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'LA MISION DE JAIMITO' (Novela)

 

               Capítulo No.4 

 

 

Por: Bernot Berry Martínez  (bloguero

 

     Jaimito era un muchacho trigueño, pelo casi lacio y de mirada melancólica. Cuando dejó a sus padres dialogando, calzaba unas chancletas gomosas y vestía una vieja ropa descolorida. Había dejado el Parque Salvador, sentándose en un murito no lejos del río. Desde ahí meditaba en voz baja: "Eh, creo que papi me comprará el tambor si, por mami lo hará. E’ que cumplo año mañana, etudio bien, hago cuanto me mandan, no peleo con nadie, entonce, entonce no me puede fallá no, por Dió que papi no puede fallarme. Y tendré mi redoblante, uno bonito, de sonido fenomenal. Claro que lo tendré. ¡Juá, y podré tocarlo así!: Trá, ta-ta-ta-ta-ta...

     El jovencito volvió a simular que tocaba el tambor-redoblante, tarareando el ritmo marcial, marchando al compás. Algunos transeúntes sonrieron al observarlo. En eso se le acercó una señora sesentona y le preguntó: "Jaimito, hijo, ¿qué tú hace, qué tú hace?"

     -- ¡Oh abuelita! ¡Ción abuela, ción abuela!

     --Hum, Dió te bendiga, hijo, Dió te bendiga. Eh, déjame acariciá tu cabesa, ven --y Jaimito se dejó pasar la diestra de la señora por sus cabellos, como ella siempre efectuaba cuando se veían de cuando en vez-- Eh, díme muchacho, ¿y tu madre cómo tá, eh? 

     --Ella tá bien, abuelita. Eh, la dejé conversando con

papi porque yo quiero un redoblante. ¿No recuerda que mañana e’ mi cumpleaño? --Y la señora dijo con cierto asombro que verdaderamente él cumplía  trece años, que como pasa el tiempo, que ya un hombrecito, pero que tenía mucho pelo y debía de recortárselo pronto porque un peine no pasaba por tanto cabello enmarañado. No importa, abuela, cuanto deseo e’ un tambor, un redoblante chulo pa’ podé tocarlo, gosá con su sonido", expresó el jovencito. 

     --¿Y tu papá te lo comprará, hijo?

     --Claro que sí, abuela, yo dejé a mami con él pa´esol No puede fallarme. Nunca le pido ná, y e’ por mi cumpleaño, por mi cumpleaño.

    --Hum, bueno, ¡ojalá te lo compre, Jaimito, ojalá!    

     La señora lo dijo con cierta duda, contestándole el adolescente: “Lo comprará, abuela, uté verá, no puede fallarme". Y ella: “Eso quisiera, hijo, eso quisiera pa’ verte felí tocándolo".

     En ese momento pasaron frente a ellos dos motoristas en competencia, y el ruido ahogó cuanto la dama hablaba, optando ambos por mirarlos, perseguirlos con sus vistas en la rauda carrera hacia el Malecón. Jaimito sonrió viéndolos tendidos sobre los asientos, las manos agarrando los timones, casi parejos, en esa lucha por llegar primero a la meta indicada, competencias estas que varios muertos ya habían ocasionados. La señora manifestó a su nieto que la juventud no respeta nada, ni siquiera sus vidas, y que eso no sucedía antes pues las leyes se respetaban, y que ahora faltaba un gobierno que las hiciera cumplir, fuerte, que pusiera todo en orden ("acabe tanta mojiganga, ponga en cintura a eso ladrone metido en la política pa’ enriquecerse, y que tengo rasón porque solamente hay que vé a cierto tigre de Miramar, pelegato de nacimiento, que se metieron con el partido ganador y rápidamente consiguieron carro, buena casa, parrandeando to’ el tiempo, y ya no me conocen, viran  la cara cuando me ven pue’ saben que yo lo conoco dede que eran chiquiline, dede que eran chiquiline”.

     Jaimito gozaba oyéndola. Hablaba mucho. Le agradaba recordar tiempos idos, eso lo conocía bastante, aprendiendo con ella cosas del Macorís de antaño. "A tu abuelo no le gutaba eto no, ni un chín le gutaba, y por eso hiso bien en morirse, sí, sí, hiso bien aunque lo lloramo mucho cuando se ahorcó, cansáo de viví entre tanta vagabundería, así me lo dejó ecrito pa’ que yo no me mortificara.  Era  un  hombre  bueno,  decente, pariente  lejano de aquel general ’Vicentico’, el cual comandó a lo Guerrillero del Ete, éso que pelearon contra lo gringo, hijo, ya te lo conté una vé, ¿recuerda?“

     --Sí, abuela, me acuerdo bien. Fue ése a quien le prometieron la gobernación de Macorí  pa’ que  dejara  de combatí, y cuando dejó de hacerlo, que vino a bucarla, lo hicieron preso y lo fusilaron por la noche en Miramar, cerca de donde se encuentra el Hotel Macorí, ¿verdá, abuelita?

     --Bien, bien, tú tiene buena memoria, igual a tu abuelo. E’ má, te parece mucho a él:en la cara, en tu forma de sé, en el color de la piel, en el pelo. Hum, ¡qué látima que no lo conocite! Aún tú no había nacío cuando murió. Toy segura que se hubieran lleváo bien --hubo silencio; el adolescente respetó el momento en que tal vez su abuela pensaba en el esposo suicidado, y contemplando él que dos gruesas lágrimas salían de los ojos de ella miró hacia donde unos mozalbetes jugaban a la pelota en el recinto perteneciente a los antiguos exploradores, ahora ´Boys Scouts´. Entonces volvió a dialogar con su abuela, variando la conversación, hablándole acerca de cosas que se hallaban entre el río, objetos que no servían para nada, afeándolo, quitándole su belleza natural, ensuciándolo, no comprendiendo él cómo las autoridades dejaban esas chatarras cerca del puerto y de las miradas de la gente, era algo incomprensible, absurdo, verdaderamente vergonzoso, interrogándola sobre cuánto trajeron esos lanchones, contestándole ella que los condujeron aquí para hacer un gran dique, un enorme taller de reparación de buques, mas parece que tal asunto no cuajó bien y ahí se encontraban ellos afeando bárbaramente al hermoso panorama de la ría, principalmente durante los atardeceres que es cuando se  presencian unos  bellísimos  crepúsculos los cuales

nos hacen admirarlos, conmoviéndonos íntimamente.

 

     --¿Sabe abuela?  Eh, a mí también me gutan eso atardecere que se ven por eto lugare.

     --¿Anjá, Jaimito? Así mimito era tu abuelo si, a él le agradaban muchísimo. Pero díme, díme sobre el  tambor. ¿Pa’ qué tú quiere  esa cosa y no otra cosa, eh?

     -- ¡Ay  abuela, depué se lo digo, depué!

     --Ahh, tú tiene un secretico, ¿eh Jaimito? --lo señaló. 

     --Algo así, abuela, algo así --bajó la cabeza.  

     --¿Y tú no puede compartirlo conmigo, eh querido nieto? Mira que a nadie se lo diré, a nadie, eso ténlo por seguro.

     El jovencito, algo avergonzado, dijo: "E’ que, e’ que si se lo digo uté puede reírse de mí". Y la señora: "¿Reírme? No, Jaimito, te prometo no hacerlo, te lo prometo". Y el jovencito: "Bueno, e’ que..., e’ que uté no lo entenderá, no lo entenderá". Y ella: "Vamo, hijo, vamo. ¿E’ que no confía en tu abuela?  ¿Y qué clase de nieto ere tú si no me tiene confiansa, eh?". Pero él no le respondió, quedándose observando el río. La señora insistió: "Bueno, parece que e’ algo grande tu secreto. Entonce no me lo diga. Quisá en otra ocasión. Pero vaya-vaya, cambia esa cara trite, cámbiala --lo sucudió brevemente por los hombros--, eh, aquí tiene una moneda de cincuenta chele pa’ que compre algo, ¿eh?".

     -- ¡Gracia, abuelita, gracia! --tomó el dinero y se lo guardó en un bolsillo-- Eh, sobre el asunto de…

     --No, no me lo diga. Yo taba jugando contigo, Jaimito. E’ bueno tené secreto, eso e’ bueno --mintió, se hallaba ansiasa por conocerlo plenamente. 

     --Hum, le puedo decir un chín, sólo un chinchín.

     --¡Dímelo, dímelo! Tú me pusite que me muero por saberlo --sonrió, quedándose contemplándolo, casi impacienta, viéndolo rascarse la  cabeza, y que de nuevo volvía a otear hacia el río, también hacia los lados, escuchándolo poco después manifestar--: "Bueno, abuela, eh, lo que pasa e’ que me dieron una misión, una buena misión con un tambor".

     --¿Misión? Hum, ¿de dónde sacate esa tontería, Jaimito?

     --¿Uté ve? Por eso no quería decirle ná. Horita piensa que toy loco, sí, sí, loco.

     -- Vamo, hijo, no me haga caso, no me haga caso y sigue contándome, sigue contándome --la señora habló con cierta preocupación--. Fue en eso que Jaimito, algo disgustado pero como resignado por la situación presentada, expresó: "Bueno, tá bien. Ecuche, ecuche bien cuanto le informaré, abuela, ecúchelo bien. Eh,...--impasible, sin interrumpirle, la señora oyó lo que su nieto le confiaba. Sin embargo ella no le creía. Tuvo la intuición de que el muchacho no se encontraba bien de la mente. Y se acordó de sus demás nietos, hijos de los hermanos de Manuela,  quienes eran normales, distintos a Jaimito en todo, echándole la culpa a Pedro, porque ese borrachón mujeriego debía de ser el culpable de que el jovencito no fuera igual a sus primos. Y maldijo al hombre en silencio. Y recordó cuando su marido le contó que le habían dicho que Manuela tenía ’amores escondidos’ con un tipejo, un tigre, un bandido que no le convenía, aconsejándola que tratara de romper esa vagabundería para bien de Manuela, sucediendo que por tales consejos la joven se escapó con su novio de la casa, viniendo a vivir en donde todavía seguía haciéndolo, enojándose grandemente su marido por esa acción de la hija querida que al paso de los días, apenado, sin comer, la angustiosa depresión lo llevó a tomar la equivocada decisión de ahorcarse.

     Luego de que Jaimito terminara de relatarle su ’secreto’, la abuela, acariciándole el enredado pelo le expresó: "¡Caramba, qué asunto má raro me contate, hijo! Eh, pero no te apure  mucho por eso no. Ere muy joven. Tó pasa. Recuerda que tú apena tiene trece año. Por delante te queda toa una largasa vida. ¿Comprende, Jaimito, comprende?"  --lo movió por los hombros, respondiéndole el muchacho--: "Lo sé bien, abuela, lo sé bien, lo que pasa e’...". Sin embargo la dama no dejó que siguiera hablando. Le recomendó que dejara de pensar en ese tema, que todo era producto de su imaginación, que se pusiera bien, debía de imitar a sus primos y jugar pelota, pescar, nadar, pues el mundo es de los fuertes, el debilucho queda atrás, listo y servido, nadie quiere gente así, y que debía de alimentarse mejor ("mira, tú tá flaquito, debería de comé mucha fruta, principalmenente ’china’, ella dan mucha salú, y te voy a conseguí una botella de miel de abeja pa’ que te beba un poquito por la mañana y otro por la tarde; eso te pondrá fornido, ¿entendite, ah?". .

     -- Sí, abuela, me guta la miel de abeja. Eh, pero oiga, no le diga a nadie lo que le conté, ni siquiera a mami se lo diga. La gente no entiende, es relajona, no ven el peligro que acecha al mundo, no lo ven. 

     -- Hum, ¿y quién te contó eso, hijo? -- y él respondió--:"Nadie, abuela, son cosa que llegan a mí de lo má profundo de mi alma".

     -- ¡Ay Jaimito, Jaimito!

     --No se apene, abuela. Yo toy bien, mejor que nunca, créame, y yo nunca miento,  nunca miento.

     --¡Bueno, ojalá, ojalá! Oye, ¿y  pa’ dónde tú va, eh?

     --¿Yo? Bueno, deseo ir cerca del Malecón, por donde tán esa casa lujosa  Ahí viven uno muchacho que tienen mucho juguete bonito, chulísimo--. Y la abuela: “Hum, ten cuidáo con esa persona, Jaimito, son jodona, no le gutan con lo acechen. Recuerda que son privona --la señora se lo dijo agarrándole las manos, pero él le contestó que no los vigila, que lo único que hace es mirar los juguetes, respondiéndole la  señora que eso es lo mismo, que es peligroso ("te digo que son parejero, lo sé bien porque soy  una vieja que to’ lo sabe")  Pero el adolescente”: No hacen ná, abuelita, no hacen ná". Y ella: "Háme caso, Jaimito, tú tá comensando a viví, no conoce la maldá de la gente, principalmente d’ete pueblo". Empero el muchacho volvió a manifestarle lo anterior, de que a ellos no les importaba que él viera los diferentes juguetes regados por  sus patios. Entonces fue que le dijo a su abuela, asombrándola: "Oiga, ¿quiere conocer algo lindo, ah? Mire, a eta hora yo he vito hata avioncito volando por el cielo rojiso en la tarde moribunda".

     --Vaya, ¿y por qué tú habla tan raro, ah?

     --Abuelita, abuelita, sólo a uté le he dicho esa cosa que viven dentro de mí, sólo a uté se lo he dicho.

     --¿Y ningún hombre te enseñó eso, ah?

     --Ya le dije que llegan a mí. Mire, uté ve qué bonito se halla ete atardecer, ah? Pue’ sepa que yo voy a verlo un poco, de manera profunda ante de irme hacia el  barrio de lo juguete lindo --dejó de hablar porque se escuchó la sirena del Cuerpo de Bomberos, volviendo el jovencito a señalar--: ¡”Oiga, oiga, ahí tá el sirenaso de la sei de la tarde! Me tardo, abuela, así que... ¡ción abuela, ción abuela!”

     --Eh, eh, Dió te bendiga, hijo, Dió te bendiga y te acompañe, protegiéndote siempre de la gente mala, sí, amparándote de tanta persona terrible, --y perseguido por la taciturna mirada de la señora, Jaimito se fue trotando  hacia  el  grisáceo  Muro  de  Contención,  el cual fue construído para proteger al pueblo de las crecidas del río. Y ella, observándolo por la placita ’Cuarta República’, meneando su cabeza tuvo el presentimiento de una horrible tragedia para su nieto, por eso decidió visitar de inmediato a su hija para ponerla al corriente de su conversación con Jaimito y saber más detalles de su vida con ese Pedro, borrachón y mujeriego, individuo que no iba lejos para beberse cuanto ganaba  en  la  zona, dejando pasar hambre a su familia, teniendo sus  hermanos que ayudarla de vez en cuando porque el lavado no le alcanzaba para los gastos, así la señora lo intuía aunque Manuela nunca les pedía nada, diciendo que todo marchaba perfecto y dizque Pedro se portaba bien que hasta su cheque se lo entregaba. No obstante, la madre presentía que su hija mentía tal vez para que no le recordaran cosas tristes, como el suicidio del honesto padre, un ciudadano ejemplar quien levantó a su familia sin jamás arrodillarse ante ningún rico, pues él aseguraba que la mayoría de esos personajes les encantaba humillar a cuantos nada tienen, contemplarlos suplicar debido a que no poseen ni un peso para la comida de los suyos o verlos con las recetas médicas en sus extendidas manos, las miradas en el suelo, totalmente vencidos, sin un ápice de dignidad, convertidos  en excrementos  humanos,  como  cuentan  ellos  mismos  en  sus  lujosas  viviendas...                                                                       

 

01/03/2012 18:01 Bernot Berry Martínez #. sin tema

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