Blogia

Bernot Berry Martinez (Turenne)

LA MISION DE JAIMITO (Autor-Novela)

LA MISION DE JAIMITO (Autor-Novela)

 

  

Por: Bernot Berry Martínez  (bloguero)

 

     Bernot  Berry  Martínez  (Turenne), 1940,  nació en Miramar,  San  Pedro  de Macorís, Rep. Dominicana.     

     Es domínico–francés.

     Pertenece al Colegio Dominicano de Periodistas, CDP, al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa, SNTP, y a la Asociación Dominicana de Periodistas y Escritores, ADPE.      

     Ha escrito numerosos trabajos de géneros variados en periódicos locales, regionales y nacionales, incluyendo revistas. 

     Publicó con recursos propios varios textos: "Nuestro Inolvidable Miramar", 1997, remembranza sobre el barrio en el cual nació; la novela "Sueño más allá del olvido", 1998, con una 2da. Edición, ampliada y corregida en el 2005. El de narraciones "En ese doblar de campanas" (Extraños Relatos), 1999, también la novela social ecológica “La misión de Jaimito”, 2002 y su edición virtual en el 2012, la de prosas poéticas “Más allá de la esperanza”, además la novela “Una flor para Evangelina Rodríguez”, 2007, con una edición virtual en el 2010“. Anécdotas Macorisanas”, 2008, también la 2da. Edición, ampliada y corregida, de “Nuestro inolvidable Miramar”, 2010.

     Posee otras obras literarias inéditas que piensa dar a conocer de acuerdo a las circunstancias. 

 

 

'LA MISION DE JAIMITO' (Novela)

                    Capítulo No.14

 

 Por: Bernot Berry Martínez  (Bloguero)

 

     Pedro avanzaba rápido hacia la piedra. Conocía que ese lugar del río no era hondo, así quiso manifestárselo a su mujer, quedándose callado porque la contempló angustiada, aterrada, pensando tal vez cosas del pasado. Y por eso dejó el redoblante en el suelo, a la vera de Manuela, diciéndole que lo cuidara mientras él penetraba al río, sintiendo la humedad entre sus calzados, el chapoteo entre las aguas, escuchando a su concubina gritándole que lo salvara, que no lo dejara morir, que ya tenían el tambor y que también ella iba hacia allá enseguida, que se lo gritara, que se lo gritara.   

     El obrero llegó a la roca. Inmediatamente, subiendo con cierta dificultad, voceó: "¡Ehh, Jaimito, Jaimito, conseguí el tambor, conseguí tu tambor!". Hallábase de pie. Estaba mojado hasta las rodillas. Y como su vástago no le respondió se preocupó: temió que la cabeza del muchacho hubiera chocado contra algo sólido en el fondo. Empero, como lo había sospechado, el sitio no era profundo, y aunque el jovencito no sabía nadar tampoco podíase ahogar. Y ahí lo vio entre el agua, tratando inútilmente de sumergirse. 

     --¡Ven,  Jaimito,  ven,  te  tengo  una sorpresa! --el hombre sonrió, volviendo a repetir lo mismo  al  notar que el hijo no le hizo caso. 

     En eso llegó Manuela. Tenía el redoblante sobre su cabeza. "¿Dónde tá, dónde tá?", cuestionó con los ojos muy abiertos. Pedro la ayudó a subir, diciéndole que se calmara, que Jaimito se encontraba bien, sintiéndola temblar: hallábase muy asustada. "Ven a verlo. L’enseñaré el tambor". Casi reía cuando nuevamente llamó a Jaimito y le dijo que se volteara y vería un redoblante chulísimo, como nunca había visto. Manuela estaba al lado de su marido, silenciosa,  sujeta a un brazo de él,  pero sin atreverse  a  observar hacia  donde  hallábase su hijo. Y no obstante, con lentitud    fue   mirándolo,  sonriendo   de  felicidad   al  notarlol  bien,  contemplando ella el firmamento para darle gracias al Altísimo por cuidarlo, protegerlo en esas aguas.                                                         

    El jovencito volteó la cabeza. Su rostro ya no se notaba envejecido. Encontrábase normal. Cuanto él alcanzó ver con su visión brumosa por las lágrimas le hicieron sonreír gozoso: su papá levantaba un redoblante de tamaño mediano, como tanto ansiaba, muy bonito, especialmente para ser usado en un momento solemne cual era el de cumplir la misión. Y se levantó. El agua le daba por arriba de las rodillas. Notó que sus progenitores le contemplaban sonrientes. La diestra le dio a su padre para que lo auxiliara a encaramarse encima de la piedra, confundiéndose los tres en un emotivo abrazo. "¡Ese tigre, ese tigre!", afirmó contento el zonero, acariciándole los mojados cabellos en tanto la madre susurraba "mi’jito, mi’jito". El jovencito, tratando de contener el llanto, avergonzado, apenas murmuró: "¡Ción papi, ción mami!". Ambos respondieron bendiciéndole. De inmediato Pedro le mostró el tambor. "¿Qué te parece, ah?"/. "¡Oh papi, qué lindo e’, qué lindo e’, gracia, gracia!"/. Nuevamente los tres se abrazaron en aquella roca que resultaba pequeña para que estuvieran con cierta comodidad, por lo cual tuvieron que calmar la gran emoción que los saturaba.   

     Encontrábase Jaimito embelesado admirando el redoblante. Entonces, cuando el muchacho lo agarró para contemplarlo por todas partes, aconteció que el instrumento se puso brillante, fosforado, trayendo asombro en ellos, esencialmente en Manuela y Pedro, quienes confusos se observaron mientras el vástago volvíase gozoso al sentir tal vez aquel mundo abstracto adentrándose íntimamente entre su ser. El adolescente se dispuso a sacar con su mano izquierda los palitos sujetados entre la correa del tambor. Los padres, sorprendidos, no le quitaban la vista. Cuando el jovencito los sacó éstos se pusieron relucientes, haciendo que Jaimito manifestara complacido de que eran tremendos. Fue en ese momento que una extraña gaviota cantó cerca. Ellos la contemplaron: era bella, muy blanca, sus ojos de color rubí parecían dos brasitas en el  aire. Y la miraron  volar  hacia el centro de la ría, haciéndolo bajo, casi a ras de superficie, quizás aguardando orden, para poco después verla  irse lentamente hacia la desembocadura, perderse en la lejanía cual si fuera mensajera de los dioses, tal vez una Iris Caribeña llevando algún ansiado designio por quienes habitan entre el fantástico mundo inmaterial.    

     Jaimito cruzó la correa del instrumento a su espalda, quedando el redoblante suspendido a la altura de su cintura. Sus padres, abrazados y silenciosos, le observaban de manera admirativa, siguiendo atentamente cuanto el vástago efectuaba. Y le vieron ojear el rojizo crepúsculo, sonreír a plenitud, igualmente cuando realizó un ligero ensayo de redoble, considerando ambos que la ejecución fue excelente, preguntándose extrañados que en dónde había aprendido a tocar así. Y los tres sonrieron. Había armonía. El paraje se iba poniendo encantado, lo presintió de manera particular Manuela, mujer muy sensitiva, con cualidades emocionales muy por encima a las de su concubino, una fémina especial quien con cierta regularidad se apartaba de lo real y se iba correteando por serpenteados y brillantes trillos en noches estrelladas forjadoras en su mente.   

     Pedro expresó a su hijo que tocaba muy bien, felicitándolo con un golpecito en el hombro, e igual hizo la madre, la cual, además, le interrogó acerca de quién le había enseñado a ejecutarlo tan bien. El muchacho, señalándose con uno de los palitos, le respondió: "En ninguna parte, mami. Eso tá en mí, en mí". La progenitora dijo que le creía, sabía que no mentía, era un chico serio y decente, agregando el padre con cierta ternura: "Claro que sí, e’ buenaso tené un hijo como tú, Jaimito, que sale del montón, diferente a eso carajo que lo único que hacen e’ moletá", e indicó hacia el muro en donde continuaban los mozalbetes y otras personas observándolos. El jovencito les dio las gracias por cuanto habían dicho, manifestándoles asimismo lo feliz que se hallaba, pidiéndoles cariñosamente que se fueran para la orilla porque ya llegaba el instante en que debería de cumplir con la misión encomendada, y que comprendieran que debería de encontrarse solo para tocar el tambor. Los concubinos se miraron, entendiendo la madre que así debía de ser, recomendándole al hijo hacerlo bien, perfecto, cumplir con la misma, que Dios lo dirigiera, y se llevó al marido hacia el litoral. Allí se reunieron con varios individuos quienes les interrogaron sobre cuanto estaba sucediendo, respondiéndoles Pedro con cierto orgullo que su hijo cumplía años y que él le regaló un tambor, ("uno tremendo, como el muchacho deseaba, no de cartón que son malaso"), lo dijo con voz fuerte para que algunos se molestaran, principalmente aquel tipo con el cual por poco se tiran unas trompadas en el Parque Salvador, un bizquito pescador robador de nasas, alcohólico, quien se encontraba cerca, atisbándolo todo con seriedad. Igualmente afirmó el trabajador zonero que su vástago lo iba a tocar un rato encima de la roca para no molestar a nadie. La gente se miró incrédula. El bizquito pescador lanzó un salivazo, ojeando de soslayo a Pedro con mirada de fuego, bebiendo enseguida un trago de ron, guardando el recipiente entre su cinturón. Sin embargo, nadie dijo nada, quedándose todos allí aguardando que el raro jovencito, quien contemplaba con fijeza el hermosísimo crepúsculo, comenzara a ejecutar el redoblante.  

    Un misterioso silencio fue rodeando el sector. Los presentes percibieron que les fue cayendo una sensación de tranquilidad bienhechora, poniéndolos serenos, tal vez listos para poder disfrutar cuanto comenzaron a escuchar: un magnífico redoble de tambor. Fue en eso que, atraídos por el perfecto tamborileo que dominaba el embrujante panorama bañado por la bermeja luz de aquella tarde majestuosa, más curiosos fueron llegando, quedando inmediatamente atrapados por el influjo del redoble y el medio envolvente. Y quienes presenciaban aquel extraño espectáculo quedaron maravillados al notar un fosforado movimiento en las aguas,  próximo  a  donde  Jaimito  tocaba  el  instrumento. Y se sorprendieron más todavía cuando advirtieron que dicha agitación formó una figura nebulosa, brillante, que a la mayoría les pareció indígena, la cual se alzó unos instantes delante del jovencito, para poco después irse rápidamente hacia la desembocadura del río, adentrándose en el Mar Caribe, esa masa de agua salada a la que muchísima gente desconoce  como el  Padre de los Mares, precioso e intenso, quien atrae grandemente a los humanos ya que serios investigadores aseguran que la vida empezó en los lechos oceánicos hace  millones  de años, saliendo de éstos, arrastrándose como reptiles, lo que con el  paso  de cuantiosos años, se convirtieron   en   los   amos  de   las especies vivientes en nuestro mundo: los humanos.  

     En ese momento, Manuela y Pedro, asimismo los curiosos, fascinados presenciaron que toda la piedra, del mismo modo Jaimito y el redoblante, fueron envueltos por una tenue neblina fosforescente. Y fue en ese instante que los presentes escucharon, quizá viniendo desde el rojizo atardecer, aumentando el encantamiento ambiental, una preciosa melodía que seguidamente identificó un maestro musical, buen colaborador cultural de Macorís, profesional, y quien casualmente paseaba por ese contorno, como  la ’Oda de la Alegría’ de L. V. Beethoven, con el texto en castellano de Waldo de los Ríos. Ese coro de armoniosas voces vocalizaba, acompañando al redoble:

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   

      “Escucha  hermano  la 

       Canción                                                

        de la Alegría. 

        Es  canto alegre

        del que espera

        un nuevo día. 

        Ven,  canta,  sueña 

        cantando,

        vive  soñando 

        el nuevo Sol.              

        Ven, 

        que   los   hombres 

        volverán a ser

        hermanos.             

        Si  en  tu  camino 

        sólo 

        existe la  tristeza,

        y el llanto

        amargo de la

        soledad completa.   

        Si es que no

        encuentras la alegría

        en esta Tierra,

        búscala  hermano

        más allá de

        las estrellas..."        

                        

     Y prosiguió el tamborileo mientras más gente fue llegando, deteniéndose incluso varios vehículos para que sus ocupantes averiguaran cuanto hallábase sucediendo. Y la canción coral se fue yendo con lentitud, quedando el redoble solamente por unos momentos hasta que Jaimito lo finalizó al desaparecer el crepúsculo. Entonces, así lo contemplaron los curiosos, la fosforescencia que envolvía al jovencito y al tambor y la piedra se esfumó, alejándose además el encantamiento  del  recinto. Y el adolescente, contento por haber efectuado en buena forma su encomendada misión, se sentó sobre la roca, el redoblante encima de sus  muslos,  sonriendo  con  satisfacción, quedándose contemplando el escenario de manera meditativa.   

     La mayoría de la gente se fueron alejando silenciosamente. Pedro y Manuela, alegres, abrazados, dándose furtivos besos, aguardaron por su vástago, así lo vieron unos individuos que se quedaron en el muro atisbándolo todo, sin comprender éstos lo acontecido, pensando algunos en cómo se lo dirían a sus superiores de cuanto fueron testigos, ya que para eso se les pagaba, para informar acerca de cualquier cosa extraña observada por ellos en el pueblo, esencialmente sobre aquello que atrajera la atención de cierta cantidad de personas.

     Cuando Jaimito retornó a la orilla con el tambor sus padres lo abrazaron y elogiaron. La madre se asombró al notar que los ojos del  jovencito  poseían  un  color  parecido al que tuvo el bermejo atardecer, sin embargo nada habló. A medida que los tres iban subiendo los escalones para llegar al parquecito ’Cuarta República’ varios tipos le pidieron explicación al jovencito de cuanto había realizado. Empero, él no les contestó: hallábase ensimismado, pegado a su progenitora, la cual exigió dejarlo tranquilo, que más luego lo haría, que él se encontraba fatigado, debía de cenar, dormir, descansar,... Y Pedro, llevando el redoblante, Manuela abrazando al hijo, los individuos siguiéndoles, retornaron al barrio. Sus vecinos les atisbaron pasar silenciosamente, respetando el instante, pacientes para conocerlo todo con lujos de detalles al siguiente día en que sabrían porqué ’Jaimito, loquito y mariquita’, se había puesto a tocar un redoblante delante del río. No obstante, esos vecinos jamás conocerían el asunto de la misión del muchacho. Y aunque parezca algo raro para una barriada de pocos secretos, lo cierto fue que nunca a nadie los progenitores de Jaimito contaron la verdadera historia. Ni siquiera Pedro, borracho, la relató, mucho menos su concubina a quien algunas de sus amigas trataron de sacársela por distintas formas, como leyendo la taza cafetera, con barajas, la luz de una vela,...                                           

     Y fue en eso que, cuando ya la gente de La Aurora se estaba olvidando de lo acontecido, acabándose los variados comentarios que se formaron sobre Jaimito y sus padres, exactamente quince días después, misteriosamente el muchacho del tambor desapareció con su instrumento en pleno apogeo de un hermoso ocaso del Sol. Nunca fue encontrado, pese a que lo buscaron afanosamente por todos los lugares en los cuales él frecuentaba. Incluso lo hicieron por los litorales del viejo rompeolas, Playa de Muertos, la costa del faro, etc., pero todo fue inútil. Ni siquiera apareció su cadáver, el redoblante o algo suyo. Encendieron velones entre fundas y los pusieron en varias yolas por el río, noche y día, con el objetivo de que si se había ahogado subiera a la superficie. Pero nada dio resultado. Todo lo anterior trajo diversas y extrañas conjeturas: unos alcohólicos afirmaron que Jaimito desapareció entre una nube fosforada, la cual bajó por donde el jovencito hallábase admirándola, sentado a la orilla del río; otra persona aseguró que fue raptado por unos personajes con vestimentas oscuras (¿’los hombres de negro’?), quienes lo introdujeron en una lanchita que seguidamente se dirigió a un yate anclado en la ría, embarcación que partió inmediatamente del puerto, así dizque lo vio desde el muro; igualmente hubo una versión muy sostenida acerca de que un grupo especial de calieses lo agarraron y siguiendo órdenes lo ejecutaron y enterraron en algún sitio ignorado, porque sus superiores temieron que cuando el muchacho creciera pudiera convertirse en gran peligro para determinados y poderosos intereses. Cierto, variados rumores más trotaron por la barriada acerca de su extrañísima desaparición, como fue la  de un extravagante anciano, no conocido en el sector, quien les dijo a varios  hombres en el Parque Salvador que a ese muchacho se lo llevó una nave de otro mundo, y que se encontraba muy bien, y que lo mismo realizan con ciertas escogidas personas por distintas partes del planeta. Pero tal afirmación hizo que ellos se rieran de él, expulsándolo de allí casi a empujones a consecuencia de que poseía un horrible mal olor ("váyase a bañá, viejo ’el diablo, jediondo a mangle podrío”), fue dizque le voceó un hombre apodado ’Cacique’, frecuentador de dicha plaza, por lo cual varios de los presentes afirmaron que aquel señor le respondió, señalándolo con su palo-bastón, óyeme bien, mujeriego resentido, sin hijos, te informo que ya casi los tendrá, y tú sufrirás mucho para poderlos mantener, y jamás tú me olvidarás, te lo aseguro”.  Dicen ellos que fue un hechizo que el anciano le lanzó al ’Cacique’, pues efectivamente así aconteció: tuvo un hijo poco después y más luego una niña, y que vivía lamentándose cuando no tenía dinero, esencialmente cuando los infantes se enfermaban ya que era un padre con responsabilidad, amante en gran extremo de sus ’cachorritos’ como él les llamaba, y que realizaba cualquier trabajo para poder sustentarlos, incluyendo el de irse a pescar en horas de la noche, arriesgando su vida en una pequeña embarcación, botecito que fue devorado por el mar bravío durante un sorpresivo mal tiempo, esfumándose por siempre el ’Cacique’, haciéndose cargo de esos huérfanos las buenas hermanas del desaparecido pescador.                                                                                      

     El desvanecimiento de Jaimito fue muy poco comentado por los diferentes medios locales. Empero, eso no es nada nuevo en este pueblo, también en otras ciudades dominicanas, igualmente en el mundo. Y es que la expresión libre del pensamiento es una ilusión, algo casi imposible de alcanzar (...”es que los propietarios imponen condiciones...", cual lo manifestó en una magistral charla un afamado intelectual europeo en Seminario Internacional ofrecido por una Compañía de Comunicación en un hotel capitalino). Y de acuerdo a dicho expositor, tales empresarios tratan de comprarlo todo, incluyendo la complicidad de callar valiosísimas informaciones, diciendo también que a consecuencia de eso algunos reales comunicadores tienen las manos atadas para dar a conocer lo que anhelan sus conciencias, mas son asalariados y tienen que tragarse cuanto desean informar o irse a caminar las calles, sin trabajo, odiados, vigilados, a veces ’eliminados’ como sucede con relativa frecuencia... Y quizá debido a la indicada charla fue que unos periodistas recordaban de vez en cuando, entre ellos, en voz baja, aquella funesta tragedia efectuada por el adorado hijo de un rico industrial cuando venía hacia Macorís desde la capital, en la cual todos los programas noticiosos, asimismo cuantos efectuaban comentarios, no mencionaron absolutamente nada de tan lamentable acontecimiento (vaya, ¿acaso ese accidente nunca ocurrió?). Y fue por eso que tales informadores aseguraban que un dineral fue invertido para silenciar a los dueños y directores de periódicos, radioemisoras y televisoras, quienes callaron aquel sangriento percance que debió conocerlo todo el país, principalmente por la forma cual sucedió, sin quitar ni añadir nada. Por tanto, al no hacerlo del dominio público es como si el mismo jamás se produjo... Además, pudo suceder que de veras no sucedió y que todo fue una de las tantas ficciones creadas por personas de inmensa imaginación ¿? Pero..., muy cierto fue que varios periodistas (hubo uno que lo anunció por una radioemisora local, diciendo que seguirían informando a medida que obtuvieran más detalles, pero jamás volvió a informar nada y mucho menos pedir excusas a los oyentes que esperaban impacientes saber otros detalles acerca del anunciado accidente), afirmaron que el percance ocurrió, asegurando también que mucho dinero se dio para callarlo, no haciéndolo público. Dijeron que compraron hasta a los familiares de quienes fallecieron en la tragedia... Bueno, tal vez sea por tan gravísimas vagabunderías que se considera que realmente ’los perversos no tienen vergüenza’, porque el locutor que lo anunció anda como si nada, cuando lo correcto era renunciar a su trabajito.             ¡Diantre, cuánta poca vergüenza tiene ese individuo!                                                                        

     Empero, concluyendo con nuestra historia, Manuela y Pedro se separaron, continuando con sus vidas de manera muy triste: ella se fue haciendo más religiosa, solitaria, poco comunicativa, limpiando ropa hasta que las lavadoras automáticas la desplazaron, quedando desamparada pues sus parientes (su madre ya había fallecido) la abandonaron, sin amistades, pasando largos ratos por el Muro de Contención, siempre pensativa, buscando entre los vertederos algo para subsistir, la vista lejana, durmiendo junto a la muralla, maloliente, hasta que fue hallada muerta señalando con su diestro índice hacia la piedra donde su hijo cumplió con su misión; mientras que su antiguo concubino se volvió un gran amargado, bebiendo demasiado ron, comiendo mal, trabajando poco, alejado de sus amigos, muy callado, visitando con cierta frecuencia la desembocadura del río y el Parquecito de las tres palmas, cada vez  embriagándose con más intensidad, poniéndose algunas veces a conversar con los transeúntes acerca de un infante ("era macaco mío", aseguraba con orgullo, dándose golpecitos con la mano en el pecho), quien tocó un redoblante ’endiabláo’ en honor al río,...

     Sí, un tiempo después su cadáver fue encontrado encima de la roca donde su hijo efectuó el prolongado tamborileo ante aquella bermeja tarde crepuscular.

 

ESTE ES EL FINAL DE NUESTRA PEQUEÑA OBRA. AGUARDAMOS QUE AQUELLOS QUE TUVIERON EL VALOR DE TERMINARLA LES HAYA GUSTADO. A TODOS, GRACIAS. LES RECORDAMOS QUE LA MISMA SE HALLA REGISTRADA EN LA OFICINA NACIONAL DE DERECHO DE AUTOR, ONDA, COMO MANDA LA LEY 65-00. DE LA REP. DOM.   

 

 

'LA MISION DE JAIMITO' (Novela)

 

                 Capítulo No.13

 

Por: Bernot Berry Martínez  (bloguero) 

 

     La lavandera le pidió a Pedro que colocara el paquete azul encima de la camita. Y ella, sin decir nada, el concubino contemplándola, procedió a quitarle con lentitud el papel. Los dos se notaban tensos, nerviosos, ansiosos por conocer lo que ocultaba la envoltura. Por eso, mientras las manos de la mujer eliminaban la cubierta azulada, ellos iban viendo, admirados, abriendo sus bocas, que un precioso redoblante fue lo que apareció, originando en ellos un profundo silencio por unos segundos. Hasta que: 

     --¡Oh Pedro, qué lindo, qué lindo!  -manifestó Manuela, sus brazos abiertos, sonriendo; empero él--: "Eh, yo, yo...". Y ella: "Ay hombre, Jaimito te lo agradecerá tanto, mucho, mucho". Y el obrero: "Pero yo, yo...". Y la mujer: "No importa, te comprendo, tú no quiere demotrá corasón blando, tierno, eh, ere un machote". Mas el zonero, un poco calmado expresó: "Mujer, mujer, ya te informé que esta vaina me lo entregó un tipo raro, jediondón, eh, jediondo a mangle". Pero la concubina, dándole varios golpecitos en la espalda: "Tá bien, tá bien. Eh, si tú lo dice así se queda, así se queda".  

     --No e’ que así  se queda, Manuela,  e’ que  veo que tú  no me cré --la señaló moviendo el índice, su rostro muy serio, molesto porque percibió gran duda en su concubina. 

     --¡Te creo, hombre, te creo! --contestó ella, besándolo con cierta intensidad, deseando acostarse un rato con él, realizar el sexo, obsequiarle algo por ese hermoso tambor que trajo, pero que tal cosa podría esperar, debían encontrar al muchacho, entregarle el redoblante, verlo feliz, abrazarlo, mimarlo, el pobre, ellos nunca le compraban nada, ni una pelota, algún guante o bate,... 

     El marido, sujetándola por los hombros, le indicó que se quedara quieta, que se hallaba intranquilo y que comprendiera cuanto le dijo que no compró ese tambor, debiendo de creerle y no ponerse a  jugar. "Eh,  eso te lo juro por mi madre muerta", dijo, haciendo que la lavandera manifestara: "No Pedro, no jure, eso e’ malo, trae asaramiento". Y el hombre: "No e’ malo ná, mujer, e’ que la pendejá eta (indicó el redoblante) me lo entregó el tipo jediondo a mangle. Ya te lo dije.  Entonce, ¿por qué tú no lo comprende, ah?". Y Manuela: "Bueno, yo te informé que te creo, te creo, así que cálmate, cálmate"/. “Etá bien, no vamo a dicutí,  pero quiero que se te meta en el caco, eh, que el tambor ese no lo compré yo. No tenía cuarto pa’eso. Son carísimo. Un montón de cuarto, mujer, un montón de cuarto. Eh, yo venía pa’ preguntarle a Jaimito si quería uno de hojalata, ya que son mucho má barato y se lo podía comprá, eh, eh, cuando por el Parquecito de la tré palma, como te indiqué, me salió ese individuo jediondo a mangle y me entregó el paquete con el tambor, sí, sí, me lo entregó. Eso fue to’ lo que pasó, mujer, eso fue tó”.

     La concubina seguía sus palabras con sumo interés. No deseaba perderse nada. Algo en su interior le aseguraba que Pedro no le estaba mintiendo. No obstante, se interrogó que si él no lo hizo quién lo había hecho y por cuál razón. Todo se complicaba, poníase confuso. Percibía una sospechosa y tenebrosa oscuridad. Por tal motivo le dijo a su concubino: "Bueno, yo taba tan emocioná que hubiera sío tú quien lo compró. Pero vaya, no fue así no. Hum, ¿tú me puede contá mejor qué fue lo que te sucedió, porque eto se tá poniendo muy complicáo, demasiaó complicáo pa’ gente como nosotro".

    Se sujetaron de las manos, mirándose intensamente a los ojos, aguardando ella que su macho le hablara más de la maloliente persona. Y Pedro le respondió: "Sí, fue como te lo conté, mujer. Mira, por el parquecito ese se me apareció el jediondo a mangle. Eh, me llamó con vó rarosa y me dio el paquete que traje aquí. No hay ningún cuento. Eso fue lo que pasó". Ella se quedó pensativa un ratico.Y mientras ambos se sentaban en el lecho la mujer le preguntó si más nada le había dicho el apestoso. Pedro contestó: "Bueno, eh, el tipo me dijo con esa vó, esa vó muy parecía a la vaina aquella que me salió ahí mimo por la madrugá"... Ella le interrumpió para preguntar “:¿Cuál cosa, eh? ¿Te refiere al epíritu aquel, del que me contate eta mañana cuando tú bebía el café, eh?"                                                                                                     --A ese mimito, mujer, a ese´píritu. Eh, me dijo: ¡"Hey tú, aquí tiene eto pa’ tu hijo Jaimito!". Eso fue to’ lo que me habló, Manuela, eso fue --Y Pedro se quedó con la frente inclinada, quizá cavilando en cuanto le había acontecido, preocupado, tal vez no deseando proseguir dialogando sobre algo incomprensible. Empero, su mujer ansiaba conocer más detalles, y por eso le cuestionó si no le conversó sobre otra cosa. El marido respondió que cuando se acercó al individuo para tomar el extendido bulto azul lo hizo deprisa, alejándosele de inmediato a consecuencia de su mal olor, pero que no le volvió a expresar más nada, quedándose tranquilo, calladito, sin decirle ninguna otra palabra.

     --Hum, ¿y no te vio nadie, Pedro? --mas el hombre le manifestó que ese lugar, cosa muy rara, se encontraba en ese momento vacío, no había gente, ni carros, ni motores (..."hata la Satrería Domíngue tába cerrá, mujer, tába cerrá"), añadiendo: "E’ que’l tipo apetaba como el mimísimo diablo, Manuela, jedía como el propio diablaso". Por esa expresión la lavandera se persignó, afirmando enseguida: "No mencione esa palabra, Pedro, no la mencione, y mucho meno aquí, ¿me entiende? Pero oye, ¡qué raro tá to’ eto, qué raro! ¿Qué tú cré, ah?"  Y el concubino: "Hum, no lo sé, mujer, pero recuerda que por ese sitio, por el Parquecito de la tré palma, como bien tú sabe, suceden vaina rara, pendejá miteriosa. E’ lugar cabaloso. ¿Sabe? Oye, cuando cargaba el paquete éte olía a mangle. Pero llegando aquí, a la casa, se le quitó. Ya no tiene ese olor. Eh, huélelo, Manuela, huélelo, tú verá que tengo má rasón que Lola, mujer, má rasón que Lola". El zonero levantó el tambor y se lo acercó a la concubina para que lo oliera. Ella lo olfateó con cierto interés, expresando enseguida: "Huele a nuevo si, a nuevo huele", y contempló a su marido con seriedad. Y el obrero señaló que sí, a nuevo olía, de eso no había duda, contándole además que cuando se llevaba el bulto y observó hacia atrás, donde dejó al hediondo, el tipo no se hallaba, había desaparecido, no lo vio por parte, y por eso él se asustó muchísimo, apurando el paso hacia el hogar. "Eh, ¡cuánta, cuánta vaina rara me tán pasando, Manuela! ¿Qué tú dice, ah?" Y la lavandera se quedó mirándolo. Dudaba un poco: no creía cabalmente que un desconocido le obsequiara un elegante redoblante para  Jaimito;  no  lo  entendía;  parecía  cosa absurda; no obstante, poseía la intuición de que Pedro no le mentía pues demasiado bien le conocía; y presentía con seriedad en sus palabras, en su mirada, y por esto último memorizó lo que una vez le aconsejó su padre (“hija, si quiere saber si alguien te tá mintiendo al contarte algo importante, debe perseguir su vita, conocer adónde la dirige, ya que si no te mira de frente, al rotro tuyo, oye bien, esa persona te tá relajando, créme, observa que la mía no se aparta de tu carita linda”) Y ella sonrió con ese recuerdo, haciéndolo de lado para que su concubino no la advirtiera y se pusiera quizás a discutir. Y se afirmó que existen cosas inaccesibles, incomprensibles para el humano corriente. Y que por tanto era mejor dejarlo todo así, como Pedro le contó, o de lo contrario no llegarían a nada, y lo esencial era que el tambor hallábase ahí, a su lado, con los palitos para ejecutarlo sostenidos por la correa del mismo, listo para dárselo al querido vástago, a quien había que buscarlo rápido, entregárselo, y que él hiciera cuanto deseaba, dizque la misión esa en el río, lo que le diera su gana, pero llevárselo, dárselo para verlo feliz, contento por algo que ansiaba.

     El obrero volvió a pedirle una explicación de lo sucedido. Mas Manuela, poniéndole sus manos sobre los hombros le indicó que tratara de entender que el Señor socorre de misteriosas maneras a sus hijos. Él nunca los olvida. Siempre se encuentra atento a sus necesidades, principalmente en ayudar a un hijo como el de ambos, un muchachito que no se metía con nadie, bueno, estudioso, amante de la Naturaleza, admirador de los crepúsculos macorisanos, un jovencito como el Señor anhela sean todos cuantos habitamos este mundo para que volvamos nuevamente a vivir en el Paraíso Perdido, del cual Él nos había expulsado por desobediencia.  

    --Entonce, mujer, vamo a bucá a Jaimito, vamo a bucarlo pa’ entregarle eta vaina, el redoblante, y así podemo tar contento  to’ nosotro: él, tú y yo. ¿Verdá,  Manuela,  verdá?

     La fémina sonrió ampliamente. Se abrazaron y. besaron. Tuvieron intenciones de tirarse en el lecho para realizar un poco de sexo, empero, haciendo gran esfuerzo concluyeron que debían de ir por el hijo, ponerle el tambor en sus manos para que efectuara cuanto le diera la gana, incluyendo la de cumplir esa misión que el  muchacho  dizque  debía  de  realizar. Eso de revolcarse  para hacer el amor podía esperar. Ya habría tiempo para eso. Ese sexo lo necesitaban urgentemente para unirse como antes. Pero eso sí, ella tendría precaución, le haría ponerse condón, preservativo, ya que así lo exigían los doctores últimamente para contrarrestar el SIDA. Claro, conocía bien a Pedro: no debía arriesgarse a ser infectada por ese terrible y maligno virus como lo afirmaba la promoción en volantes, la televisión, periódicos y radioemisoras, igualmente en esa película que dieron en el Ateneo de Macorís, observando en la misma cosas horribles que el mismo estaba produciendo en el mundo, también en el país. Y los dos, agarrados de las manos, salieron del hogar a inquirir por Jaimito para cuando lo  encontraran  hacerle entrega del redoblanteque Pedro cargaba debajo de su brazo derecho. 

     Entretanto, Jaimito continuaba afirmándose: "Sí, en cualquier intante sonará la sirena dando la  sei de la tarde; y, y sonando ella yo me lansaré al río a bucá el Epíritu Macorí. Quisá no té lejo, sino cerca. Le’plicaré que deseo quedarme con él ya que ansío salir d’ete pueblo de hipócrita y chimoso, quiene confunden a uno con su mentira... Eh, cierto, aquí mimito fue donde me dieron la misión que no puedo cumplí... Eh, se me cae la cara de vergüensa. Pero tengo que contárselo al Macorí si, así conocerá de que no soy un charlatán semejante a mi papá y a tanto tipo embutero, engañadore de su hijo --el rostro del adolescente iba envejeciendo con rapidez-- ¡Caramba, siento enlutecé  el sendero a mi vera, trayéndome notalgia por el moribundo día ya que lentamente viene la ocuridad arropándolo tó, incluyendo la mirada del pájaro barrancolí y la de aquella preciosa ’tijereta’ que en lo alto planea contemplando cuanto aquí abajo hacemo mal, ansiando por tanto elevarse má, má, pa’lejarse de tanta insensatece ..."     

     Pedro y Manuela, andando rápido, llegaron al Parque Salvador. Contemplando que el hijo no se hallaba, preguntaron por él a unos mozalbetes que jugaban pelota encima de la plazoleta. Dos de ellos respondieron casi al mismo tiempo, que lo vieron  pasar  trotando hacia el Muro de Contención. Por tal motivo la concubina manifestó: "Deprisa, hombre, deprisa, tenemo que apurarno, ese muchacho es capá de cualquier cosa, de cualquier cosa", y tiró del brazo de su marido. Empero, dicha expresión hizo que los jovencitos se miraran, cuchichearan, rieran algunos cuando uno imitó a una gallina cantando y aleteó sus brazos. Pedro los miró rabioso; quiso insultarlos porque comprendió que se burlaban de su vástago, un muchacho extraño si, quien no jugaba el béisbol, tampoco ’tiguereaba’, pues no nadaba en el río, no peleaba, era un pendejo, quizás un miedoso grande. Y zafándose de la diestra de Manuela les preguntó que de quién carajo se estaban riendo, y que lo hicieran de sus madres ("esa cuernera, putísima, tierrita jediondona") Sin embargo, la lavandera trató de calmarlo, evitando además un pleito con otro individuo, quien se había ofendido con lo manifestado por su concubino. Y aunque ambos hombres se insultaron y llegaron a cuadrarse como gallos, el redoblante en el suelo, de ahí no pasó, sin importar que los adolescentes trataran de que pelearan ("vamo, Pedro, camina, camina, no haga caso, no haga caso", decía la mujer a la vez que levantaba el instrumento y empujaba a su marido, hablándole de Jaimito, recordándole que él mismo afirmaba  que el muchacho era un ’raroso’ y de que todos en la barriada lo conocían de tal manera) Pero el concubino le recordó que a él no le agradaban esas murmuraciones, tales burlas, ya que el jovencito era su hijo, tenían que respetarlo, cuestionándola la razón por la cual se apuraba tanto. En eso la lavandera le respondió, contemplándolo con fijeza a los ojos: "Porque se atreve a matá, Pedro, se atreve a matá". Y el marido: "No juegue, Manuela, no juegue". Y ella, bajando la voz: "Oye,  Jaimito  se  encuentra muy trite, apenáo porque piensa que le fallamo con el tambor, que no se lo conseguimo por lo que dicen, dique tá loco, y entonce no podrá cumplí con la supueta misión esa, ¿comprende?".  

     --¡Coño, mujer, tú tiene rasón, tú tiene rasón!

     --¡Claro que la tengo, Pedro! Mira, eh, yo lo conoco bien, soy quien brega con él to el tiempo, y sé cómo reaciona, lo sé muy bien.

     Y se fueron corriendo. Los mozalbetes dejaron de jugar pelota y siguiéronles: hablaban, reían, imitaban a las gallinas; varios movían sus brazos como si fueran alas, lo cual originó que algunos transeúntes gozaran, haciendo eso enfurecer a Pedro quien los amenazó con caerles a golpes. No obstante, Manuela trató de tranquilizarlo. Le pasó el redoblante. Con cierto esfuerzo, cruzando la Domínguez Charro, se lo fue llevando hacia el muro, pasando por el parquecito ’Cuarta República’. Junto a la muralla otearon hacia la orilla del río --litoral que se iba llenando de casuchas por culpa de ciertos politiqueros procurando votos, se rumoraba--, buscando la figura de Jaimito. No lo vieron. Continuaron caminando junto a la muralla. Ambos hallábanse silenciosos. Con seguridad la mujer cavilaba en ver a su hijo, llamarlo, llegar a su lado y con inmensa satisfacción hacerle entrega del hermoso redoblante y los dos palitos los que aún continuaban entre las cuerdas del instrumento.  

     La fémina rompió el silencio al decir: "Pero, ¿dónde tará ese muchacho, eh, dónde tará?". Mas, el concubino se quedó callado, atisbando el paraje, su rostro preocupado. Entonces, cuando se aproximaban por la bajada que posee el muro entre la intersección de las calles Duarte con Domínguez Charro, cerca de un humeante basurero, Pedro, señalando hacia la ría, voceó: "¡Hey, allá tá él, Manuela! ¡Míralo, míralo! Tá sobre la roca’quella. ¿Lo víte, ah?". Y ella: "Sí, sí, e’ Jaimito, e’ Jaimito. ¡Gracia,mi Dió, gracia!" --contempló el cielo--. Y el hombre: "Eh, ¿pero qué hace ese muchacho ahí, eh?"  Y la concubina: "Yo que sé, Pedro. Lo bueno e’ que lo hallamo, lo hallamo".

     --Vamo pa’llá, Manuela, le daremo el tambor. Quiero verlo tocando, tocando --y la mujer lo aprobó, y cuando se disponían a bajar   los  escalones  sonó   la  sirena  del  Cuerpo  de  Bomberos aullando con tristeza, avisando las dieciocho horas, seis de la tarde; y a consecuencia de la misma, siguiendo una  vieja costumbre macorisana, los concubinos se detuvieron para persignarse, continuando bajando de inmediato con sus miradas fijas en el hijo, chillando cuando finalizaba el sirenazo--: "¡Jaimito, Jaimito, Jaimito!...". Pero el muchacho no los escuchó pues no se volteó al llamado, prosiguiendo con su cabeza inclinada hacia las aguas, con seguridad pensando en introducirse entre ellas para buscar al Macorix.    

     El jovencito estaba quieto, sin dar señales de percibir su nombre. El  viento  movía  su  ropa  y  cabellos. Parecía un monje budista en meditación profunda. Sus padres notábanse asombrados y dejaron de llamarlo. Y fue en eso que, desconociendo que sus progenitores le observaban, igualmente otras personas en el muro como también los traviesos mozalbetes quienes deseaban averiguar cuanto estaba sucediendo, el vástago de Manuela y Pedro se lanzó a las aguas por el otro lado de la roca.

     --¿Qué hace mi hijo, qué hace? --preguntó angustiada Manuela, llegando a su mente el recuerdo del suicidio de su padre--. Pedro voceó: "¿Tá loco ese muchacho, tá loco?", y sintió su corazón latirle con más rapidez, ansiando un trago de ron, una cerveza, algo de alcohol para calmarse ya que era su medicina, la cual siempre le ayudaba cuando sentía al mundo venírsele encima como percibía le estaba aconteciendo en esos momentos, instantes fuertes para un padre arrepentido de sus irresponsables actos, anhelando ahora dejarlos atrás y convertirse en uno ejemplar.   

     Los muchachos en el muro se rieron. Comenzaron a corear "¡loquito mariquita!", haciendo que Pedro los mirara con rabia y ya iba a tirarles unas piedras cuando su mujer, sujetándolo por un brazo y empujándolo le ordenó: "¡Ayúdalo, hombre, ayúdalo! Corre a salvá nuetro hijo, corre a salvarlo". Y él se quedó indeciso.  Pero  viendo  que  su concubina  palidecía,  que parecía desplomarse, trotó rápido hacia la roca, chapoteando entre las turbias aguas, sin poner atención a la risotada de los adolescentes, quienes brincaban de alegría contemplando al papá del ’marica’ que desesperado procuraría sacarlo de un sitio no peligroso, de poca profundidad.

 

 

'LA MISION DE JAIMITO' (Novela)

                                  

               Capítulo No.12

 

Por: Bernot Berry Martínez  (bloguero) 

 

     Manuela hizo que Jaimito se bañara y comiera, y porque el muchacho le volvió a manifestar que tenía sueño ella le sugirió que durmiera un poco, aunque fuera una hora y se levantaría perfecto, liviano, y que entonces él podría efectuar su paseo y contemplar el atardecer. El hijo siguió ese consejo, durmiéndose de inmediato. La madre, pensativa, lo contempló unos minutos, pero recordando que tenía ropa sucia de gente enojosa, exigente, se encaminó al patio a lavarla. Se dijo que primero sería esa blanca, la más complicada y por la cual siempre discuten sus clientes, principalmente ese doctorcito 'jabáo', gordito, parejero, quien se cree un dios en el barrio, mujeriego, enamorador de las féminas que van a su consultorio, un verdadero demonio, lujurioso en extremo, afirmándose de él que en varias ocasiones había violado a ciertas mujeres haciéndolas dormir con somníferos y utilizando preservativos, despertándolas después de satisfacerse. La lavandera no se encontraba con ánimo de trabajar. Estaba preocupada. Por eso, dejando la ropa entre la batea sin agua ni jabón, nuevamente entró a su hogar, sentándose en la sillita de la cocina. Ahí se quedó meditando en su concubino y el hijo de ambos. Se preguntó la razón por la cual aún su marido no había llegado, si le había pasado algo, si estaba ingiriendo cerveza,... Lo anterior fue realizado unas veces en voz baja, cual lo efectuaba esta vez: "Cógelo, qué cosa, qué cosa, si continúo pensando tanto, tanto, ¡oh Santísimo!, creo que me volveré loca, igual a como dicen le pasó a esa pobre mujer que no se cansa de darle vuelta al Parque Duarte, comenzando en la mañana hata que por la tardecita vienen a bucarla su familiare, trancándola en un cuarto, volviéndola a soltar al otro día, regresando ella al mimo sitio a continuar con su caminata interminable. ¡Caramba!, ¿cuánta vuelta dará en un día, eh? Hum, seguramente serán centenare, centenare. Eh, y eso e' lo que yo no quiero que me pase no, no deseo ni pensarlo un poquito, no lo deseo no".   

     Manuela  echó  un  poco  de   café   frío   entre  un  jarrito. Sin añadirle azúcar se lo bebió de un sorbo. Siguió pensando, monologando: "Eh, lo que me preocupa mucho, mucho, y me lo repito sin cansarme, e' sobre Pedro. Eh, ¿dónde'tará ese carajo, ah? Ya son má de la tré y no acaba de llegá. Caramba, ¿qué le diré a Jaimito cuando se depierte? Jum, ese muchacho e' capá de cualquier cosa sí, aunque también e' cierto que ya no cré en su padre, no piensa que él le conseguirá el tambor. Bueno, yo tampoco lo creo. Eh, yo mima pienso como mi hijo, yo también. Lo que temo muchísimo e' que vaya a matarse, igual a como lo hiso su abuelo, mi pai, el pobre, Dió lo halla perdonado y dejado entrá en su Reino, y toíto por mí, yo soy la culpable, la que tiene esa grandísima culpa. Hum, pero no me guta mentirle al muchacho no, no me guta hacerlo, eso e' malo, y peor a esa edá que posee, trece añito. ¡Cógelo, eta preocupación me tá matando! Siento que me afisio. Me falta aire. Me tá doliendo el pecho un poquito, un poquito si, y to' eto e' por pensá tanto en ese asunto del tambor si"...      

     Jaimito despertó. Por un momento se quedó contemplando el tejado. Empero, memorizando que debía encaminarse hacia el río para observar el crepúsculo que pronto comenzaría a revelarse, sentándose en la camita se calzó sus tenis negros, roídos por los lados, y mientras lo hacía se acordó del redoblante y de su padre. Cavilando se fue hacia la cocina, deteniéndose al escuchar la voz de su madre diciendo: "Eh, eh, no sé qué pasará, mi Dió, pero presiento que algo malo sucederá hoy si, pue' la casa entera tá cargada con un epíritu jodón, pesaísimo. Vaya, me da pena por Jaimito, pobrecito, no puede tené su tambor, y yo, yo no sé qué decirle no. Bueno, ¿qué le cuento, ah? ¿Le digo la verdá, que su papá se bebió to' lo cuarto y que no piense en tambor, ni en misión, en naíta de tale pendejada porque hacerlo sería algo imposible, cosa así como llegá al arcoiri, ah? Bueno, pero tengo que hacé algo si, yo tengo que hacerlo o de lo contrario to' se  derrumbará"...  

     Aunque  Manuela   no  hablaba   alto,  el  muchacho pudo escuchar lo  suficiente  para  comprender cuanto había sospechado: no habría redoblante, su padre hallábase tomando tragos sin tomar en cuenta su anhelo, engañando a los dos, a su mujer y su vástago. Por eso el adolescente, sintiéndose humillado, optó por salir rápido y sin que su  progenitora lo viera, haciéndolo por la puerta de la calle. Y adolorido, los ojos llorosos, hablando palabras entrecortadas, diciendo que lo engañó su papá, se encaminó con rapidez al Parque Salvador, atravesándolo casi corriendo, deteniéndose junto al Muro de Contención para contemplar el adorado río de los nativos macorixes, asimismo querido por todo buen macorisano. Allí, triste, soliloquió: "Claro que lo haré. No voy a seguí con ese aguajero y mentiroso, engañador de su hijo. De verdá que no. Eh, si conmigo realisa esa cosa, me relaja, ¿qué no hará con otro, ah? Pero eto se acabó. Yo no soy así no, no puedo serlo, eso nunca. Y yo tengo palabra, la poseo de má. Y tú verá que horita, cuando empiece el atardecé, eh, yo iré a la piedra y me tiraré al agua pa' bucá al Epíritu Macorí. Cierto que lo bucaré. Tengo qu'eplicarle la rasón, como te dije hace un ratico, por la cual, eh, no puedo cumplí esa misión no, no puedo cumplirla como yo lo deseo"...   

     Y en tanto el mozalbete se iba rodeando de una peligrosa melancolía, su madre ojeaba la hora en un reloj de mesa que estaba encima de un viejo estante guardador de objetos de cocina. Comprobó que ya eran casi las cinco. Entonces decidió despertar al hijo para que se fuera a realizar cuanto le dijo ansiaba efectuar. Empero, advirtiendo que no se encontraba en el lecho, extrañada comenzó a llamarlo: "¡Jaimito, Jaimito, Jaimito!".

     --¡Salió, salió! --voceó una voz de mujer del otro lado de la pared divisoria, preguntándole la lavandera gritando--: "¿Que salió, vecina?" --aguardó la respuesta contemplando la madera de la división, oyendo que la misma voz le contestaba--: "Sí, vecinita, lo ví saliendo hace un momentico" --. Por tal motivo de nuevo Manuela interrogó--: "¿Y no sabe pa' dónde se fue, vecina?" --la voz respondió, esta vez más cerca--: "No lo sé, iba rabiando cosa rara, como que lo engañaron, que la gente e' mentirosa".     

     El diálogo finalizó. La lavandera se sintió desfallecer. Su mente se llenó de confusión. Por eso tomó asiento en la camita, manifestando: "¡Oh, qué mal me siento, mi Dió, qué mal me siento!"  

     En ese mismo momento, en  el  colmado, Pedro  pagaba cuanto había consumido. Mientras él se guardaba unas monedas en el bolsillo de la camisa entregadas por el comerciante, éste, sonriendo con cierta picardía le cuestionó: "Hey amigo, ¿le comprará el tambor a su hijo, ah?". Pedro ya estaba medio ebrio. Le respondió: "¿Yo, pulpero?... Jum,... eso tá feo, mi pana, muy  feo que tá eso. Eh... vea,  e' carísimo ... esa vaina. Eh,... vale má que..., que... eto,... que... eto", y se agarró sus testículos provocando risa en las personas que allí estaban, quienes le observaron marchar con pasos lentos, ligero zigzagueo, hablando solo, sobre un tema que no escucharon, pero era sobre tambores, lo caro que son, que Jaimito debía de conformarse con uno de hojalata, que uno así él podría comprarlo, uno así sí, y que iría de inmediato a preguntárselo ya que había averiguado, eso se lo dijo el tipo de la compraventa --un arabito que todo lo sabía respecto a mercancías--, que los redoblantes son costosos, uno regularcito más de 300 pesos lo cual era mucho dinero, si señor, demasiado cuarto, y que tratara de comprender que se lo quería comprar, no era duro, tacaño, es que no podía... 

     Jaimito se había aproximado al río. Notábase decaído. Su semblante parecía el de una persona mayor con gran intelectualidad. Era como si hubiera envejecido varios años en el lapso de unos 30 minutos. Su vista se encontraba fija en aquella solitaria piedra que sobresalía del agua a unos 20 metros de la orilla, sitio donde le sucedió el asunto sobre la misión. Con tristeza se decía que va cayendo la tarde, muriendo la claridad de su cumpleaños, y que pronto iría a la roca para luego de un rato, al sonar la sirena de las seis, desde ahí se lanzará a buscar al Macoríx, el Espíritu que vive entre el río, porque era preferible vivir entre el fango, con él, que hacerlo con mentirosos. Y se afirmó que lo dicho por él era gran verdad, y que eso podría confirmarlo esa ave marinera, gaviota amiga que cruzaba por su vera, vigilando los contornos, tratando quizá de aclarar el oscuro misterio de la vida, sombra estorbadora del progreso espiritual del hombre, poniéndolo egoísta, individualista, convertido en un terrible depredador que está destruyendo todo lo hermoso e útil del mundo, como son sus mares y ríos, arroyos y manantiales, igualmente su fauna y flora, precioso mundo nuestro al que debemos cuidar con inmensa devoción... 

    Cuando   Pedro   estaba   llegando   por   el “Parquecito de las tres Palmas”, súbitamente percibió el olor de los manglares. Se detuvo. Memorizó cuanto le había pasado durante la madrugada. Sonrió con el recuerdo, moviendo varias veces la cabeza como negándose  a aceptarlo. Casi rió. Empero, no lo hizo a carcajadas porque el hedor se hallaba ahí, nítidamente lo sentía. Entonces, ¿qué pasaba, cuál secreto poseía ese lugar?, se preguntó, atisbando hacia los lados, buscando explicación, encontrándolo todo silencioso, ningún vehículo cruzando próximo a la placita, prácticamente el sitio desolado como rara vez acontecía a esa hora de un atardecer sabatino. Mas, ¿por qué ese peculiar olor manglero?, nuevamente se interrogó, rascándose el cuero cabelludo, preocupado, advirtiendo que algo totalmente desconocido se iba apoderando de sus sentidos... De repente un bello caballo, el cual determinadas personas vinculadas con la metafísica aseguraban que dizque había pertenecido al suicidado general napoleónico Ferrand, de aquella famosa emboscada conocida como ´Batalla de Palo Hincado´, y que de cuando en vez se manifestaba a especiales individuos, apareció frente a un asombrado Pedro, y éste lo admiró levantar sus patas delanteras, escuchándolo relinchar, para enseguida contemplarlo emprender un rápido galope por la calle Aurora, siguiéndolo con mirada extasiada, notando que el corcel fue elevándose hasta que lo advirtió desaparecer de manera total, quedándose el hombre absorto, desconcertado, experimentando una brisa fría recorriendo su cuerpo, asustándose bastante, el corazón latiéndole deprisa, pensando que tal vez el alcohol le estaba afectando muchísimo, llegando al grado de observar ilusiones, y que debía marcharse corriendo a su vivienda para dormir hasta el día siguiente. Sin embargo, presintiendo que alguien lo contemplaba detenidamente no se movió. Fue en eso que lo vio sentado en el mismo asiento en que le pasó durante la madrugada el asunto con el ser fosforado hediondo a mangle, a un tipo haraposo a quien nunca había visto ("pero, ¿de dónde salió, eh?", se cuestionó), que le contemplaba en forma dominativa, sin hacer ningún movimiento, una figura semejante a piedra ... 

     Jaimito, sin quitarse los tenis ya que protegerían sus pies de las jaibas, también de objetos cortantes y punzantes, pisando con cuidado el lodoso fondo del río, lentamente fue aproximándose a la roca que tanto le atraía. Se subió encima. Enseguida, atisbando hacia la desembocadura del río, exclamó: "¡Vaya, vaya, qué hermosa tá La Boca del Macorí! ¡Cuánta tranquilidá tiene!" Y continuó preguntándose si acaso la paz del planeta nacía ahí, en ese hermosísimo estuario el cual era un verdadero puerto natural olvidado por todos los gobiernos; interrogándose que quién podría saberlo, y si lo conocería el Espíritu del Río y que por tal motivo le había dado esa misión que ya no cumpliría. Y se preguntó que dónde se encontraba la verdad para sujetarla en su derredor como resplandeciente cinturón. Y siguió interpelándose, ahora murmurando, que ¿por qué la mayoría de la gente ya no miraba a nuestros lindísimos crepúsculos, atardeceres que son regalos de la Naturaleza con la finalidad de recordarnos que somos humanos y no seres autómatas?... 

     Continuaba Manuela sentada en la camita. Había dejado de llorar. Hallábase más sosegada. Cavilaba profundamente en su  hijo y en Pedro cuando escuchó a su vera una extrañísima voz susurrando: "Mujer, mujer". Ella dio un brinquito. "Me asutate, hombre, me asutate", le advirtió, poniendo sus manos sobre el pecho, contemplando a su concubino. De inmediato, rápidamente la lavandera le hizo varias preguntas (que dónde había estado, que  si  compró  el  tambor, que si  sabía de Jaimito pues ese muchacho salió 'encojonáo', que por qué se veía tan raro, amarillo, casi 'jipato',...) Pero el marido la escuchaba callado, muy serio, manteniendo cargado un paquete de color azul. La mujer, un poco más calmada, observando el bulto volvió a interrogarle: "¿Qué cosa trajite, ah? ¿Acaso  es  el tambor de Jaimito, el que le prometite, ah?"  Y Pedro, mirándola con atención, sus ojos abiertos, con la misma extraña voz le murmuró: "Eh, eh, un tipo raroso, en el Parquecito 'e la tré palma, eh, me entregó eta pendejá, Manuela, me lo entregó". Y ella, atenta al paquete, exclamó: "¿Cómo? ¿Qué cosa e', ah?". Y el hombre: "Hum, no lo sé no, pero fue un carajo, un carajo jediondo a mangle, sución, quien me lo entregó si", y lo levantó a la altura de su rostro, y ambos se quedaron viéndose, silenciosos, ninguno habló una palabra por cerca de un minuto, oyéndose fuera de la vivienda, por la calle, gritería de infantes jugando, sus madres gritándoles que tuvieran cuidado con esos motoristas que cruzaban cerca de ellos, voceando una que "eso motoconcho eran uno bandido, llegan del campo y no repetan a nadie"...       

 

 

'LA MISION DE JAIMITO' (Novela)

 

                 Capítulo No.11

 

 Por: Bernot Berry Martínez  (bloguero)

 

    Jaimito escuchó la sirena del Cuerpo de Bomberos avisando las doce del día. Se había puesto a majar los frutos del almendro con la finalidad de obtener sus nutritivas semillitas. En ese momento dejó la piedra con la cual rompía las envolturas y reflexionó: "Hum, ya tá bueno. Son la doce. Ya me he comío como treinta entre almendra y semilla.  Eh, no sé si vaya a la casa o no. No toy seguro no. Pero, ¿y si papi vino por mí pa' irno a comprá el redoblante, ah?... No, eso no puede sé no. De seguro que hubiera venío aquí a bucarme. Eh, de casa al parque no e' lejo, no e' lejo... Entonce, eh, entonce si no ha venío e' porque se halla bebiendo, toy seguro d'eso si, toy réquete seguro que tá tomando cervesa".

     Y en ese instante: "Hijo, hijo, vine a bucarte, me tenía preocupá --dijo sorpresivamente Manuela al lado de Jaimito, poniéndole su diestra  en  la  espalda.

     --¡Oh mai! ¿A qué vino aquí, eh? --el adolescente la contempló ligeramente asombrado.

     --Te dije que taba preocupá por ti, cariño. E' que tú no ha comío ná, naíta ha comío  -la madre le acarició el enmarañado pelo.

     El jovencito respondió que había ingerido la fruta del almendro, como también las semillas de ellas, enseñándole las envolturas rotas que hallábanse a un lado del asiento. "Mire, mire el montoncito ahí, mírelo". Ella le contestó: "Tá bien, comite, comite, pero te tengo un plato con arró y pica-pica, también un yaniqueque". Y Jaimito: "¿Otra vé pica-pica?" Y ella: "Bueno, bueno, eh, te prometo que mañana haré otra cosa. Así que vamo pa' la casa, vámono". Empero, el muchacho estaba algo indeciso, por eso expresó: "No sé, mami, no tengo hambre no, sólo un poquito de sueño".

     --Bueno, vámono, duerme un rato y depué te come la comía.  Oyeme Jaimito, tú debe alimentarte bien porque podría debilitarte y...

     --¡Ay mai, no venga con eso otra vé!  Má tarde voy a comé. E' que ahora, ahora hay mucho silencio, un silencio bueno pa' oirla. Ella cantan tan bonito, mami. Me encanta ecucharla. E' por eso que vengo aquí. 

     --Pero, ¿de qué tú habla, hijo? --la madre hizo la pregunta con cierta preocupación, respondiéndole su vástago--: "Eh, de la golondrina, mami, de la golondrina, de su canto, de su vuelo en sigsá, de su..."

     --Pero hijito... 

     --¡Shhh, mami, shhh! Ecuche, ecuche --Jaimito levantó su índice, la mirada hacia el espacio, su progenitora imitándolo, tratando ambos de percibir los bellos sonidos emitidos por las veloces avecillas que sobrevolaban el armonioso sector.

     --¿Oyó, mami, oyó? --los negros ojos del muchacho estaban fijos en los de su madre, quien lentamente se sentó en el banco a la vez que afirmaba-:"Sí, querido, ecuché su canto, ecuché su canto". Y el hijo: "¿Verdá que son lindo, verdá, mai?". Y ella: “Sí, cariño, cantan bonito, cantan bonito". Y Jaimito: "Me alegro que le guten, mami, me alegro muchísimo pue' pensé que no le gutaban". Y Manuela le respondió que a ella siempre le habían agradado las golondrinas, contándole que cuando fue niña se entretenía en algunas tardes, en la barriada de Miramar, debajo de un árbol de ponceré, contemplándolas, incluso tratando de contarlas. Y mientras ella le relataba lo que hacía durante su infancia, Jaimito se le quedó mirando con cierta extrañeza, y quizá por eso fue que interrumpiéndole la cuestionó si también le agradaban los demás pájaros ya que a él le cautivaban todas las aves, amándolas, las apreciaba en demasía, principalmente aquel pequeño nombrado 'zumbador' o picaflor y los lindos nidos que  fabricaban, complicados, en forma de embudos. Y su madre sonreía, cruzándole por su mente hermosas imágenes de su niñez, informándole que sí, que le encantaban bastante los emplumados, pero el que más le encantaba era el pájaro carpintero, lo admiraba, poníase contenta oyéndolo cantar, y que si lo percibía volar con sus subidas y bajadas, llegar a un árbol para picotearlo, entonces,  entonces que reía igual a cuando  fue inocente niña.

      --¡Oh! ¿Y por qué nunca me dijo que le gutaban lo pájaro, eh mami? --la vista del adolescente encontrábase fija en los ojos de su progenitora, quien con cierta alegría le respondió--: “Bueno, no sé, tal vé porque tú ere varón, macho, bueno, tú sabe". Mas Jaimito le contestó: "No entiendo no, no entiendo lo que dice, mami". Y ella: “Bueno, déjame ve si te lo eplico, hijo, déjame ve. Mira, lo que pasa, lo que pasa e' que al varón hay que educarlo fuerte, duro, d'eta manera no se vuelve un tipo raro, miedoso, debilucho, eh, como si fuera mujer, así no se convierte en un mariquita, eh..., en un afemináo, ¿comprende?". Y el muchacho manifestó: "¿Anjá? Entonce, ¿e' por eso que al varón lo tratan con duresa, ah?"  La madre expresó, inclinando la cabeza, ligeramente triste, que por eso era, pues de ese modo el niño se va acostumbrando a ser varonil, nunca llorón, convirtiéndose en verdadero hombre, en real machazo.

     Jaimito se puso pensativo. La mujer respetó ese silencio. Unos segundos después el hijo murmuró: "Vaya, ahora entiendo, entiendo, enseñan al varón a odiá lo hermoso del mundo. Ahh, ya toy comprendiendo a mi papi, al guáchiman aquel, a tanto hombre rabioso que andan por ahí borracho". La madre lo interrumpió para cuestionarle si comprendía a su padre, y nuevamente le acarició la cabeza. El muchacho le contestó que lo entendía bien, y que ahora sabía la razón por la cual su progenitor bebía como un demonio, haciéndolo debido a que poseía un resentimiento contra la gente ya que de esa forma lo educaron ("él no e' culpable no, atúa así porque eso aprendió", lo dijo con cierta seriedad) La lavandera se asombró de tal respuesta, pues jamás su vástago le había hablado de esa manera y por eso le interrogó si alguien se lo enseñó, si algún desconocido le informaba esas cosas. Sin embargo, el mozalbete evadió contestarle con claridad ("¿uté tá como abuela, mami?", interrogó), indicándole inmediatamente que nadie se lo manifestó, eran asuntos que salían de su mente, las pensaba cuando hallábase solo, sospechando lo de su padre y otros hombres a consecuencia  de que lo intuía desde días atrás y no porque ella le había  explicado la forma  como  educan   a   los  varones.  Igualmente  le   informó que cuando se encontraba solitario en un sitio desolado y silencioso, con pajaritos a su alrededor, el cercano río con sus tranquilas aguas yendo hacia el mar, contemplando él al 'hombre de la atarraya' con su espalda brillante, escuchando la brisa pasando entre ramajes o admirando desde la desembocadura del río a las gaviotas y al precioso mar perdiéndose a lo lejos, percibiendo que esa gran masa de agua salada le atraía, le llamaba, invitándole a penetrar en su seno para que indagara el origen de la humanidad, teniendo él que volverse muy decidido para no hacerlo, no entrar allí dentro a investigar los misterios de la vida...

     --Sí, e´por ahí por donde me llegan eso pensamiento, mami, e´ por ahí.

     Manuela se encontraba sumamente asombrada de cuanto le explicaba su primogénito. No entendía de dónde había sacado esos asuntos tan raros. No quería aceptar que salían de su mente. Era un muchacho. Apenas llegaba a trece años. Asimismo tampoco le había escuchado conversar de modo tan extraño, haciéndolo como si fuera una persona madura y con mucho estudio. Entonces, no podían ser cosas de su meditación juvenil. Eso no era cierto de que actuaba por cuenta propia. Tenía que haber alguien que le sirviera de maestro, algún extraviado, un raro, uno de esos tipos leedores de 'libros peligrosos', de 'textos que envenan el alma' como muy bien lo afirmaba el sacerdote de su escuela y que ella estaba advirtiendo en Jaimito. Claro, presentía que su hijo hallábase intoxicado intelectualmente. Y lo grande que ella sin saber nada, ignorante de todo, totalmente perdida. Eso le era doloroso. Pero, ¿quién podía ser? ¿Cuál era ese tipo, astuto y cobarde, quien no daba la cara para enfrentarlo como se lo merecía?... De la manera anterior más o menos cavilaba Manuela en tanto seguía acariciando el pelo, cuello, hombros del adolescente, el cual continuaba exponiendo sus conocimientos a su progenitora. Fue en eso que, similar a relámpago en lejanía, a la lavandera le llegó ese terrible presentimiento de que su hijo corría un inmenso peligro. Cierto, quienes se expresaban de esa forma inmediatamente eran vigilados, observados con desprecio, perseguidos, no les daban trabajo, les hacían  la  vida  imposible, y por último, si no se vuelven locos o se marchan del país, entonces los eliminan de alguna manera. Todo lo anterior se conocía en el barrio, no era secreto para los macorisanos, tampoco de los dominicanos, tal vez de algunas naciones del mundo. Eso ya había sucedido varias veces. (“Es que así es la vida, Manuela" --memorizó la mujer lo contado por un primo suyo, buen hombre, inteligente, estudioso, desaparecido extrañamente una semana después de conversar con ella--, "ellos nos manejan iguales a marionetas, ya que debemos de actuar como lo planearon. Oye, hacer lo contrario, desviarse de cuanto trazaron, bueno, eso convierte a uno en perdida cabra montesa, en presa, y sus servidores a sueldos te seguirán hasta eliminarte. Incluso lo hacen más allá del horizonte, en lontananza. Escaparse es muy difícil. No perdonan aunque renuncies a tus creencias. Muy pocos se salvan de tales persecuciones. Y eso viene desde lejanos tiempos. Mira, ni siquiera excusaron al Cristo del Gólgota, al Nazareno, utilizando parte de su doctrina de amor, tergiversada claro, como un modo de mantener en la oscuridad a ésos que se hallan huérfanos de percibir luces rosadas en este fétido ambiente"... ) Y Manuela dejó de pensar en lo dicho por su pariente un año atrás, admirándose por la forma tan fácil en que lo recordó en tanto Jaimito seguía hablándole. Por eso se dijo que todo se encontraba muy raro en ese solitario sector. En eso, aquel anciano que estuvo durmiendo sobre un asiento no lejos de donde ellos se hallaban, cruzó cerca de ambos, dejándoles un tenue olor fangoso. La fémina se estremeció al olfatear ese hedor porque se acordó de lo que Pedro le relató acerca de cuanto le había sucedido en el  Parquecito de las tres palmas. 

     --Vámono, hijo, vamo pa' casa. Te baña, duerme un poco y luego come algo. Tú lo debe hacé, eso te hará bien, créme.

     --Bueno, tá bien, mami, pero má tarde voy a salí, voy a salí.

     Ambos se levantaron. La madre preguntó: "Hum, ¿y puedo sabé dónde tú va, Jaimito?". El adolescente respondió que daría una vuelta para observar el río. "Eh, hoy má que nunca debo acudí a mirá el atardecer".  Mas ella se atrevió a cuestionarle si era  por  el  asunto de la misión. Ya cruzaban  por el centro de la avenida Independencia. Jaimito guardó silencio unos segundos antes de responder: "Sí, mami, por esa misión tengo eta tarde un compromiso con nuetro Río Macorí, mal llamado Higuamo". Ella le interrogó la razón por la cual denominaba con ese nombre al río y no Higuamo como la mayoría de la gente lo hacía. Con ligera sonrisa, mientras pasaban próximo al colmado del simpático Ramón, el jovencito contestó que Macorix era el verdadero apelativo de nuestro río, conociéndolo él cuando contemplaba sus aguas unas semanas atrás en que llovió mucho la noche anterior y éste arrastraba numerosas algas hacia la mar. "Sí, mami, esa vé me pasó algo muy raro, y se lo cuento porque uté me lo ha pedío", dijo, continuando que no se asustara por cuanto escucharía pues la realidad de la vida es más extraña que la imaginaria, más absurda que la fantástica, aconsejándole nuevamente que no se alarmara ya que no se encontraba loco como manifestaban sus ojos (la lavandera se asustó con esa expresión). Ya andaban entre la barriada. La gente los contempló: iban abrazados, hablaban bajito, y no pocos comentaron, sonriendo algunos de ellos, de que era algo del 'carajito Jaimito el mariquita', porque... ¿quién no sabía en todo el barrio de que ese muchacho era un futuro 'pajaruco', eh? --algunos infantes les lanzaron piedrecitas con cierto disimulo. 

     -- Cierto, mami, así como lo oye fue: un precioso indiecito, con pluma verde en su negrísimo cabello me confesó que el verdadero nombre del río e' Macorí, y que por ese nombre le llamaron Macorí a ete pueblo. Eh, no le miento, mami, no le miento naíta. Eso me aconteció  en  la  orilla, mirando  un  rojiso atardecer. 

     La mujer le afirmó que creía en todo cuanto le había dicho. No obstante le exigió contarle más de esa misión que le pidieron cumplir. Y Jaimito le respondió que no se apurara, que aunque ahora ella podía comprenderla un poco, tal vez después la entendería bien. La madre le pellizcó la mejilla diestra, diciéndole: "Hum, Jaimito, ¿y tú me cré tan bruta, eh?". Y él le contestó que no, que eso nunca, ya que estaba estudiando, lo cual  era  bueno, y que podría ser por ese estudio que comprendía algo de cuanto le había dicho, cuanto se hallaba pasando, contrario a su padre, un hombre amargado, quien no estudiaba, no leía, viviendo trabajando como un burro para después gastar casi todo su salario en  alcohol  (la mamá no salía de su admiración)  

     Iban entrando por el callejón cuando la madre manifestó: "Oye, y hablando de tu padre, eh, quizá él vino a bucarte, si, talvé vino a bucarte pa' comprá el tambor, ¿qué tú cré, ah?". Y el jovencito, meneando la cabeza, respondió: "Pobre mami, uté sabe mejor que yo dónde se encuentra mi pai". Y ella: "No lo sé, hijo, te lo puedo jurá que no lo sé". Y Jaimito: "Entonce, ¿no se pusieron utede de acuerdo pa' engañarme con el asunto del redoblante, ah?”. La madre se detuvo cuando llegaban a la cocina, expresando: "Por Dió, hijo, no fue así, no fue así. ¿De dónde sacate tal idea, eh,  pue' la mima no e' verdá, no e' verdá?"

     -- Bueno, e' que yo sé que eso tambore son caro, que utede son pobre, y que papi bebe mucho y que por eso no me lo podrá comprá, no me lo podrá comprá.

     --Epera, hijo, epera: él me aseguró que te lo bucaría  como fuera; incluso que empeñaría o vendería su cadena y su guillo pa' conseguírtelo.

     Entraron a la vivienda. Jaimito hallábase pensativo al sentarse en la sillita de hierro. Su madre comenzó a lavar unos platos. El adolescente le recordó a su progenitora que la cadenita y el guillo de oro eran un orgullo para su padre, pavoneándose al usarlos de cuando en vez. Ella le indicó que eso significaba que con cierta seguridad su papá le compraría el redoblante. Empero, el hijo, dudando de que lo hiciera, señaló: "¡Já! ¿Y uté le creyó eso, mami?", contestándole ella que se lo había creído porque sus palabras tenían sinceridad, así lo intuyó, contándole además lo que su marido le narró sobre cuanto le aconteció en el Parquecito de las tres palmas, "en donde se encontró con una cosa brillosa, jedionda a mangle, cosa eta que le habló con vó rarísima pa' pedirle que te comprara el tambor ya que tú tiene una misión pa' cumplí". Al escuchar lo que ella le informó Jaimito se levantó deprisa, agarrándole un brazo. Ella vio que sus ojos estaban muy abiertos, notándolo nervioso. El muchacho la interrogó: "¿Le salió qué, mami? Dígamelo, dígamelo". Pero Manuela le expresó volviera a sentarse para que comiera, que debía hacerlo, que se notaba debilucho. Pero él insistió que se lo informara. "Por favor, mami, dígamelo", sujetándola fuerte, por lo cual la madre se apenó y le repitió lo que había dicho, de que algo brilloso, tal vez un espíritu, con olor a mangle, le salió a su padre en ese parquecito, "pidiéndole comprarte el tambor pue' tú tiene una misión que cumplí". Enseguida la madre, casi llorando, le indicó: 

     --¡Ay Jaimito, me dá miedo, tengo apuro, no sé que tá sucediendo!  La gente e' mala, te pueden matá. Tú no te imagina lo que toy pasando con eto. ¡Ay, déjame abrasarte, hijito mío, déjame abrasarte, cariñito!...    

 

 

'LA MISION DE JAIMITO' (Novela)

                        

                       Capítulo No.10

 

Por: Bernot Berry Martínez  (bloguero) 

 

     Al Parque Salvador llegó Jaimito gimoteando. Se sentó en un asiento cercano a un frondoso almendro. Por el lugar circulaban pocos vehículos. Encontrábase solitaria la plaza. Sólo un anciano estaba dormitando encima de uno de los bancos de concretos.

     El adolescente hallábase pensativo. A su lado cayó una almendra rojiza. Agarró la madura fruta y en tanto la saboreaba cavilaba: "Hum, la gente me cré loco. Mi padre, la’buela, lo primo, tó dicen que me encuentro loco. Pero yo no lo toy no, no toy naíta loco. E’ que nací así. Eh, me guta mirá el río, la flore, un ave volando, el atardecer alejándose, la noche cayendo por aquí, envolviéndolo con su manto ocuro,... Sí, eh, no me agradó lo que hiso la’buela no. Ella, ella me prometió no contárselo a mami pa’ que yo le contara lo mío, mi secreto, y cuando lo supo, eh, vino enseguiíta donde mami a decírselo. Cierto, quisá se rieron de mí, el aloquetiáo, raroso, el que no juega con muchacho del barrio (’¿pero será maricón, mujer?’, recordó lo que varias veces había escuchado de su padre conversando con la madre acerca de su persona) Unjú, se lo contó toitico. Eh, dique miel de abeja, pan y leche. Hum, ¿y en quién confiá entonce, ah? Porque si ello, que son mi familiare se ríen de mí, me relajan, ¿qué no harán lo demá, eh? ... Vaya, dique papi me comprará un tambor. ¡Qué cuentaso! Primero se lo creí si, pero depué me dí cuenta qu’eso era un  feo relajo, un relajote pa’ engatusarme en el día de mi cumpleaño... Hum, toy seguro que papi se pondrá a tomá cervesa pue’ siempre lo hace depué de bebé mucho ron, casi siempre lo hace. Eh, pa’eso siempre consigue dinero, cuarto, siempre. Pero pa’ mí, su hijo, pobre, pa’ mí nunca tiene un peso, nunca, ni siquiera un cariñito, una palabra bonita, naíta hermano. ¡Juá!, ¿víte cómo me besó, ah? Eh, hacía mucho tiempo que no me besaba no. Hata con eso me relajó si, hata con eso... ¡Cógelo, sí, cualquiera, cualquiera, eh, eh, se tira al río ya que no puedo cumplí con la misión esa! Desaparecé  si, salí d’ete agujero del barrio, de gente peleona, bruta, mala, y que no miran la bellesa del río, ni de la flore, ni eso atardecere tan bello... Claro, eh, yo, yo debo lansarme al río y bucá, eh,  al..., bucá al Epíritu y eplicarle que no pude conseguí el tambor y que por eso no puedo cumplí la misión que me dio, no puedo cumplirla"...                                                                           

    En ese instante la madre de Jaimito decíase: "¡Caramba, qué cosa eta, Virgencita, qué cosa! Eh, to’ iba bien, perfeto, y de pronto, y de pronto como que to’ se viene abajo. ¿Por qué será eso, ah? Jum, tiene que sé cosa del diablo si, cosa del diablo metiendo siempre su mano asarosa pa’ que no seamo felice. Ahora, ahora falta que Pedro se ponga a tomá como loco y acabe por dañarlo toíto, sólo eso falta. ¡Oh, Dió mío, ayúdeno, ayúdeno! No deje que el diablo gane, gane uté, Señor, gane uté, derrótelo, derrótelo"... 

     Mientras, el marido de Manuela había tenido cierta suerte: halló un prestamista el cual le facilitó cincuenta pesos para que bebiera ron o cerveza, de la marca que prefiriera, pero que ingiriera alcohol pues para eso es que se lo había prestado ("eh, te lo preto pa’ bebé, Pedro, solamente pa’eso", le dijo con su ronca voz, señalándolo) Y el padre de Jaimito le contestó que sí, que era para tomar varias cervezas que lo necesitaba urgentemente, y simuló sonreír con gran pena, como la vida le había enseñado desde pequeño. El usurero buscó en su cartera sucia, torcida por el tiempo, mirando desconfiado como hurón hacia los lados, entregándole al obrero un billete de cincuenta pesos, manifestándole: "Eh, ya sabe, me lo paga el vierne sin falta, con su interé, no te olvide, no te olvide ni un momentico". Y Pedro le respondió que sí ("no le fallo, míter, no le fallaré el vierne, se lo juro por lo reto de mi madre, se lo juro, míter"),  y con sus índices en cruz los besó, y nuevamente le sonrió al individuo (le llamaban ’veinte por ciento’), despidiéndose con un fuerte apretón de manos. Seguidamente el concubino de Manuela atravesó el Parque Duarte, deteniéndose bajo la sombra del famoso árbol ’guaraguao’, bicentenario, el cual vio crecer la ciudad de Macorís, histórico, con numerosas leyendas, en donde se sentaba el poeta Gastón F. Designe (1861–1913) a leer y realizar meditación contemplativa, surgiéndole ahí, según afirmaba el historiador-periodista Miguel Alfonzo Mendoza (1933-2000), la idea de escribir su gran poema ’Arriba el Pabellón’ debido a que la fortaleza militar se encontraba al frente, en donde actualmente se halla el club ’Dos de Julio’; árbol aún hermoso, imponente, ’misterioso’ para algunos, amoroso a otros, y que éstos últimos cariñosamente le llaman el “más viejo de los macorisanos”’. Sí, Pedro se dirigió a una compraventa cercana y empeñó su cadena y el guillo de oro, y entonces, con una cantidad de dinero quemándole su bolsillo izquierdo, sonrió al bello firmamento azul, sin nubes, con bellos ’pájaros-tijeretas’ planeando elegantemente, explorando de manera arrogante el medio. "Diantre, el día tá buenazo pa’ una fría si, eh, pa’ una bárbara cervesuana cenisa. Eh, cierto, depué bucaré al macaco pa’ comprá el tambor ese", se dijo, entrando minutos más tarde a un colmado, pidiendo allí la bebida espumosa, ingiriéndola deprisa, percibiendo que el frío de ella le causaba un agradable bienestar, y porque sintió hambre compró pan y sardina, comiendo y bebiendo, pidiendo otra botella ya que su muchacho podía esperar, todavía era temprano... 

     Por otro lado,  Jaimito continuaba en el mismo sitio, disfrutando de los frutos maduros que el viento hacía caer. En ese momento murmuraba: "Sabrosa que tán eta almendra, ya me he comío como sei, si, como sei... Hum, apueto lo que no tengo que papi tá bebiendo. Eh, mami asegura que él no puede tené dinero encima porque pronto lo gata. Parece que le guta tar arrancáo, peláo como bacaláo. ¿Por qué será eso, ah? Mi papá no parece mal tipo no. Entonce, entonce algo tiene en la cabesa que lo pone a tomá mucho si. Hum,  pero ¿qué será, eh, qué será?".

     A consecuencia de que el tiempo había ido pasando sin que su marido apareciera, Manuela se desesperaba, preguntándose el lugar donde aquél se encontraba y la razón por la cual no llegaba. "Caramba, Jaimito pensará que también yo lo engañé. Ya me dijo que  sopechaba  que  ambo lo tábamo engañando con el asunto del tambor. ¡Ay Dió mío, ay Dió mío, la tritesa me ahoga, me ahoga!”   

     En ese mismo instante, Pedro ordenaba: "Hey amigo, déme otra cervesa hí, pero que té bien fría, bien fría", en tanto su vástago reflexionaba de que había escuchado que las personas bebedoras de mucho alcohol es porque tienen problemas íntimos, interrogándose si su progenitor lo poseía y cuál sería. Por eso se afirmó que si lo tenía era a consecuencia tal vez de que había sufrido bastante en su vida, principalmente cuando fue niño. "¡Diantre, entonce tengo rasón, quisá hora mimito tá tomando, gatando dinero! ¡Ja, lo que le dije a mami, no hay tambor ná, to’ fue un cuento pa’ engañarme, salí del paso, el hijo bobo, atontáo, solitario, quien no juega con nadie, dique el mirador del río! Igualmente Manuela, entristecida, se cuestionaba acerca de cuánto le diría a Jaimito para que no se le volviera un amargado semejante a su padre si éste, algo que no dudaba, no le obsequiaba el redoblante como se lo prometió. Por eso le rezó a la Virgen de la Altagracia, pidiéndole por favor que intercediera ante el Santísimo para que el muchacho no se le volviera un frustrado si su papá no le conseguía el tambor, pues muchos son los hombres que se volvieron resentidos sociales debido a que sus padres los engañaron cuando fueron infantes, prometiéndoles cosas que nunca podrían alcanzar por el poder que tiene el dinero en una sociedad inhumana como es la nuestra.  

     Pedro preguntaba al dueño del colmado: "Oiga pulpero, ¿uté nunca ha vito al diablo, eh?", y cuantos se encontraban en el negocio lo miraron con cierto asombro, contestando riendo el comerciante: "Jo jo jo, ¡oye a éte, oye a éte".

     --No se ría, amigo, no se ría. Eh, anoche..., anoche yo lo ví, sí, en el Parquercito de la tré palma lo ví, puedo jurarlo.

     --¿No me diga? --el negociante sonrió ampliamente.

     El zonero  volvió a decir: "Sí, amigo, brillaba como un cocuyo grandaso,   jediondo   a   mangle".   Algunos   clientes   sonrieron. ¿Anjá?",   señaló   el   tendero,   sus manos en la cintura, observándole atentamente como también los presentes. El concubino de Manuela bebió un sorbo de cerveza y de nuevo manifestó: "Así como le dije, amigo, ¿y sabe una vaina, eh?  Mire, me ordenó que..., eh, que le comprara un tambor a un hijo raroso que tengo".

     Una señora salió del colmado persignándose dos veces mientras el comerciante, riendo bajito le preguntó a Pedro: "¿Y se lo comprará, eh?", --esa interrogación trajo risa general en los presentes--. El obrero se puso serio. Los miró. Ingirió de la bebida y contestó: "Hum, quién sabe, amigo, quién sabe", y se quedó con la cabeza inclinada, su mirada perdida, la mente nublándosele, formando aquella figura fosforada que volvíale a señalar “¡llévale el tambor, el tambor, el tambor!"  Y por eso sacudió su testa, como tratando de alejar tan horrible imagen, echando una fuerte maldición, expresión que hizo sonreír a las personas. En ese instante un perro ladraba desde la calle al padre de Jaimito y un jovenzuelo lo espantó dándole un golpe sobre el espinazo con un palo de escoba, yéndose el sato corriendo y chillando. 

     --¡Eso  e’  pa’  que  afinque!  --indicó  Pedro con relación a lo sucedido con el can, y levantó su vaso a manera de felicitación al joven que golpeó al animal, bebiendo toda la cerveza que contenía, y gesticulando pidió más pan y sardina, dando con la botella varios golpes con el casco encima del mostrador.

     El negociante le llevó cuanto exigió, preguntándole si deseaba otra ’cervesuana’, enseñando unos dientazos amarillentos por el cigarrillo. No obstante Pedro le contestó que no, "todavía tiene la botella un poco, mire", dijo, y la levantó. Empero el tendero, sin darle importancia, deseando vender, le expresó que ésa ya estaba caliente y que podría traerle una casi helada, ’ceniza’. "¿Qué le parece, ah?”, logrando que Pedro se admirara, tragara saliva y le expresara: "Tráigamela, tráigamela", quedándose con la vista fija en la botella que rápidamente fue traída por el hombre del colmado, quien se la puso cerquita, destapándola,  saliendo de la misma un humito, sintiendo el zonero  la  frialdad  cuando  la  sujetó  por  su  verdosa etiqueta. Entonces, deseándolo con ansias, bebió un largo sorbo a pico de botella, y mientras lentamente volvía a ponerla sobre el mostrador susurró "ahhhh", manteniendo sus ojos casi cerrados, volando entre una placentera sensación, no escuchando cuanto el negociante le manifestó, mirándolo complacido ("nada como una cervesa bien fría, ¿eh?"), yéndose de inmediato para atender a un pestilente hombre cargado de cachivaches al cual apodaban ’Yancló’, tal vez simulador combatiente en imaginaria guerra, un pobre demente a quien el tendero le extendió un cigarrillo encendido para que se fuera, cosa que hizo enseguida, quedando en el ambiente su desagradable hedor, intolerable olor que con lentitud se fue para tranquilidad de la gente, esencialmente del propietario del colmado, un banilejo del pueblo de Sombrero, quien había sido militar de la Marina de Guerra años atrás, farero por largo tiempo en ’Alto Velo’, aquel islote no lejos de Pedernales y en donde él pudo economizar muchísimos cheques que en la vida civil utilizaría para efectuar su gran sueño infantil: ser un triunfante comerciante.        

 

Le recordamos a los posibles lectores que esta obra se encuentra registrada en la Oficina de Derecho de Autor, ONDA, como manda la Ley 65-00.

 

LA MISION DE JAIMITO (Novela)

 

                               Capítulo No.9

 

Por: Bernot Berry Maretínez  (bloguero)

 

     En la pieza de los vecinos de Manuela y Pedro había retornado la calma. El hombre que salió huyendo hacia el comercio decía delante de unos sonrientes curiosos, bebiendo cerveza a pico de botella, que su mujer se ponía en esa forma, rabiosa, cuando deseaba ansiosamente de su fuerte sexo. Pero que él necesitaba descansar un poco porque había estado con un par de ‘hembrotas’ horas atrás, dejándolas desbaratadas... Entretanto, su concubina recogía cachivaches, hablaba sola y sus infantes retozaban desnudos en el sucio patio.   

     Los progenitores de Jaimito continuaban conversando sin importarles lo acontecido con sus vecinos. Conocían que eso pasaba con cierta frecuencia, volviendo ambos a juntarse como si nada hubiese sucedido. La lavandera manifestaba en ese momento que lo relacionado con el vástago de ambos estaba muy extraño, respondiéndole su marido que efectivamente de esa  manera él también lo veía.

     -Eh, y pasan tanta cosa rara en el mundo, Pedro, que uno ni tiene que pensá mucho en ello porque, caramba, puede perdé la chaveta si, uno puede perderla.

     --Hum, eso mimito creo yo sí, eso mimito, mujer. 

     --Bueno, quisá sea una visión, una visión por algo grande que pasará. Entonce, entonce lo mejor e' cumplí bien si. Eh, uno no sabe lo que puede pasá, uno no sabe -señaló Manuela, y Pedro expresó que le compraría ese tambor al muchacho debido a que no deseaba que nuevamente le saliera "el cocuyo grande jediondo a mangle", indicándole la lavandera que eso era lo mejor para todos.

      --Mira, Manuela, si tú hubiera vito esa vaina brillante y escucháo su rarísima vó diciéndome... -se calló porque su mujer lo interrumpió para decirle-: "Ya deja de hablá d'eso, Pedro,  deja  esa  cosa  pue' se me pone la carne 'e gallina. Ecucha, lo importante e' conseguirle el tambor a Jaimito, eso e' lo importante". 

     --Eh, tú tiene rasón, mujer, tengo que bucá el dinero pa' comprarlo, sin importá que me vea obligáo a empeñá o vendé lo que sea pa' conseguirle el redoblante a Jaimito. Eh, se lo conseguiré, Manuela, ya tú verá, ya tú verá --y se quedó sonriendo pensativo.   

     La fémina se alegró bastante. Por eso lo besó en la frente, en las mejillas, y con cierta pasión en los  labios. "Eh, vamo a... ji ji ji, vamo hacé un chin, un chin", susurró ésta al oído del macho, pero éste, riendo bajito, levantándose de la silla, aquietando a la hembra por los hombros, "shsss, shsss, má tarde, chulita, má tarde", le murmuró, apretándole un seno por lo cual ella lanzó un gritico, riéndose, volviendo a pedirle realizar el sexo, negándose el hombre porque el jovencito podría encontrarlos ya que estaba por levantarse, aprovechando la concubina para cuestionarle ("vaina de Manuela", diríase más luego el marido), si él amaba a su hijo ("¿tú quiere a Jaimito, Pedro?"). Esa interrogación le extrañó, preguntándole sin contestar la razón por  efectuarla, respondiéndole la lavandera que "por ná, sólo deseo saberlo, vaya, cambia esa cara fea, no e' pa' tanto, no e' pa' tanto".   

     -- Hum, mujer, tú siempre sale con cosa... Eh, claro que lo quiero. E' raroso si, pero e' macaco mío, e' macaco mío.  

     --¡Nuetro hijo, Pedro, nuetro hijo! --aclaró la fémina levantando el índice, riendo en voz baja, haciendo sonreír al concubino, quien dijo que sí, que eso era gran verdad, afirmando también--: "Mira, yo he pensáo en cuanto dijite, de que la gente no puede sé igual no. Eh, eso e' cierto si, to' el mundo e' ditinto, no podemo ser iguale, eso e' imposible". La concubina le contestó: "Claro, la gente e' ditinta. Me alegra oírte decirlo, me alegra". Y Pedro: "Sí, yo aprendí que en la vida tienen que habé diferente clase de tipo. E' por eso la esitencia de músico, médico, abogáo, pelotero, guagüero, eh, también obrero como yo, de vividore religioso y serio también, de numeroso pendejo, y de muchísima puta".  

     Mientras  Pedro  hablaba  Manuela  se  maravillaba, por eso se  interrogó  si  cuanto  le había contado no le afectó de modo positivo. Fue en ese instante que Jaimito se apareció por la cocina y: "¡Ción mami, ción papi!", contestando los progenitores, casi al unísono, "Dió te bendiga, hijo, Dió te bendiga", añadiendo la mujer: "¡Felí cumpleaño, Jaimito! Ven, déjame darte un beso", acercándose el adolescente, abrazándolo su madre y besándolo en tanto Pedro, volviéndose a sentar en la sillita, los contempló medio sonreído con el jarrito vacío levantado. "Hijito, tu papá te tiene una sorpresa, una sorpresa". /"¿Anjá, mami? ¿Qué? ¿Me consiguió el tambor, ah?"      

     --Ehh, te lo voy a comprá horita, muchacho. Pero primero déjame llegá a un sitio y luego vendré pa' que vayamo a bucarlo. Eh, ¿tú me comprende, verdá? –le dijo el zonero, volviéndose a poner de pie, dando unos pasos, deteniéndose en el umbral de la puerta que daba al patio para mirarlos porque el mozalbete había dicho ("¿oyó eso, mami, oyó lo que dijo papi?") 

     --Sí, querido, lo'cuché bien. Eh, ve y dále un beso a tu papá ya que él también te quiere mucho, mucho.

     Jaimito besó a su padre. Se abrazaron. Sonrieron. No obstante Pedro tenía que irse, debía de vender o empeñar la cadena y el guillito de oro, lo que fuera para obtener el dinero con el cual comprar el instrumento. Y el hombre se fue. Caminaba apurado. Notábase preocupado. Al pasar por el colmado de la esquina lo llamó su vecino, el del pleito, quien continuaba ingiriendo cerveza. "¡Ven, Pedro, tómate un vaso, tengo que contarte una pendejá!", le voceó, y levantó el recipiente por encima de su cabeza. Sin embargo Pedro apenas le saludó, continuando su camino. El vecino, extrañado, permaneció contemplándolo, siguiéndolo con su vista bajando por la calle Aurora rumbo al centro del pueblo, volviendo él a ingerir de la bebida espumosa, quedándose contemplando a un individuo alto y moreno, con cicatriz en la cara, quien entró en ese momento al negocio y pidió una botella de ron, percibiéndole un olor desagradable. Con disimulo lo miró destapándola ansiosamente para de inmediato verlo beber un larguísimo sorbo, asombrándose al notar que el contenido de alcohol quedó por la mitad. Empero, algo intuía que le conocía. Por eso continuó vigilándole, haciéndolo de reojo, advirtiendo que pagaba con un billete de cincuenta pesos, escuchándolo decir con gravísima voz: "Eh, deme otro pote y el reto de salami", ingiriendo prontamente otro largo trago, vaciando la botella, dejándola sobre el mostrador, guardando la llena entre su cinturón, comiendo  del  embutido  sin  observar  a  nadie, ni siquiera a un perro sarnoso que empezó a ladrarle cuando salió del colmado, así lo vio el vecino de Pedro en tanto recordaba rápidamente que unos meses atrás le pasó algo muy humillante, doloroso, con un tipo semejante a ése, quien podía ser el mismo. Sí, podía serlo, era igualito: alto y de tez oscura, con aquella peculiar señal en la mejilla izquierda, los ojos tirando a rojo, su ronca voz, esas manazas, el hedor que despedía,... Claro, tenía que ser aquel bandido. Podía desquitarse. Caerle a botellazos en la cabeza. La venganza es dulce. Pero no podía hacerlo allí. Ese no era el lugar. Sería visto. Caería preso. Le darían tal vez unos años por un terrible sinvergüenza, un tipejo quien debería estar bien muerto para que no siguiera haciendo daño a la gente que vive tranquilamente, sin meterse con nadie. Cierto, lo seguiría. Tenía ansias grandes por conocer dónde residía. Lo averiguaría. Así sabría el sitio en el cual moraba para poder en cualquier instante cazarlo si las circunstancias se lo permitían. Sí, él lo haría. Sería su revancha. Y el vecino pagó lo consumido, yéndose detrás del hombre, pero entonces se acordó que se hallaba desarmado como cuando le sucedió la deshonra. Y fue rápido a su casa. Fue recibido por su mujer boxeando. Esquivándola, sin contestar sus golpes e insultos, el vecino se cambió de camisa, se puso unos zapatos negros, buscó su navaja de barbero, muy filosa, la cual regularmente llevaba encima desde la noche aquella en que le pasó el asunto vergonzoso por el Hotel  Macorix, entre la maleza, cuando le hacía el amor a una fémina del barrio, concubina de un borrachón albañil quien con los años se ahorcaría en un almendro del Parque Salvador cansado por las tantas burlas de sus amigos de tragos. Cierto, el vecino había salido de su hogar, y aunque su  mujer le pegó un sartenazo en un hombro,  él  no  perdió  tiempo  en  continuar   persiguiendo  al   tipo   por   la  Domínguez  Charro  de manera  sigilosa. En esa forma lo siguió por el Muro de Contención, por el antiguo Parque Mauricio Báez, asimismo próximo al puerto,... Y en tanto lo perseguía con la cautela de un felino, memorizaba aquel triste acontecimiento acaecido con un individuo ("tiene que ser éte, eso lo juro por mi difunta madre", se afirmó). Claro, el vecino se acordaba bien. Con nitidez le llegaban las imágenes de ese pasado: él iba llegando al orgasmo, la concubina del albañil gozando bárbaramente, cuando repentinamente un hombre hediondo, con terrible tufo a ron y muy grave voz le murmuró que si se movía se lo enterraría, sintiendo en su cuello la fría punta de un largo cuchillo, ocasionando que se le helara el alma, atisbando de soslayo los ojos rojizos del tipo, hombre que con prontitud lo amarró bocabajo con una soguita, pegado al suelo, desde donde pudo notar que se abalanzaba sobre la hembra, violándola de manera atropellada, salvaje, el brillante cuchillo pegado a la garganta de la mujer, riéndose, escuchándolo gemir gozoso, viéndole descansar un ratico con el arma blanca cortando el aire, bebiendo un largo trago de ron, riendo, encaramándose de nuevo sobre la llorosa fémina, el vecino impotente, asustado, cerrados sus ojos con rabia, oliendo el olor de la tierra mezclado con el de la hierba. Entonces lo sintió llegar a su lado, y cuando abría sus órganos visuales percibió con sumo asco que el individuo comenzó a estrujarle su enorme pene contra el rostro suyo, y quiso violarlo también a él, no obstante no logró efectuarlo porque sorpresivamente un vehículo de la Policía llegó por el lugar alumbrando el matorral y los vio, escapando a todo correr el peligroso violador, siendo los amantes atrapados por los uniformados, quienes riendo se los llevaron detenidos, pero él les dio unos pesos para que no los condujeran al Cuartel Policial, quedando ambos libres con la condición de que no volvieran a tener sexo entre el montecito ya que para eso hay hotelitos diseminados por todo Macorís... Cierto, el vecino se mordió los labios por tan frustrante recuerdo. Prosiguió siguiéndolo. Esta vez lo realizaba  con  más enojo, mucho odio, sin perderlo, no lejos de él, ya casi sin disimulo. Y le contempló llegar al Malecón, saltando  el  murito  gris, dirigirse  hacia  unos uveros, penetrando allí, quedándose el de La Aurora junto a la murallita con sus manos encima de la suave superficie, su mirada fija en dicho sitio, escuchando el trinar de una gaviota, observándola explorando el calmado mar antillano, cerca de la costa, en vuelo estático, tal vez buscando lanzarse en picada hacia algún objetivo en la superficie. Y se quedó ahí, tranquilo. Debía de esperar. Y se sentó. Podría llegarle la oportunidad de ejecutar su venganza. Claro, ¿por qué no? El paraje se encontraba con poca gente. El tránsito era escaso. Todo hallábase a su favor, con la excepción de dos infantes semidesnudos que estaban frente al Hotel Macorix. Y anheló un poco de alcohol, lamentándose no haber traído una botella de ron. Los minutos fueron pasando. El vecino advertía que el hombre no salía de las matas de uvas playeras. Se dijo que con seguridad el tipo se encontraba durmiendo bajo la sombra de los uveros. Y sonrió al cielo azul, como dando las gracias a lo que quizás allá en lo alto maneja lo de aquí abajo. Y se dispuso aproximarse al sitio para echar una ojeada. Y efectivamente, el apestoso se hallaba acostado bocarriba, roncando fuertemente, el  recipiente de ron vacío a su vera. Y por eso él, apretando los dientes, tranquilamente se le acercó y le propinó un tremendo tajo en la garganta con su filosa navaja que un chorro de sangre saltó alto, casi a un metro, quedándose el vecino mirando cómo la vida se le iba al individuo, quien despertándose súbitamente se encontró lleno de sangre, saliéndole a borbotones por su gaznate. El hombre se quiso tapar la herida con los dedos. Sus ojos los tenía muy abiertos. Trató de incorporarse, pero cayó al suelo de costado, viendo desde ahí una visión borrosa de un hombrecito desconocido que le contemplaba sonreído. Y el vecino, muy contento, tarareando una bachata, sintiendo que un gigante peso alojado en sus entrañas salía de su interior, se fue andando por la costa. Entre el mar lavó su navaja, guardándola en el bolsillo derecho del pantalón. Cruzó por la playita y el rompeolas, saliendo por donde antes, años atrás, se hallaba el Casino Miramar (Los Coquitos), no lejos del pequeño Monumento a los ahogados (unos años después pondrían por ahí una estatua en honor al poeta Gastón F. Deligne), yéndose caminando hasta llegar por los tanques de Melazas, cogiendo por ahí un motoconcho que lo condujo a un barcito por el Puente Higuamo, realizando en  ese  lumpanal una parranda hasta el amanecer, sin conversar con nadie del asesinato, crimen este que quedaría como un suicidio a consecuencia de que la Policía pudo averiguar que el hombre aparecido muerto entre los uveros se encontraba afectado del SIDA, así contaba en un informe de Salud Pública, asegurando sus familiares de que por eso estaba muy deprimido, bebiendo constantemente. Unos meses después, el vecino, tal vez arrepentido por cuanto había hecho, se hizo miembro de una iglesia protestante, 'Pentecostal', y con el paso de las semanas se fue poniendo delgadísimo, hasta que no pudo volver a salir de su casa, acostado siempre en su lecho, muriendo una tarde calurosa gritando perdón por sus grandes pecados, corriendo el rumor de que su mujer lo había ido lentamente envenenando para quedarse a vivir con un joven miramareño, algo que nunca pudo comprobarse.  

     Entretanto, Manuela decíale a Jaimito: "Bueno, hijo, pronto tendrá tu redoblante, así que lávate la cara y la boca y ven pronto a desayuná que te tengo uno yaniqueque pa' que lo coma con chocolate". El jovencito dijo que sí, tenía hambre, y rápidamente hizo cuanto su madre le pidió, sentándose pronto en la sillita de hierro. Mientras arrimaba el asiento a la mesa para comenzar a ingerir el desayuno servido, manifestó: "Ojalá papi venga pronto, pue' ya quisiera tené mi tambor pa' ensayá un poco ante de que"... (Jaimito dejó de hablar) Su mamá le preguntó: "¿Ante de qué, hijito?". El adolescente comenzó a comer. Con la boca llena respondió: "Eh, bueno, uno tiene que ensayá, mami, uno tiene que ensayá".

     La madre, sonriendo, lo contemplaba con dulzura. Entonces le expresó que le tuviera confianza, que debería de contarle cualquier cosa pues era su mamá. Y Jaimito dejó de masticar para mirarla. Notábase confuso. Fue en eso que sus ojos parpadearon varias veces, interrogando de inmediato: "Mami, ¿le dijo algo de mí abuelita?" Y la madre: "Hum, ella me contó dique tú tiene una cosa que hacé, algo así como una misión".Y él: "Le dije a  ella que no se lo dijera, pero m'engañó,  m'engañó". Y la madre: "¡Ay hijo, no hable así, no hable así!". Y Jaimito: "Eh, eh, m'engañó, mami, m'engañó  como a un bobón". 

     --Vamo, hijo, ya no me hable del asunto ese, dique de la misión, pero sigue comiendo, sigue comiendo.

     --Ya no tengo hambre, mami, no tengo hambre --el jovencito se dispuso a levantarse de la mesita, empero la progenitora lo detuvo por los hombros, pidiéndole que continuara ingiriendo el alimento pues lo notaba flaquito --E' que no tengo hambre, mami, ya se me quitó --volvió a manifestar, agachándose para irse por debajo de la mesa.

     La lavandera volvió a detenerlo, expresándole: "Vamo, cariño, cambia esa carita, cámbiala por favor. Recuerda que soy tu mamá. Vamo, ponla bonita, ponla bonita" --le pasaba su mano por la frente y los cabellos. 

     --La gente grande engaña a uno, engaña a lo muchacho como yo, y eso e' muy malo, muy malo --dijo con lastimera voz. 

     Manuela se estremeció con esas palabras. Apenas pudo murmurar: "Perdóname, hijo, no quise ofenderte, no quise, e' la verdá". Mas Jaimito le afirmó que no estaba enojado con ella, sino con su abuela, porque no le gustaba que lo engañaran ("no me guta ni un chinchín eso no")  

     --E' que tu abuela pensó que podría ayudarte al contármelo, Jaimito. Ella piensa que tú debe comé mejor. Te traerá miel, miel de abeja pa' que la coma con pan y leche --volvió a pasarle su diestra por el pelo-       

     --Claro, mucho cren que voy pa' loco. Eso e' lo que pasa. ¿Y sabe una cosa, eh? --la señaló--. Mire, yo pienso que papi no me comprará ningún tambor. Eso e' un truco de utede, un truco de gente grande pa' engañá a un muchacho bobalicón como yo, claro, pa' enganá a un bobalicón como yo.  

     --¡Jaimito, Jaimito, no hable así, no hable así que tal cosa no e' verdá, no e' verdá!                                                                                     

     El mozalbete empezó a lloriquear. Se le zafó a su madre. Alejándose iba diciendo: "Me voy..., voy a dá..., voy a dá una vuelta ... por ahí".  Manuela le voceó angustiada: "¡Epera a tu pai, Jaimito, epera a tu pai, epéralo!”. Sin  embargo, el jovencito no le hizo caso, ya que trotando se fue hacia la calle mientras su madre se quedaba boquiabierta, asombrada, apenada, los ojos fueron poniéndosele llorosos, y meneando su cabeza, con gran angustia fue sentándose lentamente en la sillita. 

 

'A TRES MESES DE SU ASESINATO'

’A TRES MESES DE SU ASESINATO’

 

20120105004844-arbol-1-.jpg

       El Guaraguao en el 2008

 

Por: Bernot Berry Martínez (bloguero)

   

    Este 5 de marzo del 2012 se cumplió el tercer mes del crimen del Guaraguao del parque Duarte, el cual conmovió al pueblo macorisano, esencialmente a los artistas en general, personas de la cultura, amantes del ecosistema, de la Naturaleza, de la fauna y flora de nuestra sufrida Madre Tierra.

    Su asesinato fue ordenado por el alcalde del Ayuntamiento, Sr. Antonio (’Tony’) Echavarría, porque posiblemente sus asesores nunca le habrían dicho que se podría curar la horrenda herida que le ocasionaron los orines que los jóvenes parqueros echaron sobre su tronco durante años. El Guaraguao, un árbol bicentenario, ícono de macorís, su símbolo, en donde bajo su sombra el poeta Gastón F. Deligne escribió su inmortar poema "Arriba el Pabellón" o "Canto a la Bandera", nunca fue cuidado, ni quitado los muchos comejenes que poseía, como igualmente la mayoría de los variados árboles que allí existen, higienizarlos, constituyendo uno de los pocos pulmones que posee nuestra contaminada ciudad. 

    Al Guaraguao, que vio crecer al pueblo hacia todas direcciones, sólo se limpiaba un poco cuando una copiosa lluvia caía sobre la ciudad. Entonces se le iban los malos olores que le salían a consecuencia de los hediondos y contaminados orines que lentamente fue aumentando la herida que acabó con su vida. Empero, ¿pudo evitarse que esto aconteciera, llenando a los verdaderos macorisanos de un horrible dolor que tal vez jamás nos abandonará? Claro que pudo hacerse. Lo que sucedió es que a ninguno de los asesores del alcalde -gente dizque religiosa, hipócritas, de ’Cristo viene’-se preocupaban del mismo, de nuestra historia que celosamente guardaba entre sus entrañas, mientras la herida seguía lentamente creciendo. Jamás lo protegieron haciendole una barrera, curándole la herida con aserrín pegajoso, envolviendo esa parte en fuerte muralla de cinc para que los orines no lo alcanzaran. Incluso metiendo preso a quien se orinara en su cercanía, ya que en ese parque no hay un sanitario para la comunidad. Es el colmo de la incapacidad que poseen todos esos funcionarios cobra cheques, menos que mediocres.  

    El pueblo macorisano no debe olvidar nunca al hermoso Guaraguao del parque Duarte, aunque los dominicanos nos caraterizamos por olvidar pronto los horrores del ayer.