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'LA MISION DE JAIMITO' (Novela)

 

                 Capítulo No.13

 

Por: Bernot Berry Martínez  (bloguero) 

 

     La lavandera le pidió a Pedro que colocara el paquete azul encima de la camita. Y ella, sin decir nada, el concubino contemplándola, procedió a quitarle con lentitud el papel. Los dos se notaban tensos, nerviosos, ansiosos por conocer lo que ocultaba la envoltura. Por eso, mientras las manos de la mujer eliminaban la cubierta azulada, ellos iban viendo, admirados, abriendo sus bocas, que un precioso redoblante fue lo que apareció, originando en ellos un profundo silencio por unos segundos. Hasta que: 

     --¡Oh Pedro, qué lindo, qué lindo!  -manifestó Manuela, sus brazos abiertos, sonriendo; empero él--: "Eh, yo, yo...". Y ella: "Ay hombre, Jaimito te lo agradecerá tanto, mucho, mucho". Y el obrero: "Pero yo, yo...". Y la mujer: "No importa, te comprendo, tú no quiere demotrá corasón blando, tierno, eh, ere un machote". Mas el zonero, un poco calmado expresó: "Mujer, mujer, ya te informé que esta vaina me lo entregó un tipo raro, jediondón, eh, jediondo a mangle". Pero la concubina, dándole varios golpecitos en la espalda: "Tá bien, tá bien. Eh, si tú lo dice así se queda, así se queda".  

     --No e’ que así  se queda, Manuela,  e’ que  veo que tú  no me cré --la señaló moviendo el índice, su rostro muy serio, molesto porque percibió gran duda en su concubina. 

     --¡Te creo, hombre, te creo! --contestó ella, besándolo con cierta intensidad, deseando acostarse un rato con él, realizar el sexo, obsequiarle algo por ese hermoso tambor que trajo, pero que tal cosa podría esperar, debían encontrar al muchacho, entregarle el redoblante, verlo feliz, abrazarlo, mimarlo, el pobre, ellos nunca le compraban nada, ni una pelota, algún guante o bate,... 

     El marido, sujetándola por los hombros, le indicó que se quedara quieta, que se hallaba intranquilo y que comprendiera cuanto le dijo que no compró ese tambor, debiendo de creerle y no ponerse a  jugar. "Eh,  eso te lo juro por mi madre muerta", dijo, haciendo que la lavandera manifestara: "No Pedro, no jure, eso e’ malo, trae asaramiento". Y el hombre: "No e’ malo ná, mujer, e’ que la pendejá eta (indicó el redoblante) me lo entregó el tipo jediondo a mangle. Ya te lo dije.  Entonce, ¿por qué tú no lo comprende, ah?". Y Manuela: "Bueno, yo te informé que te creo, te creo, así que cálmate, cálmate"/. “Etá bien, no vamo a dicutí,  pero quiero que se te meta en el caco, eh, que el tambor ese no lo compré yo. No tenía cuarto pa’eso. Son carísimo. Un montón de cuarto, mujer, un montón de cuarto. Eh, yo venía pa’ preguntarle a Jaimito si quería uno de hojalata, ya que son mucho má barato y se lo podía comprá, eh, eh, cuando por el Parquecito de la tré palma, como te indiqué, me salió ese individuo jediondo a mangle y me entregó el paquete con el tambor, sí, sí, me lo entregó. Eso fue to’ lo que pasó, mujer, eso fue tó”.

     La concubina seguía sus palabras con sumo interés. No deseaba perderse nada. Algo en su interior le aseguraba que Pedro no le estaba mintiendo. No obstante, se interrogó que si él no lo hizo quién lo había hecho y por cuál razón. Todo se complicaba, poníase confuso. Percibía una sospechosa y tenebrosa oscuridad. Por tal motivo le dijo a su concubino: "Bueno, yo taba tan emocioná que hubiera sío tú quien lo compró. Pero vaya, no fue así no. Hum, ¿tú me puede contá mejor qué fue lo que te sucedió, porque eto se tá poniendo muy complicáo, demasiaó complicáo pa’ gente como nosotro".

    Se sujetaron de las manos, mirándose intensamente a los ojos, aguardando ella que su macho le hablara más de la maloliente persona. Y Pedro le respondió: "Sí, fue como te lo conté, mujer. Mira, por el parquecito ese se me apareció el jediondo a mangle. Eh, me llamó con vó rarosa y me dio el paquete que traje aquí. No hay ningún cuento. Eso fue lo que pasó". Ella se quedó pensativa un ratico.Y mientras ambos se sentaban en el lecho la mujer le preguntó si más nada le había dicho el apestoso. Pedro contestó: "Bueno, eh, el tipo me dijo con esa vó, esa vó muy parecía a la vaina aquella que me salió ahí mimo por la madrugá"... Ella le interrumpió para preguntar “:¿Cuál cosa, eh? ¿Te refiere al epíritu aquel, del que me contate eta mañana cuando tú bebía el café, eh?"                                                                                                     --A ese mimito, mujer, a ese´píritu. Eh, me dijo: ¡"Hey tú, aquí tiene eto pa’ tu hijo Jaimito!". Eso fue to’ lo que me habló, Manuela, eso fue --Y Pedro se quedó con la frente inclinada, quizá cavilando en cuanto le había acontecido, preocupado, tal vez no deseando proseguir dialogando sobre algo incomprensible. Empero, su mujer ansiaba conocer más detalles, y por eso le cuestionó si no le conversó sobre otra cosa. El marido respondió que cuando se acercó al individuo para tomar el extendido bulto azul lo hizo deprisa, alejándosele de inmediato a consecuencia de su mal olor, pero que no le volvió a expresar más nada, quedándose tranquilo, calladito, sin decirle ninguna otra palabra.

     --Hum, ¿y no te vio nadie, Pedro? --mas el hombre le manifestó que ese lugar, cosa muy rara, se encontraba en ese momento vacío, no había gente, ni carros, ni motores (..."hata la Satrería Domíngue tába cerrá, mujer, tába cerrá"), añadiendo: "E’ que’l tipo apetaba como el mimísimo diablo, Manuela, jedía como el propio diablaso". Por esa expresión la lavandera se persignó, afirmando enseguida: "No mencione esa palabra, Pedro, no la mencione, y mucho meno aquí, ¿me entiende? Pero oye, ¡qué raro tá to’ eto, qué raro! ¿Qué tú cré, ah?"  Y el concubino: "Hum, no lo sé, mujer, pero recuerda que por ese sitio, por el Parquecito de la tré palma, como bien tú sabe, suceden vaina rara, pendejá miteriosa. E’ lugar cabaloso. ¿Sabe? Oye, cuando cargaba el paquete éte olía a mangle. Pero llegando aquí, a la casa, se le quitó. Ya no tiene ese olor. Eh, huélelo, Manuela, huélelo, tú verá que tengo má rasón que Lola, mujer, má rasón que Lola". El zonero levantó el tambor y se lo acercó a la concubina para que lo oliera. Ella lo olfateó con cierto interés, expresando enseguida: "Huele a nuevo si, a nuevo huele", y contempló a su marido con seriedad. Y el obrero señaló que sí, a nuevo olía, de eso no había duda, contándole además que cuando se llevaba el bulto y observó hacia atrás, donde dejó al hediondo, el tipo no se hallaba, había desaparecido, no lo vio por parte, y por eso él se asustó muchísimo, apurando el paso hacia el hogar. "Eh, ¡cuánta, cuánta vaina rara me tán pasando, Manuela! ¿Qué tú dice, ah?" Y la lavandera se quedó mirándolo. Dudaba un poco: no creía cabalmente que un desconocido le obsequiara un elegante redoblante para  Jaimito;  no  lo  entendía;  parecía  cosa absurda; no obstante, poseía la intuición de que Pedro no le mentía pues demasiado bien le conocía; y presentía con seriedad en sus palabras, en su mirada, y por esto último memorizó lo que una vez le aconsejó su padre (“hija, si quiere saber si alguien te tá mintiendo al contarte algo importante, debe perseguir su vita, conocer adónde la dirige, ya que si no te mira de frente, al rotro tuyo, oye bien, esa persona te tá relajando, créme, observa que la mía no se aparta de tu carita linda”) Y ella sonrió con ese recuerdo, haciéndolo de lado para que su concubino no la advirtiera y se pusiera quizás a discutir. Y se afirmó que existen cosas inaccesibles, incomprensibles para el humano corriente. Y que por tanto era mejor dejarlo todo así, como Pedro le contó, o de lo contrario no llegarían a nada, y lo esencial era que el tambor hallábase ahí, a su lado, con los palitos para ejecutarlo sostenidos por la correa del mismo, listo para dárselo al querido vástago, a quien había que buscarlo rápido, entregárselo, y que él hiciera cuanto deseaba, dizque la misión esa en el río, lo que le diera su gana, pero llevárselo, dárselo para verlo feliz, contento por algo que ansiaba.

     El obrero volvió a pedirle una explicación de lo sucedido. Mas Manuela, poniéndole sus manos sobre los hombros le indicó que tratara de entender que el Señor socorre de misteriosas maneras a sus hijos. Él nunca los olvida. Siempre se encuentra atento a sus necesidades, principalmente en ayudar a un hijo como el de ambos, un muchachito que no se metía con nadie, bueno, estudioso, amante de la Naturaleza, admirador de los crepúsculos macorisanos, un jovencito como el Señor anhela sean todos cuantos habitamos este mundo para que volvamos nuevamente a vivir en el Paraíso Perdido, del cual Él nos había expulsado por desobediencia.  

    --Entonce, mujer, vamo a bucá a Jaimito, vamo a bucarlo pa’ entregarle eta vaina, el redoblante, y así podemo tar contento  to’ nosotro: él, tú y yo. ¿Verdá,  Manuela,  verdá?

     La fémina sonrió ampliamente. Se abrazaron y. besaron. Tuvieron intenciones de tirarse en el lecho para realizar un poco de sexo, empero, haciendo gran esfuerzo concluyeron que debían de ir por el hijo, ponerle el tambor en sus manos para que efectuara cuanto le diera la gana, incluyendo la de cumplir esa misión que el  muchacho  dizque  debía  de  realizar. Eso de revolcarse  para hacer el amor podía esperar. Ya habría tiempo para eso. Ese sexo lo necesitaban urgentemente para unirse como antes. Pero eso sí, ella tendría precaución, le haría ponerse condón, preservativo, ya que así lo exigían los doctores últimamente para contrarrestar el SIDA. Claro, conocía bien a Pedro: no debía arriesgarse a ser infectada por ese terrible y maligno virus como lo afirmaba la promoción en volantes, la televisión, periódicos y radioemisoras, igualmente en esa película que dieron en el Ateneo de Macorís, observando en la misma cosas horribles que el mismo estaba produciendo en el mundo, también en el país. Y los dos, agarrados de las manos, salieron del hogar a inquirir por Jaimito para cuando lo  encontraran  hacerle entrega del redoblanteque Pedro cargaba debajo de su brazo derecho. 

     Entretanto, Jaimito continuaba afirmándose: "Sí, en cualquier intante sonará la sirena dando la  sei de la tarde; y, y sonando ella yo me lansaré al río a bucá el Epíritu Macorí. Quisá no té lejo, sino cerca. Le’plicaré que deseo quedarme con él ya que ansío salir d’ete pueblo de hipócrita y chimoso, quiene confunden a uno con su mentira... Eh, cierto, aquí mimito fue donde me dieron la misión que no puedo cumplí... Eh, se me cae la cara de vergüensa. Pero tengo que contárselo al Macorí si, así conocerá de que no soy un charlatán semejante a mi papá y a tanto tipo embutero, engañadore de su hijo --el rostro del adolescente iba envejeciendo con rapidez-- ¡Caramba, siento enlutecé  el sendero a mi vera, trayéndome notalgia por el moribundo día ya que lentamente viene la ocuridad arropándolo tó, incluyendo la mirada del pájaro barrancolí y la de aquella preciosa ’tijereta’ que en lo alto planea contemplando cuanto aquí abajo hacemo mal, ansiando por tanto elevarse má, má, pa’lejarse de tanta insensatece ..."     

     Pedro y Manuela, andando rápido, llegaron al Parque Salvador. Contemplando que el hijo no se hallaba, preguntaron por él a unos mozalbetes que jugaban pelota encima de la plazoleta. Dos de ellos respondieron casi al mismo tiempo, que lo vieron  pasar  trotando hacia el Muro de Contención. Por tal motivo la concubina manifestó: "Deprisa, hombre, deprisa, tenemo que apurarno, ese muchacho es capá de cualquier cosa, de cualquier cosa", y tiró del brazo de su marido. Empero, dicha expresión hizo que los jovencitos se miraran, cuchichearan, rieran algunos cuando uno imitó a una gallina cantando y aleteó sus brazos. Pedro los miró rabioso; quiso insultarlos porque comprendió que se burlaban de su vástago, un muchacho extraño si, quien no jugaba el béisbol, tampoco ’tiguereaba’, pues no nadaba en el río, no peleaba, era un pendejo, quizás un miedoso grande. Y zafándose de la diestra de Manuela les preguntó que de quién carajo se estaban riendo, y que lo hicieran de sus madres ("esa cuernera, putísima, tierrita jediondona") Sin embargo, la lavandera trató de calmarlo, evitando además un pleito con otro individuo, quien se había ofendido con lo manifestado por su concubino. Y aunque ambos hombres se insultaron y llegaron a cuadrarse como gallos, el redoblante en el suelo, de ahí no pasó, sin importar que los adolescentes trataran de que pelearan ("vamo, Pedro, camina, camina, no haga caso, no haga caso", decía la mujer a la vez que levantaba el instrumento y empujaba a su marido, hablándole de Jaimito, recordándole que él mismo afirmaba  que el muchacho era un ’raroso’ y de que todos en la barriada lo conocían de tal manera) Pero el concubino le recordó que a él no le agradaban esas murmuraciones, tales burlas, ya que el jovencito era su hijo, tenían que respetarlo, cuestionándola la razón por la cual se apuraba tanto. En eso la lavandera le respondió, contemplándolo con fijeza a los ojos: "Porque se atreve a matá, Pedro, se atreve a matá". Y el marido: "No juegue, Manuela, no juegue". Y ella, bajando la voz: "Oye,  Jaimito  se  encuentra muy trite, apenáo porque piensa que le fallamo con el tambor, que no se lo conseguimo por lo que dicen, dique tá loco, y entonce no podrá cumplí con la supueta misión esa, ¿comprende?".  

     --¡Coño, mujer, tú tiene rasón, tú tiene rasón!

     --¡Claro que la tengo, Pedro! Mira, eh, yo lo conoco bien, soy quien brega con él to el tiempo, y sé cómo reaciona, lo sé muy bien.

     Y se fueron corriendo. Los mozalbetes dejaron de jugar pelota y siguiéronles: hablaban, reían, imitaban a las gallinas; varios movían sus brazos como si fueran alas, lo cual originó que algunos transeúntes gozaran, haciendo eso enfurecer a Pedro quien los amenazó con caerles a golpes. No obstante, Manuela trató de tranquilizarlo. Le pasó el redoblante. Con cierto esfuerzo, cruzando la Domínguez Charro, se lo fue llevando hacia el muro, pasando por el parquecito ’Cuarta República’. Junto a la muralla otearon hacia la orilla del río --litoral que se iba llenando de casuchas por culpa de ciertos politiqueros procurando votos, se rumoraba--, buscando la figura de Jaimito. No lo vieron. Continuaron caminando junto a la muralla. Ambos hallábanse silenciosos. Con seguridad la mujer cavilaba en ver a su hijo, llamarlo, llegar a su lado y con inmensa satisfacción hacerle entrega del hermoso redoblante y los dos palitos los que aún continuaban entre las cuerdas del instrumento.  

     La fémina rompió el silencio al decir: "Pero, ¿dónde tará ese muchacho, eh, dónde tará?". Mas, el concubino se quedó callado, atisbando el paraje, su rostro preocupado. Entonces, cuando se aproximaban por la bajada que posee el muro entre la intersección de las calles Duarte con Domínguez Charro, cerca de un humeante basurero, Pedro, señalando hacia la ría, voceó: "¡Hey, allá tá él, Manuela! ¡Míralo, míralo! Tá sobre la roca’quella. ¿Lo víte, ah?". Y ella: "Sí, sí, e’ Jaimito, e’ Jaimito. ¡Gracia,mi Dió, gracia!" --contempló el cielo--. Y el hombre: "Eh, ¿pero qué hace ese muchacho ahí, eh?"  Y la concubina: "Yo que sé, Pedro. Lo bueno e’ que lo hallamo, lo hallamo".

     --Vamo pa’llá, Manuela, le daremo el tambor. Quiero verlo tocando, tocando --y la mujer lo aprobó, y cuando se disponían a bajar   los  escalones  sonó   la  sirena  del  Cuerpo  de  Bomberos aullando con tristeza, avisando las dieciocho horas, seis de la tarde; y a consecuencia de la misma, siguiendo una  vieja costumbre macorisana, los concubinos se detuvieron para persignarse, continuando bajando de inmediato con sus miradas fijas en el hijo, chillando cuando finalizaba el sirenazo--: "¡Jaimito, Jaimito, Jaimito!...". Pero el muchacho no los escuchó pues no se volteó al llamado, prosiguiendo con su cabeza inclinada hacia las aguas, con seguridad pensando en introducirse entre ellas para buscar al Macorix.    

     El jovencito estaba quieto, sin dar señales de percibir su nombre. El  viento  movía  su  ropa  y  cabellos. Parecía un monje budista en meditación profunda. Sus padres notábanse asombrados y dejaron de llamarlo. Y fue en eso que, desconociendo que sus progenitores le observaban, igualmente otras personas en el muro como también los traviesos mozalbetes quienes deseaban averiguar cuanto estaba sucediendo, el vástago de Manuela y Pedro se lanzó a las aguas por el otro lado de la roca.

     --¿Qué hace mi hijo, qué hace? --preguntó angustiada Manuela, llegando a su mente el recuerdo del suicidio de su padre--. Pedro voceó: "¿Tá loco ese muchacho, tá loco?", y sintió su corazón latirle con más rapidez, ansiando un trago de ron, una cerveza, algo de alcohol para calmarse ya que era su medicina, la cual siempre le ayudaba cuando sentía al mundo venírsele encima como percibía le estaba aconteciendo en esos momentos, instantes fuertes para un padre arrepentido de sus irresponsables actos, anhelando ahora dejarlos atrás y convertirse en uno ejemplar.   

     Los muchachos en el muro se rieron. Comenzaron a corear "¡loquito mariquita!", haciendo que Pedro los mirara con rabia y ya iba a tirarles unas piedras cuando su mujer, sujetándolo por un brazo y empujándolo le ordenó: "¡Ayúdalo, hombre, ayúdalo! Corre a salvá nuetro hijo, corre a salvarlo". Y él se quedó indeciso.  Pero  viendo  que  su concubina  palidecía,  que parecía desplomarse, trotó rápido hacia la roca, chapoteando entre las turbias aguas, sin poner atención a la risotada de los adolescentes, quienes brincaban de alegría contemplando al papá del ’marica’ que desesperado procuraría sacarlo de un sitio no peligroso, de poca profundidad.

 

 

10/03/2012 09:39 Bernot Berry Martínez #. sin tema

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