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Bernot Berry Martinez (Turenne)

CAP.XI DE UNA FLOR PARA EVANGELINA RODRIGUEZ

           

                        Novela-Histórica

 

 

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                  CAP. XI

 

 

Por Bernot Berry Martínez  (bloguero)

 

   Los místicos aseguran que la vida es una complicada ecuación, incomprensible para la mayoría de los humanos. Aseveran que cuanto existe se halla regido por una Ley llamada ‘Causas y Efectos’, y que nada sucede sin un propósito. Y aunque eso es algo difícil de entender, unos profanos en esos asuntos, la realidad fue que en aquel instante se oscureció todo el contorno, y sin estar lloviendo, cayeron sobre la colina del extraño plantío varios potentes chispazos, originando un intenso incendio que desde lejos lo vieron moradores del valle, quienes se persignaron tres veces, observando cuanto acontecía sobre esa cumbre, considerándolo realmente espantoso. Es que fueron testigos de algo muy impetuoso, especialmente las cruces ardiendo en la oscuridad durante un buen rato. 

Cuanto allí había, como el almendro rojizo, la vivienda, el conuco con su inagotable cosecha, las blancas cruces, totalmente se quemó. En ese cerro nada utilizable quedó. Sobre el mismo, quizá como un recuerdo a la intimidad, solamente un gran pedazo negruzco permaneció por un tiempo, diluyéndose lentamente con su transcurrir. Ese sitio, durante años, afirmado por viejos lugareños de esa zona, más nunca nada volvió a crecer, ni siquiera la hierba conocida  por ‘coquillo’.                                   

Entretanto, más allá de la colina, próximo a unos 700 metros, mientras el insaciable latifundista trataba con otros jornaleros de arrear hacia el enorme corral a varias asustadas reses por las fuertes tronadas, una fortísima y relampagueante chispa le cayó encima, carbonizándolo completamente. El cuerpo quedó humeando. Los peones, presenciando a tan macabra imagen, se horrorizaron, asustándose muchísimo, y casi histéricos se dispersaron a todo correr por distintas direcciones, no retornando jamás al latifundio. Algunos se fueron lejos, a Macorís y El Soco. El ganado quedó a su antojo, pateando el negruzco cadáver, destrozándolo. Bastantes de esos excelentes animales se perdieron, no volviendo jamás a ser hallados, ya que varios hambrientos campesinos los devoraron, salaron con prontitud una buena cantidad de la carne, escondiéndola, dándoles las entrañas a  perros y cerdos. Los huesos los sepultaron hondamente, sembrando encima plantas de verdolaga y menta.  

Determinadas partes del cuerpo del hacendado fueron devoradas por aves carroñeras. Entre lo poco que encontraron los familiares y amistades, armados de escopetas, lejos del incidente, fue su cráneo. Estaba irreconocible. Hasta los ojos les faltaban. Algunos de sus huesos, despedazados, se notaban ennegrecidos. Cuanto lograron conseguir del cadáver los echaron entre un saco de cabuya, partiendo hacia el pobladito más cercano. Esos restos fueron puestos entre el mejor féretro que lograron obtener, traído deprisa sobre una carreta desde otro pueblo más grande. Un médico amigo de la familia los fue colocando lo mejor que pudo, poniendo en el lugar correspondiente a la horripilante cabeza. Y cerraron el ataúd con la estricta orden de que no se lo abrieran a nadie. Ni siquiera se lo permitieron a los barbudos curas con hábitos marrones, quienes muy presurosos llegaron desde variados lugares, deseando cada cual echar entre el sarcófago, ‘para que su alma descansara en paz’, su respectiva ‘agua bendita’ que trajeron entre una botellita exótica de diversos colores. Tales sacerdotes vinieron deprisa porque los parientes del extinto deseaban un culto religioso muy superior, más que de  primera, sin importar el costo.                

Casi toda la noche dobló muy lúgubre la solitaria y antigua campana de la parroquia pueblerina. A la mañana siguiente le hicieron una ceremonia religiosa por horas. Hablando en latín, los curas se turnaron para expresar nebulosas palabras a sudorosos presentes que con seguridad no entendían absolutamente nada. Un gentío apretujaba la diminuta vieja capilla. Varios jóvenes que acompañaban a otros que eran amigos de la familia enlutada, tuvieron la impresión de que el diminuto templo podía romperse por los cuatro costados, y con disimulo salieron a conocer el pobladito, bebiendo ron de un recipiente metálico, saludando a muchachas que tenían flores en sus cabellos. Empero, los sacerdotes se vieron en la obligación de limitar el rito, restringirlo, porque la esposa del Gobernador Provincial se desmayó a causa del intenso calor. Y cargada por unos hombres como añeja muñeca, la sacaron del recinto, colocándola debajo de un frondoso naranjo. Algunas de sus íntimas, aprovechando tan buena oportunidad, se quedaron a su lado, echándole fresco con grandes sombreros.  

Durante el despacioso recorrido de aquel entierro, desde la parroquia al pequeño cementerio, la campana tocó lentamente, oyéndose claramente por el inmenso silencio que envolvía el contorno. El pesado sarcófago llevaba encima excesivas coronas de flores, cayendo algunas sobre los escuálidos bomberos que lo cargaban en sus hombros. Delante marchaba un cúmulo de monaguillos, portando plateadas crucecitas. Detrás iban los curas lanzando hacia los lados abundante humo de un óptimo incienso, llenando las viviendas con su peculiar aroma. Una grandiosa multitud, con edades disímiles, bastante apretujada, anhelando la mayoría ser observados por autoridades y familiares del difunto, iba acompañándolo hasta donde sería sepultado. Y cuando llegaron allí, otra vez los religiosos se alternaron para despedirlo. Esos clérigos pronunciaron expresiones que tal vez ni ellos mismos entendieron, echando por diferentes partes su ‘agua bendita’, efectuando de manera constante la señal de la cruz. Todos esos curas ojeaban de reojo al Gobernador Provincial, un apreciado hombre de Trujillo, asimismo a los parientes del extinto.

Los concurrentes se hallaban empapados de sudor, ya que el entierro se perpetró bajo un ardiente sol, sin brisa, con un firmamento de azul profundo. Cuando el ataúd estuvo bien sepultado, sin que se viera ninguna flor y todos comenzaban a partir, fue que extrañamente un pájaro de tonalidad oscura, parecido a un “chinchilín”, grazneando con firmeza, volando encima de esa sepultura, soltó un bultico de color pardo que casualmente cayó en la reciente cubierta tumba. Varios jóvenes corrieron a examinarlo, el médico entre éstos. Y ese galeno, contemplándolo con interés en sus manos, reparó sorprendido que cuanto el ave había dejado caer era nada menos el revestimiento que cubre el corazón humano. Y así lo informó, alarmando a quienes oyeron. De inmediato se rumoró que esa ‘cosa’ pertenecía al terrateniente, y de que el pájaro había devorado lo que guardaba. Discutieron los familiares y cercanas amistades si pertenecía o no al exhumado. Y como no llegaron a ninguna conclusión, un hijo del extinto lo guardó entre una botellita llena de alcohol. Pero, apoyado con inmensa complacencia por las autoridades, los parientes del muerto dispusieron eliminar a escopetazos a esas aves que les agradaba devorar corazones humanos.   

 En la venidera mañana y porque el día estaba precioso, con el sol afuera, los primos salieron temprano a continuar llevándose las viandas del extraño huerto. Se encontraban algo resacados, especialmente el chofer, por las bebidas del lluvioso día anterior, pero deseaban aprovechar el tiempo, partiendo temprano hacia allá. Mientras el camioncito fue acercándose a la colina, ellos se iban sorprendiendo por cuanto advirtieron alejados, en esencial ese delgado humo que zigzagueante se elevaba hacia la atmósfera. Por eso, al aproximarse lo suficiente para subirla en reversa igual que en ocasiones anteriores, pararon el vehículo y desmontándose deprisa trotaron hacia arriba. La  fueron subiendo con prontitud, ansiando verificar lo que había pasado. Ambos exclamaban frases incoherentes.

 El hombre de la loma llegó mucho más rápido que su primo, conmoviéndose de manera exagerada por cuanto encontró. Un horrible grito de dolor pronunció, sus manos alzadas, advirtiéndose que sus ojos estaban llenos de lágrimas, notando que ni las tumbas las pudo advertir. Entonces llegó su pariente, entristeciéndose bastante por cuanto vio, aproximándose donde su adolorido familiar, confundiéndose en un gran abrazo de dolor. Más luego se pusieron a contemplar conmovidos que todo allí se hallaba destruido, con olor a quemado. La cumbre se encontraba vacía, no tenía nada. Todo se había esfumado. No pudieron imaginarse ni dónde podían estar las sepulturas Era como si una fuerza enérgica revolvió la cima entera, haciéndola irreconocible. Los allegados estaban muy sobrecogidos, esencialmente el sujeto que vivió allí. 

Unos conocidos moradores se acercaron y les contaron cuanto habían presenciado. Esos labradores pudieron apreciar que el hombre de la loma estaba cambiado, no era el de antes, lo percibieron vigoroso y con carácter imperioso. Le vieron buscando los sepulcros con cierta desesperación. Todos le ayudaron en esa búsqueda, pero no pudieron encontrarlos. Y decidieron fabricar una cruz grande, con dos pedazos del chamuscado almendro. Y sin ponerle ningún nombre, la colocaron firme encima de la cumbre. Ese símbolo le daba a esa colina una lúgubre impresión. Con cierta pena el de la loma se despidió de esos aldeanos, pidiéndoles que se la cuidaran pues la misma representaba cuanto había amado grandemente en ese hermoso vallecito. Y esos lugareños, complacientes, se lo prometieron, haciéndolo así durante unos meses, hasta que el viento de una tormenta se la llevó lejos, por los aires, no atreviéndose a poner otra substituta a consecuencia de que los hijos del fallecido hacendado, tan perversos como su padre, les dijeron que por respeto a la religión, esa negra y fea cruz la dejaban ahí, pero que cuando se derrumbara por cualquier motivo, ya no les permitirían colocar otra en su lugar, tampoco por su cercanía. Y de esta forma esa colina fue vista por los pobladores del valle con respeto y superstición, quedando sin la señal de que entre la misma había diversas tumbas. Es por eso que comenzaron a llamarla “la loma de los muertos”. Y aunque lo sucedido al latifundista no se hallaba lejos, varias personas de por ahí lo desconocían, sucediendo que cuando los primos se iban despidiendo de los aldeanos, alguien llegó a caballo con esa noticia, diciéndoles que “un rayo lo achicharró como a un puerco”, y que ya estaba sepultado en el pueblito tal. Y los parientes, escuchando tan agradable suceso, se contenplaron sonrientes, abrazándose con gran alegría. Los demás pobladores efectuaron algo similar, celebrando la trágica muerte de ese individuo, sumamente aborrecido por los habitantes de aquella zona. 

Seguidamente, como por inexplicable encantamiento, ese ambiente se volvió en algo fabuloso, envolviendo a  los presentes en una coloración rosada. Numerosas aves, entre los que se hallaban los prestigiosos ruiseñores entonando su victorioso epinicio, volaban por diversas partes. Y esas personas, cohibidas, testigos de cuanto presenciaban sin comprenderlo, disfrutaron de un formidable instante de complacencia. Se maravillaron del inmenso cambio experimentado por la Naturaleza, algo que jamás habían observado. Momentos después fue retornando con lentitud el estado natural, al cual se encontraban acostumbrados. Poseían los rostros excesivamente alborozados. Nadie dijo una palabra de cuanto contemplaron. Realmente no lo entendieron. Y jamás lo harían en tanto existiesen. 

Dicen que un hechicero que vivía solo en una casucha entre un montecito, un real misántropo, les explicó a varios moradores que le rogaron salir para que les revelara cuanto contemplaron. A dura pena salió. Les escuchó con atención, sin perder ningún detalle. Y en un minuto les dijo que estuvieron un instante de fascinación ambiental, que lo sucedido era un regalo del medio-ambiente a sus emotividades, logrando estar un ratico en otra preciosa dimensión. De inmediato entró a su casucha, cerrando la puerta, dejándolos boquiabiertos, alejándose de la presencia humana. Y los labriegos, sin entender lo escuchado, se marcharon muy preocupados. De veras temían que algo lamentable les aconteciera. Por eso se encerraron en sus respectivas viviendas, durando días dentro de ellas, temerosos, antes de atreverse a salir. 

Con anterioridad los parientes se alejaron de aquellos aldeanos con apretones de manos y emotivos abrazos, marchándose con lentitud en el vacío camioncito. Iban silenciosos, aún conmovidos por cuanto presenciaron sin comentar su posible causa. Los dos se encontraban entre la felicidad y la congoja. Por una parte se hallaban contentos por la trágica muerte del hacendado, pero también tristes por lo acontecido en la colina. Cierto, por varios kilómetros ambos no dialogaron. En ese lapso se lo pasaron ensimismados en hondas cavilaciones sinuosas. Entonces fue cuando el hombre de la loma, a lo lejos, advirtió a una persona que le pareció conocida. Y se puso a contemplarla con atención, deseando verificar si se trataba de quien pensaba. Y en tanto la máquina se le iba aproximando, él pudo divisarla mejor. En eso sintió una fuerte impresión porque en efecto era la parienta lejana de su mujer, la bondadosa doctora que de cuando en vez les visitaba en el bohío, examinándoles a todos, incluso a él, dejándoles diferentes remedios para que los usaran, esencialmente los ‘mata parásitos’. Sí, de modo perfecto distinguió a la Dra. Evangelina Rodríguez. La notó desolada, delgada. Estaba sentada tranquilamente encima de una enorme piedra. Claro que era ella, la salvajemente violada por aquellos cobardes guardias que asesinaron a sus muchachitos porque los vieron, recordando que jugaba con ellos por las noches bajando y subiendo la colina, sembrando juntos algo en el conuquito bajo la bella luz de una Luna llena, y por cuyos crímenes también  se enfermó y pereció su amada e inolvidable mujer.   

--¡Diantre, cuánta falta me hacen!  --murmuró, y el camionero le interrogó acerca de lo que había susurrado, pero rápidamente le habló sobre otro asunto, volviendo de nuevo a contemplar a Evangelina. 

En ese instante la lenta marcha del vehículo cruzaba por donde se encontraba sentada. El hombre le observó en sus cabellos unas cuantas flores silvestres de variados tonos, asimismo que estaba vestida con telas de sacos de pita o henequén, un tejido que pica una barbaridad. Apenado, meneó su cabeza. Memorizó que los católicos empleaban ese tipo de lienzo para cumplir alguna grave penitencia. Pensó que talvez ella lo usaba debido a que no poseía otro, vistiéndose con ese atuendo para mirar a la poca gente que por allí cruzaba en variados transportes: máquinas, carretones, caballos, etc. Claro, él ansió tener algo para obsequiarle, ropa y comida, pero nada llevaba, igualmente su pariente. Entonces se prometió que las compraría y volvería para dárselas. Sí, era lo poco que podía hacer. Y tendría que efectuarlo sin que nadie le viera pues era peligroso, ella estaba bien ‘navajeada’ con el gobierno. Algunas personas le tenían un miedo tremendo, semejante al demonio. Es que de inmediato se lo informaban a los calieses si notaban que alguien la socorría, incluso  hasta con un pan viejo. Era un bárbaro castigo del régimen trujillista, algo completamente inhumano, el cual no lo entendía. Empero, consideró que debía ayudarla, era un deber suyo, su mujer y sus hijitos se lo agradecerían del más allá. Y se dijo que le compraría ropa decente para que se la pusiera. Recordó que ella era una fémina excelente, una buenísima médica que a tantas gentes de su región había atendido, curado, parteando a numerosas embarazadas, incluso a esos malditos que quebrantaron su integridad. Sí, no debería olvidar ni un momentito sus buenas atenciones con todos, incluyendo igualmente que era parienta de su imborrable concubina. Mas, eso sí, esa posible ayuda él no la comentaría con nadie, ni siquiera con su primo, era problemático. Y no tanto por éste, era un infeliz con excelentes sentimientos. Era por su mujer, vaya, con seguridad podría averiguarlo. Siempre está vigilando igual a un hurón. ¡Caramba, cuánto ron traga! Y  grita como una diabla cuando lo hace con el  primo. Hum, ¿sabrá lo del dinero que tenemos guardado en la casa, eh? No, creo que todavía no lo sabe. Mi pariente no es tan estúpido no. Si fuera un chisme o algo así, seguramente se lo podría contar para que riera la gordita esa, pero era cosa de cuarto, dinero, eh, con eso él no es tan pendejo no...         

El hombre de la loma se hallaba viendo para atrás, hacia donde seguía la Dra. Rodríguez, sorprendiéndose cuando vio salir a un joven militar de entre los matorrales. Observó que aquél se quedó contemplando al camión alejándose. Seguidamente le pareció que ese sujeto se ocultó hasta que ellos cruzaran. Intuyó conocerlo. Y mirándole con más atención, hombre de perfecta visión, se afirmó que ese guardia se parecía a uno de su región. Entonces su corazón le dio un brinco. Sí, podía ser uno de los violadores de Evangelina y de los asesinos de sus hijitos, también culpables del fallecimiento de su concubina. De inmediato se llenó de ira. Y con rabia le exigió a su pariente detener la máquina. Éste, sin sorprenderse, creyendo que iría a orinar, fue parando el vehículo. Pero sin darle explicación, el camión aún en marcha, el hombre se lanzó a tierra, dando unas volteretas por el suelo, levantándose de un brinco. Corriendo se introdujo en el monte. De este modo, quizá pensó que así oculto y haciendo un rodeo, el soldado no le percataría como con certeza lo haría por el camino real.    

El conductor, detenida ya la máquina, salió a la vía, quedándose contemplando a su allegado. Apenas pudo ojear su rápida silueta perdiéndose entre las matas de la floresta. Realmente no comprendía lo que su primo estaba efectuando. En eso reparó en un guardia uniformado de caqui, tirando del brazo de la anciana que había visto de reojo sentada sobre esa gran piedra a  la  vera  del camino, una pobre loca de la cual se afirmaba que era enemiga del ‘Jefe’, encontrándose bien ‘fichada’. Empero, él ignoraba de quién se trataba. El conductor notó que la vieja trataba de zafarse de la mano del militar, pues tal vez no deseaba acompañarle, deseando permanecer en su asiento. El camionero caviló que con certeza aquel soldado trataba de llevársela hacia las altas hierbas con fines de hacerle allí el amor. Y el chofer rió por eso, ejecutándolo con mayor ímpetu cuando lo distinguió ponerse desesperado, ya que la cargó y trató de conducirla hacia los matorrales, mientras reparaba que ella pataleaba, dándole con sus manos golpecitos en la cabeza del ardoroso joven, tumbándole el gorrito. Lo anterior lo pudo ver bien, sin mucha dificultad.  

Fue  en ese momento, delante del militar, con la anciana en  sus  brazos, que se  apareció el  hombre de la  loma. Tenía  en su diestra un  férreo  callao  alargado, negruzco. Amenazante desafió al guardia, expresándole: “¡Oye, oye,  maldito criminal, suelta la doctora, suéltala ya!”

Por breves segundos el soldado quedó sorprendido. La anciana contemplaba al recién aparecido con muchísima atención. El guardia le atisbó de pies a cabeza, echando un vistazo al durísimo guijarro que poseía en la diestra en tanto mantenía cargada, suspendida en el aire, a la pobre e indefensa Dra. Rodríguez.

--¡Coño, que la suelte ya, carajo! --le volvió a manifestar con mayor violencia, la pardusca piedra levantada, dispuesto a pegársela en pleno rostro. Los separaban  unos metros. 

El soldado sonrió. Conocía al sujeto desde su infancia, aunque lo percibió más vigoroso y con mayor disposición. Recordó que siempre se había comentado que era un enorme cobarde. Por eso, igual que un fardo sin valor, lanzó a un lado a la anciana, cayendo ésta encima de un matojo, partiendo ella deprisa de ahí. El guardia le dijo al hombre: “Ah, tú ere el jipato ese, el pai de lo carajito chimosito que se ahogaron, ¿verdá, eh?”. Y el hombre, enojado, le respondió: “No, que se ahogaron no, utede lo asesinaron, maldito”. Enseguida, ocultando el militar su irónica sonrisa, extrajo de su camisa un estuche o ‘baqueta’ con una larga bayoneta, sacándola, brillando el durísimo acero hasta los ojos del asombrado camionero. 

En ese instante el chofer se encontraba poseído por la firme decisión de marcharse pronto del sitio, evitando un formidable lío con un soldado del trujillato. No obstante, pensó que si lo hacía estaría abandonando a su primo, lo cual sería una terrible irresponsabilidad de su parte, algo que nunca podría olvidar, mucho menos perdonarse. Además, quedándose y ayudándole, conocería  la razón de haberse lanzado presuroso del vehículo para enfrentar a ese militar, un joven ansioso por tener sexo con la vieja demente. Entonces se fue aproximando lentamente hacia donde se hallaban, ya casi enfrentados, insultándose, moviendo ambos los brazos, sosteniendo con firmeza sus respectivas armas: el guardia con su poderosa bayoneta en su mano derecha y el estuche o ‘baqueta’ en la izquierda, el hombre de la loma, agachado, el férreo callao en su diestra.  

El conductor, a varios metros de ambos, sintiendo que una fuerza extraña lo detenía, les miró combatir. Los dos eran rápidos. El soldado era mucho más joven y poseía su temible bayoneta. Empero, su pariente se movía como un felino, haciéndole fallar cada vez que intentaba clavársela, echándose ágilmente hacia un lado, toreándolo, cayendo el guardia  sobre el terreno. Advertía al militar levantarse indignado, arremetiendo con furia contra ese entrometido, enojado quizá porque vino a espantarle a la maniática con quien de vez en cuando sostenía obligadas relaciones sexuales entre el monte.

    Cierto, el inmóvil camionero escuchaba al soldado gritar: “¡Guárdame eto ahí, maldito jipato!” Y otra vez  notaba que le sucedía lo anterior, desplomándose encima de hierbas o de matitas espinosas, enojándose más. Observó que su primo iba penetrando en el paraje, alejándose del camino real. Entonces descubrió que ya él no estaba raramente detenido, que poseía movimientos. Y por eso los fue siguiendo, intentando sostenerlo por detrás para que su primo le propinara un durísimo golpe en la cabeza, en la misma sien. Admiró la enorme destreza demostrada por su familiar. Contempló al soldado que se iba fatigando, muy sudoroso, eminentemente enfurecido. Le escuchó exclamar expresiones bestiales contra su contrincante, asimismo términos muy vulgares contra la señora, a la que no veía por parte. Empero, la Dra. Rodríguez no estaba lejos, proseguía el pleito con satisfacción, ojeando desde unos pequeños arbustos, sonriendo mucho cuando el soldado se desplomaba.         

El guardia estaba sumamente encolerizado. De igual modo el cansancio lo iba poniendo lento, notándose jadeante. Eso era en extremo peligroso. Y aconteció que al desmoronarse encima de unas matitas, tratando con cierta dificultad de levantarse, el hombre de la loma aprovechó para propinarle un fortísimo golpe por encima de la oreja. El soldado gritó“¡Ay mai, ay mai!” Sin embargo, su contrincante continuó golpeándolo sucesivamente. Rabioso le voceaba: “Ete por mi pai, maldito; ete por María; ete por Robertico; ete por Manuelito”... El cráneo se lo destrozó. La sangre salpicaba el rostro del vencedor, también las hojas y tallos cercanos. En eso llegó el camionero junto a su pariente, sujetándole con bríos la mano con la cual magullaba la cabeza del guardia con el duro guijarro ensangrentado, no tolerando que continuara haciéndolo. Desde su escondite “Lilina” se encontraba contentísima, disfrutando grandemente de cuanto presenció, partiendo de inmediato carcajeando.                                    

--¡Ya tá muerto, tá frito, muertecito tá, tranquilízate, tranquilízate! --le susurró el chofer varias veces casi al oído, calmándolo con golpecitos en los hombros, logrando que su primo dejara caer el guijarro tinto en sangre.          

El hombre de la loma se hallaba un poquito sofocado. Sus ojos se notaban bastante rojizos. El conductor le cogió una inmensa admiración, esto a consecuencia de cuanto había visto. No comprendía de dónde su pariente, siempre tranquilo y evitando problemas, poseía esa intuición guerrera. Porque eso de batirse a muerte con un soldado joven, con larga bayoneta, entrenado, solamente con un callao, ridiculizándolo, matándolo, era algo grandioso de verdad. Y lo admirable era que lo hizo solo, sin su ayuda. Por tanto, volvió a interrogarse de dónde había obtenido esa preparación para enfrentarlo y eliminarlo. Era algo raro que no podía entender, sucediendo lo  mismo cuando trabajaban: su pariente no se cansaba, y él, algo más joven, debía detenerse a recuperar aliento. Cuando el hombre se aquietó, de forma profunda se contemplaron, como interrogándose: Bueno, ¿y ahora qué hacemos, eh?  


X CAP. DE UNA "FLOR PARA EVANGELINA ROFDRIGUEZ"

 

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Por Bernot Berry Martínez  (bloguero)

 

    Por cerca de dos horas, desde las diez hasta próximo a las doce, estuvo el chofer haciéndole el amor carnal a la educadora. Sin embargo, se admiró porque ella no lanzó ni un grito de dolor, algo que había temido porque podría llamar la atención, haciendose un escándalo. Sólo la percibió originando extremada complacencia. Cada cierto instante mordía una toallita con fuerza, cerrando sus bellos ojos castaños, temblándole el cuerpo entero, quedándose un instante tranquilita, inmóvil, incurriendo que el conductor se detuviera preocupado. Pero de inmediato ella, besándolo apasionada, le susurraba: 

--Más, más, mucho más, no te detengas, no te detengas por favor  --decía al terminar con sus múltiples orgasmos.   

Cuando el sudoroso chofer  iba  llegando a su tremenda eyaculación, la maestra le bajó rápido el rostro sobre una almohada llena de plumas de ganso, logrando que su sonoro mugido quedara reducidísimo, muy apagado. 

El camionero salió del lecho. La profesora se quedó acostada, extremadamente complacida, sonriente. Poseía los ojos llenos de felicidad, así pudo él distinguirla en tanto se vestía. Entonces, terminando de ponerse su ropa se acercó a la profesora y le estampó un largo beso en la frente. A la maestra se le iluminó el rostro. Él deseó quedarse un rato más ya que era una preciosidad de hembra. Y quiso hacerlo, quitarse el ropaje y acostarse a su lado, pero recordó que su mujer lo esperaba para las doce. Además, reconocía que ya no podía efectuarle su grandioso sexo por algo que más adelante se contaría. Y arropándola con la sábana, ella observándole encantada, se fue por donde entró, corriendo la cortina, dejando entrecerrada la ventana. Buscó alguien por la cercanía, pensando de nuevo en ser visto saliendo de esa morada. Si lo contemplaban sería una desvergüenza en un poblado donde el chisme se practicaba en abundancia, cumpliéndose fielmente aquel refrán: ”pueblo pequeño, infierno grande”. Pero la hora se hallaba avanzada, a nadie él logró ver, lo mismo que cuando entró, yéndose de manera cauta, similar a ladrón en la noche.  

Mas, alguien sí le contempló en esa noche de Luna llena, asombrándose muchísimo. Era nada menos que el sacristán, quien casualmente se despertaba luego de una borrachera, la cual pasó junto a un framboyán cercano a esa casa. El tipo meneó la cabeza porque jamás había pensado que esa  institutriz, siempre rezando en la iglesia, comulgando, altanera, podía tener un amante, y no un cualquiera como esos jóvenes que poseían a las viejas jamonas, dizque serias, sino a ese hombre raro, a quien nunca lo había visto en la parroquia, tampoco a su mujer.

El sacristán persiguió con su mirada al chofer, quien iba pegado a la vivienda, cruzando hacia otra, entrando con rapidez en la suya. Desde allá pudo escuchar voces que no logró entender, discerniendo que estaba dialogando con su concubina, esa terrible mujer que por dinero era capaz de vender su alma al diablo. Entonces se levantó. Con pasos lentos, mirando los lados, se aproximó a la morada de la profesora. Llegó a la ventana por donde salió el conductor. Vio que se hallaba entornada con la cortinilla cerrada. Y abriéndola penetró su cabeza entre la tela, contemplando que la maestra se encontraba en el lecho dormitando, y que la luz de un quinqué se encontraba encendido sutilmente. Sonrió de modo grotesco. Y sin pensarlo con esmero, decidió entrar a la vivienda. Y de forma cauta se fue acercando a la cama. Trataba de no hacer ningún ruido, evitando tropezar con algo. Llegó muy cerca a la dormida profesora. Con admiración le contempló su dulce sonrisa, pensando que era a consecuencia del enorme sexo mantenido con el hombre más deseado del pueblo.

Sí, el sacristán sabía de varias personas con edades y posiciones sociales variables (jamonas, féminas con sus maridos, muchachas vírgenes y pudientes homosexuales), que ansiaban tener un rato íntimo con ese camionero. Era un secreto a voces. Por eso se sorprendió cuando le advirtió salir de donde la educadora, ya que no les hacía caso a quienes le proponían hacer sexo en sus casas o entre el monte. El sacristán estaba consciente, al tanto, de cuanto acontecía en ese poblado. Y le vinieron intenciones de desnudarse, entrar al lecho y hacerla suya. Claro, era una oportunidad ideal, de disfrutarla un buen rato. Eso sería un buen recuerdo para el tiempo, porque la persona que no los tiene es como si no hubiera vivido. Y aunque tenía bastantes, otro más le vendría bien.. Pensó que con seguridad, ella, cansada por el atroz sexo, ni siquiera se daría cuenta. Es más, llegó a cavilar que si llegaba a enterarse, con certeza podría imaginar que se trataba nuevamente del chofer, quien había regresado debido a que solamente probó un pedazo de su exquisita golosina, retornando para comérsela por completo.                  

No obstante, el sacristán, viendo el dulce rostro de la dormida, no se atrevió a realizarle nada. ¿Y por qué? Bueno, quizá recordó a una hija que había dejado en el Cibao con la madre. Y le cogió una inmensa pena, deteniéndose en quitarse la vestimenta. Él era un desagradable borrachín, se lo decía con cierta frecuencia, aborreciéndose por su forma de vida. Sin embargo, nadie podía señalarle como un pervertido sexual. Y entristecido, lagrimeando, salió de allí, cerrando la cortinita, dejando entreabierta la ventana. 

Claro, se benefició que nadie lo viera. Marchó a la iglesia, arrodillándose frente al ‘Cristo de Palo’. Llorando le dio grandes gracias por no haber cometido un hecho tan aborrecible, del cual jamás se recuperaría. Después de un rato entró a su cuartucho, acostándose en su camita. Vislumbró que no tenía ningún remordimiento. No le produjo ningún daño a la maestra. Por eso sintió que una enorme alegría se le iba introduciendo. Pensó que no debería contárselo a nadie, ni siquiera al cura en el Confesionario, tampoco de cuanto había visto. Y juró mantenerlo en secreto. Y contento, ansiando no volver a recurrir al alcohol ni a contar chistes, tampoco feos chismes para obtenerlo, casi riendo fue durmiéndose de modo profundo. Lo llegó a despertar horas más tarde el sacerdote, ya que debía de efectuar ciertas obligaciones. Desde ese momento el sacristán cambió grandemente. Ni siquiera contemplaba a la profesora, avergonzado por cuanto estuvo cerquita de cometer, cuando entraba a la parroquia para escuchar misa, confesarse, etc.  

Hasta el cura se dio cuenta enseguida de que su principal ayudante se había  transformado grandemente. Y ansió saber la razón, la que debía tener encerrada en su mente. Y varias veces le interrogó en el Confesionario, pero nada le sacó, excepto que el Señor Jesús le aconsejó que dejara de beber ron, cerveza, etc. No obstante, el fraile no se lo creyó, le conocía demasiado, y por  eso le ponía trampas con dinero y variadas exquisitas bebidas en sitios claves, tratando de ver su reacción. Pero, el sacristán se mantuvo firme en su disposición. Salía menos. Es que no deseaba ni un poquito encontrarse con esos personajes que le brindaban alcohol con la finalidad de hacerles reír. Decía que ya eso se había terminado. Y se daba aliento, esperanzas positivas hacia tan difícil éxito.. 

 --No debo de ingerir un solo trago, ahí se halla mi perdición  --se aconsejaba  con frecuencia. 

Un año después, siguiendo una propensión, partiría hacia Macorís, abandonando la iglesia. En esta población comenzó vendiendo naranjas dulces, peladas, muy cerca del mercadito. Ahorraba cuanto podía. Dormía sobre cartones, arropándose con sacos de pita. Su alimento esencial, aparte de las naranjas no negociadas, consistía en masitas, conconetes, yaniqueques, pancucos y mabí de palo. Empero, con los años pudo llegar, haciendo fuertes sacrificios, a convertirse en próspero comerciante. Se matrimonió con su antigua mujer. Ayudó a su hija en sus estudios, haciéndola excelente contable Cuando llegó a fallecer poseía un próspero negocio en el actual Mercado Público.     

Después de un mes del grandioso coito con el chofer, la hermosa institutriz se fue debilitando, quedando decaída, debiendo de guardar cama, enferma, sin fuerzas para levantarse y cumplir con su trabajo. Así estuvo por varias semanas. Nadie entendía qué le pasaba. Hechiceros y médicos fueron a verla. Pero ninguno logró hacerla dejar el lecho y retornar a la escuela. Es que el padecimiento que tenía estaba muy por encima de sus conocimientos. Sus alumnos se encontraban de su cuenta, no apeteciendo que se aliviara, de ese modo continuarían con sus variados juegos, asimismo cazando avecillas con tirapiedras. 

Mas, llamaba bastante la atención a quienes acudían a verla esa sonrisa que poseía, igualmente que sus ojos se notaban alegres. No comía nada, tampoco bebía jugos de frutas, excluyendo el agua de coco. La maestra le confesó al párroco que se iría llena de felicidad, pues había logrado cuanto ansiaba en la vida. Esa declaración hizo estremecer al religioso, lagrimándosele los ojos, algo que ella no percibió porque sonreída admiraba un pájaro colibrí que repentinamente había entrado al cuarto por la ventana, marchándose poco después. Cabizbajo partió el sacerdote hacia la iglesia, sintiendo una hondísima pena en el alma. En la parroquia oró con grandioso fervor, delante del ‘Cristo de Palo’, por su recuperación. Era la dama de sus sueños. Ansiaba siempre verla, escuchando nervioso su melodiosa voz al confesarse, aunque le temblaba la mano cuando le daba la ostia. Cierto, él no podía imaginarse lo que sería su vida sin admirar a tan distinguida joven. Por un instante la recordó andando, llegándole la sensación de que no pisaba el suelo, sino que flotaba a milímetros del mismo.

Pero la educadora no llegó a recuperarse. Expiró poco tiempo después, durante un triste atardecer en el cual caía una pertinaz llovizna. Dicen que lo último expresado por ella, extasiada, viendo hacia el patio, fue: “¡Miren, miren, la Virgen se está peinando, llueve con el sol afuera!”. Acto seguido realizó una inspiración, falleciendo con sus bellos ojos castaños muy abiertos, sonriendo levemente.  

Fue  velada durante la noche entera en la vivienda donde vivió y murió. Preciosa en su traje blanco, parecía dormir tranquila entre el ataúd. Mantenía esa leve sonrisa que a tantos les causó extrañeza. En la parroquia, el sacerdote, inquieto en extremo, se equivocó unas cuantas veces, notándosele compungido. La mayoría de los moradores del pueblo acudió al entierro, no así el camionero y su mujer, ambos lo miraron desde un ventanal. Doblaban las campanas continuamente, tocada por el apenado sacristán. Hasta sus alumnos, talvez obligados por sus padres, acudieron uniformados. El cura iba lanzando ‘agua bendita’ en abanico, ‘espantando a malos espíritus’, además un humo de incienso que durante buen rato se sintió en todo el poblado. Los monaguillos portaban crucecitas, virándolas hacia tres lados cada vez que caminaban siete pasos, llegando al lugar donde sería sepultada. Hablaron varias maestras, incluyendo lo pronunciado por el director de la escuela, quien habló de las virtudes de la extinta y su incansable laboriosidad en lo pedagógico. El cura, nervioso, no se cansaba de tirar al féretro su ‘agua bendita’, pero ya no había ninguna desde varios minutos atrás, agotándola completamente sin darse cuenta.. La fenecida fue enterrada bajo una  ligerísima llovizna que se mantuvo cayendo de manera constante durante toda la noche sobre un poblado altamente abatido. 

Se cuenta que nadie de Hato Mayor, ni la doméstica que le trabajaba en el día, tampoco el indagador sacristán, le conocían familiares. Es más, ninguno de allí sabía de cuál región del país era y por qué había venido a impartir clases en ese triste y olvidado poblado, llevando ya casi  cuatro años. Se comentaba que huía de algún perverso hombre. No obstante, las chismosas beatas, palpando con sus dedos el muy usado rosario, aseveraban cuando la contemplaban:    

--¡Jum, allí va la desplantada en iglesia cibaeña!. 

Ahora bien, la profesora fue muy discreta. Ella, igual a muchas damas, había aprendido a simular cuando se confesaba. Supo guardar con esmero el secreto de cuanto efectuó con el camionero y otros asuntos, llevándoselos a la  tumba. Con esto se cumplía el famoso proverbio: “Sólo la mujer conoce cuanto guarda en lo más profundo de su corazón”.        

 Varios días después del sepelio de la maestra pasó algo grande, estremecedor del pueblo, conmoviéndolo. Las devotas estaban muy angustiadas. Las antiguas generaciones del poblado ya casi lo han olvidado, y tampoco les agrada conversar de lo sucedido. Es más, la mayoría de los jóvenes lo desconoce totalmente. Se sabe por borrachos, a quienes se lo dijeron sus viejos también pasados de tragos. Cuentan que lo acontecido pasó una medianoche en que sus padres escucharon campanadas, inquietando a un buen conjunto de sus moradores. Al comprender que la fémina del camionero no emitía sus conocidos gritos esa noche, ya que todo estaba tranquilo, acudieron a indagar de qué cosa se trataba. Cuando penetraron en la ligera oscuridad de la parroquia vieron al sacristán apenado y lamentándose, andando en forma inquieta, señalándoles una tétrica imagen reflejada por la luz de un enorme velón. Y ellos se espantaron al contemplar que el sacerdote de aquel templo estaba colgado, sujetado las manos a sus zapatos, la lengua fuera, ya que su garganta la tenía enredada entre la soga que iba hacia el campanario, con una silla cerca, tumbada, haciendo que su cuerpo estuviera oscilando a poca altura de la misma, originando los campanazos.   

Jamás se supo si fue suicidio o accidente, creyéndose más en lo primero, en la inmolación. ¿Pero, por cuál motivo? Eso lo conocía el sacristán, pero nada dijo que el cura estaba muy inquieto desde el fallecimiento de la maestra. Eso nunca lo mencionó, pues le tenía un gran respeto. Todo eso se comentó discretamente durante meses, rumorándose diversas conjeturas. 

Aunque la policía, igualmente la gente de la Iglesia, interrogaron al sacristán y a quienes hallaron ahorcado al sacerdote, no llegaron a indagar en la real veracidad de su muerte. Unos curas se llevaron su cadáver, ignorándose en dónde fue sepultado. Días después llegó su sustituto: era otro español, alto y flaco, de tupida barba, de mayor edad. Enseguida aquel nuevo párroco quemó bastante incienso, el de buena calidad, sintiéndose su olor por el pueblo entero, también en sus montes. La iglesia quedó con esa esencia hasta la actualidad. Ese clérigo realizó numerosas misas y procesiones, avisando con las beatas en cada vivienda que los no asistentes serían condenados al infierno. Desde luego, esto atemorizó a sus habitantes, quienes llenaron la pequeña parroquia, temerosos de ser condenadas al ‘sulfuroso fuego’. Es más, la iglesia quedó diminuta por las tantas personas que concurrieron a tales misas. Vinieron hasta en burritos, desde las granjas cercanas. Empero, muy pocas no se presentaron, como pasó con el camionero y su mujer, enojando bastante al cura barbudo, quien los anotó en un libro de tono oscuro, que tenía dibujado en su carpeta un siniestro personaje rojo con cola y tridente en mano.   

Ahora bien, si llegaron a descubrir el  motivo por el que se ahorcó el cura, siempre se ocultó. “Era un gran pecado hacer comentarios sobre dicha muerte”, lo manifestaban de modo constante unos sacerdotes que duraron una semana por Hato Mayor, investigando acerca de tan extraña muerte. Por eso numerosos lugareños se asustaron muchísimo, casi el pueblo entero, quizá siendo la razón esencial que todavía poseen los actuales ancianos, de no conversar sobre el asunto, tratando de olvidarlo. Es más: aseveran cuando no están en bebidas, que tal suceso nunca sucedió, que es un cuento grande. 

El ahorcamiento fue quedando en el más estricto silencio y olvido, hasta ahora que lo referimos en esta narración, complaciendo a unos comunicadores de esa comunidad pues pertenece a su historia, pero sin que informara sus nombres.    

A consecuencia del supuesto ‘suicidio’, considerables moradores de aquella localidad empezaron a dejarla, abandonándola, al comentarse que el poblado quedaría azarado por siempre. Varios propusieron quemarlo por  completo cuando se fueran.  Los que partieron lo dejaron todo, no quisieron llevarse absolutamente nada, vendiendo a precio vil sus viviendas con todos sus ajuares. Varios indagadores aseguran que esa es una de las razones fundamentales por las cuales tantos sujetos de esa población viven fuera del mismo, notablemente en Macorís, porque aún continúan huyendo, siempre de manera inconsciente de cuanto acaeció hace años entre esa iglesia.                                            

La defunción de la maestra  entristeció al camionero. Pensaba que le había ocasionado un horrible daño, lastimándola por dentro, causando su fallecimiento. Mas, su mujer, con seriedad le expresó: “Se hallaba enferma, sentenciada por los médicos de Macorís, del San Antonio. Duró más tiempo del que le dieron. Por eso me pidió ese favor contigo”. 

Empero, aparte de si realmente estaba desahuciada, lo cierto fue que la profesora le dio cincuenta pesos para que su marido le hiciera su tremendo sexo. No obstante, a consecuencia del lastimoso incidente, la concubina jamás se atrevió a pedirle a su macho ‘otra de esas ayudas’. Además, debía de  aguardar un mayor tiempo para que él estuviera en perfecta forma, bien disponible para realizarle su fabuloso acto y viajar deleitada por el cosmos.      

A pesar de que algunas mujeres, ansiosas de hacer sexo con el conductor, prácticamente cuando pasaba cerca de sus moradas le provocaban levantándose sus largos vestidos, enseñándoselo de modo insinuante. Él se reía de esas cosas, no haciéndoles caso. Y tal vez porque tales féminas deseaban acostarse con el camionero, era bastante aborrecido por sus maridos. Pero otros jóvenes, quienes se consideraban extremados mujeriegos, dizque acabando con jamonas y matrimoniadas, manifestaban que el chofer se encontraba ‘pendejeando’, ya que podía poseer un harén casi tan grande como el que tuvo Salomón, aquel corrupto Rey de los Judíos. 

Talvez por ser como era, un sujeto con poca cortesía, sin amistades, de su trabajo a la casa, determinadas mujeres se alejaban del poblado en carretas, igualmente a lomo de caballos y asnitos, aguardándolo, desnudándose a la vera del solitario camino real cuando transitaba despacio en su camión o al lado de una sugestiva y recta palmera. Ellas efectuaban posiciones eróticas, haciéndole señas de que viniera. Lo anterior se afirmaba con frecuencia, principalmente por adolescentes que las vieron desde los matojos, teniendo que autocomplacerse. Mas, se consideraba que a consecuencia de ser un ‘hombre poco mujeriego’, era que proseguía con vida en un pueblo sumamente machista. En cierta ocasión unos enojados hombres, celosos porque sus mujeres se burlaban de sus diminutos penes, exigieron en la iglesia que ese camionero, igual a su mujer, fueran expulsados del pueblo debido a que se encontraban endemoniados. Sin embargo, la mayoría de las damas, incluyendo el cura, se opusieron tenazmente.    

No obstante, cuanto sucedía es que todos ignoraban que ese chofer, similar a su concubina, se hallaban preparados por una exuberante pitonisa que vivía en Samaná, dejada un tiempo atrás por un buque que llegó desde Luisiana, USA, preparándoles esa mulata una extraña pócima para que hicieran ese tipo de sexo. Y ambos fueron donde dicha hechicera porque la concubina del conductor estaba harta de la constante eyaculación precoz de su marido. Cierto, la mujer del chofer se quedaba con un grandioso anhelo de continuar haciéndolo, gozando con el enorme falo hasta quedar bien satisfecha, lo cual no sucedía. Se dice que la hechizadora se admiró grandemente cuando se  lo contempló erecto al ratito de él haber ingerido la extraña bebida. Y esa bruja de Luisiana, muy encantada con el gigantesco falo, acariciándolo deleitada, le aconsejó que debía probarlo en ella para que el hechizo se realizara completamente, haciendo la bruja que su marido, un moreno gigantón con más de dos metros de altura, se lo hiciera a la concubina del chofer en otro cuarto. La hechizadora y el camionero lo efectuaron por bastante tiempo, Ella lo disfrutó una enormidad. Hasta la vivienda llegó a estremecerse. La concubina del chofer se asustó cuando escuchó por vez primera el mugido de su marido al finalizar su coito con la pitonisa. 

Finalizando esa larga relación, la hechicera les informó a sus clientes que el sexo entre ambos acontecería de cuando en vez, con preferencia cada diez días. Pero que les sería muy efectivo, duradero, valiendo por varios apareamientos, algo sumamente placentero a los dos. Pero eso sí: deberían de cumplirlo cabalmente o de lo contrario el hechizo se vendría abajo, igualmente estaban obligados a ser fieles para evitar contratiempos.  

Desde luego, siempre de su impresionante e infrecuente sexo, intranquilizador del poblado, en toda la mañana, por horas, la  concubina se sentaba sobre una ponchera llena de agua fresca, con alumbre, refrescando su maltratada vulva. Con suavidad se pasaba la diestra, suspirando con los hermosos recuerdos. Eso sí, entretanto y durante unos días, ella poseería una sonrisa enorme, no borrándosele ni durmiendo. Entonces apetecía que los diez días pasaran con rapidez, llevándolos escritos en un papelito. De esta  manera conocía los días que pasaban y faltaban para otra vez cabalgar y gozar tremendamente.    

--Claro que debe ser otro asunto, pero... ¿qué cosa será, eh? --se interrogó la concubina del chofer con seriedad, mientras ingería café debajo de un tupido árbol de aguacate, meditando en los viajes del marido junto a su primo.    

La  región oriental amaneció nublada. Soplaban vientos de lluvia. Los parientes así lo contemplaron, conversando acerca de esa molestia. La mujer trataba de oírles, de no perderse nada. Ambos notaron que hacia donde debían de dirigirse se observaban numerosas centellas serpenteando el grisáceo firmamento Y consideraron que había por allá una  tormenta de rayos. En ese instante comenzó a llover profusamente. Ellos percibieron el agradable sonido del aguacero golpeando contra el tejado de zinc, especial para dormir. En eso, mirándose de manera picaresca, consideraron que lo mejor era quedarse en la casa, beber unos tragos y que la fémina les preparara un sabroso guiso de cuatro carnes. Claro, reposarían un poco de las carreteras. Temprano en la mañana, si no continuaba lloviendo, proseguirían esa labor de cargar cuanto el misterioso conuco producía, vendiéndolo por distintas poblaciones. Y decidieron salir un momentito para proteger al camioncito del enorme chaparrón. Asimismo fueron a comprar botellas de ron, varios tipos de carnes, víveres, etc., y cargando con todo, riendo cuales traviesos infantes, bien mojados regresaron a la vivienda. Cuanto adquirieron por partes iguales, se lo entregaron a la mujer, diciéndole el marido: “Ten, cocina un sancocho que levante hasta un muerto. Oye, y tráete tres vasos, eh”. La fémina lanzó una carcajada, viéndole complacida, llevándose todo hacia la cocina. Enseguida trajo unos envases. Sonreía cuando destapaba uno de los potes, echando un poquito del aguardiente al suelo (”Pa’ las ánimas”, murmuró), sirviendo en los recipientes un poco, casi la misma cantidad. Y los tres, chocando los vasos, ingirieron la bebida de un trago, haciendo feísimas muecas. La concubina, animada, echó más alcohol en cada uno, y con el suyo en la  diestra partió a  preparar la comida. “Vuelvo  pronto, no se me vayan muy delante no, pues tendré que alcanzarles”, expresó entre risa, pensando que esa noche quizá montaría durante buen rato sobre su macho, pero se puso muy seria al advertir que la salamandra continuaba prácticamente en el mismo lugar en que antes la había visto. Tuvo la impresión de que la lagartija no se había movido ni un milímetro.               

 Y mientras los parientes bebían y ejecutaban planes acerca de cuanto proporcionaba el huerto, ignoraban que aquel hacendado ladrón y asesino tenía un perverso proyecto. Es que algunos de sus peones le continuaban hablando tanto de la increíble producción del raro conuco, incluso sobre esos dos sujetos que se lo estaban llevando todo en un camioncito, que uno era aquel flacucho de esa loma, desertor de su trabajo en la hacienda, vendiéndolo todo, ganando bastante dinero con cuanto no era de ellos, debiendo de pararles. Por esa razón el poderoso patrón decidió acudir al siguiente día para indagar la veracidad de cuanto le contaban con cierta rabia (la envidia rompía sus entrañas) Además, ansiaba ver al desagradecido que tanto había socorrido, permitiéndole realizar un bohío con su conuquito en esa colina suya, alejándose de su labor sin darle explicación. Sí, era un buen fresco. Tenía ganas de amarrarlo a un árbol, quitarle su camisa y propinarle una buena pela delante de los demás. Se la merecía. Debía dar el ejemplo. A esta gentuza hay que estar enseñándole quién es el que manda. Entonces, si cuanto afirmaban los braceros era realidad, se apoderaría de lo que el huerto originaba. Eso sí, metería a los dos en prisión durante unos meses por robar cosas de su propiedad. Incluso podía quedarse con el camión, utilizándolo en distintos asuntos. Bueno, luego hablaría con su Licenciado sobre eso. Pensó que la Ley podía darle ese derecho. El fiscal y el juez eran sus enllaves, además la loma se hallaba dentro de su hacienda. Cierto, ambos se encontraban apoderando de lo que era suyo. Eso sí, vendería cuanto ese conuco engendraba, dándoles algo a sus trabajadores, algunos víveres, así laborarían con más intensidad.

9vo. CAP. DE "UNA FLOR PARA EVANGELINA TOLDRIGUEZ"

 Con frecuencia uno se ve obligado por las cosas negativas que suceden si de veras existen los amigos de los tantos que conversan contigo.  y concluyes que no, son conocidos, no muchos, que son simuladores, gente que son enemigos encubiertos, que te sonríen para esconder su traición si le pides alguna ayuda que bien pueden realizar.

Por eso he concluído que no existe la amistad, eso es una utopía, una especie "de estela en la mar", como afirma la canción entonada por Joan Serrat. Así que cuídate, pues los cuervos acechan en forma similar a las hienas.               

 

                   Novela-Histórica

 

                   -IX-

 

Por Bernot Berry Martínez  (bloguero

 

    En poco tiempo ese conuco creció una barbaridad. Fue arropando totalmente a la colina. Hasta el solitario hombre de la loma se asombró, porque para llegar a su casucha tenía que abrirse paso, echando hacia los lados a largos tallos y hojas. Con un machete debió de cortar la enredadera de auyama que penetraba al bohío. Pero en los siguientes días volvían a entrar, subiendo al techo, envolviéndola. Enormes y raros calabacines rojizos se distinguían por diversas partes. El jornalero se iba intranquilizando. Un intenso pánico se le fue apoderando. Y era que durmiendo poco, trabajando muchísimo, alimentándose mal, lo estaban aniquilando. Se le veía muy escuálido. Sus compañeros de trabajo murmuraban que las brujas de la colina se lo hallaban chupando, que pronto habría otra cruz blanca en el cerro porque con seguridad ya se encontraba tísico, y se le alejaban.       

En eso fue que al hombre le sucedió, más o menos a las siete de la noche, llegando deprimido del trabajo, en extremo fatigado, acostándose a descansar, que sintió un fuerte remezón de la cama. Pensó que era un temblor de tierra. Al momento percibió que la cabaña entera se movía, haciéndolo como si estuviera sacudida por violento viento. Percibió que la casucha sollozaba como animal lesionado. Y ahora sí que se espantó bastante. Vislumbró que eso no se trataba de ningún sismo, sino de una pavorosa energía anormal zarandeando la vivienda. Y lleno de pavor se tiró del lecho, hincándose en el suelo llorando con sus brazos abiertos. Suplicó que le ayudaran con esa anhelante aspiración suya, consumidora de su existencia, a que le dieran un real poder para vengar a sus familiares. Y al ratico, liberando abundantes lágrimas, el humilde hombre sintió que esa morada de viejas maderas, con piso de tierra, con un solo cuarto, dejó de gemir, rodeándola una calma pavorosa. Y fue entonces, minutos después, que una potentísima fuerza alzó al sujeto un par de metros, quedando flotando unos instantes, cayendo luego bruscamente al piso, sintiendo que una enorme frialdad se le introdujo hondamente, hasta los tuétanos, sintiéndose robustecido, asimismo un grandioso rejuvenecimiento, comprobándolo al realizar un alto salto felino con el cual casi alcanza el techo de canas. En eso, apretando con firmeza sus puños, expulsando enorme cantidad de lágrimas, voceó fortísimo, posiblemente escuchándose en toda  la comarca: “¡CARAJO, LOS ASESINOS ME LA TENDRAN QUE PAGAR!”    

Acto seguido salió corriendo rápidamente, bajando el pequeño cerro como un demente, tomando el camino real. Y durante horas, sin detenerse, continuó trotando con mucha prontitud, alejándose cada vez más de esa zona. Se le notaba extraño. Poseía los ojos desmedidos. No se detuvo mientras devoraba kilómetros sin cansarse, haciéndolo por horas. Vino a pararse cerca del poblado de Hato Mayor, cuando los destellos de la aurora comenzaban a lisonjearlo. Al hacerlo, se admiró de su enorme vitalidad, pues había  recorrido un largo trayecto. Parecía un nuevo individuo, pero excesivamente vivificado. No se explicaba la razón por la cual había efectuado tan colosal correría. Tampoco se sentía fatigado ni tenía sueño. Se consideraba con tanta fortaleza que podía continuar trotando hacia Macorís. No obstante, presintió que en esta población tenía algo importante por hacer. Empero, ¿qué podía realizar en un pueblo donde poseía solamente un excelente primo, no viéndolo desde un largo tiempo? Entonces, lleno de vigor y valor, sin pensarlo demasiado, decidido fue a saludarle.  

Allí, en el hogar de su madrugador pariente, propietario de un camioncito, le halló bebiendo café. El otro se  sorprendió mucho viéndolo llegar. Y se abrazaron con efusividad. El camionero le preguntaba si había pasado algo en la familia, temiendo ser  informado sobre pésimas noticias. El otro no le respondió, en tanto se dieron palmadas en las espaldas, admirándose el chofer de lo vigoroso que notaba a su primo, antes tan escuálido y debilucho. Entre risas, contento de verle, le ofreció una buena taza de café recién colado, de pilón. Y mientras el hombre de la loma ingería la oscurísima solución, conversaron acerca de distintos asuntos, incluyendo de cuanto les pasó a sus hijos y su concubina. El primo, un sujeto bonachón, ignorante de tales acontecimientos, se entristeció bastante, lamentándose no conocerlo, de que no se lo hubiera notificado para de inmediato acudir allá, ayudándole en tan terrible tragedia. Eran allegados muy cercanos. Se manejaban bien. El hombre le pidió excusas por no hacérselo saber, pero le enteró que estaba como loco, muy intranquilo. En ese instante se apareció la concubina del conductor, una gordita con simpática sonrisa, al escucharlo conversando, deseando averiguar con quién lo hacía  tan temprano. Al ver que era el primo de su marido, aunque no se llevaba bien (aseguraba que era una ‘mojiganga’ de macho), ella le saludó con afectos. De soslayo, como examinan la mayoría de las mujeres a los varones, ella le observó cambiado, notándole decidido y vigoroso, especial para pasar un buen rato en un tibio lecho. Y casi sonreída por cuanto pensó, atisbó a una tranquila salamandra en lo alto de la pared de madera, y se acordó de cuanto siempre le aconsejaba su madre: “A esos animalitos no se les mata. Comen bichitos. Además, traen buena suerte a la casa”. Sonriendo con sus pensamientos, echó café entre un jarrito del preparado por su concubino, y mientras lo bebía caviló en la razón de la visita de ese pariente de su compañero. Al rato se puso a preparar un desayuno con víveres y salchichón, enterándose con prontitud de las aflicciones por las cuales había pasado el recién llegado, apenándose por no conocerlo a tiempo. 

Al hombre de la loma le llegó una idea,  considerándola buena, magnífica. A solas le habló al primo de su  productivo y misterioso conuco. Le mencionó que podrían llenar su camioncito con variados víveres y venderlos en Hato Mayor y otros pueblos, haciendo buen dinero. Sí, podían ofrecerlos más barato, realizar competencia. Pero el pariente llegó a creer que su primo no se hallaba bien, quizás estaba afectado por cuanto le había sucedido. Mas, meditando un poco, se dijo qué carajo, no tenía nada que perder y lo complacería, además, podía tener algo de realidad, pues este mundo está lleno de casos extrañísimos. Y decidieron partir de inmediato hacia la extraña loma, sin contarle nada a la mujer. ‘Claro, la peor diligencia es la que nunca se hace’, pensó el camionero, refrán predilecto de su padre, señor de gran valor, nacionalista, muerto batallando contra los gringos por El Seibo, perdiendo su familia el valioso terrenito como igual les aconteció a muchos otros labradores durante aquel abuso propiciado por los interventores, mejor conocido como ‘El Desalojo’. 

Bueno, el chofer caviló que primero indagaría sobre el asunto del conuco, si todo era cierto y no una invención de su primo, volviendo a reflexionar en la posibilidad de que tal vez no andaba bien de la cabeza. Empero, afirmándose que lo principal era algo para vender, tratar de conseguir un poco de plata, ya que la necesitaba con cierta urgencia pues su fémina se la estaba exigiendo con frecuencia. Eso sí, su pariente le pidió que llevaran pico y pala, además machete, de este modo trabajarían mejor. Entonces, podría ser verdad lo del huerto. Y mientras se dirigían hacia esa región en donde supuestamente se encontraba el rarísimo conuco, el chofer iba pensativo, ansiando que todo fuera una brillante realidad. El hombre le apuraba, pidiéndole que le diera una mayor velocidad, no obstante al conductor no le agradaba  abusar del motor, lo cuidaba en extremo. 

Cuando llegaron a la colina, asombrado el camionero por cuanto veía, fue subiendo la máquina lo más que pudo, dando reversa. Realmente no podía creer en la abundancia de las viandas contempladas. Cierto, su primo no le había mentido. Era  todo una inmensa verdad. Y le dio un manotazo sobre el hombro, felicitándolo por no hablarle dislates, sintiéndose contento por todo, incluso porque tampoco estaba mal de la mente. En eso, el de la loma se dirigió a su vivienda con gran velocidad, y abriéndose paso entre los muchos ramajes entró en la misma, trayendo unas vestiduras y su machete. Esa ropa, un  pantalón y varias  camisas, las  puso detrás  del asiento delantero, quedándose con el instrumento.    

    Al conductor no le importaba la extrañeza de tan inmensa producción. Cuanto le interesaba era efectuar un buen negocio, conseguir dinero pronto, sin problemas. Y por eso no le dio importancia averiguando el motivo de tan elevada fertilidad del conuco. Y llenaron el vehículo de variados víveres y frutos, todos de excelente calidad. Una buena carga la llevaron para Hato Mayor. Allí la vendieron con prontitud a un comprador de amplia sonrisa, muy preguntón. Y retornaron a buscar más. Pero esta vez la llevarían hacia Macorís, durmiendo el hombre de la loma en casa de su allegado. Comieron pan con café, dejando a la mujer durmiendo. Temprano partieron hacia la mencionada ciudad. Llegaron al ‘Mercado Municipal’, el cual en ese tiempo se encontraba entre la calle Duarte con la actual General Cabral. Con prontitud se aparecieron unos ávidos comerciantes. Indagaron lo que había entre el vehículo y compraron el flete completo, deprisa, antes que llegaran otros con un precio mayor. Les encantaron los productos que vieron, extrañándose que todos poseían un sutil tono rojizo. Por latas compraron las grandes almendras escarlatas, afirmando quienes las ingirieron que eran sabrosísimas y muy dulces. Los primos ganaron buen dinero, repartiéndolo en partes iguales luego de cubrir los gastos del camión. Comieron y descansaron un rato. Un mecánico revisó el motor, atendiendo el combustible, aceite, agua, neumáticos, pagando entre ambos el costo. Los dos sabían, esencialmente el camionero, que sin la máquina se hallaban perdidos. Y se fueron a buscar más viandas para el próximo día, pasando otra noche el hombre de la loma en Hato Mayor, en casa del pariente. Y nuevamente volvieron al extraño huerto, atiborrando otro flete con distintos alimentos. Retornaron a Macorís porque en este pueblo vendían las viandas a mejor precio. También porque nadie indagaba sobre su procedencia. Los compradores se embelesaban con los cuantiosos víveres frescos, muy baratos, grandes. Sin embargo, cuanto no entendían era que casi todos poseían una tonalidad rojiza. 

En poco tiempo vendieron cuanto llevaron, dirigiéndose a una fonda cercana, de chinos, comiendo en abundancia. Bebieron unas cuantas cervezas americanas. Empero, ninguno conversó acerca del misterioso conuco. ¿Para qué? Les iba bien, conseguían buena plata, no debían de preocuparse. Reposaron un rato antes de emprender viaje. Al vehículo lo volvió a cuidar el anterior mecánico. Poco después se encontraban recorriendo carretera, rumbo a Hato Mayor, donde volvieron a pasar la noche. El dinero, bien contado, lo dejaban escondido en la vivienda, sin decírselo a la fémina, la cual se iba poniendo curiosa con tantos viajes. Eso sí, ellos comían alimentos del pueblo, comprados por la mujer, nunca de los que se llevaban del fantástico huerto, algo que nunca entendió la concubina, pero sin darle importancia.     

Así fueron cargando gran parte de cuanto el mismo engendraba. ¿Cuántos recorridos habían efectuados? Jamás ninguno los contó, llevó la cuenta, pero eran numerosos. Empero, por cuantiosas viandas que acarreaban, el conuco engendraba una cantidad similar. Ninguno entendía cuanto acontecía. Ambos no sembraban ni lo limpiaban. Cuanto realizaban era transportar la producción y venderla. Por tanto, contemplaban aquello como algo fabuloso, realmente profundo, muy lejos de sus limitadas mentalidades. Y si bien el chofer se puso un poco temeroso, se aguantaba porque era una oportunidad excelente que la vida le brindaba, debiendo aprovecharla al máximo. El huerto les dejaba buen dinero. Igualmente los labriegos de la comarca conocían bien al hombre de la loma, y muchos no les ponían caso a cuanto ejecutaban. Es más, la generalidad de ellos se encontraban deseosos de que todo aquello desapareciera, pues lo miraban con ojeriza. Sin embargo, igualmente había unos peones que contemplaban a los primos con envidia, comentándolo entre ellos, llegando ese rumor al peligroso latifundista, quien sin darle gran valor caviló esperar un par de semanas para investigarlo personalmente.    

 

Los allegados se estaban cansando de recorrer el mismo trayecto, de venderles casi siempre a esos clientes, quienes compraban lotes variados, ofreciéndolos luego al detalle, ganando bastante, más que ellos. Y decidieron cambiar de ruta, dirigirse a la capital. Allá, antes de alcanzar la ribera del Río Ozama, negociaron con un individuo gordo, sudoroso, de tez amarillenta, el flete completo, cuanto cargaba  el camion. El tipo lo pagó caro, el doble que en Macorís, después de chequearlo con un jovenzuelo, pidiéndoles que le trajeran más. Y los parientes partieron contentísimos. En tanto retornaban al Este, cada cual ingería ron de su propia botella.  

Como ya se contó, la mujer del camionero se hallaba indagadora, no entendiendo las numerosas partidas que su marido hacía con su pariente, llevando esas cargas. Ansiaba que se lo contara. Y caviló que debía encontrarse ganando buen dinero o no estaría trabajando tanto, acostándose tarde, levantándose más tempranito que de costumbre. Sí, le conocía bien. De seguro estaba metido en algún asunto bien raro. Pero, ¿en qué podía ser, ah? Y todo se lo había ocultado a ella, prácticamente la dueña del vehículo heredado de su padre. Sin embargo, de algo no se quejaba, le dejaba bastante dinero para la comida, sacando para pagar esas rifas clandestinas del uno al cien, comprarse una botella de licor con el cual soportar su tremendo aburrimiento. Bueno, pensó que sólo debía de vigilarlo con bastante disimulo. Estaba consciente que lo averiguaría. De cuanto se hallaba tranquila, inequívoca, es que no existía otra mujer compitiendo en su contra. Lo sabía de sobra. Su macho era tipo de poca monta, no levantaba fácilmente, si bien cuando lo alzaba cada diez días y realizaban sexo, la ponía a gozar en demasía, chillando fuerte, experimentando que viajaba por espacios siderales. Cierto, con regularidad se decía que vivía para disfrutar esos inigualables momentos. Los colindantes del concubinato, en la inmensa tranquilidad de aquel tiempo, se enteraban de esa bestial sexualidad a consecuencia de la chillería de la mujer. Enseguida se afirmaban que tendrían una mala noche. Esto lo conocían por experiencia, pues con sobrada certeza la pareja duraba horas en esa inusual acción amorosa. Anteriormente esos vecinos les lanzaban piedras al tejado de cinc, ansiando que acabaran para continuar descansando. ¡Pero qué va!. Se afirmaba que cuando el enorme falo del chofer se levantaba, no valían pedruscos haciendo ruidos encima del techado que se lo tumbara, doblara, achicara, arrugara. Los jóvenes del poblado bromeaban que era medio curvo, como espada musulmana, y que para orinar debía de sostenerlo con ambas manos, así dizque varios lo habían visto haciéndolo junto a un árbol. El gran deleite de la concubina consistía en galopar sobre su marido, dándole fuertes nalgadas. Sus gritos llegaban hasta la iglesia, haciendo intranquilizar al ‘cura’ párroco, un español bajetón y calvo, amargado, de unos treinta años. Cuentan que una madrugada, hastiado de la chillería de la fémina, tocó algunas campanadas, como forma de amonestarlos. Pero esos campanazos a esa hora produjeron que bastantes moradores se aproximaran deprisa a la iglesia, creyendo que se trataba de un urgente llamado, de algún incendio. Mas, tuvo aquel sacerdote que valerse de extrañas explicaciones para que se alejaran: “No hay ningún fuego. Son ratas en el campanario, ratas que las hacen sonar..., les dijo. Y entre risas, las doncellas tapándose las bocas, retornaron al calor de sus hogares, porque en esencia conocían cuanto sucedía. Sin Embargo, esos campanazos no valían para detener ese tremendo sexo del concubinato, prosiguiendo con su acto libidinoso. Fue entonces (me lo contó un anciano de ese poblado), que el religioso se dirigió hacia la casa, tratando de hacer un exorcizo con ‘agua bendita’ la cual echó sobre la morada, como modo de espantar a los demonios que la dominaban con sus caprichos lujuriosos. Empero, no aconteció cuanto aguardaba, continuando los dos en su insólita acción sexual. Y como el fraile ejecutó una tremenda ridiculez con los colindantes residentes que con gran interés atisbaban desde sus ventanas, no volvió a pretenderlo. Lleno de vergüenza, cabizbajo, sintiendo empequeñecerse mientras caminaba hacia el templo, allí se sentó en un asiento de madera. Desde ahí escuchaba los deleitosos gritos de la mujer, dominando el tranquilo ambiente. Los mismos se le introducían entre sus sentidos. Se percibía en extremo inquieto. Acaeció que, similar a otras ocasiones, algo con lo cual luchaba tenazmente porque se le estaba haciendo una vergonzosa costumbre, se despojó de su vestimenta sacerdotal, y completamente desnudo, comenzó a masturbarse igual a un chimpancé. El monje se complacía meditando en Inés, la orgullosa joven profesora de preciosos ojos castaños, de la cual se encontraba secretamente enamorado. Después, alcanzando el orgasmo, realizaba un susurro rechinante (”huíiii”..., chirriaba), poniéndose de inmediato a pedir perdón, arrodillado, dándose golpecitos en el pecho, las lágrimas serpenteando por su pálido rostro, delante del ‘Cristo de Palo’ pegado en la pared. Esto lo afirmaba el sacristán a determinadas personas pudientes de la comunidad, las cuales le daban ron con el propósito de que los pusiera a reír, informándoles sobre los chismes que averiguaba o inventaba, ingiriendo largos tragos gratuitamente. Luego, como con regularidad suele acontecer, esos personajes se los contaban a sus amigos en festejos efectuados en Macorís, El Seibo, La Romana,...  

 

Las  personas  que  vivían  próximo  a  la vivienda de la pareja,  llegaron  a  familiarizarse  con  aquella  placentera gritería, y  se  quedaban  conversando,  fumando pachuché hecho de andullo, ingiriendo café o jengibre, oyéndola deleitada, aguardando ansiosos que se originara el intenso rugido del conductor, muy parecido al de un potente toro, el cual se escuchaba en el todo el poblado, dándoles a conocer que finalizó el espectacular apareamiento. Afirmaban que su éxtasis poseía la equivalencia al de varios normales. Entonces llegaba la tan aguardada tranquilidad ambiental.  “Se podían oír hasta las  pisadas de los muertos en pena”, me confirmó el viejo amigo. 

Ahora  bien, como esa extraña relación sexual lo hacían de vez  en cuando, más o menos cada diez u once días, los moradores de ese pueblo terminaron por familiarizarse. La realidad era, y lo sabía bien la fémina del conductor, llenándose de orgullo, que bastantes hembras del pueblo, hasta comadres suyas, ansiaban tener ese tremendo sexo con su marido. Con mucha frecuencia se lo confesaban. Hasta le ofrecían regalos, pidiéndoselo prestado, algo no raro entre incondicionales amigas. Empero, la concubina, muy confiada, les aconsejaba que se lo insinuaran para ver qué hacía, que ella no se opondría. Sin embargo, el camionero era fiel a su mujer, como ella también. Empero, con la única que él lo hizo, exigido durante días por su concubina cada vez con más insistencia, fue con la señorita Inés, la maestra del poblado, hermosa, quien nunca había sentido el calor de un hombre encima de su cuerpo virgen, apeteciendo intensamente hacerlo para no olvidarlo, llegar a la vejez con tan hermoso recuerdo. Mas, deseaba consumarlo únicamente con el chofer, gozarlo con él solamente. Y por eso debió el conductor, para que su fémina lo dejara tranquilo, acudir una noche donde vivía sola la profesora, no lejos de su vivienda. Él no vio a nadie por los alrededores. Estaba previamente acordado que la maestra dejaría una ventana abierta con su cortina. Diez días tenía el camionero que no lo hacía. Se hallaba perfecto para el acto. Por entre la cortinita ingresó la cabeza. La habitación estaba ligeramente alumbrada por una tenue luz de lámpara de queroseno. Atisbó a la profesora tendida en su cama, arropada hasta el cuello, aguardándolo, haciéndole señas con el índice para que se acercara. Y así lo formalizó, cerrando la ventana y la  cortinillita, olfateando un agradable aroma a incienso combinado con el de un sutil perfume. Intuyó que todo se hallaba preparado para  la acción carnal. El hombre se desnudó totalmente, como lo realizaba en su vivienda. La profesora, extasiada, no le quitaba la vista del famoso falo, talvez cavilando que su intenso deseo pronto se haría una fabulosa realidad. Con sumo cuidado se acostó a su lado, sintiéndola temblar como atemorizada avecilla. No hablaron una palabra. Ambos sabían a qué él había ido. Y comenzó dándole un beso en cada párpado, repitiéndolos para que jamás le olvidara. Continuó por las orejas y mejillas, propinándole uno muy prolongado en los labios, haciendo que la maestra le obsequiara una encantadora sonrisa que le hizo sonrosar, sonrojo que nunca olvidaría a través de los años. Prosiguió acariciándole con sus manos los diminutos y duros senos, dándole a cada pezón una experimentada caricia labial, haciéndola suspirar, agitando el cuerpo. La sábana se la fue quitando muy despacio, echándola al suelo, quedando completamente desnuda, mirándola moverse como encantada serpiente. Poseía la piel como de seda. Y se quedó embelesado por la grandiosa preciosidad que tenía a su vera. Por eso, con   ardor se manifestó: “¡Dios mío, qué hembraza!”. Estaba muy limpia, olía a flores, sabrosa para una extensa relación  sexual. Y le propinó un besuqueo en el ombligo, suspirando ella, ejecutando que abriera brazos y piernas, entregándosele totalmente. Le besó un rato el tesoro de la vida, haciendo que ella lagrimeara de satisfacción. Entonces recordó que era virgen, debía de tratarla con mucho cuidado, no quería lastimarla, sería vergonzoso y doloroso. Y el camionero lo fue llevando despacioso, soportándolo gozosa, silbando de placer, admirándose él de que lo aguantara, hasta que los 34 centímetros de su falo, medido  jactanciosamente  por su concubina con una cinta métrica de sastre, estaban totalmente entre el canal vaginal de la profesora. 

 

                                 

8vo. CAP. DE "UNA FLOR PARA EVANGELINA RODRIGUEZ"

     

 

 

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Por Bernot Berry Martínez  (bloguero)

 

         -VIII

 

   Después de varias semanas del horrendo estupro a la Dra. Rodríguez, los tres jóvenes militares, vestidos de civil, enviados en una ‘misión especial’ por su sargento, amanecieron muy próximo al arroyuelo donde aconteció la brutal deshonra. Estaban allí con la orden de vigilar a los hermanitos y de actuar como fieras si la ocasión era precisa. Poseían ansias de vengarse. Aseveraban que por culpa de tales jovencitos, por ser habladores, chismositos, sus padres los habían expulsados de las viviendas. Sí, como a hediondos perros los echaron. Y se encontraban muy adoloridos. Entre ellos, sin quitar la vista del riachuelo, ansiando verlos llegar con los recipientes, más o menos dialogaban, claro, no textualmente:

“Y todo por esa vieja loca, gran enemiga de Trujillo el ‘Grande’. Pero ya verán esos tipitos. A la Guardia hay que respetarla, carajo, lo dice el sargento. No podemos dejar que nos irrespeten. Somos los soldados del ‘Jefe’. Nosotros mandamos  en  todo  el  país.  ¡Hacemos cuanto queremos, lo que nos venga en gana!”

“Cierto, es por culpa de esos carajitos que vinieron los viejos ‘cachimberos’ a botarnos, gritándonos pendejadas, dizque porque abusamos de esa loca comunista”

“La verdad es que esos viejos no entendieron cuando dijimos que ella tenía grandes deseos de que se lo hiciéramos, poniéndola a gozar. Se los explicamos con claridad diciéndoles: eh, comprendan que nos suplicó que le diéramos candela por su parte. ¿Lo comprenden, ah? Y por esta aclaración que les dimos, recomendada por nuestro tremendo sargentazo, ellos se molestaron más con nosotros. No los entiendo no”...

“Es porque somos guardias, jóvenes, potentísimos. Las mujeres se vuelven locas con nosotros, y las viejas más todavía. Pero nuestros padres no quieren entenderlo. Creo que  están  celosos. En el fondo nos envidian. Es que son gallos acabados, no levantan ni con orquesta, están listos y servidos”.     

“Ya verán esos carajitos. Son unos tremendos frescos. De seguro que son pajaritos. Bueno, el papá es un pendejo grande, pues sabe quién mató a su padre, robó su  tierra y  no le hace  nadita de  nada, trabajándole gratis de sol a sol, pagándole así por dejarlos vivir en esa maldita loma con su azaroso conuquito”. 

“Sí, esos tipitos tendrán que vérselas con nosotros los guardias. No podemos dejar que sigan hablando esas tonterías, poniéndonos por el suelo, de mojiganga. La anciana loca lo deseaba. Y le encantó. No se cansaba de que le diéramos fuete. ¡Vaya, cuánto chillaba de puro gozo!”.                                                                                                        “Eso es verídico, primero teníamos que sostenerla, abriéndole las duras piernas, sujetándole las manos y los pies para que el sargento y el cabo se lo hicieran. Pero después, con nosotros, los duros, se fue quedando quietecita, mansita, igual a pájaro bobón, disfrutando el momentazo. Diantre, berreaba como loca que es, gozando una barbaridad”.          

“En esa agua friíta del arroyo fue que la sentí buenaza de verdad. ¡Diablo, qué sabrosa estuvo ahí!”.

 “Ustedes dos se la tiraron en el agua, yo no pude hacérselo no, no se lo pude hacer”.

“Porque llegó el camioncito y tuvimos que llevárnosla. El sargento lo mandó, lo sabes bien. Sin embargo, en gran parte del camino te la tiraste. Parece que te prefería”. 

    “Sí, le gustaste. Se lo hiciste un buen rato en el camión. El ‘saya’ (sargento) rió muchísimo mirándolos desde la cabina, al lado del chofer”.

    “Diantre, brincaban como demonios, pero no se despegaban por nada. Parece que estaban unidos con almidón. Cierto, por un buen rato, el vehículo corriendo, se lo realizaste. Luego se pusieron silenciosos, como durmiendo”.

“Pero la loca tenía los ojazos bien abiertos, se los vi, con sus brazos apretándote la espalda, seguramente gozando un montón”.  

“Vaya, sólo te separaste de ella cuando el sargento te lo gritó  tres  veces. No querías quitártele de encima. ¿No es así, ah, ah?” --le propinó unos golpecitos en la  espalda--.    

“¡Ya, ya, ya, dejen sus  pendejadas, déjenlas, yo solamente quiero ver a esos carajitos! Es que no se me quita la vainaza que me hizo mi pai, no se me quita”.

“Eh, pa’l carajo los viejos esos, también sus conucos y sus bohíos de mierda. Somos grandes, fuertes, y militares. El país es nuestro. ¿Quiénes como nosotros, los guardias del ‘Jefe’, ah?”

“Cuanto has dicho es la pura verdad. Me parece que a esos muchachitos, por chismearnos, hasta por sus anillitos debemos darles candela. ¿Están dispuestos, ah?”

“No, eso no, recuerda que el sargento mandó que por nada  del  mundo  fuéramos a  realizarles  esa cosa. Es que son varones, machos, y por honor debemos respetarlos”.

“Eso es cierto. Si fueran hembras sería otra cosa. Las mujeres, todas, viejas y jóvenes, nacieron para eso, para recibir tusa por funda. Pero con los machos no, tenemos que guardarles respeto”.

“Sigo creyendo en la necesidad de darles duro por sus anillitos, bien duro por chivatos”.

“El ‘saya’ me dijo que sólo les hiciéramos lo otro, y si se puede. Él sabe mucho, debemos obedecerle. Por algo tiene tres rayas.

 “Vaya, ¿lo vieron conversando con el ‘Jefe’ debajo del framboyán, ah?  ¡Diantre, cuántas medallas tiene Trujillo en su pecho!”. 

“Cierto, debajo del framboyán se encontraban ellos dos solitos. Nadie se les acercaba, ni los oficiales. Reían mucho, principalmente el ‘Jefe’. Hum, ¿de qué hablarían, ah?”.

“Bueno, el ‘saya’ me comentó que conversaron acerca de la vieja loca. El ‘Jefe’ quería saber si era cierto de que todavía era virgen, dizque señorita. Él le respondió que eso no lo sabía bien porque estaba medio ebrio al hacérselo, pero que se fue con poco esfuerzo, suavecito, sucediendo que cuando iba a eyacular le mordió una orejita a la loca, chillando ésta como chiva vieja. Y que el ‘Jefe’ rió muchísimo con ese asunto, algo que nosotros vimos. Y me contó también que gozó bastante cuando conoció lo que le hiciste en el camioncito”. 

“No fue nada. En silencio ella gozó muchísimo. La oía resoplando  de gusto en cada brinco que daba el camión”.

Y rieron un  ratito. Luego, el que mandaba expresó: “Hum, de seguro que pronto el ‘Jefe’ hará al sargento teniente o capitán, y le dará una posición de mando en alguna parte del país, quizá por San Francisco. Dicen que por allá hay numerosas mujeres bonitas, con el pelo largo y nalgas redonditas”.          

“Bueno,  de  seguro podría llevarnos con él. Nos conoce bien, sabe que tenemos compañerismo, somos sus buenos básigas”.

“Pero no debemos defraudarle nunca, porque cualquier cosa que no hagamos bien, ese hombre nos daría patadas, trancándonos, haciendo que nos boten”.    

"Bueno, y si eso sucede, ¿adónde vamos a ir, ah? Por aquí, de donde somos, ni nuestros familiares nos quieren. Somos despreciados. Nos miran con repulsa. Hasta el café que algunos parientes nos brindan, no deberíamos beberlo porque no lo dan con sinceridad”.

“Vaya, es que ellos son civiles. Hay que estar siempre chivos. Recuerden lo que afirma el sargento, señalando al pelotón: ¡Nuestra familia es la Guardia!”.                            

El día se hallaba grisáceo. Los militares aguardaban escondidos entre la maleza. Tenían hambre, ansias de beber café, pero debían de cumplir lo mandado por su superior, hombre de confianza de Trujillo. Y por eso esperaban que llegaran los hermanitos a buscar agua. Lo sabían todo, incluso que ambos eran los primeros en aparecer porque los demás vivían a mayor distancia. Esto lo conocían demás. Es que durante suficientes años, cuando eran jovencitos, cargaron agua de ese manantial, bañándose en el mismo varias veces al día. 

Entonces fue cuando los guardias vieron llegar a los muchachos. Sonrieron de  modo  grotesco, impulsados por un  apetecido cumplido anhelo. Y con bastante calma les contemplaron  llenando los recipientes metálicos. Parecían hambrientos felinos vigilando a posibles seguras presas.

Cuando los hermanitos tuvieron las cubetas llenas, el palo entre las empuñaduras, listas para llevarlas al bohío, se despojaron de su ropita y desnudos, alegres, al arroyo se tiraron a disfrutar su deliciosa agua en aquel tibio y gris verano. El militar alto y fornido, de ojos prominentes, con mayor tiempo en la Guardia, diciendo que aprovecharan ahora la oportunidad, corrió hacia el riachuelo, seguido por los otros. Sus potentes  pisadas salpicaban el agua. Los hermanitos oyeron las fuertes andadas, asombrándose muchísimo cuando contemplaron a los temerosos guardias aproximándose hacia donde estaban. Y tan inmenso fue el terror de  ambos que se turbaron, quedándose paralizados, prácticamente sin perpetrar algún movimiento de huida, mirando a los guardias acercárseles con enorme rabia en sus rostros. Todo aconteció muy rápido. Esos perversos sujetos sujetaron a los muchachos y con su enorme energía los sumergieron, manteniéndoles así un buen rato, gritándoles improperios. Los jovencitos batallaron por subir, zafarse de tan terribles tenazas, mientras los segundos del tiempo pasaban. Lentamente fueron los hermanitos de combatir por sus vidas, quedando vencidos, ahogados, los ojos abiertos, reflejando el horror de sus interioridades, sus pulmones repletos de agua. Empero, esos guardias los mantuvieron apretando otro ratito. Entonces los soltaron, quedándose mirándoles, rozando sus cuerpecitos en el fondo del poco profundo arroyuelo. Y quien mandaba, viendo que se encontraban bien muertos, ordenó irse deprisa antes que apareciera alguien que pudiera reconocerlos. De inmediato se internaron por entre unos matorrales, perdiéndose con prontitud. A paso doble acortaron la distancia en que ahogaron a los jovencitos. A un kilómetro y pico, los soldados, cansados y respirando con dificultad, abordaron un vehículo que les aguardaba, conduciéndoles directamente a la fortaleza de Macorís. Allí, el de los ojos saltones, enllave del sargento, explicó al suboficial que su orden había sido ejecutada de manera precisa, sin que ninguna persona les advirtiera. El sargento sonrió ampliamente; les felicitó; asegurándoles que es así como en la Guardia se asciende con prontitud, desde luego cumpliendo las decisiones de los superiores. Dijo que no es matar por gusto, a cualquiera, sino de aniquilar a quienes manden los que conocen sobre eso, principalmente para que Trujillo siga en el poder para bien de la República. Les dijo que debemos obedecer siempre, sin pensar si el individuo es un pariente o amigo de la vida civil, ya que lo principal es cumplir. Y les volvió a recordar que la Guardia era su familia, y que todo lo demás había quedado atrás, y que el Ejército ofrece vida nueva a sus disciplinados miembros.

--El Jefe e nuetro queridísimo pai, no lo olviden  --les expresó, señalándoles con el índice, mandándoles a comer, a dormir un rato, pues esa noche irían a parrandear por ‘La Arena’, a revolcarse con varios ‘cueros’, prostitutas que se la buscaban por la famosa ‘Zona de Tolerancia’.    

Varios muchachos hallaron a los ahogados muchachitos entre las cristalinas aguas. Aterrorizados corrieron a dar la  noticia. Seguidamente se esparció la trágica novedad, trotando hacia el lugar casi toda la gente de esa comarca. En silencio, con elevada pena, contemplados por otros presentes, varios hombres sacaron a los asfixiados, colocándolos sobre la hierba. Los lugareños, viendo muy afectados los desnudos pequeños cuerpos, se notaban asombrados. Ellos no podían entender cómo perdieron sus vidas en un manantial de poca hondura, siendo la parte más profunda, poco más de un metro, precisamente en donde los encontraron.

Un labriego subió hacia el bohío a decirle la  horrible tragedia a la madre, en tanto otro trotó hacia la hacienda, comunicándosela al padre. La progenitora se presentó desesperada, gritando de forma inconsolable. La imagen que ofreció era muy lamentable. Hasta a los presentes se les salieron las lágrimas. Ella, llorando los apretaba contra su pecho en tanto decía: “¿Por qué, mi Dió, por qué?” Los besaba y mimaba. Varias mujeres tuvieron que efectuar grandes esfuerzos por llevársela. El papá llegó enseguida sobre en un burrito, lanzándose del mismo, manteniéndose diferente a la madre, quedándose tranquilo, a varios metros de ellos, observándolos en forma dolorosa. Varios labriegos les rodeaban. Algunos les advirtieron espesas lágrimas recorriendo su abatido rostro, las cuales se juntaron en su barbilla, cayendo al suelo en gruesas gotas.

Los chiquillos asesinados fueron velados al lado del bohío, sepultándolos en el atardecer, cerca al conuquito, junto a un frondoso almendro rojizo, un extraño árbol que nunca había producido frutos. Encima de sus tumbas pusieron dos cruces pintadas de cal. Con alquitrán les colocaron los nombres, también la fecha en que nacieron y murieron.     

En aquel vallecito, durante días, se  pudo percibir algo como un suplicio llevado por la brisa. Era cual si el propio desfiladero estuviera lamentándose. Los viejos del lugar hablaron acerca de aquel tormento, y no pudieron dar con su procedencia. Eso sí, presintieron que era un pedido de Justicia, la verdadera, jamás de cuantas ejecutaban esos comunes Tribunales. Conocían que ya antes había acontecido algo similar, esencialmente cuando asesinaron al abuelo de los muchachos ahogados, con la pretensión de robarle su excelente terreno. Y esta vez se interrogaron, fumando sus añejos cachimbos, oteando las tristes colinas, qué pasará ahora.

Si bien nadie se atrevió a expresarlo por respeto a los familiares de los guardias expulsados, era un secreto a voces de que aquellos militares habían asesinados a los jovencitos, porque éstos les vieron estuprando a la Dra. Rodríguez, comentándolo con frecuencia. 

Unos meses después fue que el progenitor de los asesinados hermanitos notó sorprendido que el almendro rojizo floreció, produciendo después grandes y hermosas almendras de igual color. Y por ese motivo se rumoró que el tupido árbol había perdido su desgracia, proveyendo numerosas frutas, incluyendo cuantas no había dado en años. Y el hombre, llevando unas cuantas a su mujer, trató de que ingiriera aunque fuera una sola, ya que la notaba cada vez más delgada. No obstante, ella se negó a comerlas. Aseguró que poseían la sangre de sus hijos. Y por esa expresión, amedrentado, él tampoco las ingirió, lanzándolas lejos, rodando colina abajo, extrañamente cayendo entre el arroyo, casi en el mismo sitio en el cual ahogaron a los jovencitos, poniéndose el mismo de una tonalidad sangrante. La comunidad, reparando cuanto aconteció, se asombró en exceso. Y por esa circunstancia tuvieron esos moradores que realizar, frente a la gran mancha rojiza, oraciones con velas encendidas. Durante siete días consecutivos lo hicieron. Después, el matiz bermejo se fue yendo con lentitud, hasta desaparecer totalmente. Empero, nadie volvió a buscar agua en ese riachuelo, mucho menos a bañarse. Debieron de procurarla a mayor distancia, ayudado por animales. Y se regó por el  valle que todavía aquel almendro seguía azarado, aportando ahora frutos con el color y sabor de la sangre. Nadie las comía. Para que no se perdieran, algunos lugareños las buscaban en carretillas, sin tocarlas, juntándolas con rastrillos, recogiéndolas con palas, dándoselas a cerdos que luego venderían por lejanos pueblos. El asunto de esas almendras rojas causó enorme admiración por esa zona, ya que ese árbol era bastante antiguo y nunca nadie le había contemplado algún fruto. Acerca de esto, se contaba que debajo de su enorme sombra, años atrás, comenzando la tiranía, mataron a machetazos a unos sujetos opuestos al brigadier Trujillo. Una hechicera de la comarca propagó que la sangre de esos muertos la absorbió el almendro, desgraciándose, adquiriendo pausadamente el mencionado tono bermejo, también sus grandes ramas. Los ancianos coincidían que de cuando en vez, en lluvioso tiempo, se oían tristísimos lamentos. Ellos intuían que su origen estaba en el propio árbol. Sin embargo, esos aldeanos se sorprendieron más todavía, cuando advirtieron que cada tres o cuatro meses, el huerto cercano al almendro aumentaba su producción, dando muchísimos y variados víveres, cuando antes no daba prácticamente nada Esta prosperidad del conuco nadie pudo explicarlo, ya que se hallaba muy mal atendido. Y esto era muy cierto, el hombre laboraba el día completo en la propiedad del latifundista, no teniendo tiempo para hacerlo, y su mujer mucho menos, debido a que jamás se recuperó de cuanto les pasó a sus vástagos, pues poseía un complejo de culpa por cuanto les ocurrió. Su nostalgia la angustiaba, iba aniquilándola. Y por esa enorme congoja que tenía casi no ingería alimentos, debilitándose constantemente. Su marido se desesperaba, percibiendo que ella se le estaba yendo  Sucedió que por esa causa expiró en un cálido atardecer, durante un crepúsculo que se negaba a desaparecer. Falleció sin enterarse de cuanto le sucedió a su estimada ‘Lilina’ luego de ser salvajemente estuprada, ya que la médica no volvió a visitarles. Y es que ningún vecino, ni siquiera su adolorido compañero, seguramente a consecuencia de su extrema debilidad física-emocional, se aventuró a decirle que la Dra. Rodríguez había perdido la lucidez, que de cuando en vez cruzaba por el lugar vestida con tela de sacos de pita, con variadas flores silvestres en sus cabellos y cantando ‘disparates’.                                   

La mujer fue sepultada a la mañana siguiente, diez  en punto, a la vera de las tumbas de sus hijos. Otra cruz blanca, de cal, con su apelativo en brea, fue colocada. Desde lejos, encima de la loma, se apreciaba el tupido almendro, enseguida el bohío, poco después las tres claras  cruces, y finalmente el desatendido conuquito con numerosas matas llenas de víveres brotando de la tierra, molondrones, auyamas, berenjenas, frijoles, maíz, etc. Sí, todas se hallaban repletas de cuanto producían, y que llegando más cerca estaba ese temeroso árbol colmadocon grandes almendras rojas.    

                              

7mo. CAP. DE "UNA FLOR PARA EVANGELINA RODRIGUEZ"

 

                -VII-

 

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                 Novela-Histórica

 

Por Bernot Berry Martínez  (bloguero)

 

 La progenitora quedó apesadumbrada de cuanto sus hijos le informaron. No sabía qué hacer. Y cavilaba: ¿Iría al arroyuelo a investigar? Eso sería muy arriesgado. Si la observaban podría irle tan mal como a esa pobre mujer. Pero, ¿y si se trataba de ‘Lilina’, quien de vez en cuando se presentaba por la casa sin avisar, de manera imprevista, examinándolos a todos, incluyendo al marido cuando agotado llegaba cayendo la noche, conociendo cómo se hallaban, dejándoles alguna medicina si llevaba en su bulto, dándoles algunos consejos para mantener la salud? ¡Diantre, cuánto conversaba la cariñosa doctora! Bueno, entonces, por gratitud y porque eran allegadas, estaba moralmente impulsada a marchar hacia el afluente para averiguar. Claro, desde prudente distancia, tratando de no ser vista, vería si se trataba de la bondadosa ‘Lilina’, aquella hija de una distante prima de una tía abuela suya. 

Los vástagos quisieron acompañarla, pero ella se los impidió luego de dialogar un ratito con ambos. Rabiosos se quedaron en la casucha. La madre se dirigió hacia el diáfano manantial. Caminaba con precaución, lentamente, bajando la loma. Sentía un pavoroso miedo. Por eso le pidió a la ‘Virgen de la Altagracia’ que esos hombres no llegaran a contemplarla, que nada le pasara, y que la señora sometida a esa tremenda vejación de la violación no fuera su compasiva parienta. Y llegó a unos 30 metros del arroyo. Atisbó con cuidado, detrás de un guayacán, hacia el lugar donde tomaban sus hijos el agua. Quizá por su nerviosismo no pudo lograr escuchar nada. El sector se encontraba silencioso, aunque le pareció oír el ruido de un vehículo que comenzaba a partir. Inclinada, andando con mucha lentitud, provisoria, sosteniéndose de las matas, sintiendo el corazón en la boca, se aproximó más al riíto. Alcanzó ver que en la orilla se hallaban los dos recipientes dejados por sus hijos, también el palo con el cual los cargaban. Sin embargo, no advertía ni sentía cuanto fue a indagar. Entonces, ¿qué pasaba? ¿Acaso esa gente ya se había marchado o sus muchachos le hicieron una pesada broma para asustarla? Todo era posible. Cierto, quizá partieron o era una travesura de sus hijos. Y ansió que fuese esto último. Y por eso hasta tuvo intenciones de sonreír. Respiró con más tranquilidad. Sí, ojalá era verídico lo de la burla y nada le hubiera sucedido a la buenaza de ‘Lilina’, quien todavía no se perdonaba porque no había llegado a tiempo para atenderla en sus dos partos. Y llegó ella junto al manantial. Reparó que no había nadie. Sin atreverse a cruzarlo, miró por el contorno y del otro lado del arroyuelo, buscando una mujer en el suelo, también alguna prenda interior o ropa femenina. Pero nada de esto llegó a ver. Y de sus ojos salieron lágrimas de alegría. Pensó que su apreciada ‘Lilina’ se hallaba bien, que con certeza sus muchachos le hicieron una tremenda chanza. Seguramente en ese instante estaban riéndose, disfrutando tan tremenda travesura. Entonces, tomando una cubeta de cinc, la llenó de agua, la puso sobre su hombro derecho, y comenzó a subir el cerro, hacia su casa. Mientras ascendía con cierta facilidad a causa de la costumbre, alcanzó a contemplar un pequeño camión desplazándose, doblando detrás de una ancha colina. Pero al mismo no le dio importancia. Ni siquiera pensó en la posibilidad de que entre aquel oscuro aparato, suspirando adolorida y de pudor, cubierta con su rota vestimenta, temblando como asustada avecilla, conducían hacia Macorís, a la temible ‘Fortaleza-Cárcel “Pedro Santana”, a su querida prima ‘Lilina’. La verdad es que jamás se enteraría que del otro lado del riachuelo, a pocos metros del mismo, debajo de un matojo de yerbas, estaba el ropaje interior de la Dra. Rodríguez, indumentaria que con cierta regularidad sería vista por cautelosos cazadores de gallinas de guinea, ‘las pintadas’, quedando allí hasta que el tiempo la confundió con el rojizo terreno.  

Cuando la madre llegó al bohío, los jovencitos se pusieron muy contentos. De inmediato comenzaron a preguntarles sobre lo que había indagado. Sin embargo, ella, bajando el cubo, echando el agua en otro más grande, les dijo con seriedad que fueran a buscar más, que la necesitaba con urgencia para lavar y cocinar. Empero, los muchachos protestaron, no deseaban ir, allí se hallaban esos guardias abusadores de la pobre vieja, tan parecida a la doctora aquella, a la parienta lejana. Y esas palabras hicieron que la madre se enojara. No le agradó que siguieran mintiéndole, burlándose. Por eso les propinó un par de bofetadas a cada uno, diciéndoles: “Allá no hay ná, no hay ná. Dejen de hablá embute, eso e’ malo, e’ malo”. Y los mandó rabiosa a procurar el importante líquido, aconsejándoles regresar pronto, que no se pusieran a bañarse como habitualmente realizaban, de lo contrario les daría una buena pela, pues la necesitaba para sancochar los plátanos verdes del almuerzo.                                       

Arrastrando la cubeta, los hermanitos se fueron sin entender la razón por la cual su mamá no encontró lo que observaron con tanta claridad. Algo estaba mal. Debían de averiguarlo con suma discreción, desde lejos, agazapados. Sí, talvez ella fue por otro parte. Eh, ¿pero qué estaban diciendo? No, esa posibilidad era incorrecta, no podía ser, su madre trajo uno de los recipientes que ellos dejaron junto al arroyuelo. ¿Y entonces, eh? Bueno, lo cierto era que estuvo en ese sitio, llevando agua en la cubeta que arrastraban. Sí, era la misma, no la había cambiado. Y su mamá se encontraba muy enojada. Sí, quizá creyó que la relajaron con el asunto de la vieja parienta. Pero no, ambos vieron a esos tipos abusando de la anciana, una bien parecida a la doctora con olor a flor de limón, la que siempre jugueteaba con sus cabellos cuando llegaba, igualmente al partir.

Cierto era esto, Evangelina les saludaba con afectos pasando por ahí, brindándoles esa tierna sonrisa suya, sincera, la misma que utilizaba desde niña cuando vendía aquellos apreciados dulces por las calles del Macorís Caribeño.               

Los hermanitos se hallaban extremadamente nerviosos al aproximarse al arroyo, atisbando los lados, buscando a los militares. Pero no les vieron. Y trataron de escuchar los profundos y tristísimos gemidos de la señora. Nada percibieron. Por el paraje solamente oyeron cantos de aves y el originado por el riachuelo corriendo. Y se afirmaron, contemplándose silenciosos, los ojos muy abiertos, que algo raro se encontraba pasando. Y ellos, no entendiéndolo, pensando en la madre, en sus bofetadas, en la posible pela, en los sabrosos plátanos verdes sancochados, el hambre que tenían, llenaron con prontitud los cubos del vital elemento. Entonces, atravesando el fuerte palo por las agarraderas, los colocaron sobre sus hombros, poniéndose el más grande detrás, comenzaron a subir despacio, andando lentamente para evitar botar menos agua. Cuando llegaron a la vivienda notaron que la madre los esperaba, sus brazos cruzados sobre el pecho, viéndoles con enorme seriedad. Temieron que les pidiera retornar a buscar más. Empero, la madre no los mandó. Bueno, irían por la tarde. Ahora era descansar, comer, tratar de no hablar de cuanto realmente fueron testigos allá abajo, algo que no era mentira, lo contemplaron perfectamente, no tenían porqué decirle a su progenitora, tan buena con ellos, cosa tan espantosa, ni hablarle esa horrible falsedad, metiendo en la misma a esa señora de amable sonrisa, de suaves dedos y siempre con el agradable olor a flor del limonero.

Lo cierto fue que aunque esos hermanitos temían conversar con sus padres acerca de lo acontecido en el riachuelo, lo propagaron con otros jovencitos que iban a buscarla, bañándose en el mismo lugar. Lo narraban, principalmente el de mayor edad, en forma detallada, sin esconder nada, ni siquiera los guardias que lo hicieron, comentando igualmente de la anciana. Y esos muchachos, quienes vivían en dispersas casuchas con conuquitos, hijos de peones --algunos laboraban para el rico hacendado--, se lo notificaban a sus familiares, propagándose el rumor de que la médica había sido violada por unos militares de esa región. Y decían hasta sus nombres.

Las señoras mayores de esa zona, quienes respetaban y admiraban a la Dra. Rodríguez, se persignaron varias veces al percatarse de tan infausta noticia, rezando por la caritativa doctora, anciana ya, sin hijos ni marido. Es que ellas la conocieron bien, esencialmente cuando más tuvieron que necesitarla, ayudándolas con sus dolencias, embarazos y sus infantes, primordialmente al cruzar por ese vallecito para llegar con mayor prontitud a Pedro Sánchez, donde estaban los refugiados españoles.                 

El comentario del estupro a Evangelina Rodríguez llegó a los parientes de quienes lo hicieron. Y sus padres se avergonzaron de esos hijos. Por toda la región se sabía que la médica había sido la amorosa partera de esos jóvenes, quienes fueron sus verdugos violadores. Y sus progenitores, furiosos, con sus miradas irradiando esa honorabilidad que poseen nuestros laboriosos labriegos, echaron de las casuchas a sus hijos tan pronto se aparecieron a visitarles con botellas de ron y llenos de picardía. A ellos les pidieron que jamás volviesen a entrar en tales honestos hogares, explicándoles la causa, la vergonzosa y cruel tragedia. Y ellos, riendo de manera hipócrita, trataron de defenderse con engañosas falsedades, no  valiéndoles de nada. De los respectivos bohíos en donde nacieron, crecieron y se hicieron hombres vigorosos --sus madres llorosas, abatidas, sin mirarles--, los tres tuvieron que salir, dejar esas casuchas con tantos recuerdos. Y partieron con una pesadumbre que les quemaba sus entrañas. Se dirigieron al riachuelo. Ahí siguieron bebiendo ron, recordando (se reían de eso), cuanto le hicieron a Evangelina. Después se lanzaron desnudos a las aguas, jugueteando como cuando eran jovencitos...          

El bien rememorado amigo, don Juan Niemen Castle, sindicalista  y  periodista, decente y culto, hombre de bien aunque no fue perfecto, colaborador cercano de Mauricio Báez, torturado por la tiranía, con horribles cicatrices en su cuerpo, me confirmó que en “Méjico” investigaron a numerosos dirigentes que participaron en las huelgas de los ingenios azucareros.

Este  sincero señor era pausado en el hablar. Aunque no le gustaba recordar tan desagradable historia, conmigo no tenía secretos. En una ocasión en que conversábamos en su hogar sobre esos paros, me aseguró que Trujillo no creía en nadie, hallándose al tanto de cuanto acontecía en Macorís, pueblo que odiaba en demasía, dirigiendo con frecuencia él mismo los interrogatorios. Me comunicó que en la denominada fortaleza, desnudos, colgaban como a cerdos a quienes indagaban, dándoles palizas con tablas, palos, chuchos y ‘güebos de toros’.

--Era algo espeluznante. Te dejaban guindando por horas, interrogándote a cualquier hora del día o de la noche, y hasta de madrugada. Te descolgaban para darte un jarrito de agua. Un par de veces te ofrecían un poquito de harina de maíz sin sal, teniendo que comértela rápido, con las manos, la boca adolorida, sangrante, o se la llevaban riendo para echársela a unos puercos. Eso sí, les agradaba propinar un certero golpe con un palito en los testículos, mirándote lleno de risa --me dijo con tristeza, volteando el rostro para que no advirtiera sus ojos lagrimeando. Le pregunté acerca de las féminas, si las llevaban a ese lugar. Me confesó que pocas mujeres, exceptuando algunas de alto valor cultural y patriótico, se metían en ese tiempo a eso (la política), pero aunque no pudo verla le notificaron que allí llevaron a la doctora Evangelina Rodríguez.

--La pobre, tan inteligente y buena. Me contaron que la cargaron apaleada, destruida, y que por unos días le hicieron de todo, tratando de averiguar si tuvo que ver con las huelgas. Me informaron que el propio Trujillo le dio bofetadas, voceándole ‘perra comunista’. Pero yo no vi eso. Estábamos separados. Y fue mejor, ya que todos les teníamos una inmensa consideración. Ella, por las desilusiones recibidas, repleta de frustraciones, había ido perdiendo la razón. Me enteraron que por su amistad con los refugiados españoles, fue torturada más fuerte que a nosotros. Es que Trujillo la odiaba muchísimo. No quiero ni suponerme cuanto le habrán hecho esos malvados. Pero creo que fue algo tremendo. Esa gran mujer pudo llegar muy lejos. En aquel entonces, entre nosotros, corría el rumor de que los Republicanos ibéricos la estaban preparando para que ella cogiera el mando del país”. 

 

--Hum, perdóneme don Juan, pero  tengo entendido que a ella la soltaron, que no la hicieron desaparecer como a muchos otros. 

--Sí, eso fue cierto. Aseguran que luego de ser horriblemente martirizada por días, esos bandidos la abandonaron desnuda por un campo de Hato Mayor. Pero hay que tener en cuenta que el régimen de Trujillo no era bruto. Se encontraba bien asesorado por excelentes licenciados. Evangelina fue gran educadora y acreditada médica. Era conocida por todo el país, igualmente en el extranjero. La dictadura sabía todo eso, como además que había efectuado varias especialidades en Francia, conservando muy buenas relaciones con diversas universidades del mundo. Daba conferencias, escribiendo en revistas y periódicos locales y nacionales, igualmente en extranjeros, encantándole enseñar, utilizando hasta la radio para educar. Por tanto, esos malditos no podían hacerla desaparecer con mucha facilidad no. Ella no era una simple política. Vendrían averiguaciones del extranjero, algo que a Trujillo no le gustaba ni un poquito. Él se cuidaba de esas cosas. Y tal vez por eso, aconsejado por ciertos galenos de que ya estaba muy mal de la mente, que no hablaba y ni siquiera ya se quejaba con las torturas, decidieron lanzarla por ese campo de Hato Mayor, haciéndole creer a la gente que nunca estuvo detenida en ‘Méjico’, tampoco en parte, mucho menos horriblemente lacerada. Así de cínica y cobarde fue la tiranía trujillista, la más sanguinaria y espantosa que ha tenido Latinoamérica.            

--Le decían la señorita doctora. ¿Qué sabe acerca de eso, don Juan? 

--Te diré que Trujillo era un maniático, lo peor que le ha pasado a esta Nación. Odiaba a las mujeres vírgenes. Afirmaba con orgullo que en los pueblos donde existían ‘jamonas’ era porque no había un macho como él, y que en Macorís existían demasiadas, principalmente maestras. Esto te lo dice todo. Sus sinvergüenzas le hicieron cuanto quisieron por órdenes suyas, violando sus  derechos.            

--Don Juan, he notado que las autoridades no la recuerdan como se merece. ¿Por qué será, eh? 

--Eso es muy fácil. Aunque Evangelina fue de clase pobrísima, una higüeyana-macorisana, no es tanto por ese motivo. Es que fue una socialista con altos principios revolucionarios. Era una Patriota ejemplar. Nunca se vendió a esos mercaderes politiqueros, no obstante le ofrecieron hasta ser directora de hospitales. Tampoco era dogmática religiosa. Pienso que algún día vendrá un gobierno decente, uno del pueblo y no de grupitos de ladrones, que pondrá sus restos en el Panteón de los Inmortales, dándole la importancia merecida. Mientras tanto, amigo, debemos aguardar que llegue tan hermoso momento, sin jamás olvidarla, teniéndola siempre presente entre nosotros...

                 

 

6to. CAP. DE "UNA FLOR PARA EVANGELINA RODRIGUEZ"

 

                       Novela-Histórica

 

NOTA: Existen personas tan egoístas, poseedores de medios de publicación, que uno les solicita una ayuda para que esta novela sea conocida, y ni siquiera te responden tu petición. Pero allá ellos. Eso mismo le sucedió a Evangelina Rodríguez. 

Y recuerden: ’Soy como soy’, un atalayador de un pueblo de aduladores y peseteros, que no leen y solamente andan tras los politiqueros en búsqueda de prebenda. 

 

Por Bernot Berry Martínez  (Bloguero)  

 

                  -VI-

 

    La gran realidad es que toda existencia es cambiante, evolutiva. Nada permanece estático, ni las formas como actúan las instituciones, incluyendo la Iglesia Católica, como también las numerosas sectas desprendidas de Ésta. Por tanto, aunque es posible que el gobierno de Trujillo no había detenido y maltratada a la Primera Médica por motivo ignorado, dejándola deambular por poblaciones y caminos hasta que talvez se perdiera en la enmarañada oscuridad de la demencia, esto último no aconteció a consecuencia de las huelgas que sacudieron la Región Oriental. Cierto, aquellos paros laborales trajeron que los personeros del régimen, cual ya se notificó, asesinaran a dirigentes sindicales y subyugaran a muchísimos más. Sin embargo, aparte de esas espeluznantes perversidades, se ordenó buscar a los cabecillas, a sus organizadores, pues consideraron que serían los auténticos responsables de tales paralizaciones. Y fue cuando un influyente tipo, vulgar adulón, inmundo machista lleno de odio por las progresistas ideas de Andrea, la señaló como una persona que debía indagarse profusamente porque era amiga de los Republicanos ibéricos expulsados, también de cuantos aún quedaban, conociéndosela como una resuelta enemiga del ‘Jefe’, de los curas, una campesina que se creía francesa y a quien le agradaba cantar y declamar extraños versos en esa lengua. Expresó la probabilidad  de que esa mujer se estaba haciendo la maniática para evitar persecuciones, pudiendo ser una de los principales cerebros de esas huelgas. Y los demás consideraron que ese pícaro sujeto podía  tener razón, y fue dada la orden de ser buscada para investigarla. La inquirieron en la ‘Casa Amarilla’ y donde familiares y amigos cercanos. Y debido a que no fue encontrada, cavilaron que se hallaba bien escondida, quizás entre un aljibe seco o lleno de agua, algo muy utilizado antaño para burlar persecuciones. Y en diversos de esos depósitos fue rebuscada. Se dispuso entonces que la localizaran viva o muerta, en cualquier parte. Y mandaron temibles sujetos, militares disfrazados de civiles, gente del Este Profundo, conocedora de esa región, a rastrearla por los montes seibanos, ya que alguien había avisado que la divisó por esa zona.  

El Dr. Zaglul narra que un amigo suyo, antiguo militar de baja graduación del Ejército, luego de ser jubilado, le refirió una “deleznable historia” acerca de la reclamada Primera Médica. Le aseveró que  ésta  fue  encontrada caminando entre Pedro Sánchez y Miches, señalándole que “la golpearon sin misericordia”, siendo conducida a la Fortaleza ‘Pedro Santana’, a la llamada ‘Méjico’ por los macorisanos. En ese recinto fue salvajemente torturada, interrogándola con fuertes golpizas durante unos días. Le manifestó asimismo aquel antiguo militar, que al fin comprendieron --¿su demencia?--, y que “muertos de vergüenza, si es que la tenían, la abandonan en un desierto camino vecinal cerca de Hato Mayor”.  

Sin embargo, es una lástima que el Dr. Zaglul no abundara  más sobre su amigo, el veterano del Ejército, como tampoco de cuantos participaron en las palizas y torturas de la Dra. Rodríguez. Claro, él conocía que nuestro país es pequeño, la mayoría nos conocemos, tenemos algún parentesco, amistades, etc. Y el siquiatra Zaglul, ‘quien sabía más que el mismo lápiz’, no quiso arriesgarse escribiendo apelativos, algunos nombres que seguramente llegó a enterarse. Empero, si el galeno lo hubiera hecho, posiblemente sabríamos sobre ellos, incluyendo de sus familiares. Y es que sería una carga muy pesada de acarrear. La misma los encorvaría. Mas, como jamás los sabremos, asegurándose que hasta la deshonraron de forma muy vil, tendremos que mordernos los labios impotentes, inútilmente. Y por todo eso, contemplando con melancolía al bello cosmos mañanero, considerando que nuestras conciencias se empequeñecen adoloridas ante semejantes crueldades, con razón diferentas personajes con frecuencia se interrogan:  ”¿Por qué los malvados, con rarísimas excepciones, siempre se salen con las suyas, muriendo de viejos en sus fétidos lechos, teniendo por lo regular a su alrededor algún truhán ‘religioso’, dizque buscando alma que salvar?”    

No obstante, tenemos que seguir viviendo con esta podredumbre encima, aunque con certeza suponemos que tales fieras, en sus asiduos y escandalosos festejos, detallaban deleitados cuanto le realizaron a nuestra distinguida médica. Sí, aunque se cerciora que ellos abusaron sexualmente de Evangelina, debemos tener muy en cuenta que fue obligada a puras golpizas, forzándola de manera irracional. 

Con mucha certeza y por su enorme valentía, ella defendió su honor antes esos feroces jóvenes militares, ebrios de alcohol y demencial lujuria. Si esos estupros se lo provocaron, algo bastante creíble, es indudable que le causó una incurable profunda herida emocional. Por tanto, al consumarlo, cosa no rara en tan impúdicos individuos sin importarles edad, podríamos conjeturar que todo eso contribuyó en gran magnitud a que Evangelina se adentrara hondamente en el brumoso abismo de la locura. Por eso y con bastante lógica, si bien no informara acerca de esos evidentes libidinosos actos, el Dr. Zaglul certificó en su obra: “Era el puntillazo para esta pobre mujer”. 

Pero nuestro respetable profesional, inmenso admirador y enamorado de la ejemplar vida de la Dra. Rodríguez, hombre con inmensa ética, silenció tales  profanaciones a su biografiada Quizá por su origen de clase, el Dr. Zaglul era un poco conservador. Y tal vez por esto se vio preciso a declarar para la Historia: “Los dominicanos de esa época habíamos logrado vencer la capacidad de asombro”. 

Redundan personas al respecto que quizás el admirado siquiatra y escritor, respetando la hidalga memoria de nuestra Primera Doctora, eludió relatar esas aberraciones, debiendo conocerlas bien, avergonzándose profusamente. Se cavila entonces que pudo haber vivido con esas imágenes en su formidable mente siquiátrica, las que pudieron repetírsele con relativa regularidad. Igualmente, las mismas debieron atormentarle mucho, haciéndole la vida más difícil, complicada, llevadera.  

Posiblemente esas reproducciones son las que se  hallan relacionadas con los ‘fantasmas’ que acongojan al escritor incesantemente, penetrando de manera constante su imaginación, turbándole. Se ratifica que sólo lo dejan tranquilo cuando las expone en el papel. Entonces, ¿por cuál raciocinio se supone que al Dr. Zaglul tales imágenes pudieron angustiarle? Bueno, posiblemente a que no brindó en su texto detalles precisos, crudos, de la cobarde y cruel violación a la anciana Evangelina Rodríguez. Por consiguiente, los investigadores creen que la biografía del Dr. Zaglul, confeccionada con numerosas indagaciones del autor, fue relatada prudentemente, con ciertas lagunas, esto tal vez “porque el dominicano no cae en gancho”, popular frase que al prestigioso médico-siquiatra le encantaba emplear con regularidad.                 

Se especula que desde su lanzamiento desnuda como bulto sin valor en un camino vecinal de Hato Mayor, dejándola ahí con la finalidad de que falleciera en dizque posible accidente, su enfermedad mental le fue creciendo hasta el final de su existencia. Es más, piensan que si todavía le quedaba un poquito de lucidez, alguna lucecita, ella no quiso salir de las complicadas penumbras de su mundo interior. Es que fuera del mismo, su verdadero universo le era una espantosa pesadilla. Ya lo había vivido en sus más de 68 años de pesarosa existencia. En ese lapso, y con su intenso amor, lo entregó todo por su gente, recibiendo a cambio indefinidas humillaciones de diversos tipos, jamás una certificación de gratitud.                                                                           

Cierto, como ya se notificó, cuanto Evangelina había aprendido venciendo enormes obstáculos los colocó a disposición de sus conciudadanos. Pero aquella sociedad no estaba preparada para una fémina de tan elevadas luces. Y como se dijo: nuestro pueblo se hallaba compuesto por una comunidad extremadamente machista, frustratoria, que rayaba en el oscurantismo, de farsantes, dirigida en el fondo por intrigantes jesuitas y otros ‘sacerdotes’ falangistas, principalmente de la Orden ‘Opus Dei’, esos fieles de la terrible ultraderecha del nacionalcatolicismo, sostenedora del déspota y asesino Francisco Franco.  

La Dra. Rodríguez lo había perdido todo. Se encontraba en inmensa soledad, totalmente vencida. Sus enemigos jamás le bajaron la guardia, ni con los años, muriendo todos así, odiándola. Fueron gente que nunca perdonaban, rabiosamente orgullosos. Entonces, ¿por qué iría tan brillante mujer a retornar a su cruenta realidad? Por eso se sospecha que su último acto de inteligencia y valentía fue quedarse entre su enorme introversión, completamente ensimismada, una chiquilla persiguiendo sonreída, alegre, sus brazos en alto, a multicolor bella mariposa por un verdoso campo de su tierra natal, Higüey. Sí, en esta forma estuvo ella feliz por unos meses. Erraba de un pueblito a otro, casi sin comer, los aguaceros cayéndole encima, durmiendo en cualquier parte, regularmente junto a grueso tronco, persiguiendo en su ilusión al precioso insecto volador que nunca logró alcanzar. Y fue en cierta coyuntura, durante hermoso y azuloso atardecer, encontrándose cerquita de atrapar a la mariposa, que sonriente la miró convertirse súbitamente en brillante flor de luz, creciendo muchísimo, fundiéndose ambas en un solo organismo.                                                   

Ahora  bien,  cuanto  hemos podido averiguar acerca de Evangelina después de las huelgas azucareras (narrado más arriba), es que aparte de su anormalidad, se hacía una abstraída demente, “perdida en un mundo irreal”. Dicen que actuando de ese modo ella trataba de evadir a sus peligrosos adversos. Pero los rastreadores, con el mandato de hallarla como fuera, lograron atraparla durante una temprana mañana gris, en un atajuelo entre Pedro Sánchez y Miches. Se afirma que esos cinco nefastos tipos la sacaron del caminito, llevándola arrastrada monte adentro. Andrea los insultaba  y pataleaba furiosa. La dejaron caer sobre unos hierbajos, observándolos desde el suelo con mirada de fuego. Allí fue golpeada y maldecida con rabia: “¡Comunita ‘e mierda, habla hora contra el jefe, habla hora, vieja loca!”... El férreo vestido suyo, igualmente su ropaje interior, se lo desgarraron con suma violencia, quedando completamente desnuda, aterrorizada, tratando con sus manos de cubrir sus diminutos senos. Y aquellas bestias, contemplándola gozosos, produjeron perversas risotadas estremeciendo aquel enorme tranquilo ambiente. Bebieron largos tragos de ron, pasándose la botella. La educadora-médica trataba de humillarlos, gozando ellos con su berrinche. Fue en eso que el cabecilla del grupo, sosteniendo un revólver en la izquierda, aflojándose su pantalón con la diestra, preguntó con picardía: “Eh, ¿y será cierto qu’eta loca e mierda, e dique señorita, ah? Y los otros cuatro, algo que parecía premeditado, ordenado con seguridad por algún oficial superior, extasiados, enseguida les sujetaron sus piernas y brazos --“¡Suéltenme, suéltenme, perros trujillistas!”,vociferó la doctora, tratando inútilmente de zafarse de sus fuertes manos--. Y por orden de rango, el sargento primero, se turnaron para violarla. Y fue deshonrada sucesivamente. Evangelina, horrorizada, no pudo resistir, desmayándose. Los guardias la hicieron volver en sí con potentes puñetazos en los costados, gritando ella de dolor, continuando abusándola --“Coge guto, maldita comunita, coge guto” --le gritaba uno, joven, babeándole el rostro.

Con mucha posibilidad sus profundos lamentos los excitaban, aumentándoles su fogosidad, prosiguiendo vejándola. Dos de los violadores, el sargento y el cabo, pasaban la treintena de años, los demás eran rasos, casi de la misma edad, apenas alcanzaban los veintidós.     

Se afirma que la Dra. Rodríguez fue totalmente profanada y degradada por esos cinco fornidos soldados.  Pero, de manera coincidencial se comenta que ella fue la partera de los tres más jóvenes, con diferencia de días, la especialista que gratuitamente atendió a sus madres a traerlos al mundo. Alegan que eso sucedió a los pocos días de su retorno de Francia, encontrándose por ese lugar visitando parientes.    

Es muy posible que los intensos lamentos de nuestra Primera Médica estremecieran a toda esa zona. Incluso que numerosas aves del sector, avergonzadas por cuanto vieron y escucharon, dejaron de canturrear, buscando protección entre los ramajes de un majestuoso árbol de jabilla. Además, que un cercano riachuelo silenciara su murmullo, y que el viento se desviara para no cruzar próximo al lugar de tan horrible deshonra. También pudo ser probable que por ese contorno se abatiera un mutismo espantoso, solamente quebrado por las pavorosas y horrendas carcajadas de los militares, las cuales se entremezclaban con las sufridas lamentaciones de ella. 

¡El Humanismo, una vez más, fue herido hondamente, pero jamás de muerte!   

Cuanto se ha contado acerca del grandioso abuso de nuestra ilustre doctora, fue dado a conocer por dos hermanitos de doce y once años, quienes cargaban agua de la otra orilla del arroyo para llevarla a un bohío en la cima de una colina, en donde vivían con sus padres. Ambos hacían eso por las mañanas y en las tardes. Y mientras se preguntaban quiénes eran esos hombres y cuál la mujer chillando, debieron esconderse pronto entre la maleza colindante, dejando los envases en la ribera, cuando les advirtieron venir arrastrando a la desnuda señora por las muñecas, dejándola bocabajo, sobre el límpido manantial. Desde su escondite, bastante aterrados, los hermanitos contemplaron a esos individuos lavándose manos, brazos, rostros, incluso sus partes intimas, haciendo burlas los más jóvenes de quién lo tenía más grande.

Los muchachos observaron los revólveres entre sus cinturones, poniéndose más nerviosos, comprendiendo que aunque no estaban uniformados, se dieron cuenta que eran atroces guardias, abusadores, asesinos. Entonces, mirándoles bien, se susurraron que por ese sitio conocían bien a tales sujetos. Claro, ambos sabían que los lugareños aseveraban  que esos tipos  eran  delincuentes  desde antes de enrolarse al  Ejército.   

Los hermanitos aborrecían a los soldados. Se hallaban al tanto de que un tiempito atrás, varios de ellos mataron a su abuelo paterno a bayonetazos, trasladándolos del Seibo a Macorís. El homicidio lo efectuaron cuando su pariente regresaba al hogar en su burrito de carga, luego de vender algunos productos agrícolas. Le hurtaron el dinero de la venta, matando hasta al noble animal. Y aunque ese crimen quedó como un robo, la verdad era que lo hicieron porque él no quería traspasar su tierrita a un latifundista, ‘quien no dormía por poseerla’. A los pocos días del homicidio, llegaron al terreno unos guardias. Estaban acompañados por un gordito ‘licenciado’ enfundado en apretado traje de color marrón, sudoroso, con sombrero bombín, cargando abultado maletín. Ese ‘profesional’, con papel en su diestra, les gritó a los parientes del asesinado, agitando el supuesto documento, que el difunto transfirió su propiedad al potentado hacendado el  mismo día del crimen y robo. Empero, notando el obesito ‘licenciado’ que los familiares le contemplaban muy escépticos, pataleó rabioso, mostrando varias veces una cruz como la firma del fallecido. Pero eso era algo ilícito, totalmente una sinvergüencería a consecuencia de que el ultimado sabía leer y escribir. Entonces, enojado el supuesto ‘notario’, ordenó a los militares a que accionaran, sacándolos arbitrariamente de la vivienda y del terreno. Y así lo hicieron esos guardias, desalojándolos deprisa. Con disparos al aire lo realizaron, no permitiendo que esa adolorida familia cargara con nada de allí, ya que el pariente muerto lo vendió con cuanto tuviera dentro. Sí, aquellos militares, como victoriosos “guerreros” de Atila, se repartieron el botín del ‘durísimo combate’, llevándose animales, gallinas, patos y otras propiedades. A los perros les dispararon por ladrarles, matándolos. Cuando iban a marcharse, ordenado por el ‘licenciado’, le pegaron fuego a la casucha para que nadie entrara.   

Se dice que aquel terrateniente, unos días después de apropiarse del terreno, ‘dizque apenado por el homicidio de tan buen y laborioso hombre’, quiso ser “benigno” con sus descendientes, y les permitió irse a una loma de su inmensa propiedad. Les manifestó que fabricaran una choza, tuvieran un buen conuquito, y como compensación, cual modo de pagarle, el padre de los muchachos trabajaría en su finca desde la aurora hasta el crepúsculo.      

Claro, los hermanitos pudieron atisbar a los hombres bebiendo ron. Observaron que los más jóvenes ansiaban seguir abusando de la anciana, a quien por el silencio reinante la oyeron exclamar: “Ya basta, carajo, basta. Mejor mátenme, mátenme, alimañas trujillistas”... 

Y fue en ese instante que se acordaron de una parienta lejana de su madre, médica ella, inteligente, vieja ya, sabía muchísimo, decía su mamá que odiaba a Trujillo, y que de cuando en cuando les visitaba. Pero aquellos guardias carcajeaban, doblándoseles sus cuerpos mientras reían, señalándola, no pudiendo percibir bien sus otros insultos. Y vieron al dirigente ordenar a otro soldado, un tipo alto con ojos saltones, continuar violándola entre el arroyo, quedando esas límpidas aguas desairadas por siempre. Los hermanitos, apenados, impotentes ante tanta crueldad, llorosos, decidieron irse rápido hacia la vivienda. Y tratando de no ser vistos, aterrorizados y silenciosos, fueron subiendo la loma, llegando poco después al bohío, situado no lejos del arroyo, más o menos a unos 200 metros. Allí le narraron a su madre de cuanto fueron testigos. Incluso le indicaron que la señora abusada poseía suficiente semejanza con aquella amorosa doctora, la cual con tanta dulzura les acariciaba sus cabellos cuando venía a visitarles, siempre con aquel agradable olor a flor de limón.

5to. CAP. DE "UNA FLOR PARA EVANGELINA RODRIGUEZ"

 

                         -V-

 

NOTA: Nadie tiene derecho a dominar a los demás con una tiranía despiadada. Lo mejor del ser humano es su Libertad que le da el Derecho de Expresión. Hacer lo contrario es retornar al Oscurantismo.  

 

Por Bernot Berry Martínez  (bloguero)

 

    Era tiempo de la conspiración discreta, efectuándose cada vez con mayor riesgo. Abundaban en Macorís los calieses o chivatos, llegados de toda la República, y estaban por todos lados, en constante vigilancia. Los macorisanos se encontraban temerosos. La afligida Evangelina no se hallaba en disposición de ver a los poquísimos enfermos que aún acudían a su clínica procurando ser atendidos, asimismo que les ofreciera medicamentos. La doctora ya casi no los examinaba. Muy apenada los contemplaba por una rendija, y meneando su cabeza, triste, se marchaba por el patio. Es que no conseguía medicinas para ofrecerles, mucho menos leche para los niños. Entonces, no podía socorrerles cual era su deber, lo había jurado, estaba comprometida. Y ya se encontraba cansada de prometerles falsas esperanzas. En varias oportunidades se los formuló, pero regresaban ilusionados durante preciosa asoleada mañana. Es que regularmente eran campesinos, quienes se levantaban bien temprano a contemplar al bello astro naciente oriental. Pero la Dra. Rodríguez, asistida por bondadosas vecinas, pasando entre empalizadas, se escapaba, saliendo algunas viviendas más lejos de la ‘Casa Amarilla’, por la calle Altagracia. Y cubriéndose la parte superior de su cuerpo con un oscuro paño, algo disfrazada para confundir a dos confidentes que delante del consultorio se entretenían jugando dados, andando deprisa junto a las moradas se alejaba del sector. Al final doblaba hacia la derecha, por donde cruzaban las líneas férreas del Ingenio Porvenir. Se afirma que marchaba a una reunión encubierta, o a caminar, a disfrutar del día. A veces regresaba pronto, porque la primera no pudo darse, o horas después de su caminata, entrando de igual modo a como había salido. Confirman que eso lo ejecutaba como medida de precaución, de seguridad. Si retornaba con rapidez los atendía, esencialmente a los infantes con calenturas y diarrea, igualmente a varias mujeres, recomendándoles hervir bien el agua de río que ingerían, asimismo darles de beber a sus vástagos unas pócimas de ciertas hojas medicinales para toda la familia. Más nada podía hacer. Ya no tenía ni siquiera un calmante. Los poderosos de Macorís, encabezados por los ‘curas católicos‘, les habían cerrados todas las puertas, incluyendo cualquier rendijita que le pudiera quedar. 

Los labriegos se despedían contentos, dándoles las gracias, los sombreros en sus manos. Partían sonrientes. Es que los había atendido la conocida señorita doctora, prometiéndoles ir pronto a conocer cómo les estaba yendo. Además, Evangelina salía a la calle para que los dos soplones la contemplaran. Y éstos, viéndola, abandonaban presurosos los dados, levantándose deprisa, sujetándose los revólveres, mirando con rabia a las humildes personas que iban pasando próximo a ellos. Y los soñolientos y hambrientos chivatos, molestos porque los notaban gozosos llevando arropados a sus niños, les lanzaban ofensivas frases.    

Después de un par de días, ocasión en la cual la Dra. Rodríguez logró volver a salir sin ser advertida, no se dirigió a ninguna reunión, mucho menos a disfrutar del placentero instante mañanero. No, cuanto ella anhelaba era marcharse lejos, caminar bastante, ausentarse de Macorís, pueblo aterrorizado, lleno de miedo, con sus calles vacías, tristes, llenas de pavor. Es más, cavilaba que podría llegar hasta Pedro Sánchez. Sí, es que en aquel pobladito ella había estado otras veces, como ya se contó. Allá podría encontrarse con su medio hermano por parte de su padre, llamado Ricardo, un ayudante de mecánico que trabajaba de cuando en vez en los ingenios, siempre anhelando con un pedazo de tierra para cultivarla.                          

El distinguido siquiatra  y  escritor, Dr. Antonio Zaglul, expresa en su biografía que nuestra primera médica fue cayendo progresivamente en una terrible enfermedad conocida como esquizofrenia. Dice hallarse seguro de que ese padecimiento Andrea lo adquirió en un largo proceso sociogénico, a causa de abundantes maltratos emocionales que había recibido de sus enemigos. Manifiesta que aquella honorable mujer, victoriosa en numerosos frentes de lucha, sucumbió a la inmensa soledad a la cual fue conducida por una sociedad con alta hipocresía, estúpida, atrasada, machista, extremadamente egoísta. Por tanto, como se ha informado, Zaglul consideró que Dominicana todavía no estaba preparada para tener entre su seno a una médica con sus elevadas condiciones, honrosa fémina perteneciente a las alturas, proveída con enaltecida inteligencia y ternura. 

Es probable que lo afirmado por el galeno Zaglul acerca de la perturbación mental de Evangelina Rodríguez sea muy verdadero. Él fue un experimentado siquiatra, un inquisidor de la mente. Y es que nuestra Primera Médica, tanto en Macorís como en otras comunidades, fue bastante rechazada, odiada y vejada, incluso desde años anteriores. ¿Y por qué? Simplemente porque se dedicó a servir a gente pobre, necesitada, como ya se manifestó. Y es obligado a ese motivo que personas pensantes todavía continúan indagándose: ¿En caso de que Andrea se hubiese dedicado solamente a ejercer la Medicina, manteniéndose conservadora en política, yendo con regularidad a la parroquia, comulgando con mordaces ‘sacerdotes’ aunque por dentro se riera como muchas damas hacen, recibiendo con sumisión la ostia, hubiera terminado cual le aconteció? Pero esa es una interrogante que se derrumba en la conjetura. La misma no se puede contestar con lógica. Quizá sí, tal vez no. Es algo muy difícil de saber lo que la vida reservará a una persona, ya que el porvenir es profundamente nebuloso, pertenece a lo abstracto... 

Mientras tanto, es casi seguro que ese anchísimo y agraciado camino tomado por Evangelina, favoreciendo con sus conocimientos a tantos indigentes, sacando tiempo de su poco merecido reposo para alfabetizar a iletrados, luchando tenazmente por los Derechos de la Mujer, combatiendo a la intervención norteamericana y esa demencial tiranía que nos dejaron, su amistad con los Ibéricos Republicanos, su simpatía con el Socialismo, etc., crearon que las cerradas autoridades gubernamentales les fueran obstruyendo la preciosa y brillante ruta por la cual alegremente transitaba. Cierto, se la fueron constriñendo con lentitud sádica, hasta que súbitamente, en espantosa noche sin Luna ni estrellas, de manera completa se la sellaron totalmente. Y con muchísima certeza eso le ocasionó una honda herida sensitiva, quedando con sus manos vacías, sin nada qué ofrecerles a los suplicantes dolientes que acudían donde ella buscando su piedad. Todo esto la fue conduciendo a un terrible y negruzco callejón, con semejanza a laberinto en donde posiblemente fue perdiendo la razón. No hay nada que cause más dolor a un ser emotivo que la impotencia. Y a nuestra admirada Evangelina la llevaron a esa eventualidad por atroces personeros del Macorís de entonces, una retardada y torpe sociedad que se hallaba dirigida desde las sombras por los sombríos jesuitas.      

No obstante, existe otra versión que debemos señalar. Es evidente la creencia de que la Dra. Rodríguez poseía una gran anormalidad. Eso no se puede discutir. Y es que, por su vasta inteligencia, considerada superdotada, su increíble amor por los niños y la gente humilde, su enorme talento y sensibilidad, la vocación suya de servicio al prójimo, esa enérgica perseverancia enfrentando cualquier problema, su valentía desafiando a los yanquis y al tirano Trujillo, la fraguan merecedora de ser considerada totalmente anormal en relación con las demás personas corrientes, conservadoras por intuición. Y eso es explicativo, tiene tremendo entendimiento. Empero, a consecuencia de tal posible interpretación, determinadas personas siempre creyeron que en sus últimos dos años de vida, Andrea E. Rodríguez Perozo se hizo la gran loca como forma de eludir la tenaz persecución, conservar su útil existencia, aguardando de tal modo poder superar a la pavorosa tormenta que azotaba el país. Y aluden, dándole mayor sustentación a esa suposición, que ella estaba al tanto de la gran expedición que se equipaba y adiestraba en ‘Cayo Confites’, Cuba, con la finalidad de derrumbar a la horrible dictadura de Trujillo. Sin embargo, si dicha hipótesis era lo correcto y la Dra. Rodríguez se hacía la demente aguardando tal invasión, con mucha seguridad debió ignorar, igual a otros revolucionarios en el país, que aquel islote cubano se encontraba vigilado constantemente por los norteamericanos. Y de esta manera la gente de “Dios salve América”, con películas filmadas desde aeroplanos sobrevolándolo, se la proyectaban al tirano en el Palacio Nacional. Todo esto lo tenían formalizado para que su déspota predilecto en América, lleno de ira, babeando rabioso, dando manotazos sobre enorme mesa de caoba, los complaciera una vez más, firmando la disposición de comprar armamentos sobrantes de la Segunda Guerra Mundial: aviones, barcos, tanques, camiones,... 

Durante años se conjeturó que no obstante hallarse la satrapía al tanto de que Evangelina era una inmensa conspiradora, jamás la detuvieron y mucho menos golpeada. ¿Y por qué? Eso es algo que se desconoce, no se ha podido indagar. El Dr. Zaglul, en su referida biografía sobre ella, escribe que investigó un rumor de que Trujillo padeció un principio de tuberculosis en Ramón Santana, cuando se encontraba persiguiendo a los Guerrilleros del Este, siendo curado por la Dra. Rodríguez en ese entonces pasando allí la pasantía. Y debido a tal rumoreo, el siquiatra llegó a preguntárselo al  Dr. Georg, quien había sido muy amigo del tirano desde que estuvo en El Soco, y que el galeno alemán le respondió: “Presumo que Trujillo hizo un proceso de tuberculosis leve, pero no le puedo asegurar si esa mujer (Evangelina) lo atendió.    

    Empero, se sabe que ambos, Trujillo y Andrea, se conocían bastante  bien. La médica lo despreciaba por su peligrosa anomalía: era sanguinario, aterrador criminal, abusivo en extremo. Cuando él averiguaba por terribles torturas que humildes agricultores poseían familiares en la Guerrilla, si se hallaba ebrio por las distintas bebidas hurtadas de algunas bodegas, ordenaba golpearlos hasta fallecer. Con relativa frecuencia violaba sexualmente, él y sus hombres, a mujeres e hijas de cualquier sospechoso de auxiliar a los Combatientes Nacionalistas. Destruía los sembradíos. Quemaba sus casuchas. A veces asesinaba a todos, incluso a niñitos, dejando los cadáveres sin sepultar para que las carroñeras auras los devoraran. Aseguran que lo efectuaba como correctivo, de esta forma los demás le cogerían un espantoso temor. Y Trujillo se convirtió en el terror de las campiñas orientales. Esos crímenes se los pegaban a la Guerrilla Nacionalista, y así lo informaban ciertos medios periodísticos de Macorís y de la capital, con titulares que informaban: “Gavilleros cometen matanza”. El futuro dictador se apropiaba de pequeños terrenos que luego vendía a los ingenios azucareros, también a insaciables terratenientes. Los primeros sembraban más cañas, en cambio los segundos alargaban, frotándose sus manos, las cercas de púas. Esos robos eran arreglados por licenciados con intenso olor a brandy o coñac, sin un poco de ética ni pudor, alterando deprisa los genuinos documentos si existían o haciendo otros en caso contrario, porque “el papel aguanta cualquier cosa que le pongan”. 

Siempre se ha dicho que Trujillo era un descascarado cuatrero, asesino y ladrón.. Numerosos de los animales que usurpaba, se los comía con sus salvajes guardias en escandalosas borracheras,  vendiendo los mejores a ciertos potentados, regalando los remanentes entre perversos individuos que le apoyaban por toda la comarca, informándoles sobre los guerrilleros, y que aún sus descendentes --tan despreciables como sus progenitores--, aún simpatizan con el tirano. Es que sus abuelos y otros descendientes, obtuvieron propiedades hurtadas por tan enorme sinvergüenza.   

La doctora estaba percatada de los considerables abusos del temible hombre. Algunas de las personas violentadas, mientras amorosamente Evangelina las curabas (varias muy afectadas emocionalmente), le contaban cuanto ese repugnante y despreciable oficial de la Guardia Nacional cometía. Y por esas variadas narraciones, ella, mujer con elevada sensibilidad, gruesas lágrimas serpenteaban por su rostro. Cierto, la médica conocía perfectamente a tan temible sujeto, entregado de forma sumisa al poder extranjero. Y lo tenía calificado como un verdadero traidor a Dominicana, un tipo predispuesto a cualquier cosa por conseguir la felicitación de sus foráneos amos, parabienes que obtenía con relativa frecuencia, así lo demostraban las condecoraciones que orgullosamente exhibía en su pecho, afirmándose por debajo que diversas de ellas las había comprado a ebrios oficiales yanquis. Claro, Andrea poseía fiel conocimiento de que por su tremendo fetichismo a las medallas, a Trujillo le apodaban “Chapita”.

 

Se asevera que Trujillo y la Dra. Rodríguez tuvieron una fuerte polémica en la farmacia “El Tocón”, propiedad de la médica. Es que él cogía medicamentos y nunca los pagaba. Dicen que ninguno olvidó esa discusión en la cual se pronunciaron hasta palabrotas. Y es que aquel oficial subalterno, jamás costeó cuanto debía a la botica, aunque se encontraba comprometido con su firma en hacerlo. Como ya se informó, es por eso que le consideran como el causante esencial en la bancarrota de tan importante establecimiento para ese  poblado.                                                                                           

Se repite que  desde el tiempo que llevaba en el poder la dictadura trujillista, que se conozca, a la Dra. Rodríguez no había sido molestada. Todos sabían que ella no le tenía miedo al dictador, desafiándolo en cualquier parte de Macorís, igualmente en otros pueblos. A veces pasaba hasta por suicida ante fieros calieses que vigilaban sus pasos. Es por eso que nadie ha podido explicar con claridad el porqué tan temibles hombres, fanáticos del ‘Jefe’, se aguantaban al escuchar la fortísima voz de la médica lanzando pestes y maldiciones contra su ídolo. ¿Tenían el estricto mandato de no hacerle ningún daño? Y si esto era así, ¿de dónde fue ordenado? ¿Del propio Trujillo? Esa posibilidad tiene mucha certeza. El tirano poseía entre su puño al país; además se hallaba muy al tanto de cuanto acontecía en Macorís y La Romana, pueblos que aborrecía por rebeldes. Cuentan que en cierta ocasión mañanera, en el mismo centro de Macorís, a mediado de 1946, Andrea descargó tantos improperios contra el dictador que los comercios del lugar cerraron deprisa sus puertas, los transeúntes salieron corriendo. Todo ese lugar quedó silencioso, escuchándose solamente a Evangelina insultando, gesticulando, contemplada por dos tipos de la seguridad del régimen, quienes con gran certeza tuvieron que aguantar bastante para no írsele encima, derrumbarla a puñetazos, patearla, sujetarla por los moñitos y arrastrarla por la calle como muñeca de trapo. Y mientras ambos se miraban con seriedad, quizás afirmándose que actuaran ya contra esa mujer demente sin importar resultado, fue que la Dra. Rodríguez dejó de insultar, cayendo un enorme silencio por el contorno. Los calieses la observaron un momentito. Estaba callada y les contemplaba. Entonces miraron que ella comenzó a caminar, abandonando la esquina en donde estuvo vociferando contra Trujillo. En eso se alteraron porque advirtieron que Evangelina venía hacia donde se hallaban, avanzando a ritmo de marcha, cantando, agitando sus brazos. Y ambos se pusieron en guardia. Sus diestras acariciaron las culatas de poderosos revólveres escondidos entre sus cinturones, debajo de sus camisas. Pero la doctora cruzó delante de los dos, sin siquiera mirarles. Todo esto lo contarían después, con lujo de detalles y en baja voz, algunas personas que atisbaban desde entornadas puertas y persianas de un comercio cercano. Igualmente informarían que Andrea, enérgicamente iba vocalizando con gran entusiasmo:                                                             

 

               “... que se alcen los

                pueblos con valor

                por la Internacional...”                    

 

CAP. 4TO. DE UNA FLOR PARA EVANGELINA RODRIGUEZ

 

NOTA: Tratamos de instruir acerca de una mujer que todo lo dio pòr sus semejantes, hasta su vida, con la finalidad de que a las futuras generaciones se les enseñe quién fue tan valiente educadora y médica nacida en este sufrido país.        

 

Por Bernot Berry Martínez   (bloguero)

 

                  -IV-

 

Lo que a continuación se informa fue verdadero, una acción audaz de cómo funcionaba la Seguridad Trujillista para su protección. Aunque es doloroso contarlo, la dictadura dominante se percataba de cuanto esos valerosos directivos socialistas les afirmaban a los concurrentes, porque infiltraba en mítines y asambleas populares a excelentes taquígrafos, quienes copiaban sus principales discursos, lo que hablaban y a veces discutían, pasándolos luego a papel limpio. Entonces los mecanografiaban y se los entregaban a la Inteligencia del tirano. Mas, si bien el gobierno se encontraba en parte enterado de cuanto sus enemigos efectuaban, se mostraba tolerante, dizque democrático, muy paciente. Tal vez se complacía cual lo haría un fornido leopardo no hambriento, paciente y satisfecho, observando desde su camuflajeada madriguera a lastimada gacela tratando infructuosamente de levantarse. Por ende, aquella nefasta administración dejaba que sus enemigos se entretuvieran, permitiéndoles avanzar para así enterarse de sus planes, saber quiénes eran sus posibles amigos y cuáles sus contrarios. En lenguaje del pescador: ‘les daba  cordel’.                            

Fue en eso, al  finalizar la cruenta Segunda Guerra Mundial con el triunfo de ‘Los Aliados’, que lentamente se fue yendo la tregua política. Y entonces se dio paso a otra contienda entre sistemas de gobiernos, comenzando la denominada ‘Guerra Fría’. Fue hecha por Norteamérica (USA) y demás países capitalistas, en contra del Bloque Socialista dirigido por la Unión Soviética. Y el planeta se deshumanizó nuevamente. Los crímenes en el ámbito mundial empezaron a realizarse de manera selectiva. El espionaje llenaría hasta los espacios cósmicos. Había una locura armamentista. Se derrochaba una extraordinaria cantidad de dinero en investigaciones acerca de todo tipo de armamentos, sin importar que una gran parte de países vivía llena de necesidades.

¡Caramba, cuánto  enorme  daño han consumado ciertos dirigentes ‘políticos’ a los habitantes de la Tierra!     

El absolutismo trujillista se contentó con la terminación de aquel cese que le ocasionaba muchas rabietas. Y su larguísima lengua se movió entre su bocaza. El formidable leopardo degustaba ya al lastimado antílope, constantemente vigilado por sus feroces ojos.

    Lo primero que la tiranía efectuó fue la exclusión definitiva de Dominicana de diversos Republicanos Ibéricos, principalmente los considerados más radicales, violando un acuerdo con países europeos, dejando unos cuantos a quienes consideraba como muy moderados. Y fue por esta consecuencia --lo confirmaron distintos sujetos de la zona oriental-- que repiquetearon durante buen rato las campanas de las iglesias católicas del Este. Y contaron que fueron tocadas por alegres ‘religiosos’, varios ebrios de vino, celebrando ese desalojo solicitado unas veces por sus jerarcas al Papa, igual que al dictador. 

En la parroquia de Macorís, con continuos redobles de campanas, unos jovencitos que retozaban por la plazoleta en aquella tarde gris, de triste crepúsculo, manifestaron que oyeron risotadas de hombres procedentes del interior de la parroquia. Y ellos, extrañados por tales carcajadas, se acercaron a curiosear por una rendija de la puerta trasera. Desde ahí pudieron advertir a ‘sacerdotes’ de vestimentas marrones bebiendo a pico de botella, riendo, saltando, abrazándose, bailando unos con otros. 

--¡Jójójó, botados como perros sarnosos! --oyeron los muchachos que exclamaban, redoblando las campanas con intensidad, preguntándoles unos adultos lo que estaba pasando, respondiéndoles ellos: “son los curas que se hallan celebrando algo”... 

Con el paso de los días estos adolescentes supieron por amigos monaguillos que esos ‘clérigos’ se bebieron todo el vino que había almacenado, incluyendo el de las misas. Supieron asimismo que celebraban la obligada partida de aquellos izquierdistas hispánicos, antimonárquicos, los cuales con sus frentes en alto partieron a engrandecer a otras naciones de América Latina (Venezuela, Costa Rica, México), luego de lanzar al río rosas rojas, mientras entonaban la canción ‘El Emigrante’.                           

La partida de esos revolucionarios hispánicos trajo una honda pesadumbre a nuestra Dra. Evangelina Rodríguez. Es que eran sus buenos camaradas. Con ellos se sentía a gusto. Con regularidad conversaban acerca de literatura, filosofía y política. Le agradaba escucharles declamando versos de los hermanos Antonio y Manuel Machado, de León David, de Federico García Lorca --asesinado este  poeta-dramaturgo por la tiranía franquista-falangista en 1936--. Sí, con frecuencia cantaban ‘La Internacional’, himno que Andrea había aprendido en Francia cuando estudiaba sus especialidades en Medicina… Su poderosa voz se oía por encima de las demás, emocionándose vocalizándolo, ocasionándole que sus ojos lagrimearan.                        

Durante unos días ella casi no conversó con nadie. Se encontraba muy afligida, rabiando contra el déspota. Y se mantuvo aislada, escribiendo su novela “Selisette”, con seguridad dedicada a “Lalita”, su querida hija de crianza, obra que aún se ignora si llegó a terminar y dónde fue a parar pues siempre la llevaba consigo, redactándola en un cuaderno cuando había tranquilidad y si se encontraba en disposición. Eso sí, a su futura narración la doctora le fue dando estructura, creciendo bastante cuando empezó a caminar larga distancia perseguida por la niña. Se la contemplaba sentada a la vera de un camino, encima de un tronco o gran piedra, escribiendo por horas, ‘Lalita’ a su lado. Se conoce todo esto por familiares de calieses que la vigilaban constantemente, escrutando cuanto realizaba, con quiénes hablaba, anotando viviendas, hora y nombres de posibles “comunistas”. Y a consecuencia de que sus visitas y conversaciones les traían con relativa frecuencia allanamientos, atropellos y encarcelamientos, las personas le fueron cogiendo un fuerte pavor. Por eso comenzaron  a refugiarse en sus moradas tan pronto era vista, cerrando puertas y ventanas, no acudiendo cuando ella tocaba y los llamaba, quedándose quietos, silenciosos, muy sudorosos, poniéndose nerviosos cuando la escuchaban vocear sus nombres, lo que con cierta bastante certeza les podría traer algún problema con los abusadores calieses que siempre la vigilaban desde prudente espacio. A veces, enojándose ante esa situación, Evangelina daba fuertes puñetazos contra cualquier puerta y gritaba: 

--¡Cobardes, son unos grandes cobardes, carajo! 

El sátrapa comenzó su nueva  represión con lentitud, pero con suma crueldad. Las palizas a sus contrarios se pusieron de moda, igualmente unos extraños suicidios que nadie los creía. En Macorís, tales sucesos originaron que sus pobladores se inquietaran, esencialmente quienes eran desafectos al régimen. Y se aterrorizaron más todavía cuando se supo la noticia de que procedente del Sur, San Cristóbal, la “Cuna del Jefe”, llegaron unos individuos de piel oscura, armados “hasta los dientes”, con la misión de ejecutar a los “comunistas” del pueblo. Algunos de esos sujetos se paseaban por las barriadas de Miramar y ‘La Arena’, tardes y  noches, provocando a sus tranquilos y temerosos moradores. Eran altos y fuertes, ingerían bastante alcohol, cargaban largos revólveres, con cinturones repletos de balas, finos machetes y cuchillos. Les encantaba maltratar, dándole golpes a cualquier infeliz con el cual se hallaban por las noches. El terror trotaba las calles de ambas barriadas. A las prostitutas de ‘La Arena’ no les pagaban sus servicios, recibiendo fuertes planazos si los reclamaban.      

Unos meses después acontecería, durante silenciosa madrugada, que la tranquilidad de esos residentes sería muy alterada, principalmente en Miramar, ‘Presidente Jiménez’ con la actual ‘Enrique Rijo’, cuando los que vivíamos por ese contorno nos despertaron potentes estampidos de armas de fuego por un rato, viniendo enseguida una inmensa quietud, escuchando poco después potentes voces exclamando: 

    --¡Se cayó Trujillo, coño, salgan, salgan! ¡Viva la revolución, coñazo, viva la revolución! --y de nuevo oíamos otra cantidad de disparos de variadas capacidades, igualmente otra vez las mismas frases. Eso lo estuvieron haciendo por unos minutos, hasta que partieron a la próxima cuadra, haciendo lo mismo allí. Por casi toda esa barriada hicieron lo manifestado, retornando después un aterrador silencio al decidir partir. 

Los adultos de Miramar, angustiados, no volvieron a conciliar el sueño. Los muchachos lo hicimos despacio, con lentitud, oyendo los llantos de infantes y susurradas voces de señoras tratando de calmarlos. La mayoría de los mayores abrieron sus viviendas en avanzadas horas de la mañana. Los infantes salimos a explorar, encontrando numerosos casquillos de balas. Eran de diferentes calibres, incluso sin ser usadas, nuevecitas. Luego se conocería que cuanto fue perpetrado era un simulacro, una especie de terrible trampa de la dictadura para aprisionar y asesinar a sus escurridizos enemigos existentes en nuestro barrio miramareño, un sector donde con regularidad aparecían pasquines aconsejando que se prepararan a cooperar con los revolucionarios que vendrían en cualquier momento por la costa cercana.  Desconocemos hasta la fecha si en ambas barriadas, también en el pueblo, alguna persona salió a respaldar a los supuestos ‘antitrujillistas’ durante aquella madrugada de tan cruel engaño.                                                   

Evangelina Rodríguez se volvió más huraña y distraída cuando le  quitaron a  su hija de  crianza. Fue un durísimo golpe para las dos, ya que se amaban inmensamente. Se  asegura que esa separación la afectó bastante. La niña era lo último que le quedaba. Todo lo demás, sus sueños con fines de favorecer a su país, a los pobres y analfabetos, a tantos desnutridos y tarados, se hundieron hondamente, similar al trágico naufragio del “Titanic”. Empero, se considera que lo mejor para Selisette Sánchez fue que su padre la reclamara. 

Dolorosamente sola y vacía se sentía nuestra Primera Médica. Intuía que se encontraba vigilada por peligrosos animales con semejanza a humanos. Por eso pasó a ser más encubierta, clandestina. Y se dispuso a no dialogar con gente desconocida, extraña, solamente hacerlo con viejas y sólidas amistades. Pero éstas no lo deseaban, más bien le huían. A veces Andrea se iba caminando por las calles de Macorís, esperanzada en un porvenir mejor hacia todos. Una mañana de precioso firmamento azul, andando por un triste barrio, canturreando en francés ‘La Internacional’, escuchando los lugareños que entonaba algo que no entendían, consideraron que estaba ya extremadamente demente. Y se rieron de ella, haciéndole muecas, voceándole “vieja loca, decrépita”, y traviesos infantes, mandados quizá por sus madres, le lanzaron semillas de mangos. Pero la doctora no les daba importancia. Continuaba avanzando, tarareando el himno que tanto amaba, idealizando seguramente con el sistema socialista que tanto bienestar les traería a los infelices que le iban detrás burlándose, principalmente en alimentación, educación y salud, base fundamental del desarrollo de las Naciones. Un grupo de personas, algunas curadas por ella, la seguían, voceándole tonterías. Sin embargo, una cosa no le gustaba ni un poquito que le hicieran a la doctora, y era ser tocada, principalmente que le agarraran su trasero como alguien hizo en tanto los demás daban intensas risotadas. Entonces ella se detuvo, y contemplando con seriedad a quienes se reían y la señalaban, rabiosa les voceó:

--Carajo, ¿por qué no le agarran las nalgas al maldito Trujillo ese, asesino y ladrón, ah?

Y los molestosos residentes, adultos y muchachos, inquietos y miedosos, oteando los alrededores, el horror en sus rostros, brillantes sus ojos, se alejaron corriendo, cargando con los chiquitines, dejándole el claro, buscando refugio en las desteñidas viviendas en que habitaban, pertenecientes casi todas a soberbios individuos que las obtuvieron a precio de ‘vaca muerta’, esto a consecuencia de que sus anteriores propietarios partieron huyendo de la miseria que caía cual sutil llovizna sobre Macorís.     

La médica los persiguió con su mirada. Sonría cuando expresó: “Son unos grandes pendejos. La bestia estará por largos años en el poder, hasta que la maten igual que a Lilís”. Y prosiguió con su paseo. Y en tanto sucedió lo narrado, desde media cuadra del lugar, un par de chivatos contemplaron con gran asombro lo acaecido, pero nada hicieron, prosiguiendo tras ella, vigilándola, pues era la orden que poseían. No obstante, desde ese instante no volvieron esos moradores a fastidiar a la Dra. Rodríguez. Es más, de sólo verla venir se escondían con rapidez, pasando la heroica mujer por el silencioso lugar canturreando en francés ‘La Internacional’, canto que esa gente percibía con nitidez, saliendo cuando cruzaban los personeros que regularmente la perseguían a prudente distancia, así me lo contó un antiguo habitante de allí, experimentado ebanista de vasta memoria, decente, buen hombre, muy trabajador, cuyo nombre es Erpidio de Peña, mejor conocido por ‘El Maco’.   

Y llegó el tiempo en el cual Mauricio Báez y los demás dirigentes laborales hicieron tremendas huelgas por la región oriental. El régimen de Trujillo se estremeció hasta sus cimientos. Eso causó pánico en Wall Street. Y le llamaron la atención, algo que molestó muchísimo al tirano. Por esto, muy incómodo, ordenó seguidamente la eliminación de numerosos sindicalistas con la denominada ‘Operación Corbata”. En La Romana y Macorís, pueblos de trabajadores, asimismo por sus entornos (en el “Potrero de Mallén”) aparecieron colgados unos sujetos que nadie conocía), se encontraron ahorcados algunos de esos asalariados. Los criminales, con la finalidad de espantar más a la gente, cambiaban a los muertos, llevándolos a diferentes sitios, trayendo mayor confusión y angustia entre los familiares, pues ignoraban a dónde condujeron a los detenidos. Aseveran que algunos de este pueblo aparecieron por el Cibao. Se afirma que una señora blanca, aún joven, desconocida, con largo vestido, apareció  colgada  en  un árbol de níspero, cerca de ‘Punta de Garza’.  A  quienes  ahorcaban  los  dejaban guindando por días.

Era una forma de intimidación. El miedo era tan grande que ningún pariente de los desaparecidos se aproximaba a identificarlos. Regularmente mandaban a muchachos, quienes siempre traían la misma noticia: ‘no sabían quiénes eran’. Esto les aumentaba sus zozobras, conociendo después que La Sanidad los bajaba, les echaba cal, y se los llevaba a un destino ignorado. A otros obreros, y delante de sus mujeres e hijos, les propinaron tan horribles golpizas esos individuos de piel oscura, que jamás sirvieron para laborar, convirtiéndose en dolientes pordioseros de oscuros callejones. Empero, ante tan terribles ejecuciones y violaciones por parte de la feroz dictadura, la Iglesia Católica, también las demás sectas dizque ‘cristianas’, no protestaron, callaron cobardemente, haciéndose cómplices de tan abominable matanza y palizas. Desde ese instante, en ambas poblaciones y mientras duró el régimen de Trujillo, siempre se sintió que estaban ambientadas por un temor constante, con desconfianza total entre sus pobladores. Era algo peculiar de esos pueblos, y que no se revelaba demasiado en otras localidades del país.                                                        

Esas injusticias cometidas por tan inmundos sujetos al servicio de la satrapía contra hombres de honor y trabajo, afectaron emocionalmente a la muy sensible Evangelina Rodríguez. La pobre, ella nunca creyó que fueran tan bárbaros. Por eso los consideró como horribles alimañas. Y lloró durante horas. Es, como se ha dicho, una fémina con espíritu superior. Por tanto, pudo ser que odió intensamente a cuanto significaba el régimen capitalista, juzgándolo de brutal y enloquecedor. Más luego se percataría que se hallaban deteniendo a los máximos directivos del Partido Socialista Popular, PSP, también a los de la Juventud Democrática, sospechosos de ser los intelectuales de las huelgas. Y temió por los animosos Freddy Valdez González, Mauricio Báez, Víctor M. Ortiz (‘Pipí’), Juan Niemen Castle, Justino José del Orbe y otros valerosos luchadores. Desde lo más profundo de su ser les envió ansiosos deseos, advirtiéndoles que se protegieran de psicópatas a sueldos. Empero, ella nunca sabría que a Freddy Valdez lo detuvieron prontamente, que lo llevaron por variadas fortalezas, escondiéndolo de familiares y amistades, también de la Prensa Internacional. Se dice que fue sumamente torturado, humillándolo, martirizándolo hasta lo indescriptible, todo como manera de ofrecer informaciones sobre sus camaradas. Y debido a la enorme tenacidad demostrada por Valdez González en los principios por los cuales luchaba y creía (era fuerte, atlético, valientisimo), durante unos años lo mantendrían encerrado, sin claudicar, amarrado como peligroso animal, no dejándoselo ver a ninguna Comisión Foránea (los trujillistas mentían cínicamente, comunicando que él había salido clandestinamente, firmando documentos con esa ignominia; esa misma infamia emplearía el principal asesor de Trujillo, Joaquín Balaguer, referentes a los progresistas jóvenes que años después su gobierno haría desaparecer).  

Se confirma que cuando los esbirros estaban hartos de hacerle a Freddy Valdez increíbles suplicios a este heroico y poco recordado luchador por la Libertad de Dominicana, recibieron la orden de dejarlo suspendido hasta que sus muñecas se les desprendieran. Y así lo realizaron, cayendo al suelo el indomable dirigente del PSP, falleciendo desangrado, maldiciéndolos. Existe otra presunción de que su muerte fue por ahorcamiento. Ese asesinato aconteció el 27 de enero de 1950, en la fortaleza de San Francisco de Macorís. Referente a Mauricio Báez y ‘Pipí’ Ortiz y unos cuantos más, varios lograron asilarse en una Delegación Diplomática, partiendo a México. Dicen que Mauricio retornó al país luego de un año a proseguir luchando por la Clase Obrera, pero tuvo que volver a salir rápidamente para salvar su vida, trasladándose hacia Cuba, continuando en ese país combatiendo contra la tiranía, junto con otros revolucionarios. Sin embargo, luego de unos años los sicarios consiguieron engatusar al carismático líder laboral (aseguran que fue traicionado por un “compañero”), llevándoselo en un auto, haciéndole desaparecer aquel siniestro 10 de diciembre del 1950, curiosamente el mismo año en el cual mataron al animoso combatiente Freddy Valdez González. Se ha especulado que Mauricio Báez fue traído al país y asesinado en la región donde nació, “porque San Cristóbal no podía dar un enemigo de la Patria”, era “la provincia estirpe del Benefactor”, la de “Trujillo el Grande”, real “Campeón Anticomunista de América”. Empero, la versión principal es que fue lanzado al mar, entre un tanque lleno de cemento. En cuanto al profesor Víctor (‘Pipí’) Ortiz, él estuvo por variados países lidiando contra el despotismo trujillista, regresando a la Patria cuando la dictadura finalizó. Por buen tiempo se dedicó a la enseñanza pedagógica hogareña. Lo efectuaba como modo de subsistir, ya que ningún gobierno le socorrió con un trabajo, a pesar de su buena preparación intelectual y honestidad. Sus enemigos, algunos simpatizantes del fascismo, tratando de avasallarle, le pusieron el mote de “Pipí el Vago”. 

¡Diantre, cuánta sinvergüencería poseen los derechistas falangistas!