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LA MISION DE JAIMITO (Novela)

 

                      Capítulo No.5

 

Por: Bernot Berry Martínez  (bloguero) 

 

     Unos segundos estuvo Jaimito contemplando las aguas con tonalidad rojiza del melancólico Río Macorix (Higuamo) Un poco más allá atisbó el descuidado puerto y su hermosa desembocadura. Observó los lanchones semi-hundidos que se hallaban por distintas partes. Meneó la cabeza y nuevamente se preguntó por cuál razón los dejaban allí si le restaban belleza panorámica al ambiente. Y de repente, quizás influenciado por el cercano estuario, decidió bajar, aproximarse al litoral. Mientras iba haciéndolo afirmábase: "¡Caramba, qué lindo es el río de mi pueblo! ¡Qué bonito se nota ete atardecer! Claro, por eso e' que a Macorí le llaman la ciudá de lo bello atardecere". Y se quedó bastante ensimismado, en contemplación meditativa por un momentito. Después posó su vista sobre una piedra entre el río, a distancia de varios metros de la orilla y en la cual habíale sucedido ese fenomenal acontecimiento que lo puso más extraño de cuanto era. Sí, otra vez retornó Jaimito a reproducir en su mente esas inolvidables imágenes, él sentado encima de esa roca admirando un precioso crepúsculo cuando sorpresivamente escuchó un raro zumbido, percibiendo enseguida agitación de agua, viendo alzarse una bruma fosforada la cual delante de él se convirtió en figura indígena fantasmal que con voz gutural le expresó: "No temas, muchacho triste, no temas. Yo soy el Espíritu de tu amado Río Macorix. Escucha... eh, semejante al arroyo que llega al río y piérdese éste en la mar y se entrelazan océanos con regiones terrenales, así mismo conozco las penas de quienes habitan el planeta. Cierto, oye, tu río y los mares, la Tierra entera con sus plantas y animales, el hombre los está envenenando. ¿Con  cuál  derecho lo hace? Hay que detenerlo. Si logramos pararlo, paramos también su autodestrucción, salvándose especies terrestres y marítimas. Sí, ponme atención, muchacho, porque fuiste escogido para bella misión. Debes, tú debes conseguir un buen redoblante y pararte sobre esta misma piedra en que estás, y delante de  hermoso ocaso  del   sol,  por  la   conservación de todo género viviente, por la paz del mundo, asimismo por nuestro enfermo río, deberás tocar un prolongado solo de tambor hasta el oscurecer. Y entonces, por la belleza de un sol naciente, por bandadas de gaviotas volando hacia su encuentro, por la preciosidad del colibrí y de un rojísimo clavel, así como el agradable olor del perfume limonero, cierto, te prometemos llevarlo allende los mares, como advertencia nuestra al dañino egoísmo humano". 

     Jaimito dejó de cavilar en cuanto le había sucedido unos días atrás. Sonrió contemplando el lindo crepúsculo en total plenitud. Empero, afirmándose que deseaba dar una vuelta por aquel barrio de personas adineradas, corriendo marchó hacia ese lugar, deteniéndose un instante casi al final del muro para ver del otro lado a un manantial cuyas límpidas aguas salían debajo de la muralla y deslizábanse hacia el río. Volvió a sonreír. Tuvo ansias de bajar para echarse un poco de agua fría por la cabeza y el rostro como otras veces había hecho. No obstante, absteniéndose, siguió caminando rápido por la Domínguez Charro, llegando al sitio en el cual estuvo el Parque Mauricio Báez, aquel líder sindical desaparecido en Cuba y quien junto a sus compañeros puso a temblar los cimientos del régimen trujillista con sus huelgas orientales. La antigua plaza se encontraba cercada por una fuerte alambrada que la dividía en tres sectores (un tiempo después la cercarían con una alta verja de concreto) Ya ni siquiera se notaba algún vestigio donde hallábase el busto del malogrado sindicalista, escultura que fue hurtada por misteriosas manos durante una madrugada cuando finalizaba el  1962  o comenzaba el 1963 (¿?)  

     Pero Jaimito no conocía nada de Mauricio Báez, ni del parque, tampoco del robo de ese busto. Nadie le había contado nada. Y por eso siguió andando sin observar la antigua plaza, pasando rápido por la misma, igual que por la parte trasera de la nueva Comandancia del Puerto, ignorando que un poco más allá, frente a un tanque de la Compañía de Melazas Dominicanas, había estado la anterior, fabricada por la tiranía  de  Trujillo.  Cruzó  próximo   a  una  cerca  de concreto, un poco más alta que él, verja que encerraba un terreno el cual años atrás estuvo cubierto por agua de mar y en donde anclaban embarcaciones de poco calado hasta que empezó el dragado del río para la construcción del nuevo puerto. Y mientras contento iba caminando, ajeno a ese pasado en el cual ese suelo fue propiedad de la mar, Jaimito comenzó a cantar, gesticulando, la famosa canción del brasileño Roberto Carlos que dice: “¡Yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar; yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder canta!”... Luego continuó silbándola en tanto se aproximaba a la barriada donde se dirigía, llegando poco después, encontrándose delante de preciosas residencias y bonitos patios bien atendidos, ojeando juguetes carísimos pero no viendo cuanto ansiaba y por lo cual había acudido allí. Vino a contemplarlo en la vivienda del gordito Robertico, un mimado adolescente de su misma edad, quien se hallaba jugando con una pelota de baloncesto, teniendo a su vera diversos juguetes: patines, bicicleta, columpio, trencito, guantes, bates y un hermoso redoblante. 

     Jaimito se maravilló con ese tambor. ¡Claro, uno así era cuanto él deseaba para cumplir perfectamente aquella misión encomendada por el Espíritu del Río! Por consiguiente, acercándose a la linda verja le dijo a Robertico: "Hey, hey, tú tiene un lindo tambor. Oye, mira, ¿me lo puede pretá un ratico, un ratico, ah?". El gordito jovencito se asombró. Con la pelota en las manos le respondió: "¿Cómo? No, mi papi me aconsejó que no se lo pretara a nadie, a nadie". Pero Jaimito insistió que se lo cediera un momentito pues tenía una gran  gana de tocar un redoblante como ese. No obstante el otro le volvió a expresar que no, que su padre no quería, y mucho menos a un desconocido como era él.

     --¿Sabe? Mi papi me comprará uno así mimo, depué te lo pretaré, ya  tú  verá.

     Sin embargo, Robertico se rió, interrogándole: "¿Yo tocá un tambor tuyo, ah? ¿Tú tá loco, eh?". Mas, Jaimito: "Sí, sí, depué te lo preto, con guto que lo haré". Y el gordito: "Te dije que no. ¿E' que tú no entiende, ah?  E' má, ¡váyase de aquí pronto, váyase ante de que llame al guachimán!".                                                                                               

     --Por favor, amigo, prétamelo. Mira, te daré eta moneda de medio peso si me lo preta un poquito, solamente un poquito. ¿Qué tú dice, ah? --Jaimito se la enseñó--. Empero, Robertico algo molesto le contestó: "Pero, ¡tú si ere freco, ah!". Y Jaimito: "Eh, eh, prétamelo un ratico, amigo, solamente un poquito, solamente un poquito, enllave".

     --Yo no soy amigo suyo y mucho meno enllave, ¿me oye, me oye?  --manifestó el gordito con las manos en la cintura, bastante  irritado.

     --La moneda, toma la moneda y prétamelo. Jaimito  se  la  extendió,  pero  Robertico,  rabioso, expresó: “¡Váyase, váyase de aquí pronto, carajo!” No obstante, Jaimito prosiguió insistiendo que se lo facilitara (...”e' que tengo que praticá por algo grande que haré") Hubo silencio. Los dos muchachos se contemplaron. Robertico entonces le interrogó: "¿Algo grande?  ¿Qué cosa tú hará, eh?" Y el mozalbete de La Aurora, respirando de manera profunda, mirándolo hondamente, contestó: "Mira, eh, yo tengo que tocá un largo solo de redoblante frente al río, así me lo pidieron y tengo que cumplí".   

     --¿Qué dijite, ah? --Robertico le dio una patada a la pelota que casualmente se detuvo al lado del tambor, mientras sus labios sonreían porque advirtió que el otro contemplaba con seriedad lo sucedido. Por eso volvió a interrogarle sobre lo que habló, respondiéndole Jaimito (..."tengo que tocarlo delante del río; e' una misión que me dieron") Esa respuesta  hizo que el gordito riera y manifestara que estaba chiflado, chifladito, preguntándole su nombre, contestando el hijo de Manuela, su mirada fija en el redoblante: 

     --Jaimito, Jaimito Martín. ¿Y tú, eh? 

     --Yo me llamo Robertico Pére Morale. Mi papi tiene tienda, ferretería, y mucha cosa má. Oye, ¿y  tu  papá  trabaja por aquí,  ah? --habíase calmado un poco.

     --No, mi papi trabaja en la sona. El e' sonero, sonero, gana bien. --Robertico se alteró, dijo--: "Hijo de sonero? ¿Y tú quiere tocá mi tambor, ah?". De nuevo  Jaimito le respondió que sí, que solamente era por un ratico. Pero Robertico le preguntó que si él llamaba al guardián de su hogar qué cosa haría, quedándose observándole sonreído, las manos cruzadas sobre su pecho, dominante, arrogante, percibiendo que Jaimito se asustaba, gozando cuando le oyó decir que se marcharía enseguida ("ehh...rápido que me voy, amigo")  Y tal vez para verlo huir, irse de allí, el gordito llamó al Guardia de Seguridad, quien con prontitud se reportó haciendo sonar la correa de su escopeta varias veces, interrogándole sobre cuanto pasaba. Robertico buscó con la mirada a Jaimito, y contemplando que no estaba, señalando hacia la verja de cemento manifestó:

     --¡Ahí, un tiguerito moletándome!

     El guardián era un mulato alto y fuerte, uniformado completamente de azul, interrogó: "¿Moletándote? ¿Y  dónde  tá  el carajito ese, ah?" Robertico le contestó que tan pronto le llamó se fue corriendo como el diablo lo hace a la cruz.

     --Hum, hiso bien si, porque yo le parto el alma a cualquiera, a cualquiera. Eh, eso tiguerito siempre tán jodiendo. Dique pidiendo comía, queriendo botá basura, hacé amitá, eh, pero mire, jum tó eso e' pa' ello pode robá,robá.Saben má que mimo diablo.                                                                                                                                                                                 

     --Así  mimito dice mi papi, guáchiman, así mimito.

     --Claro, por eso toy yo aquí, pa' cuidá la casa y también a tó utede.

     --Eso  tiguerito  son   uno  freco,   guachimán, uno freco.

     El uniformado lo miró atentamente. Mantenía el cañón de la escopeta hacia el suelo. Se inclinó levemente y moviendo su mano izquierda sentenció: "Robertico, vea, si fueran freco no e' ná, e' que son ladrone, ¿entiende?, son ladrone de nacimiento".

     --¿Y  por qué no lo meten preso, ah? Siempre tán acechando, uno no puede jugá tranquilo, vienen a moletá, a queré robá lo de uno  --Robertico lo aseguró con cierta tristeza, respondiéndole el guardián que él no comprendía la razón por la cual no se encontraban detenidos, pero de lo que hallábase seguro es que anteriormente eso no pasaba pues había respeto y la gente sabía ponerse en su puesto, que cada uno andaba  derechito ("lo  que le recomiendo, Robertico, e' que no se decuide con su juguete en el patio no, eso tiguerito no son fácile, se lo llevan porque se lo llevan. Le repito que eso carajito son ladrone de nacimiento", se lo advirtió señalándolo con su índice diestro, la escopeta en la izquierda)

     --A un amigo mío le robaron su bicicleta del mimo patio, guáchiman. ¿No se lo dijeron?

     --Jum, eso ecuché si. Por eso vuelvo a decirle que no se decuide ni un poquito, pue' yo no puedo tar en ete sitio to' el tiempo no, no puedo porque tengo que vigilá por ditintas parte. Y eta casa e' grandísima. Ademá, vea, su mamá me pidió que vigilara bien a la cocinera, ya que se lleva la carne entre la ropa, así me dijo la doña.

     --¿Anjá, eh?  Y el guardián--: ”Y tu  mamá  no  quiere que  se  lleve naíta. Y pa' eso toy yo aquí, pa' cuidá toitico, que no se lleven ná, ná --y prosiguieron dialolgando un rato más, conociendo Robertico que ese guardián había sido policía, de los denominados 'Cascos Blancos', un cuerpo de choque de la uniformada que tuvo su asiento en la Fortaleza Ozama, en Santo Domingo, y que él había peleado valientemente contra los 'comunistas' en 1965, escapándose de ser agarrado debido a que sabía nadar, pudo cruzar el Río Ozama cuando los llamados constitucionalistas lograron penetrar al recinto policial luego que sus defensores  no poseían más balas para continuar batallando, rechazándolos, causándoles tantas bajas que a él le dio pena, eran jóvenes de poca edad los cuales no conocían nada de guerra, fueron carne de cañón, los grandes los mandaban mientras ellos se quedaban escondidos como ratas, sin dar la cara, eran verdaderos cobardes, principalmente esos militares traidores que se vendieron a Cuba, a China y a los rusos. (...vea, suerte que vinieron lo americano, Robertico, suerte, porque sino ete paí ya fuera comunita, y tú no tuviera viviendo en eta vivienda tan bonita y grandota, y yo tampoco cuidándola. Tuviéramo toititico muerto, fusiláo, tu papá, tu mamá, yo, toa la gente que sirve, seria, honrá, decente”,...)                      

 

 

01/03/2012 19:42 Bernot Berry Martínez #. sin tema

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