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Bernot Berry Martinez (Turenne)

'LA MISION DE JAIMITO' (Novela)

                              

                  Capítulo No.8

 

Por: Bernot Berry Martínez  (bloguero) 

 

     Pedro dejó el Parquecito de las tres palmas y se  dirigió hacia su casa. Tenía un ligero mareo. Sentía un hondo vacío de soledad. Tuvo la sensación de ser un individuo mezquino, realmente miserable, asqueante, resentido contra las personas, incluyendo sus cercanos familiares. 

     La luz del nuevo día iba ahuyentando las tinieblas. El barrio ‘La Aurora’ se saturaba del agradable aroma del café, y debido a eso, Pedro, olfateándolo con la nariz levantada, ansió ingerir una taza de la oscura infusión. Y pensó en Manuela, quien con seguridad lo estaría colando pues ella se levantaba regularmente un poco antes del aúllo de la sirena, no extrañándose al encontrarla en la cocina preparándolo.

     --¡Buen día, mujer!  -dijo, sentándose en una sillita de hierro, la cual estaba al lado de una vieja  mesa de madera con vasos, jarros, tazas. Pero ella no le respondió. Siguió colando el café con la vista fija en el negro líquido cayendo entre un jarro. Por eso el concubino volvió a repetir--: "Buen día, Manuela", contestando la  fémina: "Vaya, ¿ahora e' que te aparece, ah?". Y él: "Bueno, taba por ahí, tú sabe, conoce la vida, lo cabrona que e'"/."Eh, dime bebiendo ron, ya me dio el olorcito a nípero"/. "Vamo, mujer, no me hallo pa' vaina. Ehh, me pasó algo terrible, encabronáo 'e verdá. Pero dame café, dame café, me muero por beberlo".

     --Hum, no me diga que peleate con alguien, ¿ah? --la concubina echó de la bebida en una taza, el marido contemplaba la infusión con ansiosos ojos, respondiendo--: "Eh, no, no fue eso no. Depué te cuento, depué te cuento"/. "Toma, bébete el café, porque a eso fue que vinite, ¿verdá?"/. "Mujer, mujer, no me hable así, no me hable así, me pasó algo feo en el..."/. "¿Y cómo tú quiere que te hable, ah? ¿Que te reciba con un besote depué que te aparece jediondo a ron a eta hora, eh?"/."Manuela, no e' pa' tanto no, no e' pa' tanto"/. Pedro ingería el café lentamente. Ella  le  dijo: "¿Que   no? Hum, ya veo que botate tó el dinero ganáo en la sona" /. "No venga con esa vaina, mujer, si tú supiera lo que me sucedió por ahí, en el Parquecito de la tré palma".

     --Lo sé bien, sólo hay que verte: tú etá má feo que nunca, etá má feo que nunca. 

     El hombre no respondió. Ni siquiera se inmutó. Se tomaba la infusión muy despacio, deleitándose con la misma, quizá pensando en cuanto le había pasado. Manuela le observaba de soslayo, notándolo preocupado, los ojos semicerrados, decaído, empero molesta porque hedía demasiado a ron le interrogó: "Oye, ¿y cuánto pote bebite, ah?", contestando él: "Déjame bebé el café tranquilo, mujer, déjame beberlo", preguntando ella nuevamente: "Eh, ¿díme cuánto pote te tirate, ah?", respondiendo Pedro sin mirarla que casi no había tomado, que un poco solamente, pero no mucho, no tanto como en otras ocasiones.

     --Hum, ¿que casi no bebite, Pedro? Ese olorcito que tú tiene no e' paja 'e coco no, no e' paja 'e coco. Jum, e' mucho lo que tomate si, e' mucho. 

     El hombre la contempló con fijeza. Ella notó los ojos rojizos por la mala noche pasada, escuchándolo expresar: "No, ya te dije que casi no tomé. Franciquito y yo nos tiramo tré media, tré, y entonce yo venía pa' la casa, te juro que venía hacia cá. Entonce, eh, yo me senté en el parquecito con otro pote a pensá en lo que desea nuetro macaco".

     --¿Te sentate ahí a pensá en Jaimito?

     --Sí, sí, Manuela, así mimito fue, a pensá en él.

     -- Hum, ¿y no fue con alguna tipeja sidosa que te sentate ahí, ah?  -la concubina lo señaló seriamente. 

     Pedro, un poco molesto le manifestó: "¡Qué vaina contigo, mujer, ¿por qué  tú  siempre saca  eso,  eh?"/. "Porque  te  conoco  bien, tigueraso, te conoco bien"/. "Manuela, Manuela, no me trate así, no empecemo a dicutí"/. "E' que tú ere el culpable, no yo"/. "Pero tú no comprende, mujer, e' que la vida ha sido fuerte conmigo"/. "¿Y con quién de nosotros ha sido floja, eh?"/. "E' que conmigo ha sido durísima, Manuela, fuertísima"/. "¡Oye a éte! Hum, ¿y porque la vida ha sido muy dura contigo, fuertísima como tú dice, debemo nosotro, tu hijo y yo, pagá la jaba, eh?"/. "Hay mujer, vamo a conversá sobre otra vaina, pero ante dame má café, tá buenaso, sabrosón como tú siempre lo hace, y dime si Jaimito etá bien". 

     --Sí, Jaimito etá bien. Ahora se halla durmiendo. Eh, pero te noto etraño, algo cambiáo, ¿qué te pasa, Pedro? -la fémina lo miró atentamente, percibiéndolo nervioso, preocupado, empero  él no le contestó, sino que volvió a pedirle más café, respondiéndole la lavandera  que de inmediato lo haría, pero que le dijera cuanto le había pasado ya que estaba poniéndola intranquila, y seguidamente le dio de la negra bebida, tomándola el trabajador despacito, sin hablar nada, ensimismado, la concubina contemplándole mientras iba enojándose por esa actitud, teniendo deseos de insultarlo por pasar la noche fuera del hogar, gastando el dinero que con tantos esfuerzos ganaba desde tempranas horas, debiendo levantarse dando las seis porque ella lo llamaba ya que si fuera por él se quedaría en la cama roncando como un puerco, mas la fémina lo zarandeaba ("vamo, vamo, arriba, arriba, se hace tarde, se hace tarde, ven a bebé tu café y te coma dó yaniqueque que te guardé”), y por eso Pedro se apeaba del lecho, orinaba abundantemente en su bacinilla azul, se lavaba la cara con jabón de cuaba y sus dientes también pues él consideraba que la pasta dental hallábase muy cara ("eso e' pa' rico, mujer, pa' rico", afirmaba), pero la lavandera se quedaba callada, nada le informaba sobre una que compraba para su hijo y ella, guardando el secreto, escondiéndola entre un jarrito con monedas, dinerito sobrado de compras y con el cual adquiría variadas cosas para la casa.       

        "Oye, ¿me dirá, ya qué cosa te sucedió, ah?"                                                                                                                                            

     --Si te lo digo no me crerá, Manuela, no me lo crerá.

     --Hum, ¿no me diga que te hallate con el Barón del Cementerio? Aseguran que por ahí, depué de la medianoche, salen toa clase de  alma en pena.

     --¡Peor que'so, mujer, peor que toa esa vaina!         

     --Vamo, bebe má café pa' que se te quite el jumo.

      --Lo que vi me lo quitó enseguía mujer, enseguiíta.

    Manuela se interesó más en el asunto. Por tanto, sentándose junto a su marido en un banquito de madera, le interrogó acerca de cuanto había visto. Empero, él le respondió así: "Ná, mujer, que voy a conseguirle el tambor ese a Jaimito, eso haré sí". La concubina se asombró, sonrió, y nuevamente preguntó: "Oye, ¿que tú le comprará el redoblante a Jaimito, Pedro?". Y el obrero, con la mirada perdida, le contestó que se lo compraría porque..., y ahí se detuvo a consecuencia de que su mujer lo interrumpió expresándole que el muchacho quería uno bueno, no de cartón. "Sí, sí, mujer, se lo compraré aunque tenga que vendé mi cadenita y el guillito también".

     La fémina  cambió el  tono de su  voz para aseverar: "¡Oh Pedro, sería bueno, él desea tanto ese tambor! ¡Ay, si tú supiera lo que me dijo mamá que Jaimito le contó!".

     --¿El qué? Jum, ¿qué te dijo tu vieja, eh? --el hombre la miró con seriedad--. Dime, Manuela, ¿qué cosa vino a contarte, qué cosa vino a decirte, ah?

     Otra vez sonrió la concubina. Recordó a su madre relatándole el encuentro con Jaimito, "el má querío de to' su nieto", como le indicó ayer en la tardecita, bebiendo café,  sentada en el mismo asiento en el cual lo estaba su marido, las piernas cruzadas, vestida de negro, siempre de luto desde la tragedia del padre, duelo que no se quitaba, no deseaba, lo cargaría hasta la tumba, había muerto el hombre suyo, decente, que  no peleaba, ("nunca tu pai me alsó la vó ni me dio un pecosón", recordó ella), sí, lo llevaría hasta la sepultura, era lo único que podía hacer en recuerdo a su memoria. Entonces fue que Manuela le respondió al concubino: "Eh, mamá me contó una cosa rara sí, dique el muchacho quiere ese tambor porque tiene una cosa, eh, una misión, dique una misión que le dieron por el río".

     --¿Que le dieron una misión por el río?  --Pedro se asombró,   abrió   los   ojos   en  tanto  miraba a su mujer.

     --Sí, sí, eso fue lo que me dijo mamá que Jaimito le informó, eso fue.

     --Hum, ¿y  no  te dijo ella  que esa misión se la dio, eh, se la dio una vaina brillante que habla, jediondona a mangle, ah?  

     --Algo así me habló mamá sí. Pero debemo tené en cuenta que Jaimito e' raro, tiene mucha imaginación. Hum... ¿y cómo tú sabe sobre esa cosa, Pedro?  -se contemplaron con atención; el hombre percibía aún el olor del extraño ser; lo recordaba perfectamente, entonces manifestó--:"Mujer, mujer, porque a mí también se me apareció en ese parquecito una vaina rarosa, jediondona a mangle, brillante como un cocuyo grandaso". Inmediatamente Manuela dijo: "¿No me diga?", y le puso una mano en el hombro, sintiendo que su marido se estremeció. En ese instante, fuera de la vieja vivienda se oían más ruidos de vehículos, de gente, despertándose el pueblo luego de una noche de tragos, del llamado 'viernes social'.

     --Sí, mujer, así como te dije fue. Esa vaina brillosa se me apareció y, eh, aunque tú no me crea, eh, esa cosa me habló, me dijo vaina rara.                                                 

     --¿Te habló, Pedro? Hum, ¿y qué te dijo, ah? --Manuela le acariciaba los cabellos, el cuello, pegadas sus rodillas, contestándole él que no sabía si se lo decía ya que tal vez ella no le creería, por lo cual la concubina le señaló, juntándosele más, que le contara cuanto le dijo la cosa brillante pues ella  hallábase segura de que no le mentiría. El marido elevó su cabeza hacia el tejado, luego la bajó hacia el  piso de cemento, miró para los lados y después se quedó observando los atentos ojos oscuros de su mujer. Entonces señaló: "E' como pa' uno volverse loco, Manuela, volverse loco". La fémina seguía pasándole la mano por el pelo, ansiando conocerlo todo, animándolo ("vamo, vamo, tú no te vuelve loco, ere hombre apretáo, valiente, quien no tiene miedo a ná, así tú me ha dicho, no te me acobarde ahora, Pedro, no te me acobarde") Y Manuela lo sintió temblar de pies a cabeza, herido su machismo profundamente, de tal forma lo consideró, empero igualmente el zonero le dijo palabras sin sentido, queriendo como salir del paso, no narrárselo cuando ya la concubina le había puesto cierto interés debido a que coincidía con lo contado por su madre, y por eso ella no podía dejarlo escapar, lo tenía  entre  sus  manos de mujer comprensiva la cual  reconoce al hombre asustado porque algo le sucedió que no entendía, y ese individuo se volvía niño, un infante que buscaba a su madre para protección, darle explicación, calor, cariño, mimarlo, hacerle comprender que confiara en ella, que no había más nadie, solamente su concubina, mujer, cocinera y lavandera, la madre del único vástago que ambos poseían: ese Jaimito extravagante, quien deseaba un redoblante para tocarlo delante del río y así cumplir con una supuesta misión encomendada, misión dizque dada a él por un ser fantástico, tal vez uno perteneciente a otra desconocida dimensión.        

     Cierto, ahí se encontraba Manuela con su gran oportunidad, el rostro del concubino pegado a su vientre, calmándolo con palabras tiernas, acariciándole la cabeza todavía húmeda por el rocío que le cayó en el trasnoche, sin darle importancia al pleito verbal que en ese  momento sostenían sus vecinos  de.../dame el dinero para la leche de los niños./, de, no tengo, pendeja, ¿es que no entiendes, eh? /de, sí, yo entiendo bien, te lo bebiste con mujeres malas./, de, no digas eso porque Dios te puede castigar./de, yo ya estoy castigada al meterme contigo, un viejevo pariguayo privando en chulo, en jevito, pantalón ajustado, cabello mojadito, .../de, vamos, vamos, yo no me meto en tus cosas, en tus juegos de caraquita, lotería, fragatán, salón de belleza, ja ja ja,  y,  y,.../  de,  ¿y  de  qué, ah?,  y de  qué, ah?/,  de,  tú  sabes, mujer, tú sabes./, y de, no sé nada, pendejo, habla claro como hombre con pelo en pecho, ¿entendiste?, habla como hombre con pelo en pecho...

     --Óyeme Pedro, cuéntame, háblame sobre lo que te habló la cosa brillosa, confía en mí, soy tu mujer. Yo te comprendo bien, yo te comprendo bien. 

     El obrero la miró unos segundos. Luego le contestó: "Eh, bueno, esa vaina jedionda a mangle, Manuela, me dijo, eh, me pidió --su voz sonaba emocionada, así lo advirtió la concubina--, mejor dicho me ordenó que le comprara el tambor, sí, que le comprara el tambor a Jaimito porque él tiene una misión que cumplí. Cierto, mujer, eso  fue lo  que me  dijo la cosa brillosa, y me lo repitió varias veces". 

     --¡Vaya, vaya, Pedro!

     --Sí, Manuela, dique una misión que cumplí tiene Jaimito. 

     --Hum, ¿y no te aseguró qué clase de misión e', ah?

     --No, eso no me lo dijo, no me lo dijo.

     --Entonce, entonce pa' cumplí la misión esa e' que quiere el redoblante ese. ¿Qué tú piensa, eh?

     --Seguramente, mujer, seguramente.

     --¡Vaya, qué cosa rara tán pasando! --advirtió Manuela. De inmediato, levantando sus brazos y mirando hacia el techo sentenció--: "¡Ay Dió mío, ay Dió mío, presiento que algo feo le viene a nuetro hijo, algo muy feo le viene!". Y se quedaron callados, meditando, sin ponerle atención a la riña sostenida por sus vecinos, quienes rodaban por el suelo, los hijos corrían hacia el patio, los perros ladraban, se escuchaban objetos rompiéndose, gritos de la fémina, voz de hombre chillando "¡puta-puta!", la mujer contestando "puta será tu mai, maldito, tu mai", y se oyeron más cosas cayendo al suelo, teniéndose la impresión de que la casa se derrumbaría, pero de repente se percibieron unas veloces pisadas mientras algo metálico se estrellaba contra la empalizada del callejón, voceando la voz de la concubina: ¡"maldito, maldito!", apareciendo por el portón que daba a la calle un individuo delgaducho arreglándose el pelo corto, la camisa rota, en chancletas, unos infantes siguiéndole, "papi, papi", le decían, pero él los ojeó sin hacerles caso y continuó andando deprisa, dirigiéndose al colmado de la esquina a tomarse una cerveza bien fría con la finalidad de apagar esa 'caldera' hirviendo que sentía en su estómago por haber ingerido demasiado ron durante la noche y la madrugada. 

 

 

'LA MISION DE JAIMITO' (Novela)

             

                    Capítulo No.7

 

Por: Bernot Berry Martínez  (bloguero)

 

     El guardián estaba listo para dispararle a Jaimito, quien corría ansioso voceando que no se pararía, que no podía hacerlo pues nadie le creería. Y sin embargo, pese a todo el impulso de sus piernas para marcharse rápido del lugar, doblar la esquina y escapar, el muchacho no avanzaba en aquel ambiente color de rosa el cual lo envolvía. Cierto, él no se alejaba: hallábase en el mismo sitio, casi flotando, con movimientos de sus piernas y brazos pero sin apartarse. El vigilante lo tenía bien medido, era un blanco perfecto, y por eso sus labios poseían una sonrisa siniestra, apuntándole a la espalda, el dedo índice en el gatillo, con Robertico apurando ("dipare, dipare", gritaba, saltando como simio). El estampido fue tenebroso, brutal, hiriente del mundo. Miles de lucecitas dirigiéronse hacia el infinito. Jaimito gritó ayes de dolor ("¡Ay mai, ay, cuánto duele, cuánto duele! Mami, mami, mami”...), mientras una oscuridad cayó súbitamente en ese medio, dividiendo el espacio-tiempo, pero de modo sorpresivo encendiéndose una luz amarillenta.   

     --¡Depierta, Jaimito, depiértate muchacho, depiértate!

     -- ¡Oh, oh, me muero, me muero!

     --Vamo,  depierta hijo,  depierta  --la   madre  lo

sacudía por los hombros. 

     --¡Oh, oh, la herida, la herida, el guáchiman!, el tambor, Robertico. --el jovencito movía la cabeza, sus ojos muy abiertos.

     --Vamo, vamo,  fue un sueño malo, un sueño  malo –Manuela

se sentó en la camita, al lado de su hijo. 

     --¿Dónde toy, dónde toy? --Jaimito contemplaba hacia todas partes.       

     --En la cama, en tu casa, con tu mamá que te quiere mucho, mucho.

     --Entonce, entonce yo, yo… -el adolescente no entendía, su rostro se encontraba sudoroso.                                                           

     --Vamo hijito, parece que tuvite una pesadilla  jodona, un sueño malísimo --ella le acarició los húmedos cabellos

     --Ehh, entonce, entonce no me diparó el guachimán, no me diparó? --contempló a su madre asombrado.

     --Qué guachimán y qué guachimán, lo que tuvite fue un sueño terrible, una pesadilla, ya te lo dije. 

     --¿Y no toy herido? --preguntó, frotándose con la diestra su espalda, tratando de observarla por el hombro izquierdo, tal vez deseando conocer su estado. 

     --¿Herido de qué, Jaimito? Y déjate ya de pasá la mano por ahí, te repito que tuvite un sueño malo, eso fue tó, una pesadilla por etar pensando tanta pendejá. Háme caso, por algo soy tu mamá, la que se apura por ti siempre, deseándote lo mejor, dipueta pa’ servirte to’ el tiempo, hijo, y en quien tú debe confiá, confiá muchísimo.

     El mozalbete continuaba incrédulo. Miraba a su progenitora y toda la habitación. Y porque comprendió que se encontraba en su cuarto, acostado en su lecho y que nada le había sucedido, le narró a su madre el horrible sueño, contándole sobre ese guardián que vivía cerca de ellos, quien le había disparado con una escopeta por la espalda, sintiendo las municiones penetrando entre su cuerpo, rompiendo sus entrañas, mortalmente herido. Mas, la lavandera, acariciándole los cabellos, volvió a repetirle que se calmara pues cuanto tuvo fue una pesadilla y que él se hallaba bien. Y Jaimito: "Sí, sí,  gracia a Dió, gracia a Dió. Eh, ¿y sabe, mami? Oiga, soñé que me diparó por tocá un tambor por allá por el Malecón, por donde viven uno ricachone en lujosa residencia, sí, y por tocá un redoblante igualitico al que yo quiero, con sonido chulísimo, buenaso"...                                                 

     Y mientras Manuela secaba el sudor de la frente con una toallita a su vástago, éste prosiguió relatándole lo soñado, poniéndose ella triste, preocupada, meditando que eso podría ser un mal presagio, con seguridad una advertencia enviada desde el más allá, donde habitan los buenos espíritus, su padre entre ellos, quienes les enviaban luz para que ésta la esparciera en su hogar, la llevara a todos los rincones de la casa, sin dejar ningún oscuro lugar que la misma iluminara pues se aproximaban días muy tormentosos.                      

     Entretanto, en el denominado ’Parquecito de las tres palmas’, situado en la misma barriada, durante esa madrugada se hallaba  Pedro sentado en un asiento de cemento sin espaldar. El sitio se encontraba totalmente solitario, rodeado por un velo misterioso. El padre de Jaimito tenía una botella de ron y reflexionaba:"Ehh, yo bebo solo, solo. Pa’l  carajo la gente. Je je, dique un tambor. Que lo compre ella. Ehh, a mí nunca nadie me compró naíta. To’ lo conseguía yo. ¡Hip! Ete que tá sentáo aquí, bebiendo ron, la medicina, la gutavida, je, se la bucaba si. Eh, ni mi mai me daba pa’ ná, mucho meno mi pai el borrachón, má que yo, sí, má que yo. Eh, hip, yo soy una papa que bebe un rato si, pero mi pai  era jodón de verdá, bebía por tré día corrío, tré día, lo que no e’ paja ’e coco no... Eh, y no dejaba ná en la casa, ná, ni un pesito viejo... ¡Hip! Mi mai me mandaba a limpiá sapato, y... y si yo no llevaba algún dinerito, je, me arremetía una pela que me meaba, me meaba. Jum, y Jaimito dique quiere un tambor, un tambor pa’ hacé una bulla del diablo. ¡Hip! Pero, ¿habráse vito, ah? Je, que lo compre él mimo fajándose en el Parque Duarte, peleando con lo demá limpiabota por lutrá sapato jediondo. Jum, jum, eto vale uno, mi socio, vale uno, uno largo... ¡Ahh, qué buenasasa sabe mi medicina, mi querendona medicina sabrosuana"... 

     Mientras, en la vivienda, Jaimito y su madre seguían platicando: "Mami, ¿y papi no ha llegáo todavía, eh?"/. "No hijo, aún no llega; debe tar fetejando con su amigote"/. "¿Y qué hora e’, mami?"/. "Ay  muchacho, son  má de la tré, má de la tré"/. "Eh, mami, ¿papi me comprará el tambor, verdá?"/. "Hum, puede sé si, puede sé, pero lo mejor e’ que te duerma, eh, todavía e’ temprano"/. "Ay mami, yo quiero tené tanto un tambor, uno que  sea  mío  pa’ no moletá a nadie"/. "Lo sé, hijo, lo sé, pero duérmete ya por Dió, duérmete ya; ya veremo lo que trae el nuevo día, ya veremo"... Y la madre besó a su vástago en la frente. Ella lo miró en silencio, percibiéndolo pensativo, ignorando que cavilaba en la extraña pesadilla tenida, en Robertico,  en   aquel    fenómeno   redoblante,   en   el   guardián  disparando la escopeta, prácticamente sin comprender nada de todo eso. Empero, meditando él que algo del mismo sí fue cierto, le aconteció, lentamente se fue durmiendo, adentrándose  en la tranquilidad de un dulce sueño. La madre, dándose cuenta que dormía, apagó la luz del cuarto y retornó preocupada a su lecho, no obstante cuando se disponía a sentar en su cama ocurrió un apagón que puso en tinieblas la morada. Se levantó para encender la lámpara de querosene. A tientas buscó la cajita con los fósforos. Prendió la lamparita. Se acostó. Sin embargo, ella no pudo reconciliar el sueño. Por eso comenzó a reflexionar que no sabía cuánto haría porque Jaimito anhelaba el redoblante y ellos, sus padres, deberían de obsequiárselo. Por tanto, diciéndose que no tenía dinero con el cual comprarlo, le rezó a la Virgen de la Altagracia para que la socorriera, haciéndolo con fe grande ya que las lágrimas serpentearon por sus mejillas ("se lo pido en el nombre de Jesú, su hijo amado, el sacrificado por nosotro lo pecadore").                                                                                                                                                                                                                                                                 

     En ese instante Pedro continuaba bebiendo ron y charlando solo. Ahora se hallaba un poco más ebrio. Decía: "Cierto, hip, qué tambor y qué tambor. Hip, y lo grande e’ que quiere un redo, un redoblante. Jum, ¿tará mal del caco el muchacho, ah? Hip, si le consigo uno, uno, eh, no me dejará tirá la pavita no... Ese carajito tiene que tar, hip, mal del caco, si, loquito, loquito... Jum, qué ocuro tá el barrio eta noche, hip. Pero, yo no me asuto por ná no, por ná me asuto yo... Eh, y tengo mi tré clavo, je je je, que se lo ajuto a cualquiera  -topó el manco del cuchillo que llevaba debajo  de la camisa.

     --Hip...eh, claro, eso vale uno, mi pana, vale otro bien largo.

     Y aconteció que cuando Pedro ingería la bebida, saboreándola con los ojos semicerrados, limpiándose su boca con la diestra, tapando el recipiente con cierta dificultad, percibió un hedor raro, uno semejante al de los manglares. "Diablo, me jiede a lodo de río, hip, a vaina de río me jiede! --exclamó, mirando hacia los lados, notando algo  brilloso  cerca  de  una   palmera,  interrogándose por ello: ¡Mierda! ¿Qué cosa e’ aquello, ah? --y asustándose por cuanto vio, Pedro se levantó, dejando caer la botella, rompiéndose la misma, quedándose él alelado, realmente pasmado, su vista en aquel ser fantasmagórico, fosforescente, el cual súbitamente había aparecido despidiendo ese olor peculiar de los mangles vírgenes. Fue en eso que escuchó una voz extrañísima  manifestándole: "Oyeme tú, hombre del pasado, yo soy el Espíritu del Río Macorix. A tu hijo Jaimito dímole misión que deberá cumplir. ¡Llévale el tambor, llévale el tambor, el tambor!,..." --y mientras la fantástica forma fosforada fue repitiendo ’el tambor’, de igual manera desapareció entre el suelo, dejando perplejo a Pedro, con sus ojos muy abiertos, buscando al ser en su derredor, llenándose el ambiente con una rara melodía mezclada con aletear de aves, cántico del pájaro ’martín-garcía’, ulular del viento, sonido de olita llegando a orilla arenosa.

     --¿Dónde tá, dónde tá la vaina esa, dónde tá, dónde, dónde?...,  -interrogábase Pedro dando vueltas en su redor, volviendo lentamente la tranquilidad a envolver el sector, a ponerse tan silente que ’se podía escuchar las pisadas de los muertos’ como lo aseguran antiguos moradores de esa barriada, esencialmente por ese Parquecito de las tres palmas, extraño lugar en el cual se unen varias callejuelas y dizque los fantasmas en pena que vagan por las madrugadas se encuentran allí, juntándose, molestando a los mortales con estremecedores escalofríos cuando éstos cruzan por dicho sitio, sentándose tales espíritus en los asientos de la placita o sobre su murito o en su rojiza calzada, subiéndose en las palmeras, a veces correteando a los perros, quienes gimiendo se esconden en los patios y no se atreven a salir, teniendo sus dueños que pegarles chancletazos para que vayan a proteger las viviendas, muchas de ellas viejas casonas por donde cuentan historiadores de esta ciudad comenzó la segunda parte de Macorís, ya que la primera fue por una playa existente por el puerto marítimo, uniéndose ambas con el tiempo, pueblo iniciado por aventureros contrabandistas, principalmente parientes de piratas, gente que comenzó a establecerse aquí posiblemente por 1800, levantando una aldehuela que fue llamada’ Macorís’ por el río y  que  con  el  trotar  de  los  años le añadieron otros nombres, hasta quedar en ’San Pedro’, el Pedro en honor al hombre fuerte de aquel entonces, el general Santana, apelativo puesto con seguridad por sus aduladores para la obtención de prebendas, y el San por los curas, religiosos que constantemente se hallan atentos al futuro, cambiándolo todo en favor de la Iglesia Católica. 

     Claro, tal vez cuanto digan determinados cronistas acerca de la fundación de este pueblo sea cierta o no (¿?), pero el Pedro de  esta historia, lamentándose por lo sucedido, escondiendo el  rostro entre sus manos, junto a las rodillas, volvió a sentarse en el  banco, quedándose así  hasta que la sirena de los bomberos sonó  por la población macorisana. Y levantando la cabeza un poco, excitado susurró: "Cógelo, ya son la sei, ya son la sei". Y quedándose pensativo, la testa ladeada, caviló en cuanto le había acontecido. "Hum, qué vaina má rara ví. Quizá fue el jumo si. Aseguran lo viejo que el ron hace vé vaina rara, rarosa. Pero, jum, ahí taba frente a mí la pendejá esa. Ahí mimito hay una mancha, una mancha. Qué raro e’ to’ eto, qué raroso". Pedro se agachó en donde se notaba una parda mácula sobre el rojizo piso. La tocó con el índice, observando que no se hallaba seca,sino pastosa. Se extrañó. La olió. 

     Y se quedó sorprendido al percibir que poseía el característico olor de los manglares. 

  

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    

 

'LA MISION DE JAIMITO' (Novela)

    

                 Capítulo No.6

 

Por: Bernot Berry Martínez  (bloguero)

 

    Jaimito no se había alejado demasiado de la lujosa residencia. Se quedó a una distancia prudente cuando Robertico llamó al guardián. Desde ahí estuvo vigilando para ver si le venían detrás. Empero, notando que los minutos fueron pasando sin que nadie se apareciera, la calle solitaria, decidió aproximarse de nuevo a la vivienda, atisbando con preocupación por el murito sin ver al gordito ni al uniformado, todo tranquilo. Entonces subió más la cabeza. Temió ser visto y atrapado. Había retornado para contemplar el redoblante, sólo por eso lo efectuó, inmediatamente se marcharía para su hogar. Casi susurrando Jaimito se decía: "Ehh, tengo que tené mucho cuidáo si. Hum, ese guachiman e’ jodón, lo conoco bien, e’ abusador, vive por casa, siempre le da golpe a su mujer y a lo hijo. Por ná le pega. Pela y pela casi tó lo día. Hum, ¿qué le pasará, ah? Pero ahí tá el tambor. ¡Dió mío, qué lindo e´! ¡Caramba, si yo pudiera tené un redoblante así mañana mimo cumpliría la misión! ¡Diantre, cuánto tremendo juguete tiene ete muchacho y yo sin ninguno ¡Qué trite, ni un tamborcito poseo yo! Hum, ¿por qué será que toitico no podemo tené juguete lindo, eh? Bueno, yo no entiendo bien eso no, pero creo que se debe al dinero. Sin cuarto no hay ná, no hay ná. Cójelo, me gutaría, me gutaría entrá al patio ese, agarrá el redoblante y ponerme a tocarlo hata cansarme, eh, hata cansarme"...

     Fue en ese momento que se apareció Robertico y viendo a Jaimito le afirmó: "Vaya, vaya, volvite otra vé. ¡Pero qué necio tú ere, ah! Ya verá, voy a llamá al guáchiman, voy a llamarlo". Pero Jaimito: "Por favor, no lo llame, no lo llame, por favor". Y Robertico: "Je, je, je, ¿le tiene miedo, verdá?". Y Jaimito: "Sí, e’ un hombre jodón,  encabronáo. Yo  sólo  quería  ve  al  redoblante  tuyo, solamente eso, e’ tan bonito y chuloso". Mas, Robertico, dudando, le preguntó: "¿Dijite verlo solamente, eh?". Y Jaimito: "Sí, mirarlo, e’ chulísimo. Epero que mi papi me consiga uno parecío, igual al  tuyo". Y Robertico:  "¿Igual?  Je je je, no tigre, éte no lo venden aquí no. Mi papi me lo trajo de Miami, de Miami, Etado Unido, je je je”...

     --Oye, en una ferretería yo ví tambore igualito al tuyo.

     --¿Igualito?  Je je je éso son de cartón y no sirven mucho no. Se rompen pronto. No son como el mío que mientra má se usa mejor suena. Eh, te lo enseñaré pa’ que tú vea lo suave que e’. --Robertico cargó su redoblante, mostrándoselo a Jaimito, diciéndole que pasara su mano para que le notara la suavidad, haciéndolo él así, admirándose enormemente, manifestando--: "¡Dió mío, qué suave e’, qué suave e’!". Y el gordito, sonriendo con satisfacción, insinuó que lo tremendo es lo lindo que suena. Y fue en eso cuando le preguntó si todavía deseaba  tocarlo un poquito.

     -- ¿Yo tocarlo? ¿Tú me lo pretaría? --el jovencito de La Aurora se alegró muchísimo.  

     -- Bueno, te lo puedo pretá por un ratico, pero tiene que darme una cosa, una pendejá que tú guarda.

     --¿Qué cosa, Robertico, qué cosa pa’dártela enseguiíta? 

     --La moneda de cincuenta chele, tigre, si me la da te preto mi tambor un momentico.

     --¡Ah sí, la moneda, la moneda! --buscó en un bolsillo-- Aquí tá, aquí tá. Tómala, tómala…--Robertico la agarró muy sonreído, asegurando que debía de examinarla bien debido a la existencia de muchos estafadores en las calles engañando a gente seria, y que eso lo afirmaba su padre, una persona conocedora de cuanto hallábase relacionado con el dinero, comerciante querido por todo el pueblo y a quien le daban pergaminos y trofeos a cada rato ("la casa tá llena de tale vaina", decía con  frecuencia). El obeso muchacho comparó la moneda  que  le  entregó  Jaimito  con  otra  suya,  mirando ambas por los lados, dejándolas caer sobre el concreto para comparar sus sonidos, y convencido que era legítima, con el rostro adusto le pasó  el tambor a un ansioso y alegre Jaimito, quien no salía de su admiración, anhelando ya estar tocándolo.

     --Toma, cuélgatelo. Eto son lo palito.

     --Sí, sí,  colgármelo.  Eh, lo  palito  si.  Entonce, oh, oh, a  tocá, tocá, tocá. ¡Oh, mi Dió, gracia, gracia!

     El hijo de Manuela y Pedro, emocionado, se colocó el redoblante y comenzó a tocarlo sin darle fuerte. Robertico le contemplaba con seriedad, pero como dejó de ejecutarlo para decir ¡"miércole, qué chulo suena, qué chulo suena !", le afirmó que siguiera ejecutándolo, que no se detuviera porque lo hacía bien y que él nunca lo había tocado, no sabía hacerlo. 

     --¿Que no?  Pero  si  sonarlo  e’  fácil,  Robertico,  e’ fácil. Ecucha, ecucha eto, ecúchalo, tá dedicáo a ti, ecúchalo con atención.  

    Jaimito tocó el redoblante con más intensidad, sorprendiéndose Robertico, pidiéndole no detenerse cuando lo miraba para preguntarle, "¿qué te parece, ah?", volviendo el mozalbete de La Aurora a continuar tocándolo, ganando confianza, marchando al compás del redoble, contentísimo, casi riendo de felicidad, tal vez ansioso ya por realizar su misión frente al río pues podría ser que la gente le observaría y admiraría lo bien que ejecutaba el solo de tambor, aplaudiéndolo, voceándole frases elogiosas, sus padres entre el grupo, orgullosos de él, del hijo raro, quizás hasta envidiado por los infantes de su misma edad, ésos que regularmente lo relajan y desprecian por su comportamiento ya que él no quiere divertirse  con sus estúpidos juegos, tampoco hablar disparates, agarrándose las nalgas, discutiendo, peleando por cualquier  cosa,  hurtando  cerezas  en la vivienda de la jamona Teresa.

     Claro, Jaimito se encontraba alegre entonando un ritmo de marcha con el redoblante de Robertico, quien silente lo miraba con sus brazos cruzados sobre el pecho, diciéndose que el tiguerito lo  tocaba de manera excelente cuando él jamás podía sacar a su instrumento algún sonido regular, armonioso, sino todo lo contrario. Y tuvo celos de Jaimito. Pero no le manifestó nada. Eso no lo hizo. Calladito se quedó, calladito, cavilando en algo para desquitarse, vengarse. Y dejó que su mente tramara algún plan, una idea tremenda que pudiera humillarlo, castigar a ese tipito que con seguridad se estaría burlando de él, su propietario porque no sabía ejecutarlor. Y sonrió con malevolencia. Y mientras el otro tocaba el  redoblar  marcial sin siquiera ya observarlo de cuando en vez porque se hallaba cautivado, realmente embelesado con la ejecución, Robertico fue retrocediendo con disimulo, lentamente, hasta llegar a la puerta, abriéndola, llamando al guardián quien de inmediato se presentó sonando la correa de la escopeta, cuestionando: "¿Qué sucede, Robertico, díme, díme?". Y el mimado jovencito, indicando a Jaimito tocando, le respondió: "El tiguerito vino otra vé, mírelo, y tiene mi redoblante, véalo". El guardián, asombrándose, dijo: "¿Cómo? Pero eto es el colmo, el colmo". Y Robertico, lamentándose: "Sí, y no quiere devolverme mi tambor, el redoblante que me compró mi papi y quien me aconsejó no pretárselo a nadie, a nadie", expresando el guardián: "Jum, déjamelo a mí, vamo a vé si a mí no me lo devuelve el carajito ete, vamo a vé".

     Entusiasmado proseguía el primogénito de Manuela tocando sin percatarse de la presencia del uniformado, ejecutando el instrumento y marchando alegremente en tanto el hombre de la escopeta, con el rostro avinagrado, se aproximaba al murito. 

     --¡Hey uté, uté, tigre’el diablo! --le voceó, haciendo resonar varias veces la correa de su  arma.

     Jaimito detuvo el tamborileo. Se espantó notando al guardián con la escopeta portada, la cara muy seria, sus ojos con una brillantez acerada fijos en él. Por un instante no supo qué hacer. Solamente tartamudeaba:   

    --Eh, eh, yo...yo… --Robertico sonreía de forma satisfactoria. 

     --Venga  pa’cá, carajo, y páseme ese tambor rápido si no quiere que le parta el culito --el hombre recordó por un brevísimo instante de cuando fue policía, terror de las calles capitaleñas, torturando a detenidos, gozando con sus gritos, quitándoles a las personas dinero para dejarlas ir, chantajeando a las mujeres sexualmente, abusando en  extremo con la autoridad que le proporcionaba por ley el uniforme gris, deshonrando con su actuación al Cuerpo Policial. 

     Observó  Jaimito  al  sonreído  gordito,  también  al guardián y los tranquilos lados sin personas. Con voz temblorosa expresó: "Eh, eh, Robertico me lo pretó, por cincuenta chele me  pretó su tambor, pregúntele, pregúntele". Y el hombre de la escopeta miró al adolescente de la vivienda, interrogándole: "Robertico, ¿e’ verdá lo que dice el tiguerito ete, dique tú se lo pretate, ah?" Pero el otro contestó que no, que era un mentiroso y deseaba robarse el redoblante que su papá le había obsequiado. Y Jaimito: "Le juro que me lo pretó por una moneda de cincuenta chele, señor. Yo nunca miento".

     -- ¡E’ un ladrón, guáchiman,  un ladrón! --chilló el gordito.

     -- No e’ verdá, señor, no e’ verdá --su voz sonó más calmada, así lo percibió el experimentado guardián--. Pero Robertico: "¡Ladrón, ladrón!". Y Jaimito: "Yo no miento, señor, por cincuenta chele me lo pretó, créame, créame". Y Robertico: "Guáchiman, cójalo y déle una pela, una pela que se mee". Y el otro: "No señor, él me lo pretó. Mire, eh, si me lo iba cogé no lo tuviera tocando como uté me vió".

     El ex-policía estaba vacilante. No atinaba qué efectuar. Contemplaba con incredulidad a los muchachos. Conocía de vista al jovencito de La Aurora. Sabía que era un raroso, que no se juntaba con nadie de su sector y que con ninguno jugaba, ni  siquiera con sus hijos, y que por eso lo relajaban, escuchando decir con cierta regularidad de que era un mariquita-parejero. Empero, temeroso de que fueran a llamarle la atención,  dijo a  Jaimito, señalándolo con su izquierda: "Ehh, mire uté, páseme el tambor, pásemelo y no habrá lío" --esta vez lo señaló con la escopeta.

     -- E’ que yo no pensaba llevármelo, señor...

     --¡Claro, claro, eh, pásemelo, pásemelo, depué puede irse, no  voy hacerle ná.

     Pero Robertico, oyéndole, sentenció: "¡Ladrón, e’ un ladrón! Deje que llegue mi papi, se lo voy a contá. Le diré que uté soltó a ese maldito ladrón. Uté verá, uté verá". 

     Se asustó el guardián. No le gustaba que lo reprimieran en su labor. Era un hombre con sesenta años cumplidos y sabía que ya no le daban trabajo fácilmente pues las compañías de vigilantes prefieren a los jóvenes que corren con rapidez, vigilan atentamente,  no  se  duermen  con  facilidad,   no  se  encuentran cansados por la vida, las malas noches pasadas, el frío agarrado, los huesos doliendo, la vista corta, los problemas económicos y  familiares, en su caso otro hazmerreir de la barriada a consecuencia de que su mujer le era infiel con un joven de veinte años cuando ella tenía  más de cuarenta, poniéndole eso rabioso, pegándoles a sus hijos porque no lo respetaban, eran mozalbetes que no se llevaban de sus consejos, como tampoco su concubina, fémina nacida allí mismo, en esa barriada poseedora de extrañas leyendas y en donde él y su gente vivía desde varios años. Sí, a veces les daba golpes a sus vástagos porque se burlaban de él, así se lo aseguraban algunos de sus pocos compinches, palizas que de nada valían ya que ponían a la gente a reir, los muchachos tratando de que no les pegara e igualmente la madre por  impedirlo, trayendo esto que él le cayera a puñetazos a su concubina y los jovencitos trataran de evitarlo, por lo cual a veces el desorden era tan tremendo que policías venían a calmarlo, solamente a eso, a tranquilizarlo, ya que no se lo llevaban preso, le conocían, era un veterano, y se iban, quedándose él encolerizado, rompiendo variadas cosas, y total para nada, volvían a lo mismo, a reírse de un hombre que fue terrible cuando estuvo con los ’Cascos Blancos’, hasta que vino la Insurrección de Abril y casi fue muerto, saliendo de las filas policiales, viniendo a Macorís debido a que el partido en el gobierno le consiguió trabajo en el Ingenio Porvenir de vigilante, un insignificante calié acechando en esa empresa a los trabajadores, oyendo cuanto decían, recomendando que sacaran a fulanito porque era ’un rojo’, peligroso, saboteador, y varios cayeron presos, manteniéndose así durante los famosos doce años de Balaguer, hasta que en 1978, con el paso de una organización opositora al poder fue cancelado, pero se quedó en este pueblo, nadie le hizo nada aunque todos conocían cuanto había hecho, pues "los macorisanos son extraños, perdonan a sus verdugos, andan con ellos, parrandean juntos, los ayudan con sus problemas”, como regularmente expresaba un dirigente político de izquierda asesinado.                                                                                                                                                                                                                     

     --¡Pase el tambor, carajo, pásemelo! --voceó el guardián, portando con firmeza la escopeta, extendiendo la diestra para agarrar a Jaimito, quien se asustó tanto que colocando el redoblante y los palitos en el suelo se alejó trotando deprisa, ansiando escapar del lugar, escuchando a Robertico que no lo dejara escapar ("no deje que se vaya, guáchiman, no lo deje"), y el vigilante preocupado, vacilante, tratando con cierta dificultad de apuntarle con la escopeta, gritándole que se detuviera antes que le disparara, y como no podía tener buena puntería, el uniformado cruzó una pierna por encima del murito y luego la otra, mientras oía a Robertico chillando: "¡Dipare, mate al maldito ladrón ese, mátelo, mátelo!"... 

 

 

LA MISION DE JAIMITO (Novela)

 

                      Capítulo No.5

 

Por: Bernot Berry Martínez  (bloguero) 

 

     Unos segundos estuvo Jaimito contemplando las aguas con tonalidad rojiza del melancólico Río Macorix (Higuamo) Un poco más allá atisbó el descuidado puerto y su hermosa desembocadura. Observó los lanchones semi-hundidos que se hallaban por distintas partes. Meneó la cabeza y nuevamente se preguntó por cuál razón los dejaban allí si le restaban belleza panorámica al ambiente. Y de repente, quizás influenciado por el cercano estuario, decidió bajar, aproximarse al litoral. Mientras iba haciéndolo afirmábase: "¡Caramba, qué lindo es el río de mi pueblo! ¡Qué bonito se nota ete atardecer! Claro, por eso e' que a Macorí le llaman la ciudá de lo bello atardecere". Y se quedó bastante ensimismado, en contemplación meditativa por un momentito. Después posó su vista sobre una piedra entre el río, a distancia de varios metros de la orilla y en la cual habíale sucedido ese fenomenal acontecimiento que lo puso más extraño de cuanto era. Sí, otra vez retornó Jaimito a reproducir en su mente esas inolvidables imágenes, él sentado encima de esa roca admirando un precioso crepúsculo cuando sorpresivamente escuchó un raro zumbido, percibiendo enseguida agitación de agua, viendo alzarse una bruma fosforada la cual delante de él se convirtió en figura indígena fantasmal que con voz gutural le expresó: "No temas, muchacho triste, no temas. Yo soy el Espíritu de tu amado Río Macorix. Escucha... eh, semejante al arroyo que llega al río y piérdese éste en la mar y se entrelazan océanos con regiones terrenales, así mismo conozco las penas de quienes habitan el planeta. Cierto, oye, tu río y los mares, la Tierra entera con sus plantas y animales, el hombre los está envenenando. ¿Con  cuál  derecho lo hace? Hay que detenerlo. Si logramos pararlo, paramos también su autodestrucción, salvándose especies terrestres y marítimas. Sí, ponme atención, muchacho, porque fuiste escogido para bella misión. Debes, tú debes conseguir un buen redoblante y pararte sobre esta misma piedra en que estás, y delante de  hermoso ocaso  del   sol,  por  la   conservación de todo género viviente, por la paz del mundo, asimismo por nuestro enfermo río, deberás tocar un prolongado solo de tambor hasta el oscurecer. Y entonces, por la belleza de un sol naciente, por bandadas de gaviotas volando hacia su encuentro, por la preciosidad del colibrí y de un rojísimo clavel, así como el agradable olor del perfume limonero, cierto, te prometemos llevarlo allende los mares, como advertencia nuestra al dañino egoísmo humano". 

     Jaimito dejó de cavilar en cuanto le había sucedido unos días atrás. Sonrió contemplando el lindo crepúsculo en total plenitud. Empero, afirmándose que deseaba dar una vuelta por aquel barrio de personas adineradas, corriendo marchó hacia ese lugar, deteniéndose un instante casi al final del muro para ver del otro lado a un manantial cuyas límpidas aguas salían debajo de la muralla y deslizábanse hacia el río. Volvió a sonreír. Tuvo ansias de bajar para echarse un poco de agua fría por la cabeza y el rostro como otras veces había hecho. No obstante, absteniéndose, siguió caminando rápido por la Domínguez Charro, llegando al sitio en el cual estuvo el Parque Mauricio Báez, aquel líder sindical desaparecido en Cuba y quien junto a sus compañeros puso a temblar los cimientos del régimen trujillista con sus huelgas orientales. La antigua plaza se encontraba cercada por una fuerte alambrada que la dividía en tres sectores (un tiempo después la cercarían con una alta verja de concreto) Ya ni siquiera se notaba algún vestigio donde hallábase el busto del malogrado sindicalista, escultura que fue hurtada por misteriosas manos durante una madrugada cuando finalizaba el  1962  o comenzaba el 1963 (¿?)  

     Pero Jaimito no conocía nada de Mauricio Báez, ni del parque, tampoco del robo de ese busto. Nadie le había contado nada. Y por eso siguió andando sin observar la antigua plaza, pasando rápido por la misma, igual que por la parte trasera de la nueva Comandancia del Puerto, ignorando que un poco más allá, frente a un tanque de la Compañía de Melazas Dominicanas, había estado la anterior, fabricada por la tiranía  de  Trujillo.  Cruzó  próximo   a  una  cerca  de concreto, un poco más alta que él, verja que encerraba un terreno el cual años atrás estuvo cubierto por agua de mar y en donde anclaban embarcaciones de poco calado hasta que empezó el dragado del río para la construcción del nuevo puerto. Y mientras contento iba caminando, ajeno a ese pasado en el cual ese suelo fue propiedad de la mar, Jaimito comenzó a cantar, gesticulando, la famosa canción del brasileño Roberto Carlos que dice: “¡Yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar; yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder canta!”... Luego continuó silbándola en tanto se aproximaba a la barriada donde se dirigía, llegando poco después, encontrándose delante de preciosas residencias y bonitos patios bien atendidos, ojeando juguetes carísimos pero no viendo cuanto ansiaba y por lo cual había acudido allí. Vino a contemplarlo en la vivienda del gordito Robertico, un mimado adolescente de su misma edad, quien se hallaba jugando con una pelota de baloncesto, teniendo a su vera diversos juguetes: patines, bicicleta, columpio, trencito, guantes, bates y un hermoso redoblante. 

     Jaimito se maravilló con ese tambor. ¡Claro, uno así era cuanto él deseaba para cumplir perfectamente aquella misión encomendada por el Espíritu del Río! Por consiguiente, acercándose a la linda verja le dijo a Robertico: "Hey, hey, tú tiene un lindo tambor. Oye, mira, ¿me lo puede pretá un ratico, un ratico, ah?". El gordito jovencito se asombró. Con la pelota en las manos le respondió: "¿Cómo? No, mi papi me aconsejó que no se lo pretara a nadie, a nadie". Pero Jaimito insistió que se lo cediera un momentito pues tenía una gran  gana de tocar un redoblante como ese. No obstante el otro le volvió a expresar que no, que su padre no quería, y mucho menos a un desconocido como era él.

     --¿Sabe? Mi papi me comprará uno así mimo, depué te lo pretaré, ya  tú  verá.

     Sin embargo, Robertico se rió, interrogándole: "¿Yo tocá un tambor tuyo, ah? ¿Tú tá loco, eh?". Mas, Jaimito: "Sí, sí, depué te lo preto, con guto que lo haré". Y el gordito: "Te dije que no. ¿E' que tú no entiende, ah?  E' má, ¡váyase de aquí pronto, váyase ante de que llame al guachimán!".                                                                                               

     --Por favor, amigo, prétamelo. Mira, te daré eta moneda de medio peso si me lo preta un poquito, solamente un poquito. ¿Qué tú dice, ah? --Jaimito se la enseñó--. Empero, Robertico algo molesto le contestó: "Pero, ¡tú si ere freco, ah!". Y Jaimito: "Eh, eh, prétamelo un ratico, amigo, solamente un poquito, solamente un poquito, enllave".

     --Yo no soy amigo suyo y mucho meno enllave, ¿me oye, me oye?  --manifestó el gordito con las manos en la cintura, bastante  irritado.

     --La moneda, toma la moneda y prétamelo. Jaimito  se  la  extendió,  pero  Robertico,  rabioso, expresó: “¡Váyase, váyase de aquí pronto, carajo!” No obstante, Jaimito prosiguió insistiendo que se lo facilitara (...”e' que tengo que praticá por algo grande que haré") Hubo silencio. Los dos muchachos se contemplaron. Robertico entonces le interrogó: "¿Algo grande?  ¿Qué cosa tú hará, eh?" Y el mozalbete de La Aurora, respirando de manera profunda, mirándolo hondamente, contestó: "Mira, eh, yo tengo que tocá un largo solo de redoblante frente al río, así me lo pidieron y tengo que cumplí".   

     --¿Qué dijite, ah? --Robertico le dio una patada a la pelota que casualmente se detuvo al lado del tambor, mientras sus labios sonreían porque advirtió que el otro contemplaba con seriedad lo sucedido. Por eso volvió a interrogarle sobre lo que habló, respondiéndole Jaimito (..."tengo que tocarlo delante del río; e' una misión que me dieron") Esa respuesta  hizo que el gordito riera y manifestara que estaba chiflado, chifladito, preguntándole su nombre, contestando el hijo de Manuela, su mirada fija en el redoblante: 

     --Jaimito, Jaimito Martín. ¿Y tú, eh? 

     --Yo me llamo Robertico Pére Morale. Mi papi tiene tienda, ferretería, y mucha cosa má. Oye, ¿y  tu  papá  trabaja por aquí,  ah? --habíase calmado un poco.

     --No, mi papi trabaja en la sona. El e' sonero, sonero, gana bien. --Robertico se alteró, dijo--: "Hijo de sonero? ¿Y tú quiere tocá mi tambor, ah?". De nuevo  Jaimito le respondió que sí, que solamente era por un ratico. Pero Robertico le preguntó que si él llamaba al guardián de su hogar qué cosa haría, quedándose observándole sonreído, las manos cruzadas sobre su pecho, dominante, arrogante, percibiendo que Jaimito se asustaba, gozando cuando le oyó decir que se marcharía enseguida ("ehh...rápido que me voy, amigo")  Y tal vez para verlo huir, irse de allí, el gordito llamó al Guardia de Seguridad, quien con prontitud se reportó haciendo sonar la correa de su escopeta varias veces, interrogándole sobre cuanto pasaba. Robertico buscó con la mirada a Jaimito, y contemplando que no estaba, señalando hacia la verja de cemento manifestó:

     --¡Ahí, un tiguerito moletándome!

     El guardián era un mulato alto y fuerte, uniformado completamente de azul, interrogó: "¿Moletándote? ¿Y  dónde  tá  el carajito ese, ah?" Robertico le contestó que tan pronto le llamó se fue corriendo como el diablo lo hace a la cruz.

     --Hum, hiso bien si, porque yo le parto el alma a cualquiera, a cualquiera. Eh, eso tiguerito siempre tán jodiendo. Dique pidiendo comía, queriendo botá basura, hacé amitá, eh, pero mire, jum tó eso e' pa' ello pode robá,robá.Saben má que mimo diablo.                                                                                                                                                                                 

     --Así  mimito dice mi papi, guáchiman, así mimito.

     --Claro, por eso toy yo aquí, pa' cuidá la casa y también a tó utede.

     --Eso  tiguerito  son   uno  freco,   guachimán, uno freco.

     El uniformado lo miró atentamente. Mantenía el cañón de la escopeta hacia el suelo. Se inclinó levemente y moviendo su mano izquierda sentenció: "Robertico, vea, si fueran freco no e' ná, e' que son ladrone, ¿entiende?, son ladrone de nacimiento".

     --¿Y  por qué no lo meten preso, ah? Siempre tán acechando, uno no puede jugá tranquilo, vienen a moletá, a queré robá lo de uno  --Robertico lo aseguró con cierta tristeza, respondiéndole el guardián que él no comprendía la razón por la cual no se encontraban detenidos, pero de lo que hallábase seguro es que anteriormente eso no pasaba pues había respeto y la gente sabía ponerse en su puesto, que cada uno andaba  derechito ("lo  que le recomiendo, Robertico, e' que no se decuide con su juguete en el patio no, eso tiguerito no son fácile, se lo llevan porque se lo llevan. Le repito que eso carajito son ladrone de nacimiento", se lo advirtió señalándolo con su índice diestro, la escopeta en la izquierda)

     --A un amigo mío le robaron su bicicleta del mimo patio, guáchiman. ¿No se lo dijeron?

     --Jum, eso ecuché si. Por eso vuelvo a decirle que no se decuide ni un poquito, pue' yo no puedo tar en ete sitio to' el tiempo no, no puedo porque tengo que vigilá por ditintas parte. Y eta casa e' grandísima. Ademá, vea, su mamá me pidió que vigilara bien a la cocinera, ya que se lleva la carne entre la ropa, así me dijo la doña.

     --¿Anjá, eh?  Y el guardián--: ”Y tu  mamá  no  quiere que  se  lleve naíta. Y pa' eso toy yo aquí, pa' cuidá toitico, que no se lleven ná, ná --y prosiguieron dialolgando un rato más, conociendo Robertico que ese guardián había sido policía, de los denominados 'Cascos Blancos', un cuerpo de choque de la uniformada que tuvo su asiento en la Fortaleza Ozama, en Santo Domingo, y que él había peleado valientemente contra los 'comunistas' en 1965, escapándose de ser agarrado debido a que sabía nadar, pudo cruzar el Río Ozama cuando los llamados constitucionalistas lograron penetrar al recinto policial luego que sus defensores  no poseían más balas para continuar batallando, rechazándolos, causándoles tantas bajas que a él le dio pena, eran jóvenes de poca edad los cuales no conocían nada de guerra, fueron carne de cañón, los grandes los mandaban mientras ellos se quedaban escondidos como ratas, sin dar la cara, eran verdaderos cobardes, principalmente esos militares traidores que se vendieron a Cuba, a China y a los rusos. (...vea, suerte que vinieron lo americano, Robertico, suerte, porque sino ete paí ya fuera comunita, y tú no tuviera viviendo en eta vivienda tan bonita y grandota, y yo tampoco cuidándola. Tuviéramo toititico muerto, fusiláo, tu papá, tu mamá, yo, toa la gente que sirve, seria, honrá, decente”,...)                      

 

 

'LA MISION DE JAIMITO' (Novela)

 

               Capítulo No.4 

 

 

Por: Bernot Berry Martínez  (bloguero

 

     Jaimito era un muchacho trigueño, pelo casi lacio y de mirada melancólica. Cuando dejó a sus padres dialogando, calzaba unas chancletas gomosas y vestía una vieja ropa descolorida. Había dejado el Parque Salvador, sentándose en un murito no lejos del río. Desde ahí meditaba en voz baja: "Eh, creo que papi me comprará el tambor si, por mami lo hará. E’ que cumplo año mañana, etudio bien, hago cuanto me mandan, no peleo con nadie, entonce, entonce no me puede fallá no, por Dió que papi no puede fallarme. Y tendré mi redoblante, uno bonito, de sonido fenomenal. Claro que lo tendré. ¡Juá, y podré tocarlo así!: Trá, ta-ta-ta-ta-ta...

     El jovencito volvió a simular que tocaba el tambor-redoblante, tarareando el ritmo marcial, marchando al compás. Algunos transeúntes sonrieron al observarlo. En eso se le acercó una señora sesentona y le preguntó: "Jaimito, hijo, ¿qué tú hace, qué tú hace?"

     -- ¡Oh abuelita! ¡Ción abuela, ción abuela!

     --Hum, Dió te bendiga, hijo, Dió te bendiga. Eh, déjame acariciá tu cabesa, ven --y Jaimito se dejó pasar la diestra de la señora por sus cabellos, como ella siempre efectuaba cuando se veían de cuando en vez-- Eh, díme muchacho, ¿y tu madre cómo tá, eh? 

     --Ella tá bien, abuelita. Eh, la dejé conversando con

papi porque yo quiero un redoblante. ¿No recuerda que mañana e’ mi cumpleaño? --Y la señora dijo con cierto asombro que verdaderamente él cumplía  trece años, que como pasa el tiempo, que ya un hombrecito, pero que tenía mucho pelo y debía de recortárselo pronto porque un peine no pasaba por tanto cabello enmarañado. No importa, abuela, cuanto deseo e’ un tambor, un redoblante chulo pa’ podé tocarlo, gosá con su sonido", expresó el jovencito. 

     --¿Y tu papá te lo comprará, hijo?

     --Claro que sí, abuela, yo dejé a mami con él pa´esol No puede fallarme. Nunca le pido ná, y e’ por mi cumpleaño, por mi cumpleaño.

    --Hum, bueno, ¡ojalá te lo compre, Jaimito, ojalá!    

     La señora lo dijo con cierta duda, contestándole el adolescente: “Lo comprará, abuela, uté verá, no puede fallarme". Y ella: “Eso quisiera, hijo, eso quisiera pa’ verte felí tocándolo".

     En ese momento pasaron frente a ellos dos motoristas en competencia, y el ruido ahogó cuanto la dama hablaba, optando ambos por mirarlos, perseguirlos con sus vistas en la rauda carrera hacia el Malecón. Jaimito sonrió viéndolos tendidos sobre los asientos, las manos agarrando los timones, casi parejos, en esa lucha por llegar primero a la meta indicada, competencias estas que varios muertos ya habían ocasionados. La señora manifestó a su nieto que la juventud no respeta nada, ni siquiera sus vidas, y que eso no sucedía antes pues las leyes se respetaban, y que ahora faltaba un gobierno que las hiciera cumplir, fuerte, que pusiera todo en orden ("acabe tanta mojiganga, ponga en cintura a eso ladrone metido en la política pa’ enriquecerse, y que tengo rasón porque solamente hay que vé a cierto tigre de Miramar, pelegato de nacimiento, que se metieron con el partido ganador y rápidamente consiguieron carro, buena casa, parrandeando to’ el tiempo, y ya no me conocen, viran  la cara cuando me ven pue’ saben que yo lo conoco dede que eran chiquiline, dede que eran chiquiline”.

     Jaimito gozaba oyéndola. Hablaba mucho. Le agradaba recordar tiempos idos, eso lo conocía bastante, aprendiendo con ella cosas del Macorís de antaño. "A tu abuelo no le gutaba eto no, ni un chín le gutaba, y por eso hiso bien en morirse, sí, sí, hiso bien aunque lo lloramo mucho cuando se ahorcó, cansáo de viví entre tanta vagabundería, así me lo dejó ecrito pa’ que yo no me mortificara.  Era  un  hombre  bueno,  decente, pariente  lejano de aquel general ’Vicentico’, el cual comandó a lo Guerrillero del Ete, éso que pelearon contra lo gringo, hijo, ya te lo conté una vé, ¿recuerda?“

     --Sí, abuela, me acuerdo bien. Fue ése a quien le prometieron la gobernación de Macorí  pa’ que  dejara  de combatí, y cuando dejó de hacerlo, que vino a bucarla, lo hicieron preso y lo fusilaron por la noche en Miramar, cerca de donde se encuentra el Hotel Macorí, ¿verdá, abuelita?

     --Bien, bien, tú tiene buena memoria, igual a tu abuelo. E’ má, te parece mucho a él:en la cara, en tu forma de sé, en el color de la piel, en el pelo. Hum, ¡qué látima que no lo conocite! Aún tú no había nacío cuando murió. Toy segura que se hubieran lleváo bien --hubo silencio; el adolescente respetó el momento en que tal vez su abuela pensaba en el esposo suicidado, y contemplando él que dos gruesas lágrimas salían de los ojos de ella miró hacia donde unos mozalbetes jugaban a la pelota en el recinto perteneciente a los antiguos exploradores, ahora ´Boys Scouts´. Entonces volvió a dialogar con su abuela, variando la conversación, hablándole acerca de cosas que se hallaban entre el río, objetos que no servían para nada, afeándolo, quitándole su belleza natural, ensuciándolo, no comprendiendo él cómo las autoridades dejaban esas chatarras cerca del puerto y de las miradas de la gente, era algo incomprensible, absurdo, verdaderamente vergonzoso, interrogándola sobre cuánto trajeron esos lanchones, contestándole ella que los condujeron aquí para hacer un gran dique, un enorme taller de reparación de buques, mas parece que tal asunto no cuajó bien y ahí se encontraban ellos afeando bárbaramente al hermoso panorama de la ría, principalmente durante los atardeceres que es cuando se  presencian unos  bellísimos  crepúsculos los cuales

nos hacen admirarlos, conmoviéndonos íntimamente.

 

     --¿Sabe abuela?  Eh, a mí también me gutan eso atardecere que se ven por eto lugare.

     --¿Anjá, Jaimito? Así mimito era tu abuelo si, a él le agradaban muchísimo. Pero díme, díme sobre el  tambor. ¿Pa’ qué tú quiere  esa cosa y no otra cosa, eh?

     -- ¡Ay  abuela, depué se lo digo, depué!

     --Ahh, tú tiene un secretico, ¿eh Jaimito? --lo señaló. 

     --Algo así, abuela, algo así --bajó la cabeza.  

     --¿Y tú no puede compartirlo conmigo, eh querido nieto? Mira que a nadie se lo diré, a nadie, eso ténlo por seguro.

     El jovencito, algo avergonzado, dijo: "E’ que, e’ que si se lo digo uté puede reírse de mí". Y la señora: "¿Reírme? No, Jaimito, te prometo no hacerlo, te lo prometo". Y el jovencito: "Bueno, e’ que..., e’ que uté no lo entenderá, no lo entenderá". Y ella: "Vamo, hijo, vamo. ¿E’ que no confía en tu abuela?  ¿Y qué clase de nieto ere tú si no me tiene confiansa, eh?". Pero él no le respondió, quedándose observando el río. La señora insistió: "Bueno, parece que e’ algo grande tu secreto. Entonce no me lo diga. Quisá en otra ocasión. Pero vaya-vaya, cambia esa cara trite, cámbiala --lo sucudió brevemente por los hombros--, eh, aquí tiene una moneda de cincuenta chele pa’ que compre algo, ¿eh?".

     -- ¡Gracia, abuelita, gracia! --tomó el dinero y se lo guardó en un bolsillo-- Eh, sobre el asunto de…

     --No, no me lo diga. Yo taba jugando contigo, Jaimito. E’ bueno tené secreto, eso e’ bueno --mintió, se hallaba ansiasa por conocerlo plenamente. 

     --Hum, le puedo decir un chín, sólo un chinchín.

     --¡Dímelo, dímelo! Tú me pusite que me muero por saberlo --sonrió, quedándose contemplándolo, casi impacienta, viéndolo rascarse la  cabeza, y que de nuevo volvía a otear hacia el río, también hacia los lados, escuchándolo poco después manifestar--: "Bueno, abuela, eh, lo que pasa e’ que me dieron una misión, una buena misión con un tambor".

     --¿Misión? Hum, ¿de dónde sacate esa tontería, Jaimito?

     --¿Uté ve? Por eso no quería decirle ná. Horita piensa que toy loco, sí, sí, loco.

     -- Vamo, hijo, no me haga caso, no me haga caso y sigue contándome, sigue contándome --la señora habló con cierta preocupación--. Fue en eso que Jaimito, algo disgustado pero como resignado por la situación presentada, expresó: "Bueno, tá bien. Ecuche, ecuche bien cuanto le informaré, abuela, ecúchelo bien. Eh,...--impasible, sin interrumpirle, la señora oyó lo que su nieto le confiaba. Sin embargo ella no le creía. Tuvo la intuición de que el muchacho no se encontraba bien de la mente. Y se acordó de sus demás nietos, hijos de los hermanos de Manuela,  quienes eran normales, distintos a Jaimito en todo, echándole la culpa a Pedro, porque ese borrachón mujeriego debía de ser el culpable de que el jovencito no fuera igual a sus primos. Y maldijo al hombre en silencio. Y recordó cuando su marido le contó que le habían dicho que Manuela tenía ’amores escondidos’ con un tipejo, un tigre, un bandido que no le convenía, aconsejándola que tratara de romper esa vagabundería para bien de Manuela, sucediendo que por tales consejos la joven se escapó con su novio de la casa, viniendo a vivir en donde todavía seguía haciéndolo, enojándose grandemente su marido por esa acción de la hija querida que al paso de los días, apenado, sin comer, la angustiosa depresión lo llevó a tomar la equivocada decisión de ahorcarse.

     Luego de que Jaimito terminara de relatarle su ’secreto’, la abuela, acariciándole el enredado pelo le expresó: "¡Caramba, qué asunto má raro me contate, hijo! Eh, pero no te apure  mucho por eso no. Ere muy joven. Tó pasa. Recuerda que tú apena tiene trece año. Por delante te queda toa una largasa vida. ¿Comprende, Jaimito, comprende?"  --lo movió por los hombros, respondiéndole el muchacho--: "Lo sé bien, abuela, lo sé bien, lo que pasa e’...". Sin embargo la dama no dejó que siguiera hablando. Le recomendó que dejara de pensar en ese tema, que todo era producto de su imaginación, que se pusiera bien, debía de imitar a sus primos y jugar pelota, pescar, nadar, pues el mundo es de los fuertes, el debilucho queda atrás, listo y servido, nadie quiere gente así, y que debía de alimentarse mejor ("mira, tú tá flaquito, debería de comé mucha fruta, principalmenente ’china’, ella dan mucha salú, y te voy a conseguí una botella de miel de abeja pa’ que te beba un poquito por la mañana y otro por la tarde; eso te pondrá fornido, ¿entendite, ah?". .

     -- Sí, abuela, me guta la miel de abeja. Eh, pero oiga, no le diga a nadie lo que le conté, ni siquiera a mami se lo diga. La gente no entiende, es relajona, no ven el peligro que acecha al mundo, no lo ven. 

     -- Hum, ¿y quién te contó eso, hijo? -- y él respondió--:"Nadie, abuela, son cosa que llegan a mí de lo má profundo de mi alma".

     -- ¡Ay Jaimito, Jaimito!

     --No se apene, abuela. Yo toy bien, mejor que nunca, créame, y yo nunca miento,  nunca miento.

     --¡Bueno, ojalá, ojalá! Oye, ¿y  pa’ dónde tú va, eh?

     --¿Yo? Bueno, deseo ir cerca del Malecón, por donde tán esa casa lujosa  Ahí viven uno muchacho que tienen mucho juguete bonito, chulísimo--. Y la abuela: “Hum, ten cuidáo con esa persona, Jaimito, son jodona, no le gutan con lo acechen. Recuerda que son privona --la señora se lo dijo agarrándole las manos, pero él le contestó que no los vigila, que lo único que hace es mirar los juguetes, respondiéndole la  señora que eso es lo mismo, que es peligroso ("te digo que son parejero, lo sé bien porque soy  una vieja que to’ lo sabe")  Pero el adolescente”: No hacen ná, abuelita, no hacen ná". Y ella: "Háme caso, Jaimito, tú tá comensando a viví, no conoce la maldá de la gente, principalmente d’ete pueblo". Empero el muchacho volvió a manifestarle lo anterior, de que a ellos no les importaba que él viera los diferentes juguetes regados por  sus patios. Entonces fue que le dijo a su abuela, asombrándola: "Oiga, ¿quiere conocer algo lindo, ah? Mire, a eta hora yo he vito hata avioncito volando por el cielo rojiso en la tarde moribunda".

     --Vaya, ¿y por qué tú habla tan raro, ah?

     --Abuelita, abuelita, sólo a uté le he dicho esa cosa que viven dentro de mí, sólo a uté se lo he dicho.

     --¿Y ningún hombre te enseñó eso, ah?

     --Ya le dije que llegan a mí. Mire, uté ve qué bonito se halla ete atardecer, ah? Pue’ sepa que yo voy a verlo un poco, de manera profunda ante de irme hacia el  barrio de lo juguete lindo --dejó de hablar porque se escuchó la sirena del Cuerpo de Bomberos, volviendo el jovencito a señalar--: ¡”Oiga, oiga, ahí tá el sirenaso de la sei de la tarde! Me tardo, abuela, así que... ¡ción abuela, ción abuela!”

     --Eh, eh, Dió te bendiga, hijo, Dió te bendiga y te acompañe, protegiéndote siempre de la gente mala, sí, amparándote de tanta persona terrible, --y perseguido por la taciturna mirada de la señora, Jaimito se fue trotando  hacia  el  grisáceo  Muro  de  Contención,  el cual fue construído para proteger al pueblo de las crecidas del río. Y ella, observándolo por la placita ’Cuarta República’, meneando su cabeza tuvo el presentimiento de una horrible tragedia para su nieto, por eso decidió visitar de inmediato a su hija para ponerla al corriente de su conversación con Jaimito y saber más detalles de su vida con ese Pedro, borrachón y mujeriego, individuo que no iba lejos para beberse cuanto ganaba  en  la  zona, dejando pasar hambre a su familia, teniendo sus  hermanos que ayudarla de vez en cuando porque el lavado no le alcanzaba para los gastos, así la señora lo intuía aunque Manuela nunca les pedía nada, diciendo que todo marchaba perfecto y dizque Pedro se portaba bien que hasta su cheque se lo entregaba. No obstante, la madre presentía que su hija mentía tal vez para que no le recordaran cosas tristes, como el suicidio del honesto padre, un ciudadano ejemplar quien levantó a su familia sin jamás arrodillarse ante ningún rico, pues él aseguraba que la mayoría de esos personajes les encantaba humillar a cuantos nada tienen, contemplarlos suplicar debido a que no poseen ni un peso para la comida de los suyos o verlos con las recetas médicas en sus extendidas manos, las miradas en el suelo, totalmente vencidos, sin un ápice de dignidad, convertidos  en excrementos  humanos,  como  cuentan  ellos  mismos  en  sus  lujosas  viviendas...                                                                       

 

"LA MISION DE JAIMITO" (Novela)

 

                Capítulo No.3

 

Por:Bernot Berry Martínez   (bloguero) 

 

     Los concubinos Pedro y Manuela continuaban conversando en el patio de aquella vivienda de madera. Próximo a ellos, debajo de un frondoso limonero sin frutos, había una torcida mesita que tenía encima una batea de zinc conteniendo algunas prendas mojadas y un lío de ropa sucia a su lado. Cerca del mismo árbol se notaba un montoncito de basura, yerbas altas y dos infantes desnudos jugando en la tierra. Esos niños eran vigilados de cuando en vez por su madre, quien dejaba cuanto hacía en la cocina para echarles una ojeada, pero mirando también de soslayo a sus vecinos, oyéndolos discutir, tratando de no perderse nada para más tarde ir a contarle a su comadre Inés. Sí, ella escuchaba debatir a Pedro y Manuela y sonreía, sintiendo un extraño placer cuando ambos no se ponían de acuerdo, anhelando deleitarse al máximo si peleaban a los puños, cosa no rara en la barriada de La Aurora. Por tanto, ponía atención a la controversia, maldiciendo a los motoristas y  automovilistas que a su paso por la calle le quitaban oir con claridad ciertas palabras. Y sin embargo, por hallarse más atenta en esa polémica descuidaba a sus pequeños vástagos, no viéndolos comer tierra y hierba y que más tarde les ocasionarían diarrea y vómitos, enojándose con ambos, pegándoles chancletazos, injuriando a su marido al éste pedirle una explicación lógica por no encontrar servida su comida luego de laborar donde César Iglesias & Co, teniendo que irse el pobre obrero a sentarse en el  Parque Salvador, comiendo allí  pan vacío y algunas almendras tumbadas por el viento.

     Entretanto, Pedro y Manuela se decían:

     --Pue’ si, hombre, yo sigo creyendo que lo sonero no deberían de botá su dinero en tontería. Tá bien que se diviertan, se beban vario traguito, pasen un momento alegre pa’ botá el golpe, pero eso de botarlo to’, hum, eso lo veo mal, pero muy mal.    

     --Vuelvo  a  repetirte  que  yo  sé  por  dónde  tú  va, mujer, lo sopecho --dijo Pedro, respondiéndole ella--:Tú siempre tá sopechando,  ¿qué te pasa, eh?"  El concubino  le contestó: "Ná, que yo no soy pendejo no, no soy pendejo". Y la concubina: "Yo sé bien que  no lo ere. Lo que quiero e’ que comprenda que el dinero se debe empleá en algo útil, en cosa buena pa’ la familia". Y él, riéndose: "Je je je, ¿cómo en un tambor, eh?". Manuela se abstuvo de responderle seguidamente. Ella respiró hondo, miró el cosmos, acto seguido, contemplando los ojos pardos de su marido (el hombre sonreía con los brazos cruzados sobre su pecho) manifestó: "¿Sabe lo que pasa contigo, Pedro? Eh, ¿sabe lo que pasa contigo?".

     --¡No, mujer inteligente, dímelo, dímelo! --abrió los brazos,  la sonrisa iba desapareciendo.  

     --Mira, lo  que  sucede e’ que tú ere  un tipo egoíta, solamente piensa en ti, Pedro, en ti --lo señaló. 

     --No me diga, cerebro ’e moquito.  Oye, je-je-je, ¿eso lo aprendite en la ecuelita esa, eh, en la del curita barrigón y chimoso, ah?  

     --¡Ahí enseñan de tó, de tó! --señaló la lavandera con cierto orgullo, molestando a su concubino el cual le indicó--:"Ehh, ecucha bien, mujer, ecucha bien:  ¿Qué sabe un viejo curita de la vida, eh? Ná, no sabe naíta, como tampoco esa maetra privona, jamona, con narí paraíta. ¡Jum, que vayan a la sona y sentirán candela quemando nalga! Entonce sí que podrán conocé del mundo y sabrán enseñá, aconsejá, criticá”...

     Un fuerte pitazo de camión impidió brevemente que la vecina oyera, pegada a la entreabierta puerta del patio, cuanto Manuela le respondió a su concubino. Por eso alzó sus brazos hacia la calle y maldijo susurrado al desconocido conductor. Mas volvió a ponerse la diestra sobre su boca cuando escuchó al hombre decir que en esa zona del diablo él se quemaba el trasero para ganarse un dinerito mientras que Manuela hablaba en favor de curas sinvergüenzas, asimismo de solteronas que nunca han probado a un machazo como él. También oyó a Manuela pedirle que respetara y no hablara de esa manera, además que ella conocía que la zona era dura, terrible, y que debido a eso no debía él botar cuanto ganaba con tantos sacrificios en cosas malas, sino ayudando a su gente, no botándolo en ron y en cerveza, oyendo al trabajador expresar: "Há, há, há, mujer, ¿y por dónde tú entiende, ah?" (en ese instante la vecina se introdujo tres dedos entre la boca, impidiendo que saliera gran parte de su risa) “Te repito que yo soy un machaso, el ron e’ mi medicina, eso lo dice el merengaso del caballo, lo dice el merengaso del caballo".

     --¡Eso e’ un grandísimo diparate!

     --Diparate no, Manuela, así tá hecho el mundaso: el hombre a lo suyo y la mujer en la casa cocinando y criando macaco.

     -- ¡Caramba, qué atrasáo tá tú!

     -- ¿Atrasáo? ¿Eso e’ lo que te enseñan en la ecuelita esa, eh? E’ má, oye, yo quiero que tú salga de la vaina esa, d’esa ecuelita jediondona, maetra privona en nalga pará y apretá. Hum, mira, ante tú era má comprensiva,  sedita, una  verdadera seda.

     --Claro, yo era una bobona. Pero no voy a dejá la ecuela no, no voy a dejarla pa’ seguir aguantándote pendejada. --Y él: “Mujer, mujer, no juegue con fuego pue’ te puede quemá, te puede quemá... 

     Mientras tanto, Jaimito había llegado al Parque Salvador tocando su imaginario tambor. Dio tres vueltas al Monumento a los Padres de la República, dirigiéndose enseguida hacia una torcida palmera que tenía un nido de golondrinas. El mozalbete dejó  la  pantomimia  y  subió  a  un asiento, mirando desde ahí al nido. Sonrió. Y entonces, cerrando los ojos fue ampliando su sonrisa al percibir claramente aquellos hermosos cánticos de esas avecillas, cantos que le agradaban en demasía y que lo conducían por agradables senderos crepusculares en donde perdíase quién sabe  por  cuál espacio-tiempo. 

     En ese mismo momento Pedro preguntaba  a su concubina: "¿Y cómo un tipo como yo, embragáo, pelo en pecho, se metió con una vaina como tú, eh?".

     --Eso mimito pensaba yo, pue’ tú ere un borrachón, egoíta y mujeriego--. Y él: “Carajo, tengo que irme, tengo que irme pa’ no darte una tunda de golpe, sí, pa’no darte una tunda de golpe, coño!—Y ella: “¡Véte, véte, meno perro,  meno pulga!

     --Claro, me iré a darme un jumo loco, un jumo loco--.Y la fémina: “Ajúmate, eso sí sabe hacerlo bien. Sin embargo, ¿a que no piensa en tu hijo, en el tamborcito pa’ su cumpleaño, ah? --el hombre ya se iba pero se detuvo para decir--:"Mira, a mí nadie me compró nunca ná, nadie. Cualquier vaina que quería me lo compraba yo mimo limpiando sapato en el Parque Duarte. E’ má, cómpraselo tú. Eh, ¿tú no ere dique la inteligente, la etudiante del curita pansón, ah? ¡Cómpraselo, cómpraselo!". Y Manuela le contestó: "Tá bien, tú no ere el único que mete dinero en la casa. Yo meto má que tú. Lo único que tú trae aquí e’ mucha baba, baba por funda, por funda, ¿entendite?". Y él, visiblemente enojado:"¡Cállate, jedionda a fá! Me largo a bucá jembra de verdá, jembra que tenga rabo gordo, gordaso!" ( la vecina se cayó al suelo de la risa: tenía los cinco dedos de su diestra entre la boca, sujetándolos con la  izquierda, apenas saliéndole un tenue aullido) Pedro se marchaba perol se detuvo porque su mujer le llamó: “¡Párate ahí, borrachón, párate carajo! Oyeme bien, ojalá te peguen el SIDA, maldito, te peguen el SIDA, asaroso". No obstante el concubino no respondió, al contrario sonrió casi en forma grotesca, alejándose con rapidez hacia la calle, dejando a Manuela sollozando, abominándolo, las lágrimas serpenteando por su rostro. Fue en ese instante cuando la vecina se le acercó y sosteniéndola por los hombros le dijo: “¡Cálmate, Manuela,cálmate!”

     --E’ que... ese pendejo..., degraciáo..., eh, no quiere comprarle un tamborcito, un tamborcito a mi Jaimito por su cumpleaño.

     --Lo sé, vecina, lo sé. Sin quererlo ecuché parte de la dicusión de utede si. Pero tranquilísate, por Dió, tranquilísate, tú debe calmarte, Manuelita. 

     --E’ que Pedro e’ un tipo malo, vecina, borrachón y mujeriego. --lo dijo contemplándola, los ojos llorosos, pero la otra fémina le respondió que así son los hombres, que todos son iguales y que el de ella era peor pues tiene mujerzuelas por todo el pueblo, admirándose Manuela ("¿no me diga?; pero no lo parece no" dijo), manifestándole la otra: "Así como tú  lo oye, vecina, él tiene tipeja por varia parte. Eh, yo no sé cómo la complacerá no porque a mí no me atiende pa’ ná, pa’ ná me atiende. Siempre dique cansáo por el trabajo y pa’ ná me atiende. ¡Y celoso que e’, vecinita, celoso como el mimo demonio! Vea, siempre me tá vigilando como si yo tuviera otro hombre. Él  sale de la casa y enseguida tá aquí. Díque porque se le olvidó algo, la cartera o la llave, eh, cualquier pendejá; o se queda en el colmáo bebiéndose un mabí. Jí jí jí, el otro día lo atrapé allí mimo, en el colmáo de Ramón, y no sabía dónde meterse pa’ que yo no lo viera, jí jí jí”,...Y Manuela: “!Ay vecina, uté lo coje con calma, no se pone loca!” 

     --Claro que no, vecina, no voy a volverme loca no. Eso e’ lo que él quiere. Pero éta que tá aquí no se vuelve loca por nadie, qué va, eso tá pa’trá, pa’trá. Por  eso le digo que se calme, porque Dió aprieta pero no ahorca, si señor, Dió aprieta pero no ahorca.

     Y prosiguieron platicando, serenándose Manuela, terminando ella por reír con las ocurrencias de su colindante, la cual le contó cosas que ignoraba por completo, principalmente del concubino de aquélla y a quien la lavandera tenía por persona seria, trabajador, y que cuanto ganaba se lo entregaba a su mujer, quedándose con unos pesos para ciertos gastos. Pero no. Parece que se había equivocado con ese hombre de cachucha azul. Era un tipo terrible, lo decía la madre de sus dos hijos, un mentiroso, uno de ésos "que no hacen ruido y mayores son sus penas". Y supo además que su  vecina le era infiel con un joven de Miramar ("con él me siento de maravilla, Manuela, te puedo bucá uno, eso e’ la moda...), viéndose con ese amante por la mencionada barriada porque en La Aurora no se podía, la gente hablaba mucho y alguien podía informárselo al marido, cosa que ella no deseaba ni un poquito, ya que aparte de todo ese asalariado mantenía a sus infantes.    

 

                                       

'LA MISION DE JAIMITO' (Novela)

 

                          Capítulo No.2

 

Por: Bernot Berry Martínez   (bloguero) 

 

     Cuando el padre de Jaimito llegó a la vivienda aún Manuela y su vástago encontrábanse conversando en el patio. Cuan regularmente el hombre hacía saludó: "¡Hey! ¿Cómo tán utede, cómo tán utede? --agregando--: "Aquí llegó el duro de la sona franca macorisana" (el obrero era un mestizo delgado, estatura regular, de unos treinta años)

     --¡Ción papi, ción papi! --chilló alegre el muchacho en tanto fue corriendo al encuentro de su progenitor, abrazándolo, respondiéndole el trabajador--: "Ehh, Dió te bendiga, hijo, Dió te bendiga", acariciándole ligeramente los cabellos. Empero, cual si sospechara algo, enseguida lo sostuvo por los hombros y le interrogó: "¿Qué te pasa, Jaimito?  ¿Por qué tiene la carita como evangélico, ah, bobalicona, eh?". 

     --¡ contento, Pedro, contento, eso e’! --dijo la mujer.    

     --Ji ji ji, mami le dirá algo, algo importante pa’ .

    --Hum, ¿qué vaina, eh? --el asalariado le echó una ojeada a los dos, inmediatamente, poniéndose un poco preocupado, volvió a indagar sobre cuanto estaba pasando, deseando en su intimidad que no fuese cosa de dinero ya que ansiaba tirarse unos tragos de ron más tarde.    

     --Mami se lo dirá, papi, ya verá. Mientra: trá-tá-tá-tá... --y volviendo a efectuar la pantomima de que tocaba un redoblante y marchando al ritmo del sonido que ejecutaba, Jaimito se fue hacia la calle ante las miradas de sus silentes padres. Después que lo vieron salir por el portón, el marido cuestionó a su concubina--: "Mujer, ¿qué carajo le pasa, eh?".  Ella respondió: ", que se le metió en la cabesota tené un tambor, un redoblante de marcha" Y el hombre, sonriendo: "Bueno, vamo a meterlo a boi ecáu, ahí podrá tocarlo hata que se canse". Y Manuela: "No, él quiere ser dueño de uno, y sabe lo raro que e’".

     -- E’ raroso si, no parece macaco mío --sonrió ampliamente--       

     La lavandera se molestó un poco, por eso le cuestionó: "¿No? ¿Y de quién e’, ah?".  El   marido  se  rió  ("je, je, je, no haga mala sangre, mujer,  no la haga, lo que pasa e’, tú sabe, eh, mira, e’ que un muchachito mío debe tirá pa’l gallo, parecerse a mí en to’, ¿entiende? Pero el carajito no parece tigre no. Eh, no juega  pelota, no pelea con nadie, no sabe nadá, no hace naíta. Oye, cuando yo tenía su edá...") 

     --No me venga con ese cuento nuevamente, Pedro. Hablemo del tambor, eso e’ lo importante porque Jaimito cumple año mañana sábado y debemo regalarle algo interesante, algo que desea mucho poseé.

     --¡Vaya! ¿Tú también tiene en mente de que le consiga un redoblante, ah?

    --Claro, vamo  a  vé  si  se  puede,  pue’  Jaimito lo quiere.

     --¿Y por qué no desea un tambor pa’ tocá merengue, ah? Así podrá picotiá plata, moni, moni, moni --el hombre chasqueó los dedos varias veces, quedándose con la boca abierta observando a su mujer, quien conociendo que su concubino estaba por armar una discusión para marcharse, le contestó suavemente--: "Cariño, Jaimito quiere un redoblante, sólo eso, un redoblante pa’ tocarlo por el Parque Salvador". Pero el obrero: "Oye a éta, y yo ansío un carro rojo con música bachatera y un montón de cadena tumbándome el pecueso, así dejaría eta cadenita y ete guillito que tengo pueto".

     --Hum, deja de hablá como tipo acomplejáo y ponme atención, Pedro, ponme atención: oye, tenemo que ayudá al pobre  Jaimito porque  e’ nuetro hijo, el único que tenemo...

     --¿Hijo?  Jo jo jo...no  lo  parece no. A vece lo dudo ya que si lo fuera no sería tán raroso, tán pendejón,  je je je...

     --De nuevo tú viene con eso sólo pa’ moletarme, pero sabe bien que se parece a ti, así lo  dice la gente del barrio.                                                  

     --E’ cierto, e’ cierto, pero no atúa igual que yo no. Parece bobalicón, Manuela. Mira, me aseguran que lo ven siempre  mirando el Río Higuamo, y que se acerca a la orilla y dique habla con el río. ¿Tú sabe esa vaina, eh? Me hace pasá vergüensa, mujer, vergüensa entre los’ombre que se ríen de mí, se ríen--. Pedro se puso un poco molesto. La lavandera lo contemplaba y percibió que  debía  calmarlo.  Por  consiguiente  ella  díjole que todas las personas no podían ser semejantes en su manera de actuar en la vida, pues  existen todas clases de individuos en el mundo, y que un ejemplo de eso lo era Jaimito, quien deseaba un tambor para... Sin embargo él, cortándole lo que ella decía, manifestó: "Claro, el  pendejito quiere un  tambor pa’ joderno con una bulla del diablo aquí dentro, no dejarno dormí, volverno loco". 

     --Pero lo complacemo, Pedro, y eso e’ lo principal pa’ que no se no’ vuelva un amargáo, así no’ enseñaron en la ecuela noturna, cierto, en la ecuela noturna no’ enseñaron eso. 

     --Bueno, mujer, apunta pa’ otra parte porque yo no tengo cuarto pa’ esa cosa no. Eh, toy réquete jodío, Manuela, toy réquete jodío.  

     --¡Qué jodío y qué jodío! Lo que tú tiene que hacé... ¿te lo digo, ah, ¿te lo digo? --se contemplaban; en ese momento se escuchó el triste canto de una tórtola; y Pedro, algo enojado, dándose sobre el pecho varias veces con el pulgar derecho, sentenció --: "¡A mí nadie me  puede señalá, mujer, nadie en ete barrio de acechone!". Pero la lavandera, sin tomar en cuenta lo  que él manifestó, le expresó inmediatamente: "Oye Pedro, si queremo comprarle el tamborcito a nuetro hijo, eh,  lo  único  que  tú  debe realisá e’ dejá de bebé meno ron y cervesa, sólo eso, dejá de bebé meno ron y cervesa".

     --Ya salite con esa vaina otra vé. Claro, ya yo me imaginaba que vendría por ahi --Y ella, bajando la voz, acercándosele--:"No e’ vaina, cariño, si tú bebiera meno, eh, nosotro viviéramo  mejor,  mucho  mejor,  pero no: ron y  cervesa  e’ lo tuyo, sí, sí, ron y cervesa e’ lo tuyo".

     Fue como si le propinaran un manotazo en el rostro cuanto le indicó Manuela, pues él, dándose un puñetazo en el tórax, señaló con énfasis: "E’ que yo soy un macho, mujer, un machaso" Y ella: "Oye a éte, lo verdadero macho son aquéllo que se apuran por su familia. Te pregunto, ¿a quién Jaimito le pedirá un tambor sino e’ a nosotro, a su mamá y papá, eh? ¡Contétame!” Y él: "Ya tú tá hablando como profesora, como ese viejo curita pansón. Eh, por eso e’ que yo no  quería  que  te  metiera   en  la   ecuela   esa   no, porque te iban a lavá el cerebro como ya lo tiene". Y la mujer: "Claro, a ti te conviene que me quede bruta toa la vida. Pero, ¡já!, eso se acabó. Ahora, ahora toy pensando con cabesa propia, con cabesa propia". Y se quedaron silenciosos, atisbándose de soslayo, atentos a los movimientos de sus labios, ojos, manos, eran concubinos desde largo tiempo, 14 años aproximadamente, desde que él se la llevó de donde vivía  con  sus padres en Miramar, mudándola para una

pieza de casa situada en el barrio de La Aurora. 

     Luego   de   varios   segundos  de  estar   calladitos,

astutamente la concubina trató de convencerlo expresándole: "Vamo, hombre, cambia esa cara, no e’ pa’ tanto, el mundo no se acabará por eso. Ponte contento, alégrate, hoy cobrate, ¿verdá?

     --Sí, cobré, eta tarde cobré, pero me lo gano durísimo, fajáo como  buey jalando caña.

     -- Lo sé, la gente allí se lo gana bien fuerte. Por eso creo que...

     --No me venga con pendejá  de  nuevo, mujer,  no  venga  con pendejá. Y ella: "Oye, lo que taba por decirte e’ que la gente de la sona gana el dinero bien fuerte, y pienso que no deben botarlo en porquería, principalmente en alcohol". Y él: "¡Ay mujer, tú no sabe lo que tá diciendo! Lo sonero tenemo que aguantá mucha pendejá  a eso carajo de fuera, achináo, quiene no hablan  bien nuetro idioma y tampoco nosotro lo entendemo bien". Y Manuela: "¿Tú lo vé? Por eso e’ que lo trabajadore de ahí no deben  botá su dinero. Eh, afirman que la sona e’ muy fuerte, cosa terrible". Y Pedro: "Hum, eso e’ cierto si, ahí dentro tá el mimo diablo metío. ¿Entiende? El gran diablaso vive allí dentro, el gran diablaso".

     La concubina se persignó y preguntó: "Entonce, ¿tengo rasón o no la tengo, ah?"

     --Te repito que tú no sabe ná, mujer, naíta de esa sona del carajo.   

     --Yo sé, Pedro, no te pierda.

     --Oye a éta, si tú tá má perdía que’l hijo ’e Limber.

     --Deja de relajá y ponme caso, Pedro, ponme caso: ¿no cre tú  que  yo  tengo rasón cuando digo que eso trabajadore no deberían de botá su dinero en tontería porque se lo ganan muy duro, muy fuerte, ah?

     --Hum, yo sé por dónde tú va, Manuela, no me crea tan pendejo no.

     --¡Caramba, contigo ya no se puede rasoná, no se puede razoná!

     --¿Rasoná, mujer? ¿Y tú cré que eso achináo de la sona franca rasonan, eh? No, le dan una patá por el culo a cualquiera, a cualquiera le dan una patá por el culo...

 

 

"LA MISION DE JAIMITO" (Novela)

                                           

Por: Bernot Berry Martínez   (bloguero)     

                

ESTA OBRA SE HALLA REGISTRADA EN LA OFICINA NACIONAL DE DERECHO DE AUTOR (ONDA) COMO MANDA LA LEY 65-00, DE LA REP. DOMINICANA.                                 

                                                                                                       

Introducción del narrador:

   

     La narrativa que usted leerá es una historia ficticia. Su escenario fue tomado en gran parte del barrio La Aurora, de San Pedro de Macorís, República Dominicana, y sus alrededores, a mediados de un mes cualquiera, varios años atrás, cuando todavía las lavadoras automáticas no habían invadido casi súbitamente los hogares macorisanos.     

     La hemos llevado a cabo como un homenaje al jovencito Jaimito, quien por su modo de actuar dejó una estela de luz para seguir ahuyentando las tinieblas que traen el egoísmo, simiente de los males del hombre a través de los siglos. 

    Con el presente trabajo también homenajeamos a los muchos que como él, sin reconocimiento de sus nombres, en una u otra forma contribuyeron y actualmente colaboran en hacer de nuestro mundo un lugar más habitable a todos sus seres vivientes, no importa especies, pues todos tenemos el mismo derecho de habitar este hermoso y sufrido planeta Tierra.                                                                           

 

    NOTA: Para dar mayor realismo a esta obra, y pedimos excusas por ello, aproximadamente sus diálogos están escritos como la mayoría de los macorisanos hablamos.  

                                                                                                                                              

    

                               "LA MISIÓN DE JAIMITO"

                                Capítulo No.1

 

     En el patio de su casa la lavandera Manuela se hallaba restregando una ropa durante aquella taciturna tarde. Dejó su lavado para decirse: "Hum, ¿qué cosa eta, eh? Mañana cumple Jaimito trece añito y yo deseo regalarle algo si, algo que quiera mucho si, eh... que sea de su agrado, porque eso de darle una cosa que no le gute, eso tá malo, pue’ hay que obsequiarle lo que ansía, si, eh, y por eso, por eso yo tengo que averiguarlo, preguntárselo a él si e’ posible, porque no quiero meté la pata no, eso nunca, sino lo contrario pa’ verlo felí, contentísimo, ya que Jaimito e’ un muchachito raro, trite, no tiene amigo, casi no juega, siempre pensando, pensando, Hum, ¿en qué tanto él pensará, en qué tanto él pensará?"

     La mujer volvió a su labor. El restregar originaba su peculiar sonido, mezclándose con los del ambiente: ruidos de carros, motocicletas, alta música de poderosos receptores,  gritería de niños,... Aunque ella tenía un marido que trabajaba en una factoría de la Zona Franca Industrial, lavaba para ayudar en la manutención del hogar.

     --¡Bendición mai! --dijo una voz de mozalbete, haciendo que la lavandera dejara su trabajo y sonriendo, secándose las manos en su vestimenta, respondió --: "Dió te bendiga, hijo, Dió te bendiga". Y pasándole la diestra por los revoltosos cabellos le preguntó que en dónde había estado.

     --Por ahí, mami, mirando vidriera de ferretería, mirando vidriera de ferretería.

     -- Hum, ¿viendo vidriera de ferretería, Jaimito? --la lavandera le agradó escuchar lo expresado por el adolescente--.

     -- Sí, mami, contemplándola. ¿Y Sabe una cosa, eh? En una d’ella yo he vito un  asunto lindo, chulísimo, que parece  cosa  del cielo --el muchacho había caminado unos pasos con la mirada  perdida mientras su madre  lo vigilaba  atentamente, y  porque  la curiosidad comenzaba a molestarla le interrogó--: "¿Cosa del cielo, hijo? Hum, ¿qué cosa vite, ah? Díme, quiero saberlo, conocerlo". El jovencito la miró un instante. Sus ojos negros poseían un encantado brillo cuando le manifestó: "Eun tamborcito, mami, un tambor, un redoblante". La mujer sonrió. Ella se notaba contenta al preguntar: "¿Un tamborcito, hijo? ¿Uno d’eso de hojalata, eh?" Pero el muchacho le respondió que no era de hojalata, que era uno de..."¿Y te gutaría tenerlo, ah?”, preguntó la madre, interrumpiéndole. Jaimito le contestó que sí, que eso sería fenómeno pues el mismo debería de sonar tremendamente hermoso.  

     --¿Entonce, eh, te guta ese tamborcito, hijo? --Manuela lo agarró por los hombros, contemplándolo con ternura. En eso el mozalbete bajó la cabeza para responder--: "E’ que no e’ un tamborcito, mami. Mire, euno grandecito, parece de verdá, parecío a lo que usan la banda de música, cierto, muy parecío a lo que usan la banda de música".

      --¿Pa’ tocá merengue, hijito? --Jaimito volvió a caminar. Su progenitora le observaba, oyéndolo decir que ella no comprendía, que es un tambor semejante a un verdadero -- "Mire, e’ un redoblante chulo, bonito, con su  palito pa’ tocarlo y una correa pa’ colgarlo. ¿Uté ? Uno se lo coloca aquí, tocándose así: trá-tá-tá-tá-tá-tá-tá..."

     La mujer se puso seria contemplando a su  primogénito haciendo la mímica de que tocaba un redoblante, marchando al compás. Enseguida él, sonreído, deteniéndose frente a ella expresó: "¿Se fijó, mami? E’ un tremendo tambor chuloso. ¡Ay, cuánto me gutaría tené uno así, cierto, cierto, cuánto me gutaría tenerlo conmigo!". 

     -- ¡Pero debe cotá una barbaridá, Jaimito! --señaló ella con seriedad,  el rostro preocupado--.                                                           

     El adolescente le contestó: "Eh, eh, un poco que uno de hojalata, mami, un poco ".

     -- Hum, me huele a mucho cuarto ese tambor si, ya que aquí to’ e’ carísimo y el pobre no puede tené , ni siquiera ilusione. Bueno, pero  vamo  a  vé qué  dice  tu  pai. Ya debe vení por  ahí. , ya son de la cuatro, ya son de la cuatro

     --¡Dígale que me lo compre, mami, dígaselo, dígaselo por favor!

     -- Bueno, sabe lo jodón que e’ tu pai. Pero vamo a lo que  dice, vamo a cuanto dice ese hombre sobre comprarte el tambor.

     El jovencito volvió a repetir lo anterior, agregando esta vez que su padre nunca le compraba nada, y que ganaba mucho en la zona ("así lo asegura él, así lo asegura") Y escuchando a su vástago la madre sintió gran pena. Empero lo apoyó afirmando que eso era cierto, que su progenitor era de esa manera, siempre dándosela con la gente. No obstante le recordó al hijo que ese día pagaban ("hoy e’ vierne de pago, ya veremo cómo se porta") Y nuevamente le repitió el muchacho lo mucho que le agradaría poseer el redoblante mientras la abrazaba con efusividad. Ella otra vez le acarició la cabeza, miró al cielo y susurró una  ayudita del Altísimo. En ese instante sonó el silbato de un buque mercante anunciando su partida del puerto macorisano. 

     --Mami, ¿uté cré que papi me lo compre, ah? --el mozalbete hizo la interrogación elevando su vista hacia la  cara de su madre, contestándole ella --: "Te dije que le hablaré, pero no puedo asegurarte que te lo comprará no, eso no puedo hacerlo" Y Jaimito, con voz débil, tímida: "Eh, ¿y uté no tiene cuarto pa’ comprármelo mami? Y ella: "¡Ay hijito, si tuviera dinero te lo compraría enseguida, ahora mimito iríamo a bucarlo!". Y el adolescente, retrocediendo unos pasos, cabizbajo, manifestó: "¡Caramba, qué trite, ni un tamborcito puedo tené yo, ni un tamborcito!" La lavandera se estremeció. Con voz emocionada le informó que recordara que eso era caro, preguntándole el costo, respondiendo el vástago que no lo había hecho, pero que eran de imitación, parecidos  a los que usan las bandas de música como ya  le informó. "Eh, oiga, quisá no son muy bueno y se rompen pronto".

     --Debite averiguarlo, así se lo digo a tu papá si me lo pregunta. ¿No lo pensate, ah?

     -- Bueno, eh, si le pregunta el precio dígale que cueta un poco má de cuatrociento, de cuatrociento peso.

     La lavandera se alarmó un poco. Por eso le cuestionó: "¿Cuatrociento? Pero si me dijite que no lo averiguate, ¿cómo sabe que son cuatrociento, ah?". Jaimito le contestó: "Eh, porque un tiguerito me lo dijo, mami". Y la mujer: "Hum, e’ carísimo. Cuatrociento peso son mucho cuarto, hijito, demasiáo dinero pa’ un pela gato como e’ tu pai", respondiendo el muchacho, "pero uté dice que papi gata muchísimo cuarto en ron y cervesa, entonce yo pienso que él podría comprármelo si bebe meno, mai", contestándole su progenitora: "Eso e’ verdá si, to’ lo que gana tu papá se lo bebe, lo parrandea, lo bota con su amigaso", y Jaimito: "¿?. Lo  que  tiene  que  hacé  mi  pai e’ bebe

 meno, de inmediato me lo puede comprá, de inmediato", y la madre, "¡ay  hijo, no lo conoce bien, aún no lo conoce bien!” "¿Que no, mami?" "No, Jaimito, te falta conocerlo mejor. Tu pai e’ jodón, embromón, un machita tremendo". 

     --¿Un machita? ¿Qué cosa e’ un machita, mami?

     --Hum, poco a poco lo entenderá, hijo, poco a poco. Sólo e’ cuetión de tiempo, si señor, cuetión de tiempo...