supe que nunca se había percibido tan triste y solitario el siempre sombrío Macorís, que durante aquella tarde del entierro de la Dra. Rodríguez. Aseguran que un ambiente pesaroso lo dominaba, que el firmamento se notaba abatido y grisáceo. “La Lechuza”, temible carruaje tirado por fornido caballo, se aproximó con lentitud a la vivienda mortuoria. Vino a llevarse el cadáver. Estaba conducido por un personaje alto, vestido completamente de negro, de tétrico aspecto, con largo sombrero pardo y pañuelo rojo sujeto al cuello. Era un decente señor de Miramar, y le apodaban ‘El Barón’. Los poquísimos concurrentes que allí estaban se estremecieron con su estrafalaria figura. 

    Cuentan que por el contorno comenzó a escucharse con claridad, a intervalo de segundos, una persistente y melancólica tonada de una tórtola. El ave no se veía por parte, pero trajo mayor angustia a los asistentes, ya que ese constante canto es muy penoso, aflige muchísimo a quienes lo perciben.                                                                    

    Un baratísimo ataúd gris --tal vez dado por la Sanidad--, cargado con prontitud por unos vecinos, fue sacado de la residencia y entrado al vehículo funerario, moviéndose de inmediato el corcel, algo inquieto. Era impactante el momento. Por un instante los presentes creyeron que el animoso jamelgo partiría con rapidez, dejándolos boquiabiertos, perdiéndose presuroso cual lo ejecutaba con relativa frecuencia. Sin embargo, el cochero del estirado sombrero --prenda que utilizaba para ocasiones de cortejo sosegado--, logró tranquilizarlo, vociferándole ciertos gritos enigmáticos, haciendo que los asistentes se miraran asombrados. Poco después el conductor puso al caballo en marcha despacioso, pausado.   

    Escasas personas, algunas relacionadas al magisterio, empezaron a caminar detrás del coche mortuorio. De igual manera lo fue haciendo la triste tonada de la tórtola, pájaro que nadie aún había contemplado. Como ya se informó, ese canto se clavaba hondo entre los sentidos, agobiando a quienes lo escuchaban. Igualmente, a unos veinte metros del cortejo, unos intimidantes individuos, ingiriendo ron, pasándose la botella, con visibles revólveres entre sus cinturones, seguían al entierro: eran los insignificantes caleses, los que ni después de muerta dejaban en paz a la Dra. Rodríguez. 

    Se  confirmó  que  la  difunta no sería llevada a ninguna Iglesia. Es  que  se hallaba  muy divulgado que Evangelina no creía en curas ni en otros religiosos, no era dogmática, sino una verdadera libre pensadora, volando de forma similar a las tijeretas. Además, previamente se había averiguado que en el templo católico no permitirían la entrada de su cadáver. Se supo que un grupo de beatas, junto a monaguillos con cruces y gorditos infantes con grandes velas blancas, dirigidos por un barbudo sacerdote, se encontraban en vigilancia extrema con la finalidad de impedirlo “en el nombre de Jesús”. 

    Dicen que la extinta fue llevada directamente al camposanto de Villa Providencia. Mientras era trasladada hacia allá, por donde fue pasando ‘La Lechuza’ se apreció un intenso silencio, quebrado sólo por el triste y perseverante canto del pájaro. Incluso no había personas en las calles, así lo advirtieron y comentarían aquellos que acompañaron al luctuoso carruaje...        

    Un tiempo atrás, durante preciosa tarde crepuscular, por el Muro de Contención, finalizando el balague rato, los caleses todavía en su incesante acecho, me comunicó un extraño hombre relacionado con el ocultismo (era bajetón, unos catorce años mayor que yo), que por ahí por el 1947, un anciano místico, tal vez por agradecimiento o porque le tomó simpatías por ser un joven esotérico, le dejó varias importantes notas, algunas relacionadas al sepelio de la educadora-médica, Dra. Rodríguez. Me expresó que las conservaba en un frasco bien tapado, de arcilla, y que con gusto podría enseñármelas pues de seguro me podrían interesar, pudiéndolas utilizar en algún futuro trabajo. Lo cierto fue que su ofrecimiento me intrigó. Por eso, a consecuencia de mirarlo tan tranquilo, con sus ojos calmados --intuí que no estaba perturbado mentalmente--, decidí seguirle a su cuartucho al decirme que no se encontraba lejos de allí, pues consideré: “¡qué carajo, el que no indaga no puede averiguar nada!”. Llegamos a donde vivía. Enseguida me trajo un antiguo frasco de color marrón, en donde guardaba las mencionadas referencias. Noté que estaban perfectamente conservadas, algo amarillentas por los años. Advertí que se hallaban escritas en tinta. Traté de leer un par de ellas, sin que el señor me quitara la vista. Distinguí que su autor tenía un excelente dominio de la escritura, también una hermosa caligrafía, igualmente una amplia cultura. Poseía un modo excelente de narrar, sencillo, comprendiéndolo totalmente. Al interesarme su contenido, el enigmático señor sonrió con amplitud, aconsejándome que las agrupara y organizara, pasándolas a maquinilla. Me indicó que le sacara una copia para él conservarla, quedándome con el original, pero que le devolviera la botella con todas las anotaciones. Eso sí, me pidió ser en extremo discreto con las mismas, ya que habían pertenecido a un hombre de grandioso honor, a quien admiró en exceso, recordándolo con insistencia. Su ofrecimiento me era muy conveniente, de esa manera lo entreví. Bueno, estaba claro que podía hacer cuanto me pidió, con eso no tendría problema, sino lo contrario. Y le prometí pasarlo pronto a máquina, como también tener gran discreción con ellas, sin enseñárselas a nadie, manteniéndome callado.     

    Nos despedimos con un apretón de manos, dándome cuenta que había sinceridad en su sonrisa. Me pareció que era un hombre honesto, sintiéndome honrado por haberme escogido para examinar esas anotaciones que hablaban sobre el sepelio de la admirable Evangelina Rodríguez. Emocionado, envuelto entre una funda negra, me llevé el envase con los manuscritos. Recuerdo que lo cargaba con delicadeza, cual si fuera un tesoro. Ahora bien, me manifesté que debía de cumplir con dicho pacto, no comentándolo con nadie. Bueno, siempre he cumplido con esa ética: jamás he revelado absolutamente nada acerca de cualquier asunto contado, al menos que me lo permitan. Quizá por ese motivo es que ciertas personas me refieren increíbles cosas, haciendo que algunas personas piensen que son de nuestra imaginación.  

    Y fui ordenando las notas de acuerdo a como su desconocido autor las fue fechando. Eran muchas. Por eso salió un largo trabajo. Cavilé que lo había efectuado bien. Y en grisáceo atardecer le llevé su duplicado de varias páginas, asimismo las notas entre su frasco. Él habitaba en una pequeña vivienda no lejos del Río Macorix (Higuamo) Por suerte le hallé, entregándole sus cosas. Aquel señor escrutó con interés la copia del documento, volteando hojas, leyendo varias líneas deprisa. Vislumbré que quedó satisfecho. Me dio las gracias en tanto su rostro se iluminaba con una franca sonrisa. Le aseveré que el original, como me sugirió, lo archivé para utilizarlo en caso de presentarse alguna importante ocasión con referencia a tan loable doctora. Y él, contemplándome un instante, tal vez escudriñando mis emociones, me confirmó encontrarse de acuerdo. Expresó que más tarde lo leería en forma despaciosa, para  recordar asuntos pasados.  

    Con el paso de los años ya no me acordaba de aquel trabajo que había transferido a máquina, conservado entre un bultico junto a otros. Y aunque de cuando en vez el misterioso señor y yo nos encontrábamos por el Muro admirando algún bello atardecer (“Ningún crepúsculo es similar”, decía con espléndida sonrisa), no conversábamos acerca de aquellas notas. Empero, los ocultistas afirman “que todo cuanto existe le llega su momento para lo cual fue constituido“. Y eso fue cuanto sucedió. Al memorizar el escrito guardado, pensé que le llegó el instante de sacarlo del bolso y utilizarlo en cuanto estaba efectuando con dificultad. ¿Y por qué? Bueno, a consecuencia de que me había decidido redactar un trabajo sobre Evangelina Rodríguez, consideré que aquel valiosísimo testimonio del anciano podía emplearlo, dándole a la narración mayor afectación. Y me apersoné donde el señor a pedirle su autorización, ya que anhelaba usarlo en tan espinoso proyecto. Él sonrió con esa franqueza que poseen los buenos hombres. Claro, él era un avanzado esotérico, quizás hasta ya lo aguardaba. Me insinuó con franqueza que lo podía usar en esa aspiración, mas, con nobleza me solicitó que no pusiera su apelativo y menos el del místico relatador, porque a ellos no les agrada el protagonismo, llamar la atención, vender imagen, señalándome que eso les hace disminuir su grandeza espiritual, descendiendo en la escala. Empero, sin entender cuanto me indicó, le prometí no colocar sus nombres. Es que la verdadera ética así lo exige. Si una persona no lo quiere, hay que respetárselo, es su derecho. Y por eso me sonrió, creyendo en un compromiso no cumplido, dando ya por certeza esa promesa. Además, soy pésimo recordando apelativos, esencialmente si no los anoto. A veces nos veíamos cerca del río y de veras no memorizaba el suyo, lo cual me disgustaba pues él recordaba muy bien el mío. Nos saludábamos con respeto, dialogando sobre numerosas cuestiones, incluso de cuanto me hallaba escribiendo. Le prometí regalarle un ejemplar con su respectiva dedicatoria si lograba alcanzar la hazaña de publicarlo, algo difícil para mí de conquistar. Es que lo positivo se me hace con frecuencia inalcanzable, aunque siempre consigo cuanto anhelo, ya que soy muy perseverante.  

    Poniéndome la diestra en mi hombro me aseguró: “¡Aunque los cizañeros te hacen la vida difícil, lograrás editarlo, tenlo por seguro!” Sus palabras me dieron esa fortaleza para continuar esforzándome con más devoción hasta alcanzar la cima.      

    Formuló algo que yo conocía bastante bien. Y es que algunos macorisanos son muy apasionados en lisonjear a los acaudalados. Afirmó que Macorís es un pueblo donde por generaciones han imperado familias enteras de calieses y caliesas, existiendo en todos los gobiernos, aseverándome que lo llevan en la sangre, es algo genético. Dijo que a esas viles estirpes les complace, como si fuera su alimento esencial con el cual sobreviven, efectuar tan denigrante tarea. Me indicó que son letrinas andantes, personas sin sentimientos, capaces de cualquier vil asunto. Quizá por eso me aconsejó confiar más en la suspicacia, pues en ésta se encuentra el germen triunfar de toda noble apetencia, dejando atrás el negativismo.   

    Formuló que ciertos tipos adinerados, sin importar donde residan, les hacen la vida problemática a quienes no los ensalzan. Y como hay personas que no adulan, que aspiran existir en libertad, aman ser republicanos y demócratas, consideran que la  adulación no deben hacerla por la igualdad ante el Espíritu Universal. Y por ser de tal manera, con regularidad poseen fuertes problemas. Mas, tienen su modo de vida, son personas que se juzgan redimidos a consecuencia de lo establecido por la gloriosa Revolución Francesa, aquel formidable social Movimiento transformador de nuestro mundo, logrando que millones de infelices vasallos se convirtieran en seres libres, con análogos derechos.

    Subrayó que algunos potentados pretenden ser semidioses, que la prepotencia los domina y atolondra, pensando que jamás se extinguirán. Son grandes desgraciados e ignorantes. Dijo que demasiados se hallan rodeados de infelices lisonjeros y rencorosos sociales. Tales ricos no alcanzan a comprender su acorralamiento por esos temibles simuladores, sólo leales a ellos mismos, quienes con bastante regularidad se apropian de esforzados trabajos ajenos con la finalidad de conservar su buena posición socioeconómica. 

    Me denunció que nuestra ciudad, otrora luchadora por la democracia, de valerosos y valientes investigadores en variados géneros, ha sido convertida en enorme vertedero. No obstante, en tanto lleguen los inevitables cambiadores tiempos de la Sociedad, esos inmundos bichos vivarán acechando a ciudadanos de valía, sin importar régimen, pisándoles hasta sus sombras, vigilándoles de forma cautelosa, capaces de realizar cualquier habilidad nociva con el propósito de desvanecerlos. Expresó que los resentidos se deleitan cerrando puertas, ventanas, tapándoles hasta pequeñísimas rendijas a cuantos no son como ellos, y que sus cínicas sonrisas son muy eficaces para trampear y chantajear. Señaló que la inferioridad tiene sujetada de forma constante a nuestra población, sosteniéndola decaída, sin poseer valerosidad. Que muchos de esos ciudadanos solamente aspiran a que los sinvergüenzas politiqueros traten de resolverles sus problemas, y que estos perversos tipos, con la picardía que les caracteriza, con desfachatada sonrisa se los prometen, ignorando los  primeros que  esas  ofertas  van “a donde el diablo lanzó sus potentes tres voces”.

    Comentó que ciertos macorisanos son individualistas, expertos “en buscársela”, tornándose en acérrimos enemigos de la verídica frase “en la unión está la fuerza”. Empero, que como todo tiene su tiempo en la vida, existen excelentes personas aguardando esa esperanzadora verdad, de que inmensos cambios vendrán a este país, al mundo, con enorme paz para todos...   

    Sin  embargo, el importante documento del osado señor lo publico emocionado en este relato. Y lo he puesto casi literalmente, más o menos fiel, aunque le hice ciertos arreglos para adaptarlo a nuestra forma de escribir. Por tanto, juntando sus observaciones mandadas al entonces joven, con intervalos de días en aquel 1947, me di cuenta que era extenso. A continuación presento tan plausible labor de un ser formidable, a quien sin haber tenido la distinción de conocerlo, mi conciencia le tiene una colosal admiración. Aquel don, un hombre en consonancia con la Naturaleza, quien pudo alcanzar tal vez la otra dimensión, un nacionalista-guerrerita por justa obligación, le relató al principiante esotérico lo siguiente:

    “Como me has pedido que te cuente asuntos de mi existencia, debo comenzar por algo bien importante, confesarte que fue grandioso y penoso cuanto me aconteció por ser testigo del entierro de la Dra. Evangelina Rodríguez. Bueno, es que me hallaba bien enterado de que nuestra primera doctora poseía un espíritu superior, altamente  evolucionado. Por eso tuve que aproximarme al cementerio a esperar su sepelio. El sector se encontraba tranquilo. La gente, viéndolo aproximarse, entraba a las viviendas, trancándose, quizá temerosas de ser vistos por seres peligrosos. Y ahí yo me quedé, completamente solo, escuchando con claridad una entristecida tonada de una tórtola, aves de paz y amor. Y debido al canto sonreí, porque consideré que Evangelina estaba siendo despedida por el propio Ecosistema, lo cual era colosal. Es que únicamente a los grandes seres se lo formalizaban. Me alegré de estar allí, de ser participante en tan importante acaecimiento. Entonces sucedió, como con regularidad acontece en entierros de seres superiores, que cuando el funerario vehículo se hallaba a menos de una cuadra de donde me encontraba, en el espacio vacío comprendido entre la comitiva y unos individuos con visible apariencia de ser siniestros delatores, súbitamente surgió, envuelta entre reluciente y verdosa luz, una bella doncella trajeada con largo vestido de color nevado puro. Y quizá con la excepción de nuestra percepción mística, nadie pudo verla. Procedía de la cuarta dimensión --el tiempo--, una enviada de nuestros Maestros para despedir a tan ilustre noble mujer. La joven estaba descalza, sosteniendo en su diestra una radiante y blanquísima Flor. Llevaba en su cabeza una corona de laureles. En eso, pasando ella a pocos metros de mí, pude admirar su inmensa belleza de gran mestiza, poseedora de un rostro con las disímiles ‘razas’ que pueblan a nuestro planeta, que en el fondo es la Humana. Y tuve que sonreír porque vislumbré que muy de veras esa doncella realmente era del otro lado, encontrándome como fiel testigo de tan formidable acontecimiento”...

    “Sí, maravillado me fui detrás del sepelio, pegado a las polvorientas moradas de madera, notando a la templada joven con su vista fija en los escasísimos acompañantes. Aquella beldad, seguramente una ninfa de los bosques olímpicos, prosiguió a la misma distancia en la cual apareció. No miraba hacia los lados. Con certeza escuchó variadas puertas, ventanas, persianas, también escurrir de cortinas, cerrándose con impresionante desdén al cruzar el carruaje delante de sus hogares. Tales realizaciones les eran muy regocijantes a los chivatos, quienes contemplaron deleitados hacia las casas en las que se cometieron los últimos desprecios hacia la intachable consignada Señores del Cosmos. Se percibía con más intensidad el doliente cántico del pájaro. Lo  busqué con ansias de admirarlo, pero no pude divisarlo. Llegando el cortejo a la entrada del cementerio, dos fornidos hombres que estaban allí tal vez para eso, sacaron con prontitud el féretro, y cargándolo penetraron al camposanto seguido por la comitiva, la joven y por mí, asimismo por los funestos individuos. El ataúd fue colocado en una tumba cercana, a pocos metros del ingreso a esa pequeña necrópolis, a la derecha, en su primer cuadrante, junto a su abuela doña Tomasina y su tía Felícita. Yo conocía esa familia desde Higüey. Por eso te puedo afirmar que otra vez el destino las volvió a reunir, ahora difuntas, esencialmente a la nieta ‘Lilina’ con su querida abuela paterna. Empero, en tanto el féretro era introducido en la sepultura, temerosos quizá los valerosos concurrentes por la presencia de los cinco odiosos sujetos, pude advertir que ninguno se atrevió a pronunciar un cumplido de despedida a tan merecida fallecida”...

 

NOTA: Esta obra se halla registrada en la Oficina de Derecho de Autor como manda la Ley 65-’00.

04/09/2010 20:57 Bernot Berry Martínez #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

'UNA FLOR PARA EVANGELINA RODRIGUEZ' (¿1879?-1947)

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Nicho donde reposan los restos de la Dra. Rodríguez en el cementerio de Villa Providencia, SPM. Se observa que el año de su nacimiento dice 1884, pero su Fe de Bautismo, fechada 3 de Enero de 1880, indagada por el Dr. Zaglul en la parroquia de ‘San Dionisio’, en el libro No. 9, folio 126, No. 285, certifica que nació el 10 de Nov. de 1879. Es probable que ese 1884 sea en el cual su progenitor, Ramón, obligado por su madre doña Tomasina, la reconociera  

NOTA: Comenzando el 2007, a la entrada del señalado camposanto, a su derecha, pusieron una tarja negruzca de fuerte plástico la que indica: “Aquí reposan los restos de Evangelina Rodríguez, 1884--1947, “Primera Médica Dominicana”. No colocaron qué institución la puso, tampoco cuándo fue instalada.   

    Con referencia a su fecha de nacimiento, el autor apoya lo indagado por el Dr.Zaglul,  mencionado en las páginas 21 y 22 de su excelente texto.  

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            Capítulo XIV

         (Novela-Histórica)

 Por: Bernot Berry Martínez   (bloguero) 

 

   Cierto que aconteció así, ni un vocablo salió de los ílabios de cuantos concurrieron al entierro de tan inmensa mujer. Y lo informo para que luego no se diga lo contrario, ya que numerosos dominicanos tienen fama de oportunistas, fabuladores, ser protagonistas de piadosos hechos, que mencionen sus nombres, etc., esto lo atestigua en abundancia nuestra historia. Pues bien, en ellos se cumplió aquel refrán: “el silencio es más elocuente que la palabra”. Además, en ese instante aprecié que la tonada de la tórtola, ave que nunca logré ver, silenció su melodía. El mutismo era tremendo, aunque quebrado por el presuroso trabajo de los trabajadores cubriendo la tumba. Los calieses, enseñando las armas entre sus cinturones, fumando y bebiendo ron, se hallaban a poca distancia contemplando muy gozosos ese enterramiento para comunicarlo después a sus superiores. Fue en eso cuando el acto ya estaba consumado y se marchaban los asistentes, incluyendo los insignificantes chivatos, que percibí una preciosa melodía entonada por un ruiseñor, debilitando la emotiva quietud. Emocionado lo busqué. Esta vez presencié ese pájaro encima de una sepultura, delante de donde los obreros entraron el ataúd y lo cubrieron. El ave era hermosísimo, grande, con larga cola blanquinegra, poseyendo en su cuello un bello collarcito de tonalidad celeste oscuro. Consideré que no era terrenal. Y de nuevo volví a sonreír, al considerar que era evidente de que fue enviado para glorificarla con sus variadísimos cánticos. Desde luego, era evidente que más nadie podía oírle ni verlo”... 

    “Y mientras el hermoso ruiseñor, su pecho erguido, armonizaba preciosas melodías paradisíacas con enorme solemnidad, cruzó por mi vera la apuesta doncella con la flor en su  diestra,  envolviéndome entre un tenue perfume

a pinos vírgenes. Créeme, esa tierna fragancia que de ella se desprendía, intensamente inhalada por mis sentidos, me ocasionó una enorme apacibilidad. Y la vi aproximarse al sepulcro de Evangelina, y que arrodillada introdujo el tallo entre el mismo, quedando la brillantísima flor semejante a lucecita de sol fuera de la tumba, irradiándola. Un ratito estuvo la joven así, su frente baja, reflexionando hondamente. Entonces se levantó, y contemplándome con sus hermosos y brillantes grandes ojos parecidos a perlas negras, me sonrió con respeto y leve inclinación de cabeza. Absorto por ese saludo, de igual modo le respondí. En silencio la contemplé dirigirse a donde el ave continuaba entonando variados preciosos cantos. Y fue en ese momento que el pájaro dejó de modular, observando que la doncella le acariciaba su cabecita. Deduje que se conocían desde aquellos bosques divinos en que habitan los virtuosos. Discerní que algo enorme se hallaba sucediendo ante mis atónitos ojos. Sí, entonces aconteció que el tamaño de la hermosa posible ninfa disminuyó muchísimo, haciéndose pequeñita. El ruiseñor bajó hacia donde ella. Y cierto, asombrado advertí que la doncellita subió sobre el cuello del ave. Me hizo señas de adiós con su manita izquierda, admirándome bastante. Extasiado presencié que sosteniéndose del azulino collar el ruiseñor alzó vuelo, perdiéndose con prontitud entre el grisáceo firmamento. De veras me encontraba alborotado, gesticulando como un demente. Y por un instante grité: “¡Oiga, oiga, regrese, regrese!”. Pero ya iba lejos. Tal vez no pudo escucharme. Era necedad de mi parte. Me sentí frustrado. Es que tuve una inmensa oportunidad para indagar con ella sobre tantas cosas. Y vaya, amigo, sin embargo la dejé partir. Pero algo me estaba sucediendo: me encontraba detenido, es que una gran fuerza impedía que me moviera, sosteniéndome por el cuello de mi camisa. Cabalmente conocía que había presenciado un asunto fabuloso, realmente fantástico. Mas, esa potente energía me hizo girar sobre mis gastados tacos, quedando delante de los durísimos rostros de los funestos calieses: éstos me contemplaban enojados. Comprendí que nuevamente me hallaba en la terrible dominante realidad. Sí, aquellos tipos me propinaron fuertes y terribles bofetadas. Lo hicieron con muchos furiosos insultos: “Viejo comunita, maldito maricón”... 

    “Por un momento me sentí enfurecido con aquellos abusadores. Y aunque nunca había sido un valeroso hombre, tampoco era un cobarde. Por  eso traté de indagar cuanto pasaba, buscando una explicación. Sin embargo, recibí  a cambio un fortísimo empujón que me hizo caer cerquita de la recién cerrada tumba. Comprendí enseguida que debía tranquilizarme, pues lo contrario era una acción suicida: cinco fornidos hombres contra un anciano. Y desde el suelo les indiqué que yo no era político, sino un místico, un sujeto indagador de los misterios que rodean al mundo. Y esa ilustración perpetró que se miraran sorprendidos, ocasionando que se rieran a carcajadas. ¡Qué triste es la ignorancia! Traté de seguirles aclarando mi situación. En eso ocurrió que uno de ellos, entre enojado y sonriendo de modo tosco, poniendo su sucio zapato encima de mi pecho, extrajo un largo revólver y colocando el cañón en mi mejilla, me manifestó: ”Cállese, viejo maricón o lo dejamo frito aquí mimito, al laíto de su jefa, la loca comunita”...    

    “A empujones, cocotazos, patadas, iban conduciéndome hacia ‘Méjico’, la Fortaleza ‘Pedro Santana’. Yo quise indicarle que por el Campo de Aviación podíamos llegar con más rapidez, pero ellos deseaban ir por la Carretera Mella, abusando más de mí. A un pulpero le llevaron un par de potes de ron, unos tabacos, un salchichón entero y varias galletas. “Apúntalo en un bloc de hielo”, le voceó uno de los agentes, marchándose riendo. Y continuaron bebiendo, comiendo, pateándome, burlándose de este ser con más de setenta años a cuestas. Y obligado por tales circunstancias, apenado, me veo obligado a escribirlo quizá como una honda manera de desahogarme: “¡Oh Zeus, qué grande es la cobardía en ciertos individuos!”... 

    “¿Cuántas   veces   caí  al  suelo,  derrumbado   por  sus empujones  y  patadas?  No  lo  sé,  pero  fueron bastantes. Cuando íbamos por donde se encuentra el Hipódromo, me sentí extremadamente adolorido. Jadeaba. Sentí mucha sed. En ese instante me acordé del Maestro Jesús de Galilea, Palestina, crucificado atrozmente por orden de Pilatos a petición chantajista de los sacerdotes Judíos, ansiosos de que liberara a Barrabás, líder de los combatientes contra los Romanos. Sin embargo, Él obtuvo un obligado ayudante, ‘Cirineo’, al cargar su cruz. Empero, lástima de mí, aunque cruzaban personas y observaban de reojo el gran abuso que cinco fuertes ‘machos’ cometían contra un pobre viejo, todas apresuraban el paso. Es que nadie quería problema. El tirano mantenía entre un bolsillito monedero al pueblo dominicano. Cruel era el terror dominante”...

    “Lo cierto fue que deseé sentarme en el suelo a descansar un momentito. Les supliqué que me lo permitieran. Mas, me levantaron a bofetadas limpias. Casi gateando proseguí la marcha. Recibía puntapiés en las nalgas, causándoles risotadas al verme caer de bruces. Tuve que hacer un enorme esfuerzo, gateando, gimiendo, el corazón latiendo apresurado, para que no prosiguieran dándome esas fuertes patadas. Cuando llegamos a la Casa de Guardia de ‘Méjico’, me entregaron a unos militares, tres oficiales con rostros detestables. Con mentiras les explicaron la razón de llevarme allá, pues me habían atrapado llorando como un niñito a la vera de la sepultura de esa loca, la famosa comunista Evangelina Rodríguez, la de las huelgas azucareras, sospechando ellos que yo era un peligroso peje gordo de los rojos, trayéndome a la fortaleza porque poseían esa orden. Los oficiales me contemplaron con cierto interés, concediéndoles la razón, felicitándoles, aconsejándoles continuar efectuando tan excelente labor para proteger al régimen de ‘Trujillo el grande’. Enseguida, haciendo el saludo militar, se fueron del recinto militar por el Campo de Aviación, dejándome con esos sujetos que ignoraban cuanto había acontecido en el cementerio. A continuación, uno de los oficiales, quizá el de mayor rango, llamó a tres corpulentos guardias y les mandó conducirme a una casucha hedionda a pocilga. Allí, en silencio, esos hombres hicieron que me desnudara completamente, colgándome por las muñecas a uno de los diversos palos que estaban atravesados en las paredes, a distintas alturas del piso. Los guardias cumplían su inmunda tarea sin hablar una palabra. Asumí que se hallaban habituados, era asunto rutinario. Dos cubetas de aguas lanzaron sobre mi enflaquecido cuerpo. Con un látigo de tres puntas me propinaron fuetazos por la espalda, el  pecho, las piernas, por todo el cuerpo. Me mordía los labios con cada latigazo para no gritar, pero luego me fui acostumbrando. Te recuerdo que soy un místico experimentado, pudiendo dominar suficiente bien ciertos dolores físicos. Luego de darme esos azotes por unos minutos --les llamaban de ablandamiento--, los oficiales me pidieron información, nombres y direcciones acerca de aquellos supuestos cómplices míos, ocultos camaradas. Igualmente, aparte de tener que responder esas preguntas, me aconsejaron que si quería salvarme de ser ahorcado cual lagarto ‘petiseco’, echado entre un hoyo ‘sin fondo’ que había en la fortaleza, debería de ofrecerles buenas revelaciones fidedignas de cuándo llegaría una supuesta invasión que dizque se encontraba preparando en Cayo Confites, Cuba. Empero, todo eso lo ignoraba. Es que soy un personaje dedicado a la contemplación meditativa, investigando la Constelación de Tauro, en la cual están las Pléyades y desde donde vienen los viajeros siderales, nuestros maestros espirituales. Sí, de veras estaba lejos de nuestra política, la que no me agrada ni un poquito ya que no creo en esos vividores”... 

    “Esto que te informo posee una enorme autenticidad. Yo idolatro las hermosas existencias creadas por el Gran Espíritu, el guiador de nuestro Universo, esencialmente del mar, del cual surgió la vida. Amo el firmamento, ríos y manantiales, aves y mariposas, los verdosos bosques, el precioso arco iris,... ¡Caramba, cuántas cosas quiero y admiro grandemente! Por eso les notifiqué a tales animales con ropa, mientras me realizaban variables y terribles torturas, que no sabía absolutamente nada de cuanto me  inquirían. Y se los comunicaba calmado, sin demostrar ningún nerviosismo, desquiciándolos, contrariándose bastante. Es que consideraban que debería estar llorando, pidiéndoles de favor y por sus santísimas madres, que no continuaran torturándome. Claro, parece que así lo veían con relativa asiduidad en diversas personas a quienes indagaban, disfrutándolo con sadismo. Pero yo soy un ser meditativo, un casi dominador de mi cuerpo y mente. Además, no conocía absolutamente nada de cuanto me interrogaban. Asimismo, para nada valía la pena en hacer la prueba de flaquear ante esos crueles verdugos. Lo había probado con quienes me trajeron, riéndose a carcajadas. Estos salvajes harían lo mismo”...

    “Vaya, entonces aconteció que alguien me pegó una trompada tan potente, sin esperarla, que perdí ligeramente el conocimiento, aprovechándolo para que me dejaran un momentico tranquilo, absolviendo la tan necesaria energía cósmica, recuperándome un poquito. Me echaron varias cubetas de agua para reanimarme, tragando un sorbito en cada una de tan vital elemento, real fuente de vida,  fortaleciéndome lo anímico. Lentamente fui abriendo los ojos, contemplándolos. Me di cuenta que me faltaba uno de los pocos dientes que aún poseía en mi boca. Y miré a uno de los bandidos, un gordo guardia, sosteniéndolo entre sus dedos, mostrándomelo con una atontada sonrisa. El oficial que ordenaba, quizás un capitán, apretándome con sus manos la garganta, me vociferó: “¿Ya tá lito pa decirno tó lo que sabe, maldito comunita, viejo ‘e mierda?” Pero yo, escupiendo sangre, tragando otra cantidad, apenas pude balbucir: “Ya le dije..., eh, le dije... que no... que no sé ná, no sé ná”. Y de nuevo me propinaron una durísima pela. Al ratito, como ya era de noche, me subieron a un banquito de madera, tal vez para que descansara de estar guindando. Dijeron que continuarían temprano en la mañana. Me afirmé que al menos podía reposar de la tirantez de las muñecas. Sin embargo, qué va, pronto me di cuenta que se trataba de otra forma de atormentarme, ya que el asiento se movía bastante por el desnivelado piso de tierra. Pasé la noche con gran  angustia,  temiendo que el asiento se cayera y yo continuara colgando”...    

    “Al otro día, después de las seis, cuando me encontraba cogiendo un sueñito, volvieron conmigo, a lo suyo, tumbándome del banquito, quedando en un constante balanceo. Caramba, joven amigo, regresaron con sus variadas palizas, horribles castigos y preguntas que nada sabía. Cavilé que quizá moriría ahí, lanzándome en el hoyo que decían, o sepultado en un cañaveral, no muy hondo, para ser devorado por cerdos y perros, algo que acontecía con cierta regularidad. De sólo pensarlo me causaba inmensa tristeza, más que las golpizas, ya que siempre ansié expirar en la cumbre de una elevada montaña, embelesado contemplando a las bellas Pléyades. No obstante, en la tarde, con un sorpresivo golpe de ‘colín’, cortaron las sogas que me sujetaba al palo, cayendo al suelo. Con rudeza me levantaron, sacudiéndome cual muñeco de trapo. Partieron con un filoso cuchillo los pedazos que aún tenía en las muñecas, ordenándome el oficial al mando ponerme la ropa y que me largara rápido antes que se arrepintiera. Pero me advirtió, su largo índice tocando mi frente, mirando sus ojos rojizos, hediondo a ron como los demás, que siempre estarían vigilándome. Claro, con certeza se encontraban creyendo que rondándome con cierta discreción, atraparían algún importante conspirador. Mas, también intuí que cuanto deseaban era asustarme, intimidarme... Pero, lo importante en ese instante era salir de tan cruel contorno. En eso cavilaba mientras con suma dificultad me colocaba la vestimenta. Ellos, cuales ruines hienas humanas, carcajearon ruidosamente por mi aspecto, continuándolo con su risa  mientras daba sinuosos pasos.      

    Mi básica, con increíble brega, casi sin ver, cansado y débil (pensé que me soltaron porque creyeron que moriría en el camino), cayendo al suelo, levantándome con alta dificultad, escuchando sus risotadas, logré salir de allí, de aquella sucursal del infierno. He pensado que fui ayudado por mis hermanos invisibles, los cuales me ofrecieron esa fuerza espiritual que anhelaba. Claro, me dirigí por el Campo de Aviación, atravesándolo, entrando con enormes sacrificios al triste pueblo cuando ya estaba oscureciendo. Algunas personas, ignorantes de cuanto me sucedió, viéndome en esas condiciones sinuosas, exclamaban: ‘¡Viejo borrachón!’ 

    Hice una mueca por sonrisa cuando divisé mi cuartito en la barriada ‘La Aurora’. Ahí me quité la ropa,  lavando con agua y jabón de cuaba mis lesiones, untándome por todo el cuerpo hojas de una ‘mata de lechosa’ que había sembrado a la vera de mi ventana. Con enorme dificultad  pelé uno de su tierno fruto, comiéndomelo crudo. Buscaba recuperar energía física. Además, lentamente ingerí agua guardada entre una tinaja, contrarrestando mi enorme deshidratación. Me sentía cual tremenda uva seca, una verdadera pasa. Vislumbré que los vecinos me avizoraban por las rendijas. Ninguno se atrevió a socorrerme. Es que ya estaban enterados de mi detención por la Seguridad del tirano, porque algunos agentes vinieron a revisar con minuciosidad el cuartucho, no encontrando nada comprometedor. Ya conocían que estuve detenido en ‘Méjico’, casi un par de días, siendo investigado por política. Fue en eso que el inmenso cansancio me venció y me quedé durmiendo hasta horas avanzadas del día siguiente.

    “Con el paso de las semanas fui recuperándome. Y en poco tiempo me encontraba muy mejor de las llagas. Es que esas hojas de la lechosa son excelentes para tales clases de heridas. Prácticamente en semanas cicatrizaron, quedando las huellas de algunas que serían imborrables, igualmente las emocionales. Sin embargo, una cosa sí me dolió muchísimo, en el alma, pues soy en extremo sensitivo. Y es que nadie ya dialogaba conmigo. Mis conocidos se alejaron. Eso me entristeció bastante. Te repito que soy muy sociable. Me agrada conversar, servir a mis análogos. Es que las leyes cósmicas así lo exigen como forma de mantener una perfecta armonía con nuestra personalidad, evitando así un desajuste en lo físico-emocional, trayendo fatales inconvenientes. Bueno, me sentía un apestado. Y es que poseía la peor ‘enfermedad’ de aquel momento: estaba ‘navajeado’ por el régimen trujillista. Y sin desearlo ni por un segundo, me había convertido en un rompe grupo por el ‘Parque Salvador”... 

    “La gente con las cuales conversaba frecuentemente, ya no  podía hacerlo. Ellos  se  marchaban  tan  pronto me les aproximaba. Es más, me dejaban hasta con la mano extendida. Comprendí que estaban aplicándome la ‘Ley del Hielo’, algo muy común en esa etapa. Por tal motivo debía de sentarme solo, alejado de todos. Era un infectado político. Ellos se cuidaban de los chivatos que podían estar vigilándome, o estar entre ellos. La confianza se había perdido. Por eso tomaba asiento en uno de  los bancos de hierro, debajo de un tupido almendro. Desde ahí les miraba dialogar. Entonces medité, saboreando unas exquisitas almendras caídas a mi vera, en la posibilidad de encontrarme pasando por esa penitencia por algo ignorado. Hasta llegué a cavilar que algunos soplones podrían estar cerca, acechándome, tal vez viendo deleitados el apasionado daño que le causaban a una persona ultra sensible, quien no llegó a doblegase ante sus horribles golpizas. Claro, es que quizás esos bandidos nunca habían tenido entre sus garras a ningún hombre con mi alto temple. Eso les molestaba una enormidad, sintiéndose frustrados porque no me había doblegado a sus caprichos, obligándome a decir nombres de personas que nada sabían de cuanto me preguntaban, algo que usualmente se hallaba aconteciendo. ¿Y por cuál consecuencia lograrían estar así? Muy fácil: eran tipos sin conciencias, insensibles, realmente insaciables, peores que los felinos que cazan para comer, saciar su hambre. Sí, aunque era buen zapatero remendón, nadie del barrio me llevaba algún trabajito”... 

    “Aunque me encanta el vegetarianismo a causa de mis ideas místicas, a veces se me hacía un verdadero tormento oliendo la sabrosura que constantemente cocinaba una vecina cercana: papas con carne guisada. Y como no tenía dinero para comprar los alimentos para mi sustento, me largaba al indicado parque, y sin darme vergüenza, la gente mirándome, algunas riendo bajito y señalándome, recogía las rojizas hojas de los almendros y sus desprendidos frutos maduros, y cargando con todo me marchaba hacia mi cuartico. Allí hervía las hojas un rato, haciéndolo en una olla sobre tres piedras y encendidos palitos, ingiriéndolas con un poquito de sal. Los frutos me los comía, partiendo con cuidado sus semillas con un martillito, consumiendo sus nutritivos granos. Igualmente buscaba verdolaga por diversos lugares, engulléndolas crudas después de lavarlas muy bien. De esa forma fueron pasando los días y semanas. Reconocía que todo era muy duro para mi existencia. Sacaba energía de la profunda resistencia que llevamos dentro, escondida en nuestra intimidad. Y hasta llegué a reflexionar que cuanto me estaba ocurriendo era una manera de prueba, una más de las numerosas que los Maestros ofrecen con la finalidad de templarnos. Tal deliberación me daba valor y esperanza. Por eso me pregunté sobre los cuantiosos que le habían acontecido a nuestra inmensa Evangelina Rodríguez. Considero que son pocos cuantos fueron como ella, muy practicadora del bien, amante del país y la Humanidad, tan intensamente vapuleada. Cierto fue, durante largo tiempo, unos 68 años, la humillaron, calumniaron, torturaron, etcétera. Esos malditos no respetaron ni su vejez. Y para colmo, la gente dizque ‘decente’ de este pueblo se empeñó en volverla loca, expulsándola de aquí, apedreándola para que se largara. Solamente la dejaban tranquila cuando se adentraba en los montes cercanos. Bueno, una buena parte de cuanto le hicieron lo conocía bien. Y me interrogo por eso... ¿debió pasar esas terribles lamentaciones para alcanzar al Superior Mundo Espiritual? Entonces, concluyo, es muy probable que hasta el propio Jesús, el Crucificado, debió llorar desconsolado contemplando las innumerables injusticias cometidas en contra de tan noble fémina. Y delibero, haciéndolo con suficiente evidencia, que el Cosmos pudo abrirse en toda su gloria y esplendor, con profunda música celestial, al recibir el alma de Evangelina. Rodríguez.

    Podrías pensar que estoy muy lastimado por cuanto he pasado. Pero, ¿te has dedicado a meditar en la enorme desproporción entre el sufrimiento del Galileo y las penas acontecidas a la Dra. Rodríguez durante los años que  vivió?  ¡Son abismales!”...

 

NOTA: Nuestra obra se encuentra registrada en la Oficina de Derecho de Autor, ONDA, cual manda la Ley 65-00.

04/09/2010 21:08 Bernot Berry Martínez #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


'UNA FLOR PARA EVANGELINA RODRIGUEZ' (¿1879?-1947)

 

                     Capítulo  XV

               (Novela-Histórica)

Por: Bernot Berry Maqrtínez   (bloguero)

 

    “Sí, en un atardecer en el cual admiraba un crepúscu desde la ventanita de mi cuartucho, fue cuando te vi haciéndome señas, indicándome que supuestamente tenías una comida para mí entre un recipiente metálico, una cantinita. Con  certeza te informo que eso me sorprendió bastante. Llegué a creer que se trataba de una trampa, una especie de engaño con el propósito de engatusarme. No obstante, percibiendo una convicción que entró a mi interior, con precaución, mirando los lados, caminé por el patio, deteniéndome en el sitio donde la colocaste, debajo de una mata de limón, un arbolito ya casi sin hojas pues buena parte de ellas las había ingerido. Con rapidez me llevé el recipiente hacia donde vivía. Al destaparlo contemplé que eran unas batatas sancochadas con trocitos de arenque. Encima de un papel de funda había una nota que decía: “Mi don, acepte este alimento de buena voluntad. No todo está perdido. Me dedico a practicar el ocultismo. Soy un joven estudioso de lo esotérico. De forma constante he sentido una sugerencia (quizá por los seres que no puedo ver), a socorrerle con cuanto pueda brindarle. Y siguiéndola la he efectuado, ansiando que me perdone esta intromisión. Pienso que sería excelente tener con usted una buena comunicación, aunque sea por escrito, con prudencia. Continúe con su cautela ya que la gente se mantiene vigilante. Pero reconozco que podría aprender mucho con sus conocimientos. No hace mucho, unos días, me mudé para esta barriada. Realmente no puede conocerme bien. Esto le puede parecer extraño, sin embargo recuerde que la vida es de esa manera, rarísima.

    Sé que no tengo la capacidad de aconsejarlo. Pero puedo sugerirle que siga así, sin perder su gran fe. Es que le poseo una enorme admiración por su intrepidez. Tengo la intuición de conocerlo desde años. Estoy seguro que su desconfianza hacia mí se le irá pronto. En las trazadas letras del presente mensaje se encuentra la seguridad para ambos. Confío en que las estudiará con discernimiento ante de juzgarme. Pienso que hallará la claridad con la que alejará las tinieblas. Le indico que debajo de esta anotación se encuentra oculta la figura secreta a la cual pertenezco. Espero que la encuentre pronto. Mañana, mi don, le dejaré otra comidita. Vivo solo. No puedo confiar en nadie. Tengo que trabajar fuerte en la construcción del puerto. Puede dejarme la bandejita en el mismo lugar. La Luz del Gran Espíritu sea con vos. Gracias”.                  

    “Te confieso que por unos instantes quedé aturdido, sin saber qué hacer. Llegué a reflexionar que el alimento podía estar envenenado. Es que ignoraba quién eras, de dónde habías  aparecido. Y los insignificantes chivatos se encontraban haciendo cualquier cosa por mortificarme.  Esa comida la olfateé cual perro famélico, sin percibir olor a sustancia tóxica. Me acordé que los ‘cocolos’ son famosos realizando esas horribles intoxicaciones con su propia gente, solamente para quitarle su trabajo o su mujer que cocina buen ‘domplín’. Por tanto, deseando estar seguro, les ofrecí un poquito a unas hormiguitas negras, ‘bobas’, aguardando el resultado con algunas mantenidas entre un vaso boca abajo, sin que pudieran salir. Y como pasó un tiempo prudente sin nada pasarles, consideré que el alimento estaba óptimo para ingerirlo. Me lo comí deprisa, paladeándolo como si fuera un manjar de Sultán. Enseguida busqué la efigie en el papel. Estaba invisible a simple vista. Por eso busqué un fósforo, y encendiéndolo coloqué su llamita cerca de la hoja, por donde sugeriste, apareciendo la imagen nítidamente. Eso me alegró muchísimo, ya que pertenecíamos a la misma Hermandad. Y mirando las estrellas, contento me interrogué:   

    --Hum, ¿estarán detrás de esto, ah? 

   Bueno, como deseas que nos comuniquemos por escrito empecé a escudriñar la manera en como trazaste ciertas palabras de tu magnifica notificación, dándome cuenta de tu interioridad. De inmediato consideré que eras un neófito joven esotérico, con bastantes posibilidades de llegar a los astros, de convertirte en maestro. Por ende, comencé a relatar estos manuscritos, varios largos, otros cortos, aconsejándote que los guardes bien, en sólida botella, y enterrarla donde vives si te fuera viable, porque vendrá un futuro en el cual podrían servir para esclarecer determinadas oscuridades de la actualidad, alumbrándolo mejor.

    Te sugiero que no vayas a perder la esperanza en el Humanismo. El mismo no perecerá jamás. ¿Y por qué? Bueno, debes saber que por su existencia entre nosotros es que aún nos encontramos viviendo. Es imprescindible comprender que si éste se extinguiera, cuanto habita en la Tierra, animales y plantas, incluyendo hasta los insectos, podría borrarse completamente. Es que sin el Humanismo ya nos hubiéramos devorados ferozmente, igual a las fieras salvajes. Por consiguiente, te manifiesto que vuestra nota me emocionó, trayéndome tranquilidad y felicidad. Al menos ya tengo una persona con la cual poseer una relación, aunque sea por escrito, sin olvidar ni un instante ‘que las paredes oyen’. Te aseguro, y créeme, que la actual pesadilla que tiene Dominicana, el sanguinario de Trujillo, desaparecerá por siempre. Y ojalá sea para el bienestar de los desposeídos, nunca de los politiqueros vividores. Acuérdate de esto: si sucede lo último, las luchas y angustias de tantas personalidades, de numerosas más que vendrán y morirán por nuestra preciosa Libertad, sería penosamente en vano. La tenacidad con que combatieron por Ella quedaría convertida en basura.

    Empero ya no puedo informarte más. Estoy preocupado. La casera está pidiéndome con urgencia el dinero del cuartico. Pienso empeñar mis instrumentos de zapatero por Miramar, lejos de esta barriada, ya que no estoy utilizándolos porque nadie viene a que le repare algún calzado, como ya te dije. Creo que si una lejana compraventa acepta mis hierros, algo doloroso para mí ya que nunca lo he realizado, de inmediato le pago un par de meses a la buena señora. Empero, estuvo bien decírselo anticipadamente, esto porque la bendita mujer, muy cabizbaja, avergonzada, sin mirarme, me informó que la perdonara, pero que había cambiado de opinión, no pudiendo continuar alquilándomelo. Me indicó que lo necesitaba para un sobrino que llegaría pronto de Hato Mayor a trabajar en la construcción del puerto. Por eso deseaba que me mudara lo más pronto posible. Enseguida me dio la espalda. Presentí que lloriqueaba. Discerní cuanto estaba sucediendo. Pienso que la bondadosa señora no quería que me fuera, era buen inquilino, no molestaba, incluso la ayudaba con variados problemas de su vivienda. Mas, aunque no me lo confirmó y tampoco se atrevería, esto significaba que los calieses la obligaron para no tener que quemarle su casita. Parece que anhelan verme desesperado, sin saber qué hacer, tal vez pidiendo dádivas como otros hambrientos ancianos a los feligreses que van a la parroquia. Pero próximo a la  misma los barbudos curas tenían rigurosamente prohibido limosnear. ¿Y qué acontecía si los pedigüeños se arrimaban a mendigar por ahí, cerca del templo? Bueno, los policías se los llevaban a macanazos, porque molestaban a los fieles católicos, quienes siempre están con caras de santos, empolvaditos, perfumaditos, verdaderos simuladores. 

    Los agentes trancan a los mendigos en una oscura prisión llena de ratas en el cercano cuartel policial que se halla frente a la iglesia, poniéndolos a limpiarlo en la mañana siguiente. Claro, quizá los chivatos ansían que en ese sitio me tranquen por suficientes penosos días.

    Sin embargo, amigo, no deseo que te inquietes. Todo esto es fabuloso. A veces es provechoso que nos sucedan tales cosas. De este modo salimos de la rutina. Es que cuanto existe es un ordenado misterio, ya debes comenzar a enterarte bien. Por lo demás, para que sonrías, me estaba cansando de continuar viviendo de esta manera, casi cual ermitaño, tratando de reflexionar anticipadamente lo que ellos trataban de hacer para contrarrestarlos.

    Hace varios meses, antes de todo esto, me encontraba desarrollando un plan con la finalidad de perpetrar lo que ahora ansío desarrollar. ¿Y por qué no lo había llevado a cabo? Bueno, te indiqué que la existencia es inescrutable, aún para gente como yo, algo que deberías tener bastante en cuenta. Quizá no lo perpetré a consecuencia de que no poseíamos comunicación. Nos hallábamos completamente desconectados. Recuerda que cuanto existe y será, está basado en el Plan Cósmico. Mira, fíjate que te mudaste colindante a donde vivo, eres un estudiante del esoterismo, pertenecemos a la misma Hermandad, y según me informaste, posibles seres intuyeron a que me socorriera sin tú saber nada de mí.

    Debes ir dándote cuenta que esa es la forma como los Maestros Espirituales laboran. Lo hacen de modo tenue. Mi deber --lo anhelo con vehemencia--, es marchar hacia una montaña del Este, posiblemente a la ‘Loma de la Vaca’, en donde estuvo el Cuartel General del grandioso Vicente Evangelista (‘Vicentico’), el olvidado Comandante de las Fuerzas Nacionalistas, quienes con inmensa valentía se opusieron al interventor norteamericano. Pienso que allá arriba, en esa colina, debería estar izada de manera permanente, desplegada a los vientos de la República, nuestra Bandera Nacional. Ella manifestaría el Patriotismo demostrado por ‘Vicentico’ Evangelista y sus hombres defendiendo el honor de nuestra nacionalidad. Sería una permanente atalaya. Es que por esa zona se verificaron feroces combates entre invasores y sus mercenarios nativos, sin que pudieran conquistarla. Es más, todavía por ese terreno se consiguen variados balines, metralla, cartuchos, que son evidencias de lo muchísimo que por allí se batalló, principalmente por la ‘Loma de la. Vaca’. Trujillo jamás enarbolará nuestra Insignia Tricolor. Él fue uno de los traidores que pelearon en contra de los guerrilleros. No obstante, trataré de izarla en un pequeño palo, amarrándolo en lo alto de un árbol, si es que todavía quedan pues antes había bastantes, derrumbándolos para utilizarlos en empresas cañeras y en cercados de grandes y distintas haciendas. Fue a consecuencia de tales gruesos troncos que el valeroso ‘Vicentico’ pudo resistir las feroces embestidas lanzadas contra ese bastión del Patriotismo. Los yanquis utilizaron hasta un avión, uno de dos alas, atisbando y disparándoles a los combatientes. Pero uno de esos aparatos fue derribado por un certero disparo de fusil que posiblemente impactó en la cabeza del piloto, ocasionando que chocara con otra colina, derrumbándose incendiado, destrozándose por completo, mientras un inmenso bullicio de alegres guerrilleros retumbaba el área. Eso ocasionó que se enojaran bastante los interventores y sus mercenarios, lanzando contra la heroica loma numerosas balas de variados calibres, procediendo a que los Patriotas se guarecieran detrás de los troncos, llenos de risa.  

    Cierto, enllave, es lo menos que puedo hacer en esta altura de mi vida. Pienso que vendrán tiempos en los cuales podrían alcanzar el poder reales dominicanos con afinidad a estos héroes y nuestra valerosa Dra. Rodríguez. Y entonces, con firmeza convicción lograrían homenajear a tan esforzados luchadores por la Libertad, quienes han sido relegados como si no hubiesen existidos, tratando de que sean olvidados. 

    Sí, vilmente han sido calumniados por los propios criollos con el mote de ‘gavilleros’, ya que los invasores les llamaban ‘bandidos’ (‘bandids’). Por eso deseo que aquel futuro gobierno coloque en lo alto de la ‘Loma de la Vaca’, en honor a esos Patriotas, el Pendón Nacional, notándose bellamente flameando.   

    Los cibaeños tienen su Monumento a ‘La Barranquita’, esto debido a una diminuta acción que un grupito realizó contra el yanqui invasor. Sin embargo, aquí en el Este, donde realmente se les combatió en guerrilla por un buen tiempo, no poseemos absolutamente nada. Y es una pena y vergüenza a las memorias de los tantos campesinos que lucharon heroicamente por esta Patria, la de Duarte y Luperón. Pero así es la realidad: los capitaleños y la gente del Cibao son los que han escrito nuestra tergiversada historia.          

    En la cima de aquel cerro, arrodillado y con los brazos abiertos, les pediré a los Maestros del Cosmos que le pidan al Gran Espíritu a que nos envíe otra virtuosa Evangelina Rodríguez para que alcance la Presidencia Republicana. Pienso que ya antes así fue dispuesto. Empero, aquellos representantes de la maldad instalaron al inmenso perverso de Trujillo, evitando que la Nación tuviera una honesta mujer gobernando, una persona que nos conduciría por senderos de progreso y paz.      

    Esa  solicitud se las  haré para cuando lo consideren de lugar, muy apropiado. Pero, y esto te lo advierto con claridad: las oportunidades deben aprovecharse a plenitud. Y eso fue cuanto sucedió, que no supimos cultivarla. Nos la mandaron en bandeja de oro, complaciendo al humilde pueblo a llevarnos hacia el enorme sueño de los Ídolos Republicanos. ¿Y qué pasó? Bueno, que por nuestra increíble ignorancia y soberbia, no entendimos que ella era la prometida, su enviada. Y en vez de dejarnos llevar por sus grandes ideales, purísima flor de los campos orientales, educadora, escritora, excelente médica con varias especialidades, amante del pueblo, una verdadera socialista, luchadora para que nosotros, incultos y analfabetos, aprendiéramos a desarrollarnos, a levantarnos del sucio fango.     

    Cuanto te he informado aconteció de esa forma. No debemos jamás adornarla, mucho menos envolverla por cruda y molestosa que nos sea. Y por tanto, siempre debemos tener en cuenta, respetándola, esa gloriosa frase de Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”, algo que el dictador nunca lo ha hecho ni lo hará”. 

    “Lo que hicimos con Evangelina --claro la ignorante mayoría--, fue burlarnos de cuanto con tanto amor trató de enseñarnos y que no aceptamos. Y fuimos llevándola lentamente a una terrible y oscura soledad, abandonándola de manera cobarde entre un grandísimo laberinto del cual difícilmente se retorna. Mas, te lo juro otra vez, y por nuestra Hermandad, que tendré el coraje de pedirles a los Maestros la piedad de hablar con el Gran Espíritu para que nos la devuelvan, sin importar a los traidores de estas poblaciones, esencialmente de Macorís, pueblo lleno de pesimistas, aunque la gente evoluciona porque ‘los tropezones hacen levantar los pies’.   

    Reconozco que no podrán hacerlo pronto, es algo difícil a consecuencia de no encontrarnos bien preparados. Ya les fallamos. Tenemos que pagarlo con horribles condenas y sacrificios. Trujillo es uno de esos castigos. Es que sacerdotes como el padre Francisco J. Billini ya no nacen. Él fue un cura de las alturas. Con algunos como él quizá se compondría este país.

    Te repito que tal vez esta  mística pretensión no se  haga realidad por ahora. Muchos años podrían pasar. Esta pobre Nación tiene demasiados tarados y oportunistas. El oscurantismo mágico-religioso que nos rodea, dominativo, es realmente excepcional. Empero, es justiciero que nos ofrezcan otra oportunidad, la merecemos. El dominicano está en continuo sufrimiento con el terrible Trujillo y sus horrorosos compinches. Claro, esto podría ser posible si a la Dra. Rodríguez no la hayan enviado hacia un planeta superior, no de prueba y castigo como es la Tierra. No obstante, Ellos poseen la potestad de determinar la petición que mejor consideren”...

    “¡Caramba, joven amigo, qué grande pondría la nueva Evangelina Rodríguez a este sufrido país! Desde luego, si Ellos deciden enviárnosla poseería un nombre distinto y físicamente sería diferente. Podría ser mulata, negra o blanca, nada de eso es significativo. La Raza Humana es una solamente. Lo muy importante, de veras, extraordinario, es que posea sus principios, igualmente su formación política e intelectual, incluso más elevados que cuando estuvo entre nosotros.

    Mientras tanto, de nuevo te suplico que estos escritos los preserves bien. Ten en cuenta que vienen tiempos oscuros, de pocas luces, en que la temible sombra estará hasta en el más apartado rincón del país, inclusive más lejos aún. Y vuelvo a repetirte que el Humanismo no desaparecerá por culpa de ladrones politiqueros. Es más: existe un mundo de esperanza que aguarda a las futuras generaciones, ya que serán bienaventuradas. Nuestros supremos Hermanos nos  socorrerán. Todo  es  cuestión  de ajustar el Universo, de que llegue el tiempo para su cumplimiento.

    Te advierto que si en dos meses exactamente, más o menos a las ocho de la  noche, próximo a donde vives, no logramos vernos, encontrarnos, estrechar nuestras diestras, abrazarnos, es porque algo salió mal y posiblemente ya no estaré vivo. Vaya, si eso acontece es porque habré cumplido con mi misión histórica. Recuerda que cuanto antecede se encuentra narrado en el Libro Galáctico. Y en esa otra dimensión estaré feliz, repleto de complacencia. Te puedo asegurar que mi  existencia  terrenal estuvo muy por encima de las satisfacciones que de frustraciones. 

    Me despido con los siguientes consejos. Ten precaución  con quienes te rodean. Distintos tipos se te acercarán buscando tu amistad. Desconfía de todos, principalmente de ésos que viven sonriendo, son peligrosos fingidores. Te advierto que trates de andar solo, sin hipócritas a tu vera. Vigilarán tu senda de manera cauta. No dejes asuntos comprometedores en tu cuarto, principalmente a simple vista. Los calieses entran y lo registran todo de modo muy cuidadoso, cual si no hubiesen ingresado. Son expertos efectuando esas actividades. Por eso debes ser sumamente cauteloso antes de salir. Cualquier cosa, esencialmente algún papel escrito, tratarán de examinarlo bien, buscando posibles claves. Con regularidad lo copian para llevárselo a sus cabecillas. Tienes que ser en extremo prevenido. Eso los enfurece, y hasta podrían dejarte tranquilo. No trates de dialogar con bebedores de ron: la mayoría son informadores de los infames funcionarios del SIM. Sé siempre sobrio. Ten siempre presente que los principales dirigentes de la Seguridad del régimen trujillista viene procedente de la alta intelectualidad del país. Es un duplicado con mayor depravación que la GESTAPO. Es una institución óptima, la mejor de la tiranía. Por ella podría durar “Chapita” un buen tiempo abusando de nuestros paisanos, hasta que lo maten de forma despiadada. 

    Bueno, joven amigo, anhelo proseguir escribiéndote, pero todo posee un final. Te dejo con esta importante nota, para que lo conserves y estudies, un avanzado libro. Por eso, me despido cual  lo hiciste conmigo: ‘la Luz del Gran Espíritu sea con vos’. Gracias por todo”.                            

    Hasta ahí  llegó el largo documento del místico anciano. Al volverlo a leer con superior interés, manifiesto que me impactó grandemente. Y quizá por tal motivo fue que me llegaron variados cuestionamientos, viéndome en la necesidad de coger uno, representativo fundamental de cuanto anhelaba conocer. De este modo podía salir con urgencia de tales incógnitas, las que llegaban de disímiles partes. Y por tal motivo tomé una pregunta solamente para que el amigo esotérico, ahora cargado de años y repleto de sabiduría, tratara de respondérmela, siempre que le encontrara extasiado por el Muro de Contención, sus ojos rojizos mirando al Río Macorix durante algún espléndido atardecer que la Naturaleza nos brindaba. Igualmente debería distinguir que si la supiese no me viniese con rodeos como a veces ejecuta, despistando a individuos que no les agradaba. Eso lo sabría de inmediato. Claro, él es distinto conmigo. Me tiene buena confianza, me lo demostró al entregarme aquellos amarillentos manuscritos del místico señor. También le poseo un gran respeto. Es una persona sumamente bondadosa.

    Aunque no lo había contado, lo cierto fue que nunca antes de esos escritos, había conversado con él. En varias ocasiones pude verlo en las tardes crepusculares, por la muralla, contemplándolos.  Hasta llegué a pensar que era un ensimismado, algún buscador de la paz interior que nos ofrecen las sosegadas aguas del  río. Fue él que vino a mí, durante un moribundo atardecer, explicándome el complejo asunto de los mensajes. Confieso que su actitud me sorprendió de forma considerable. Incluso me aseguró que por yo hallarme haciendo (¿?) un trabajo acerca de la Dra. Rodríguez, le habían aconsejado --nunca me dijo por quiénes-- aproximarse a mí a conocer sobre cuestiones jamás escuchadas. Es más, me afirmó que yo había sido ‘escogido’ con fines de realizar tan delicada y triste labor. Realmente no le creí nada, llegando a pensar que el señor podía no estar bien de la cabeza. Empero, ¿cómo sabía que estaba escribiendo algo relacionado a Evangelina Rodríguez? Tal interrogante me trajo una inmensa curiosidad. Quizá por tal circunstancia acepté su invitación de ir donde vivía a contemplar esas notas que conservaba entre el frasco Y yo, hombre que le gusta entretenerse con la investigación, encantándole el lema “de donde quiera sale tremendo alacrán”, me le fui detrás. El resto es ya conocido. No tengo que abundar más, tampoco continuar indagando cómo supo acerca de la narración que estaba efectuando. Todo era una gran incógnita. Y por eso traté de no darle mente. Es que posiblemente a nada concreto llegaría, pues ella pertenecía tal vez a la denominada ‘Dimensión Desconocida’. 

    Si bien admiro al señor grandemente, a veces sonreía sin que me viera, debido a unos ademanes y cuchicheos que efectuaba en ciertos instantes, como dirigiéndose a unos seres inmateriales que le merodeaban. Sí, daba la impresión de que conversaba con ellos. Ahora bien, de algo puedo testificar: ese señor era sumamente instruido, muy culto, quizá un conocedor de subrepticios secretos en extremo inconcebibles para nosotros, gente corriente. Consideraba que él era más normal que ciertos especialistas en enfermedades mentales.

    A consecuencia de que deseaba me respondiera  ese atormentador enigma, fui a procurarle por donde con regularidad se hallaba durante hermoso crepúsculo. Y ahí lo encontré, absorto en su contemplación meditativa (le llamaba MT, Meditación Trascendental), observando el centro de la ría. Lo encontré tan concentrado que no me atreví a molestarlo. Por un momento, a pocos metros de donde estaba, mis codos encima del viejo muro, me quedé abstraído atisbando las aguas. Trataba de respetar su inspiración meditabunda. Entonces, quizás oteándome de soslayo, me comentó: “Ahh, ¿vienes a saber si mi amigo místico cumplió con su misión, eh?”

    Con sinceridad confieso que sus palabras me dejaron atónito. Por un momentico no logré pronunciar ni un vocablo, viéndole gesticulando, susurrando en su medio abstracto. Esto fue ciertísimo, ya que efectivamente esa era la pregunta que anhelaba indagar. ¿La conocería? ¿Tendría conocimientos si llegaron a verse a la hora indicada, ocho de la noche, luego de pasar un par meses? 

   En eso aulló por el espacio macorisano la sirena de los Bomberos, anunciando al pueblo las 18:00 horas, seis de la tarde. Nos encontrábamos delante de la hermosa casa de dos niveles donde el Lic. Porfirio Herrera tuvo su oficina por años, la que con el tiempo sería el bufete de los Drs. Carbuccia. Realmente no encontraba el modo de inquirirle tan interesante interrogación. Él me observaba de manera transversal, lo pude advertir. Asimismo mantenía en sus labios una tenue sonrisa, a consecuencia de que podía estar recordando algunos asuntos relacionados años atrás, en aquel lejano 1947.  

    Notando que nada le preguntaba, hallándome cual perfecto idiota observando el río, comprendiendo que esa era  la interrogante, comenzó a informarme que aquella noche del encuentro, cumpliéndose los dos meses y llegando la hora acordada, él estaba muy inquieto atisbando hacia los lados, procurando contemplarle. Repentinamente el anciano le surgió exactamente a las ocho, a su vera, como si fuera una aparición, admirándose bastante. Me señaló que no pudo reconocerlo de inmediato porque se hallaba distinto, disfrazado, lleno de barbas. Llevaba hasta un bastón rayado, semejante a los usados por los ciegos. Se abrazaron con efusividad. Enseguida se dirigieron al ‘Parque Salvador’, sentándose en uno de los asientos, comenzando el anciano a contarle tantísimas cosas que al joven le parecieron sorprendentes. 

 

NOTA: Nuestra obra está registrada en la Oficina de Derecho de Autor, ONDA, cual manda la Lery 65-'00.

 

07/09/2010 09:27 Bernot Berry Martínez #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

'UNA FLOR PARA EVANGELINA RODRIGUEZ' (¿1879?-1947)

                  Capítulo XVl                       

             (Novela-Histórica)

 Por: Bernot Berry Martínez   (bloguero)

 

   Me narró el señor que aquel bravo don, con sus ojos llenos de ternura, le fue percatando de cuanto había efectuado. Conoció que ascendió la ‘Loma de la Vaca’ después del mediodía, en ambiente tranquilo, notándola muy pelada, no como en años anteriores. Sin embargo, algo bastante bueno sintió: es que nadie le vigilaba, ya que no le habían perseguido a causa tal vez de su atuendo de espantapájaros, similar a los que usan ciertos dementes. Le contó que escaló el cerro con poca dificultad. Es que llevaba un largo palo en el cual pensaba colocar la Bandera, apoyándose en el mismo. Le dijo que mientras iba ascendiendo recordó asuntos del pasado, 1917, de cuando por ese perímetro se combatió por la Dignidad Nacional, avizorando estampidos, rabiosas frases ordenadas por el general Vicente Evangelista a sus bravos combatientes, pidiéndoles detener a los agresores. Le afirmó que vio y percibió gritos de dolor, contemplando brillosos ojos apagándose lentamente; distinguiendo lucha cuerpo a cuerpo, a hombres heridos de machetazos rodando colina abajo, chillando, yéndoseles su último hálito de vida. Le contó que miró a cadáveres de mercenarios, soldados foráneos,  también de guerrilleros. Le narró que los nacionalistas de Evangelista conocían su terreno, eran del contorno, lo cual les ofrecía una considerable ventaja.

    Refirió que en aquel tiempo todo ese cerro llegó a poseer numerosos árboles de robles y caobos de gruesos troncos, centenarios, y detrás de éstos se escondían los guerrilleros, causándoles grandes bajas a los ofensores de nuestra Emancipación con sus machetes y armas cortas, esencialmente los poderosos y famosos ‘44’. Señaló que sonrió con esos recuerdos, sintiendo que una murmurante brisa le acariciaba su canosa cabeza. Expresó que si bien aún era un hombre maduro, de unos 40 años, se sintió orgulloso de  participar defendiendo  la ‘Loma de la Vaca’ de ataques sorpresivos, incluso de uno que organizaron después de la medianoche, cuando la  tropa de ‘Vicentico’ dormía. Pero los vigías, entre quienes se hallaba él, pudieron verlos arrastrándose con cuchillos en la boca, cubriéndose con ramas, dando la alarma correspondiente, logrando enfrentarlos hasta que huyeron en desbandada, dejando varios muertos. Le indicó que los hombres de ‘Vicentico’eran valientes, enérgicos, unos ‘cojonudos’ como lo comentaba con relativa frecuencia el comandante Evangelista.   

    Le dio a conocer que en esa cima había poseído una casita hecha con maderas de palma, un buen conuquito, varias gallinas, un gallo manilo, además una vieja res que no producía leche pero que mugía al avizorar algún extraño, dando aviso. Le indico que posiblemente a causa de ese animal es que llamaban a ese lugar la ‘Loma de la Vaca’. Sí, allí vivía con un elevado sosiego. Comía los productos de su huerto y diversos frutos de árboles frutales. Hacía sus ejercicios mentales, tanto los de meditación contemplativa y trascendental, como otros de ejecución más difícil. Contemplaba en noches estrelladas a las hermosas Pléyades o ‘Siete Hermanas’, obteniendo en ese sitio sus primeras experiencias con cuanto oculta el firmamento. Le confirmó que en esa cumbre realizó sus primeros contactos con los viajeros siderales, conociendo que el Cosmos estaba lleno de vida, existiendo numerosos planetas con seres bastantes evolucionados, diferentes y similares a los de aquí, compartiendo con nosotros desde la antigüedad. Y le habló de ‘La Biblia’, el Libro Sagrado de los judeocristianos, manifestando diversos sucesos de OVNIs, como el “Carro de Fuego” que se llevó a Elías delante de Eliseo; o aquel aparato entre el agua en donde estuvo Jonás por varios días; o la del visionario Ezequiel haciendo un contacto de primer tipo, personal, con los extraterrestres, narrado por el propio profeta, todo de acuerdo a sus conocimientos; o la famosa ‘Estrella de Belén’, la que era un objeto volador que se detuvo para mostrar con brillante luz a los maestros místicos el lugar exacto en donde nació el Niñito Jesús, el Nazareno, etc. Le contó acerca de otros textos, mucho más antiguos que ‘La Biblia’, los cuales narran sobre esos seres que vinieron de lejanas estrellas en el Cosmos a socorrer a ignorantes pueblos, convirtiéndolos después en poderosos imperios para cambiar el curso de la historia...     

    Pues bien, le reveló que en esa cima habitaba completamente en soledad. No poseía familiares cercanos, tampoco concubina. Ni siquiera tenía un latoso y pulgoso perro. Sin embargo, se sentía feliz. Le encantaba esa solitaria colina. Nadie le molestaba, aunque a veces llegaban unos subrepticios cazadores buscando cerdos cimarrones. Él no les ayudaba, quedándose en su morada hasta que se fueran --se recuerda que era vegetariano, tampoco le agradaba  que  mataran a los animales--. 

    Refirió que su existencia en esa loma fue hermosa, que las personas poseen el Derecho de escoger la forma de vivir que les plazca. “Lo esencial es no hacerle daño a sus semejantes”, aseveraba. Mas, ese manera de vida, sencilla y bella, de inmensa placidez, se le derrumbó cuando llegaron los norteamericanos en 1916. Le ratificó que los gringos vinieron al Este por Macorís, un año después, el 10 de Enero de 1917, fecha en que el joven Gilbert salvó la honra del pueblo de Macorís con su conocida hazaña en el muelle. Empero, le aseveró que nunca estuvo con las Guerrillas comandadas por Vicente Evangelista. Es que era una persona de paz, jamás amante de la guerra. Le señaló que su mayor anhelo en la vida consistía en que los hombres convivieran sin matarse, ya que era un firme partidario de lo manifestado por el místico francés, el escritor Julio Verne, referente a las guerras capitalistas: “¡Pobres soldados, creen que combaten por la patria y no saben que lo hacen por los poderosos empresarios!”

    Ahora bien, sabía que dejar los hombres de guerrear era sumamente difícil, esto a consecuencia de que llevamos entre nosotros, en el ADN, ese virus de la violencia, ‘del poderoso dominar al más débil’. Y presentía, por tanto, que pasarían considerables años antes de que evolucionáramos hacia su completa extinción. 

    Fue por aquella intervención foránea que Vicente Evangelista, quien se encontraba laborando en su finquita (esa propiedad se la destrozarían más luego los mercenarios de los yanquis, asesinados sus viejos trabajadores y animales, quemada la vivienda), tomó aquella ‘Loma de la Vaca’ para su Cuartel General, expresó. Enseguida escudriñó a ‘Vicentico’ con fines de conocer su personalidad, tomándole gran admiración y respeto. Era alto y fuerte, mestizo claro, de rostro adusto. Era astuto y honesto. Ostentaba mirada de brillo penetrante. Intuyó en él a un real guerrero, poseedor de gran notabilidad, con enorme carisma y don de mando. Le confirmó que Evangelista escribía en un cuaderno, una especie de diario, lo más importante de cuanto acontecía, llevándolo siempre consigo. Le manifestó que el comandante era pausado dialogando, un líder al servicio de la Nacionalidad Dominicana, odiado por los yanquis y sus esbirros a sueldos, aseverándole que con seguridad sería bien recordado por las generaciones venideras, algo aún no acontecido.  

    Relató que estuvo un buen rato encima de la hierba, rememorando variadas cosas acontecidas en esa comarca. Y cuando se acordó de su plan, se levantó y fue hacia su bulto, sacando la Bandera, desdoblándola con esmero y respeto, poniéndosela al largo palo con fuertes cordeles, cavilando que subiría con precaución en el único árbol grande que aún quedaba allí --un viejo tamarindo--, de los muchos que anteriormente existían. Y pensó que el egoísmo y la cruel deforestación que el ‘humano’ proseguía haciendo, lenta, devastadora, estaba originando enormes estragos en el ecosistema. Le confirmó: “somos tan toscos derrumbándolos, que no volvemos a sembrar otros para sustituirlos; de esta forma rompemos el equilibrio biológico natural, cultivando ese popular refrán que con frecuencia lo emplean los descarados mediocres individuos: “El  que venga  atrás que arrée.

    Me narró el señor que aquel anciano le refirió que el tamarindo poseía más años que él, conociéndose desde tiempo atrás, señalándole que aunque eran seres vivos de reinos diferentes, animal uno, vegetal el otro, los árboles sienten y sufren, lo aseguran los meditabundos consejeros de vastísima experiencia. A consecuencia de lo anterior, le contó que con sumo gozo lo abrazó unos minutos, en silencio, tal vez comunicándose interioridades. 

    Contó que le pidió al árbol su permiso para subirlo a colocar en su mayor altura un palo con la Bandera Nacional. Y creyendo que se lo concedió, con sumo cuidado lo fue trepando, recordando que en el mismo se había encaramado otras veces, sirviendo de vigía a ‘Vicentico’ y sus combatientes. Bueno, dijo que podría caerse, que no era el de antes, y se estrellaría contra el suelo, convirtiendo su deseo en gran desastre. Pero se dio confianza. Se afirmó que nada le acontecería. Era delgado, fibroso, caminando con regularidad, manteniéndose con cierta agilidad. Llevaba el Pabellón con el palo sujetado a su espalda. Le narró que subiendo bastante alto, quedando lentamente oscilando, lo amarró con una fuerte gangorra en erguida rama, sobresaliendo el tricolor Estandarte Dominicano en las alturas del árbol frutal. Y que allá arriba, contentísimo, bajando un poco, aferrándose a una potente rama, chilló con toda su energía la frase gritada por Gregorio Urbano Gilbert al disparar su revólver contra unos yanquis en el embarcadero de Macorís, hiriendo de gravedad a un joven teniente: “¡Viva la República Dominicana, viva la República Dominicana!”afirmándole que la voceó varias veces.  

    Le recordó que jamás llegó a ir con los guerrilleros en sus correrías contra los interventores y sus esbirros. Sin embargo, cooperaba con ellos porque ‘Vicentico’ le dio una delicada misión. Sí, le ordenó mantenerse sumamente alerta, para en caso de advertir algún grave peligro, como una emboscada, avisarles quemando leña, ya que el humo les advertiría de que estuvieran prevenidos porque había una celada contra ellos, sucediendo lo contrario si no les avisaba. Por tanto, era muy importante su tarea. De ella dependía, de su buena contemplación, salvar vidas de honrosos hombres, cuidándose que no le atraparan: sería degollado de inmediato como hicieron con la vaca mugidora, clavando su cabeza en una mata. Claro, si lo atrapaban y eliminaban ya no tendrían prevención y sería culpable de una posible dolorosa matanza. Pero los combatientes eran muy precavidos, curtidos en los montes. Y por tal motivo ostentaban unos chillidos que cambiaban regularmente, evitando caer en una trampa de los mercenarios criollos, quienes eran los que más se esforzaban por atraparlos. Es que cobraban buenas remuneraciones por cualquiera de ellos, recompensa que aumentaba de acuerdo al guerrillero que les llevaran a los oficiales norteamericanos, vivos o muertos. Por Vicente Evangelista ofrecían miles de dólares. A varios de estos individuos, buscadores de recompensa por matar a ‘Vicentico’ o algunos de sus lugartenientes, (Ramón Natera, Telesforo Santana Polanco, Martín Peguero, Basilio Santana, Ramón Batía, etc.), se presentaron a la ‘Loma de la Vaca’ con bandera blanca, dizque para incorporarse a las Fuerzas Nacionalistas. La mayoría de esos tipos fueron ejecutados porque los Patriotas se dieron cuenta de que estaban al servicio de la potencia interventora.

   Dijo que cuando los Nacionalistas avistaban el humo encima de la cumbre, señal evidente de algún peligro, se aproximaban a pie, pasando cuidadosamente el arroyo cercano a la loma, matando con rapidez a los traidores por dinero, quienes con regularidad estaban bebiendo ron, aguardándoles con armas cortas. Enseguida, quedándose con los revólveres y municiones, los cruzaban por los lomos de a tres en aquellos grandes mulos traídos por los americanos, y que bien amarrados los espantaban con tiros cerca de  sus orejas, bajando los animales a todo trotar con

su funesta carga encima. 

    Le expresó que aunque contempló que ya estaba anocheciendo, estuvo otros minutos sobre el tamarindo, saboreando sus excelentes frutos, lanzando al suelo cierta cantidad para llevárselos. Luego fue bajando muy despacio, llegando poco después, sano y alegre al suelo. Recogió una buena parte de los lanzados, guardándolos entre el bulto. Sonriendo volvió a estrechar con intensidad al tronco. Señaló que se encontraba emocionado porque en aquel momento se despedía del árbol-amigo, ya que jamás volverían a verse. Enseguida fue hacia ese lugar, antes bastante frecuentado su persona, en el cual utilizaba para hacer sus meditaciones. Y en ese sitio, arrodillado, los brazos en cruz, sus ojos atentos hacia el Cosmos, buscó establecer contacto con los auxiliares del Gran Espíritu del Universo, quienes eran seres muy superiores que constantemente están escudriñando cuanto acontece en nuestro planeta. Indicó que con su mente en total conciencia les pidió que tuvieran la bondad de pedirle a quien todo lo puede, enviarnos a una nueva Evangelina Rodríguez, paradigma educadora y médica, amantísima de su pueblo, de los desposeídos. Aseveró que con firmeza les suplicó que intervinieran en mandárnosla otra vez, pues ella impediría que nuestra Nación se hundiera en el abismo de la inmundicia. Les instó a pedir al Gran Espíritu por una nueva oportunidad, incluso hacia los demás países, implorándoles que lo cumplieran por amor al Humanismo, expresando hallarse en un buen momento de su máxima concentración mental, en alerta hacia la tenue oscuridad envolvente.

    Me indicó que de veras admiró su formidable memoria al recordar cosas que el don le contó en aquel 1947. Fue cuando dijo que le formuló que no tenía ni un poquitico de ansiedad, de miedo. Realmente se encontraba dominado por una impresionante serenidad, indicación irrebatible de que  su  petición la  pudieron escuchar. Pero, ¿se la llevarían al  Realizador de las  buenas súplicas? Lo consideró muy posible, contándole que en eso apreció hacia Occidente, en lontananza, que aún se veía un delicado y agonizante crepúsculo. Caviló que ya todo lo había perpetrado. Y eso era cierto: había colocado la Bandera en el lugar merecido, cumpliendo con la grandiosa solicitud que de forma constante su interioridad le sugirió. Y se sintió radiante de alegría al cumplir con ese deber, percibiéndolo en lo más profundo de su alma,  conciencia, raciocinio. Claro, caviló  que con  mucha seguridad los espíritus de aquellos valerosos guerreros nacionalistas, principalmente los caídos en variados combates, estarían elevadamente gozosos distinguiendo la tricolor Enseña flotando a los vientos de la Patria. Sí, era el Estandarte por el cual tanto batallaron los Trinitarios y Restauradores. Es que en esa franja del Este, durante buen tiempo, los luchadores por la Dignidad Nacional pudieron conservar libre nuestra Soberanía Territorial, mientras que en otras regiones los forasteros las mantuvieron aplastadas entre sus potentes y hediondas botas, solamente con el desprecio de su población. 

    Le manifestó que en tanto iba bajando la ‘Loma de la Vaca’, alcanzó a vislumbrar entre la sutil oscuridad que rodeaba, a nuestra  preciosa Bandera. Expresó que en ese ambiente la notó enlutada, flotando donde le respondía ondear por siempre. Dijo que el don, hombre de altísima sensibilidad, emocionado, se puso a llorar alegremente, contándole asimismo que de pronto súbitamente el ambiente oscureció, contemplando a las espléndidas y bellas estrellas con enorme admiración, carcajeando de felicidad. Se hallaba repleto de regocijo. Y con su bulto al hombro, siguió descendiendo la colina, deteniéndose un momentito a beber del límpido arroyuelo, el cual como ya se indicó cruzaba cerca de una cadena de cerros, no lejos de Mandarín, El Seibo. Igualmente se refrescó la cabeza y su rostro. Sonrió muy gozoso. A nadie había visto por los alrededores. Le  contó que avizoró una inmensa calma por el contorno. Era un medio que conocía perfectamente. Claro, no pensaba llegar a Macorís esa noche, sino posiblemente mañana, al cumplirse las ocho de la noche, el plazo que le había prometido. Y que logró alcanzar nuestro pueblo más pronto de lo esperado a consecuencia de que un militar, conduciendo un camioncito repleto de plátanos verdes, lo trajo en la parte delantera por veinte cheles. Iba deleitándose con los sabrosos frutos del tamarindo, regalándole unos cuantos al conductor.  

    Le pregunté qué había sido de tan valeroso y buen señor, si continuaron sus buenas relaciones. Me respondió que el don se despidió con un emotivo abrazo, siendo tan sincero que logró percibir su aura introducirse brevemente en su interior, que el anciano les puso las manos sobre sus hombros, y contemplándole bondadosamente le aconsejó cuidarse con dedicación, sin descuidarse ni un poquito, haciéndolo igual con aquellas notas que le escribió con el corazón, guardándolas para el porvenir. Y que ambos se encaminaron hacia el río, por ‘La Barca’. Y fue ahí, sin nadie a la vista, que de nuevo se despidieron, diciéndole que se iría lejos, primero a la capital, luego hacia el Cibao, Santiago, a saludar a unos amigos esotéricos, porque la ‘cosa’ por aquí se pondría mucho peor de cuanto estaba ahora. Y que después haría algo tremendo: trataría de alcanzar la cima del mayor pico de las Antillas (3.175 metros, el Duarte), para tratar de hacer contacto con los viajeros siderales, un lugar bastante preferido por ellos. 

    Me refirió entonces que entrando su diestra en un bolsillo de su ancho pantalón, extrajo una pequeña brújula y sosteniéndola por su cadenita le dijo: “Ten, guárdala bien, sin enseñársela a nadie pues es peligroso. Me la regaló el general Vicente Evangelista dizque para no perderme. Y recuerda cuanto te he dicho: este es un pueblo temible, tiene sobrados tiburones, chivatos hasta de balde”, y puso el aparato entre mis manos. Observé que se encontraba bien conservada (a la mañana siguiente comprobaría que era del 1917, nuevecita, tal vez le había pertenecido a un oficial gringo muerto en combate o perdida en la llanura) En ese instante él intuyó que lo de ellos llegaba a su final, que quizá más nunca volverían a verse en sus cuerpos terrenales, sintiendo una inmensa tristeza. Y fue cuando le contempló irse caminando encima de las aguas del Río Macorix. Me dijo que sonrió ampliamente al darse cuenta que el don dominaba tan antigua técnica. Narró que a unos doce metros se detuvo, miró hacia atrás  y le voceó: “Algún día tú también harás esto, sigue practicando”. Y que le miró levantando la diestra, diciéndole adiós, continuando andando sobre la superficie del río, perdiéndosele entre la oscuridad. Supuso que lo cruzó, siguiendo hacia donde le informó que marcharía. En eso escuché su abatida voz atestiguándome:

    --¡Jamás volví a verlo!       

   Advertí de soslayo que gruesas lágrimas serpenteaban el áspero semblante del ahora anciano señor, canoso, con descuidada barba, bajetón, fornido, regularmente vistiendo una larga chaqueta de color oscuro, siempre deleitándose con los crepúsculos de nuestro otrora hermoso río.

    A consecuencia de que me hallaba un poco alterado por lo último que me participó, no sabía si se trataba de una burla o era verdad, y obligado por la curiosidad le pregunté: “Oiga, ¿me dijo que se fue caminando sobre el río, eh? Hum, ¿eso puede ser posible, estimado amigo?”

    --Claro que lo fue --expresó, mirándome con seriedad--, es la técnica de la Levitación. Todo maestro místico llega a dominarla, igual que muchas otras cosas que el sujeto común ni siquiera puede imaginarse, como es el de pasar a la Cuarta Dimensión, ese espacio-tiempo descubierto por el ruso Minkowsky partiendo de lo desarrollado por Einstein y su Teoría de la Relatividad. Se afirma que en esa dimensión la velocidad de la luz podría ser instantánea. Te vuelvo a mencionar que la mente es sumamente potentísima. Se domina con los años. Tú también las aprenderías si te dedicaras de lleno.  

    Me sentí altamente aturdido, no comprendiendo esos asuntos tan complicados. Y tal vez por eso me llegó una interrogante sobre ‘Vicentico’, y se la hice sin reparo, alejándolo de cuanto me informaba. Le pregunté la razón de venir Evangelista hacia Macorís a tomar posesión de la Gobernación, cuando incluso él mismo sospechaba que podía ser una tremenda trampa. Lo pensó un rato antes de responderme que eso mismo le había indagado al don, contestándole éste que sólo en el Este se peleaba, que los cibaeños estaban quietos aunque rabiosos con los gringos, igual en la zona Sur, que Vicente había rechazado diez mil dólares y un salvoconducto para marcharse a Venezuela si dejaba de combatir, también no quiso la gobernación seibana, pero que exigió la macorisana porque se asegura que tenía en mente atacar después a la capital con armas proporcionadas por los alemanes, quienes las entrarían por el puerto local en buque neutral, ya que la Primera Guerra estaba en plenitud. Sí, de este modo Evangelista ampliaría la contienda mundial, ya que en el fondo era pro germánico. Me expresó que ‘Vicentico’ era un táctico tremendo, dividió su tropa, permaneciendo con buena parte de ella pues los gobernadores de antes no eran como los de ahora, poseían sus fuerzas. Lo hizo con el propósito de que continuaran batallando en caso de que fracasara su plan, una valiente aventura con un 50% de éxito. Me afirmó que ese intento le fracasó a consecuencia de que fue traicionado por un ‘intelectual’ de pacotilla, arribista y oportunista --“de ésos que les gusta mandar desde la sombra pero nunca combatir”--, dijo, aseverándome que ese mediocre individuo lo envidiaba por su gran capacidad de mando y su independencia, no tomando en cuenta a esos tipos que quieren dirigir pero sin arriesgarse. Me indicó que los yanquis violaron el ‘Pacto de Alto al Fuego’ firmado en la ‘Loma de la Vaca’ con ‘Vicentico’, haciéndolo preso cuando llegó a Macorís, y que encadenado llevaron al héroe sobre una carreta de basura, encadenado de pies y manos, hacia su cuartel en Miramar. Me contó también que luego se conocería que durante esa misma medianoche de su detención, sin ser juzgado, lo ejecutaron, ignorándose qué hicieron con su cuerpo, si lo tiraron entre el mar con pesas o enterrado por el ‘Pley Coloráo.’ Empero, las luchas continuaron con mayor ahínco, divididos en grupos de guerrilleros, dirigidos por el valiente y decidido Ramón Natera. Le interrogué sobre el traidor de ‘Vicentico’, respondiéndome: “Bueno, ese tipo recibió un dinero largo por su información. Se quedaron con el  diario del comandante, estudiándolo. Y como siempre sucede con esos individuos, al salir los yanquis del país fue nombrado en el Cuerpo Diplomático durante unos años, hasta que se enfermó, secándose lentamente, convirtiéndose en un hilo en el lecho, algo que regularmente les pasa a los traidores. Es la Ley de la compensación”. Y lo vi sonreír con cierta satisfacción. .     

    Pero me sentía desconsolado. Ya no me encontraba en condiciones de seguir escuchándole. Por eso, poniéndole una mano sobre su hombro, en señal de un hasta pronto, me fui pegado al murallón, percibiendo su mirada en mi nuca, Pasé junto a FERMOSELLE, asimismo por el Puerto, no deteniéndome hasta llegar al Malecón. Allí me puse a contemplar a mi queridísimo Mar Caribe, Padre de los Mares.                      

    Algunos  días  después  de nuestro último encuentro, en una brillante noche, hallándome avistando el río desde el muro, presencié que una silueta humana iba caminando encima de las aguas. Me pareció que era el viejo amigo, el esotérico, dirigiéndose hacia la otra ribera. Realmente eso no me sorprendió porque ya me voy acostumbrando a tantas extrañezas…

    Bueno, eso sí, me alegré memorizando cuanto aquel don le certificó al joven de aquel tiempo. Entonces, observando las hermosas estrellas, me puse a meditar en el señor de los mensajes, especialmente de cuánto me hubiese gustado conocerlo, conversar con él, escucharle relatar acerca de los tantos asuntos por los cuales debió de pasar. Por eso me interrogué: ¿Qué le habrá sucedido? ¿En dónde expiró su último aliento? ¿Falleció en altísima montaña, como en el Pico Duarte, su mayor empeño, admirando a sus adoradas Pléyades? En fin, me manifesté, aquel don, un ser a quien no tuve el honor  de conocer, desde este  tranquilo  lugar le  envío  un profundo y sincero saludo telepático. Ojalá logre captarlo y me ayude con los misterios que nos rodean…  

 

NOTA: Esta obra nuestra se halla registrada en la Oficina de Derecho de Autor, ONDA, cual manda la Ley 65-'00. 

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        

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   Turenne Berry Martínez (Bernot), 1940, nació en San Pedro de Macorís, Miramar, Rep. Dominicana. 

    Es domínico-francés. 

    Pertenece al Colegio Dominicano de Periodistas, CDP; al Sindicato Nacional de Prensa, SNTP, y a la Asociación Dominicana de Periodismo y Escritores, ADPE.

    Ya antes había editado con recursos propios varias obras: “Nuestro inolvidable Miramar”,1997, remembranza de su barriada. La novela de los ilegales “Sueño más allá del olvido”, 1998, con una segunda edición ampliada y corregida en el 2009 para atender diversas peticiones. La de narraciones “En ese doblar de campanas”, (Extraños Relatos), 1999. La novela social ecológica “La misión de Jaimito”, 2002; y la titulada “Más allá de la esperanza” (Prosas Poéticas), escrita en el 2003. Ahora lanza, con ayuda de la Sindicatura local una edición de la novela- histórica “Una flor para Evangelina Rodríguez”, 2007, la cual con gusto donó al Museo de Historia de Macorís con la finalidad de que obtuvieran fondos para la Institución. El libro trata sobre la Educadora y Primera Médica Dominicana, con tres especialidades realizadas en Francia, gran mujer, ejemplar patriota, quien fue totalmente incomprendida por la machista e hipócrita sociedad de entonces (¿?). También por el obtuso y reaccionario clero católico. El autor después publicó, 2008, su texto “Anécdotas Macorisanas y”..., editando de igual modo, 2010, ampliado y corregido, una segunda versión del opúsculo “Nuestro inolvidable Miramar”.   

 

 

08/09/2010 20:33 Bernot Berry Martínez #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

'UNA FLOR PARA EVANGELINA RODRIGUEZ' (¿1879?-1947)

 

ESTA OBRA SE HALLA REGISTRADA EN LA OFICINA NACIONAL DE DERECHO DE AUTOR  (0NDA), COMO MANDA LA LEY 65-00.

 

 

 

 

RNC            : Cédula

 

 

 

Título        : ‘Una Flor Para Evangelina                                          Rodríguez"                               

                                                   

   

Por              : Bernot Berry Martínez

                           (Turenne)

                                       

    

 

Diagramación: Autor

 

 

 

SE PERMITE LA REPRODUCCIÓN PARCIAL SIEMPRE QUE SE MENCIONE TEXTO Y AUTOR.     


 

INTRODUCCIÓN DEL AUTOR:

 

     Como los hechos históricos no son patrimonio de nadie, me propuse escribir un pequeño relato acerca del sepelio de nuestra primera médica, la Dra. Andrea Evangelina Rodríguez Perozo, “Lilina”, para que formara parte de mi texto ‘Anécdotas Macorisanas’, el cual estaba finalizando. Tenía pensado terminarlo con una foto de su tumba, comenzando con una suya, ambas incluidas en el presente. Ahora bien, ¿por cuál motivo éste se fue extendiendo hasta convertirse en novela-histórica? Es esta una interrogante que con cierta frecuencia me he realizado, concluyendo que no puedo responderla. Parece que la misma es profunda, se pierde en inescrutable laberinto.    

   Cuanto puedo aseverar es que si hubiese encontrado con prontitud su nicho, esta obra no existiría, quedando como una simple anécdota de cuatro o cinco páginas. Pero así suceden determinadas cosas en la vida. A veces son tan extrañas que es preferible dejarlas de tal modo para una mejor tranquilidad emocional, ya que pertenecen a lo abstracto, a lo muy complejo. ¿Y por qué? Bueno, pienso porque a nada aproximado el neófito lograría llegar. Eso sí, posiblemente le quedaría un vacío tan hondo que le sería altamente deprimente. 

    Vuelvo a insistir que si hubiera hallado su tumba rápidamente este texto no estuviera escrito, pues no tenía intenciones de producirlo. Informo que cuanto pasó fue que al no poder localizarla, me fui compenetrando en la admirada vida de Evangelina Rodríguez, a consecuencia del loable libro del Dr. Antonio Zaglul Elmúdeci (“Despreciada en la Vida y Olvidada en la Muerte”), una estupenda biografía que con seguridad influyó en mí a efectuar el presente trabajo, en tanto me dedicaba a buscarla en aquella antigua (1904) pequeña necrópolis situada en Villa Providencia, SPM, Dominicana. Incluso les ofrecí una recompensa a unos obreros que laboran allí, con el propósito de que la procuraran, todo sin resultado positivo. Era como si no estuviera sepultada en ese cementerio. Es más, algunos de ellos me sugirieron la posibilidad de que tal vez su nicho fue profanado, cambiado, entrando en él a otro extinto, algo que con relativa frecuencia se está perpetrando en camposantos dominicanos --ahora se roban los carísimos ataúdes, y por este motivo la familia de los difuntos prefieren romperlos a martillazos antes de enterrarlos--. ¡Caramba, esta probabilidad me causó aprensión y tristeza de sólo cavilar en tal viabilidad!     

    Cierto, pasaron más de seis meses sin hallar su tumba, mientras lo que seguía narrando crecía como harina amasada con excelente levadura. Empero, si bien trataba de ubicarla para tomarle una foto, igualmente deseaba contribuir con el Museo de Historia de Macorís, ya que esa Institución quería ponerle una distinción a tan destacada educadora-médica, considerada en extremo sobresaliente, tanto en Humanismo como en Patriotismo.

    Recorrí los cuatro cuadrantes que componen ese viejo cementerio sin encontrar su tumba. Era algo desesperante y dificultoso buscarlo en aquel ardiente sol mañanero, igualmente causante de enorme frustración. A veces no sabía qué más ejecutar. Por eso, en determinada ocasión me apersoné a nuestro Honorable Ayuntamiento tratando de indagar si conservaban algún destello sobre su enterramiento, esto porque en la oficinita del camposanto no pude hallar nada, tampoco en el Cabildo.   

    Sin embargo, como soy un individuo que no se rinde fácilmente, proseguí batallando y escribiendo. ¿Y qué aconteció? Bueno, alguien a quien no recuerdo (creo que fue Pastor Vásquez) me insinuó interrogar a Roberto Vásquez, un pasado administrador del mismo, sucediendo que un sábado matutino lo hallé en el Parque Duarte. Y miren cómo son las cosas, Roberto se acordaba que esa sepultura estaba próxima a una mata de caña, la cual nació al azar o porque alguien la sembró. Sí, una luz de esperanza penetró a mí. Y de inmediato le invité a que me la mostrara. Pero él no podía en ese instante: se hallaba haciendo tiempo para efectuar un asunto personal. Por tanto, acordamos acudir al siguiente día, a las diez. Mas, cuando me presenté a esa hora, él no se encontraba, dejándome dicho con un sujeto que procurara a ‘Mateo’, quien laboraba al frente de esa diminuta necrópolis. Y de inmediato así lo hice, informándome Rafael Truján Martínez, su verdadero nombre, que Roberto llegó temprano y entre los dos buscaron en el lugar a la misma, y porque tenía una cita, le confió a él que me comunicara cuanto averiguaron.

    Me indicó “Mateo” que ambos fueron al sitio donde debería estar el tan buscado sepulcro. Pero no lo vieron porque la señal con la mata de caña no se hallaba. Me sentí un poco contrariado. Era como volver a comenzar. Entonces le pedí llevarme a donde ellos estuvieron. Y el buen hombre, quien se gana la vida en ese camposanto desde temprana edad, un experimentando poniendo lozas y haciendo inscripciones en tapas para nichos, etc., me condujo al mismo. Esa zona se encontraba cercana al ingreso del cementerio, en su primer cuadrante. Y hallándome por ahí, me di cuenta que ya antes lo había recorrido en varias ocasiones. No obstante, en ese momento me sentí muy emocionado, esperanzado en divisarla. Y mientras leía los nombres de algunas tumbas, percibí que Truján Martínez me observaba con atención. En eso él me enseñó una abandonada, descuidada, sin apelativo, diciéndome que tal vez había sido utilizada por hurtadores con la finalidad de introducir a un fallecido, esto a consecuencia de que ciertos familiares se van del país y no retornan jamás, sucediendo algo muy similar con los violadores: entran al muerto y la desatienden por siempre.                                                     

    Estaba pensativo. Me envolvía una terrible indecisión. Pero volví a contemplar en aquella soleada mañana los nombres de variados sepulcros. El sol estaba tan picante que molestaba mi visión. El espacio se hallaba lleno de nichos: elevados, medianos, pequeños. Entonces fue cuando el corazón me dio un salto por la emoción. Cierto, a varios metros de mí había uno alto, rodeado de lozas, con distintos apelativos. Entre éstos estaba el grandioso nombre de la Dra. Evangelina Rodríguez. Y con bastante entusiasmo, muy impresionado, me le fui aproximando, señalándolo, comprobando que ahí se encontraban sus restos y los de varios de su familia, unos siete, incluyendo los de su abuela paterna, doña Tomasina, sureña, quien la crió con recta  moralidad. Sí, encontré su sepulcro de manera extraña. Cavilé que siempre la busqué como una sencilla, nunca elevada con siete nombres. “Mateo’ se hallaba emocionado. La examinó, expresándome que estaba perfecta, necesitando solamente que limpiaran sus lozas. Salimos del cementerio. Me envolvía una honda satisfacción. Nos despedimos contentos. Tenía que traer a un fotógrafo, quien me cobró 150 pesos por hacerme una, la cual se encuentra en la obra. Para cumplir con el Museo saqué una fotocopia y se la obsequié.              

    Ahora bien, pido disculpas por la crudeza con la cual se halla escrito el texto. Reconozco que es fuerte y penoso, con horribles detalles que se ignoraban. Empero, la autenticidad es que a tan prestigiosa médica le pasó suficiente más de cuanto aquí se narra. No ignoro que diversas personas me odiarán con mayor ferocidad que en la actualidad. Pero allá ellos. Además, sé que aumentarán mis encubiertos enemigos. Empero, les recuerdo que “la palabra es para decir la verdad, no para encubrirla”, José Martí, poeta, Apóstol de la Libertad de Cuba. Gracias.

 

NOTA: Con esta introducción, la cual debí poner al comienzo, finaliza nuestra Novela-Histórica "Una flor para Evangelina Rodríguez". De veras espero que le haya gustado aunque fuera a una sola persona. Con esa distinción estaría complacido con el enorme trabajo efectuado de manera gratuita: Bernot Berry Martínez       (bloguero). 

 

Correo: bernotberrym@hotmail.com

09/09/2010 18:40 Bernot Berry Martínez #. sin tema Hay 1 comentario.

'LA PREOCUPACION DEL EMPERADOR'

           

Por: Bernot Berry Martínez         (bloguero)

 

    El mulato emperador Barack Obama (“hijo de negro musulmán africano y blanca cristiana”, como dijo Fidel Castro), presidente de EE.UU, a consecuencia de las próximas elecciones legislativas de Noviembre en algunos Estados de Norteamérica, se encuentra sumamente alterado pues según las encuestas los republicanos ganarán en determinados Estados y eso les daría mayoría en el Congreso. Si tal cosa aconteciera con seguridad frenarían los supuestos diversos planes que afirma Obama llevaría a cabo para EUA, desde luego siempre aconsejado por sus asesores. Él dice que los Busch son patriotas. Lo dijo cual forma de conseguir apoyo de los conservadores. Aseveró que ganaron la guerra de Irak con pocos soldados yanquis muertos, unos 6.500 y pico. No obstante, adrede no menciona que esos patriotas mataron a más de 100 mil iraquíes, todo para vender toda clase de armamentos, uniformes, robando aún el petróleo de Irak.    

    Es por eso que el altanero emperador se halla recurriendo a todo tipo de demagogias, tratando de engatusar a los electores, principalmente los afronorteamericanos, como además a los muy golpeados y abusados latinoamericanos. De esta manera quizás obtendría tales indispensables senadores para que los “demócratas” posean mayoría en el Senado, quienes podrían aprobar cuanto el presidente anhela para los Estados Unidos, una nación que se encuentra como buque a la deriva, cogiendo agua por varias partes, ya que la sociedad capitalista parece que se está yendo a pique en todo el mundo. Es que nada dura por siempre. Ese sistema está caduco, cumplió su misión histórica. Lo que viene nadie lo sabe. Parece que nos hallamos en un callejón sin salida, entre un laberinto, con una Tierra que no soporta el sustento de tantos millones de habitantes, algo ya imposible. Con certeza vendrán días más difíciles que cuanto nos encontramos pasando. El planeta ya comienza a vengarse de tantos abusos que hemos cometidos en su contra, esencialmente los grandes países como Norteamérica. Tal vez entonces, los que queden vivos, harán una sociedad más justa.    

    Por tanto, emperador, no importa las mentiras que diga a los pueblos idiotizados por los medios que ustedes controlan. Todo se vendrá abajo. Empero, como de todo lo que se acaba surge buena esperanza, Nueva Luz, algo bueno vendrá para lo que quedaría de nuestra sufrida Humanidad.             

bernotberry@hotmail.con

13/09/2010 11:09 Bernot Berry Martínez #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

¿HACIA DONDE VA LA REP. DOMINICANA?

                        

Por: Bernot Berry Martínez   (bloguero)

 

   Pensamos, aunque no lo deseamos, que la denominada República Dominicana marcha directamente a un callejón sin salida, con muchas posibilidades de que penetre a un peligroso laberinto infernal.

    ¿Y por qué meditamos en lo anterior? Es sencillo. Al país le hizo un enorme daño aquel Golpe de Estado a don Juan Bosch, el político más honrado y capacitado que a mi juicio ha tenido Dominicana --claro después del gran Duarte, único Padre de la Patria--. Ese Golpe de Estado lo dieron los estadounidenses, con Kennedy a la cabeza, porque así se lo pidieron la Iglesia Católica, la oligarquía criolla y los reaccionarios militares trujillistas, a los cuales don Juan no mandó a sus suntuosas viviendas, dejándolos en sus respectivos comandos, cuando tenía variados distinguidos oficiales jóvenes que lo admiraban. Tan terrible tragedia para la nación trajo consecuencias muy lamentables para los dominicanos, muriendo valerosos jóvenes en el levantamiento guerrillero del 14 Junio que encabezó Manolo Tavárez Justo. Luego vino la Insurrección de Abril, para poco después entrar miles de soldados yanquis a salvar de una derrota humillante a sus preferidos: la del golpista Wessin, dejando ellos la nación al títere de Balaguer, quien duró 12 funestos y largos años en los cuales las persecuciones y asesinatos se encontraban a la orden del día.  

    Desde aquel Golpe de Estado hasta ahora, ha corrido bastante agua. No obstante tenemos una población creciente sin que podamos alimentarla, tampoco educarla. Vivimos como mendigos, constantemente pidiendo. La miseria es fabulosa. La drogadicción, corrupción e inseguridad ciudadana es alarmante. Ninguno de los "politicos" actuales podrá sacar a flote a la bien encallada nave Dominicana. El pueblo no vislumbra esperanza positiva en lontananza. Prácticamente nos hallamos a merced del Fondo Internacional y demás instituciones internacionales usureras.

    Se asegura que los habitantes que olvidan o no conocen su oscura historia, de nuevo la repiten con fantásticas similitudes.  Muy pocos recuerdan la matanza que realizó Jorge Banco, aconsejado por Peña Gómez, contra un  indefenso pueblo que protestaba a gritos esa firma con el Fondo Internacional. Es por eso que nuestra situación se halla en extremo riesgosa de que vayamos a caer en una nueva tiranía tan cruel y salvaje como fue la trujillista. Es que la libertad ha caído en el libertinaje. Los que anhelan subir es para robar ("quítate tú pa’ ponerme yo"). Aquí no se puede creer en nadie. Los sicarios hacen cuanto les viene en gana. No existe Justicia. Los senadores y diputados sólo sirven para cobrar enormes sueldos, hablar tonterías mientras no saben cómo ponerse, bien maquillados, para figurear frente a la prensa (qué mediocres).

    Por tanto, amigos, que nadie se llame a engaño. Es posible que si continuamos como estamos, nos vendrá encima otra cruenta tiranía. Entonces los matones se meterán a calieses, sirviendo a su predilecto régimen, para seguir viviendo en lo suyo, matando a personas serias. Y tal vez nuestros lamentos llegarán entonces más allá de la Vía Láctea. Pero nadie nos escuchará, nadie.              

 

bernotberrym@hotmail.com

21/09/2010 20:00 Bernot Berry Martínez #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

'EL HOMBRE QUE TRAJO LA LUZ AL MUNDO'

                     

Por: Bernot Berry Martínez       (bloguero)

 

    Al planeta llegan, de cuando en vez, personas sumamente inteligentes, misteriosas, que con sus ideas hacen cambiar altamente a los habitantes de la Tierra. Regularmente son solitarios, introvertidos, y sufren bastante en una sociedad tan materialista y vulgar como la nuestra. Ese fue el caso de un personaje por el cual mantengo una inmensa admiración, quien con sus muchos inventos nos trajo los adelantos que hoy disfrutamos. Fue un hombre extremadamente sensible a la luz solar y a diversas formas de sonidos. No tenía amigos, exceptuando al escritor Mark Twain, con quien pasaba muchas horas en el laboratorio. Prefería hablar con las palomas.

    Que se conozca no tuvo mujer ni dejó hijos. Poca gente común lo ha oído nombrar. Murió en la miseria, engañado por magnates que se hicieron millonarios con sus ideas. Es más, se dice que varios de sus inventos los tienen diversos tipos como suyos. Hasta el Premio Nobel se lo dieron a un sujeto cuyo invento era de inspiración de nuestro personaje. Pero este hombre, inventor de la Corriente Alterna, era tan especial y superior que no le interesaba el figureo, mucho menos el dinero, vivir en la opulencia, andar con grandes lujos, poseer enormes fortunas, aunque ganó muchísimo con sus inventos. Todo lo perdió en nuevas investigaciones.

    Nuestro admirado sujeto llegó a Norteamérica joven, unos 28 años, con varios centavos en sus bolsillos y una carta de recomendación para otro inventor. Entre las cosas le decía: “don fulano (era Tomás Edison), en el mundo hay dos hombres admirables, usted y el joven que le entregó esta carta. Si lo contrata le será de gran ayuda.” Y de veras lo fue. Con él ganó bastante dinero. Empero, tuvieron contrariedades por sus invenciones, pues el joven estaba dotado de altísima sabiduría, y tuvieron que romper, dejando nuestro personaje de ganar 50.000 dólares, un montón de dinero en ese tiempo. Para sobrevivir laboró en variados trabajos: construcción, obrero de factoría, etc. Con lo poco que ganaba --alimentándose mal, viviendo siempre en cuartuchos--, los utilizaba en sus indagaciones. Era un ser incansable. Algunos maestros místicos afirman que él no era de este planeta, sino de otro lejano, llegando a nacer en una familia Serbia (algo similar a lo del profeta Jesús) para hacer una importante misión. Y aunque fue engañado, quemado de manera extraña ( ¿sabotaje?) su laboratorio luego de estar en mejor posición económica, asombró a los científicos con sus ideas. Quizá por eso fue muy odiado, envidiado, espiado de forma constante por el FBI. Este hombre dejó una enorme herencia de bienestar para la humanidad. Cuando usted oye la radio, ve TV, el computador, conversa por su celular, utiliza el control remoto, enciende una bombilla o una bujía de neón, motor de corriente alterna, rayos X, radar, producción de energía por cataratas como las del Niágara --aún en uso--, física nuclear y otra cantidad de inventos, sepa que se deben al genio síquico de Nikolá Tesla (1856-1943), un serbio croata a quien los capitalistas estadounidenses lo condenaron al ostracismo porque estaba creando una torre electromagnética (en ella gastó toda su fortuna, y aunque pidió dinero prestado nadie se lo consiguió, quedando luego abandonada) para dar energía gratuita al mundo entero, pues anhelaba mandar a la porra el petróleo, la sangre de la Tierra, el cual tantas guerras han dejado y continuarán originando.

    Se asegura que cuando expiró en un cuartucho de un hotel, el FBI se llevó numerosos papeles suyos, como los cohetes, el rayo de la muerte (Láser), la invisibilidad de objetos, submarino eléctrico, etc., los cuales fueron saliendo al público lentamente.  

    Nicolás Tesla hablaba ocho idiomas. Fue un más que un genio, cambiando muchísimo nuestro atrasado mundo. Trajo luz a la Tierra. Por eso le rindo este pequeño trabajo en su honor. Él fue el mejor dotado, puro y bueno, que ha tenido la humanidad.

    Desde mi solitario rincón le mando un sincero saludo de gratitud, Nikolá, sin importar en cuál dimensión se encuentre. Conozco bien que lo recibirá. Gracias. 

 

                       

 

28/09/2010 10:27 Bernot Berry Martínez #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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