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'UNA FLOR PARA EVANGELINA RODRIGUEZ' (¿1879?-1947)

                         Capítulo XII


               (Novela-Histórica)


 Por: Bernot Berry Martínez    (bloguero)


 


   Pavoroso era el silencio. No se oían ni los pájaros. Apenas el viento podía percatarse cruzando entre los árboles. El conductor contemplaba a su primo. Lo hacía con asombro, ya que jamás pudo imaginarse la posesión de unos genitales tan acerados. Por eso se afirmó que es cierto cuanto dicen: “de cualquier yagua sale tremendo alacrán”. Y volvía a repetirse que lo había hecho solito, con un callao, sin poder ayudarle porque cuando trataba de hacerlo, de sujetarle los brazos por atrás para que su pariente le pegara en la cabeza, su familiar lo ponía a rodar por el suelo igual a muñeco trapero. Además, recordó que una fuerza extraña lo retuvo, sin poder moverse, cuando comenzaba la riña.    


    El hombre miró hacia el apartado camino real, interrogando a su familiar si había sentido la presencia de algún jinete o vehículo pasando. El otro le respondió que nada transitó por ahí, ningún sujeto había visto el pleito. Asimismo le indicó que se encontraban algo alejados de la vía, ocultos por la arboleda. Y tal vez por cuanto escuchó, el de la loma pensó un poquito antes de decir: “Hum, eso e’ bueno si, e’ bueno. Entonce vamo a enterrarlo. Ve rápido al camión y trae la pala y el pico. Así nunca lo encontrarán. Eh, mientra tanto yo iré haciendo el hoyo con la bayoneta del maldito ete --y afirmándolo le propinó una formidable patada que el cadáver dio una voltereta--. El chofer, impresionado, se fue trotando a buscar cuanto le había solicitado.    


    Enseguida el hombre comenzó a cavar la tierra humedecida por el aguacero de ayer. Lo hacía con rapidez. El terreno no estaba duro, compacto, era más bien ‘blando’ como aseguran los campesinos, fácil de hoyar. Y mientras escarbaba, cavilaba hacerla lo suficientemente grande y honda para que el cuerpo cupiera perfecto. De esa manera era muy seguro que ni la hambrienta jauría de perros que recorren todo el contorno, olfatearía el cadáver, poniéndose  con  bastante seguridad  a desenterrarlo con la  finalidad de devorarlo, dejando trocitos a las auras carroñeras.                                                   


    Con el vehículo retornó el conductor, dejándolo a la vera del camino. Con pala y pico se acercó donde su pariente. Le vio cavando con la bayoneta, sacando tierra con sus manos. Estaba bastante sudoroso, sucio, su camisa y cara manchada de sangre. Notó lo avanzado que ya se encontraba el hueco. Acto seguido él también se puso a sacarla con prontitud. El otro picaba el terreno. No conversaban. Las herramientas eran empleadas con mucha rapidez. Sabían que debían de ganar tiempo. Y de esta forma lo fueron profundizando. Lo confeccionaban largo y hondo, mayor que las exigencias sanitarias.                                         


    Cuando la excavación tenía más de dos metros de hondura, con longitud y anchura mayor que el extinto --el hombre tuvo que  ayudar a su primo a salir, sin embargo él lo realizó con facilidad--, cavidad considerada ideal para sepultarlo, fue que decidieron introducirlo. El hombre se quitó su sucia camisa y se la envolvió en la destrozada cabeza. Lo entraron dentro del agujero, poniéndolo boca abajo. Le contemplaron: estaba muy bien entre la excavación. La bayoneta con el estuche o ‘baqueta’, el ensangrentado callao, el gorrito tumbado por la doctora y traído por el camionero, se los echaron encima. Buscaron algunas ramas de variados arbustos y se las colocaron desde la cabeza hasta las botas, cubriendo también los alrededores del cuerpo. Las plantas salpicadas de sangre las cortaron, echándolas dentro de la sepultura. Lo fueron tapando lo mejor que pudieron con la tierra extraída, rellenando cualquier abertura notada cerca del cuerpo, apretándola fuertemente. Aplanaron ese terrenito en forma excelente. Es más, sembraron yerbitas en su superficie con la finalidad de que en pocos días estuviera tupido. El cuerpo del extinto se hallaba bien escondido, dando la impresión de que era un secreto perfectamente oculto. Empero, ¿nada de aquello se conocería? ¿Quedaría el difunto ahí, pudriéndose por siempre, sin nunca ser encontrado,  averiguado  el  motivo  de  su  muerte?  Ellos laboraron con tenacidad para que así fuera.


    La tierra  sobrante la esparcieron  por  distintos  sitios, a varios metros de la sepultara. Los dos rebuscaron con vehemencia cualquier asunto que hubieran olvidado para corregirlo. Entonces, no hallándolo, consideraron que todo se hallaba excelente, que el soldado eliminado no sería encontrado “ni en los centros espiritistas”. Al camino real salieron. El silencio era inmenso. Desde allí contemplaron los alrededores, buscando presencia humana. Era tiempo de poco movimiento. Sólo de cuando en vez cruzaba una carreta, algún jinete o vehículo motorizado. Por eso consideraron que la vía continuaba solitaria. Y se contemplaron complacientes, limpiándose con unos trapos que echaron en el camión, igualmente la pala y el pico. Consideraron que la suerte les rodeaba. Y partieron sin prisa, sintiendo cierta alegría porque tal vez no les advirtió ningún individuo. En ese momento empezó a llover. El chubasco no era fuerte, pero sí lo suficiente con el cual eliminar algún vestigio sangrante en el lugar del pleito, también les vendría bien a las yerbitas sembradas encima del desconocido sepulcro...    


    Días después las autoridades militares comenzarían a indagar con un pelotón de guardias, pertenecientes a la fortaleza de Macorís, la desaparición del soldado. Iban en un camión. Se detenían para interrogar a distintos sujetos de la zona, incluyendo a familiares del mismo. Pero nadie sabía nada. Incluso lo hicieron con la Dra. Rodríguez, a quien encontraron sentada en su piedra preferida, vestida con tela de henequén o ‘de pita’, adornado su pelo con varias florecillas de diversas tonalidades. Empero, como ella rió bastante cuando le preguntaron acerca del guardia buscado --enterrado a unos cuarenta metros de allí--, le propinaron violentas bofetadas, pateada varias veces en el suelo, insultada, pero sin dejar ella de reír. Igualmente aquellos abusadores militares, participantes en su bárbara deshonra, crueles compañeros del inquirido, quisieron matarla a bayonetazos “porque se encontraba burlando de la Guardia del Jefe”. Pero un joven oficial, al mando del pelotón, se les interpuso, afirmándoles que esa mujer no sabía nada, que de ninguno se reía porque estaba mal de la cabeza, era demente, una enferma mental. A esos soldados no les agradó que el teniente les detuviera. Empero, conocían que la disciplina estaba por encima de los sentimientos, y aunque no pudieron eliminarla en ese momento, obedeciéndolo, susurraron entre ellos que luego de unos días retornarían solos y le harían a la vieja comunista más hoyitos que un guayo. Y en tanto se marchaban, los estupradores de la médica les vocearon insultos. Algunos guardias observaron desde el camión en movimiento, que de nuevo volvía la anciana a sentarse en la roca, dándose cuenta que carcajeaba mirándolos.   


    Por más de una semana y con militares de toda la zona Este --lanzaron el rumor que se trataba de un fuerte vivaque, un modo de endurecer a los soldados--, varias compañías peinaron la región, buscando al desvanecido. Y lo hicieron así porque sus guardias amigos, asimismo el respetado sargento y el cabo de su unidad, no aceptaban la versión de que había desertado.     


    Mientras el camión con los parientes se desplazaba despacio por aquella blancuzca y polvorosa vía --en ese lugar no había  llovido--, fue que el conductor supo la razón que tuvo su primo de socorrer a la pobre anciana, arriesgando su vida, defendiéndola. Y conoció que era la Dra. Evangelina Rodríguez, una excelente médica de los pobres, parienta lejana de la mujer del hombre de la loma, nacida por ahí, educadora y primera doctora en el país, con estudios en Europa, abusada por varios guardias que después ahogaron a sus hijos porque los vieron en eso, hallándose entre éstos el tipo muerto en el pleito. Le dijo que ellos eran los causantes del fallecimiento por  tristeza de su concubina. Además, conoció que la médica estaba prácticamente obligada a deambular por caminos y veredas, sendas y atajos, hasta fallecer de agotamiento, esto a causa de sus creencias contrarias al Trujillato. Claro, la tenían como una andrajosa paria, debiendo vivir entre el monte, alejada de la gente ‘civilizada’. Y aunque el camionero conocía de varias atrocidades acontecidas por su allegado, todas no las sabía. Y él, enterándose de ellas, un individuo de saludable conciencia y con alto honor, lagrimeaba de rabia, empañándosele la  visión... 


    Los parientes vinieron a detenerse a varios kilómetros del suceso con el guardia. Se lavaron en un riachuelo no distante de Hato Mayor. Incluso limpiaron bien las herramientas usadas. Botaron entre el mismo los trapos usados para limpiarse. Fue en ese sitio donde juraron mantener en secreto lo acontecido con el soldado. Asimismo, se comprometieron a perseguir y de eliminar a los demás integrantes del grupo de asesinos, abusadores de Evangelina Rodríguez, tipos que eran criminales de muchachitos. Tal vez fue por eso que se contemplaron hondamente, ya que se consideraron destinados a destruir a esas escorias que continuarían asesinando y violando mientras estuvieran viviendo. Los dos pertenecían a las praderas orientales, región en donde se practicaba un adagio que se perdía en el tiempo, el  cual aseguraba: ‘quien la hace debe pagarla’.


    --¡La venganza será nuestra! --corearon al unísono, bebiendo ron de una botella que les había sobrado del día anterior.                                                                                       


    Y esos parientes, con el dinero guardado, se dedicaron a comprar viandas y frutas, vendiéndolas por poblaciones vecinas. Igualmente, como antes hicieron, se iban alejando hacia otras, ofreciendo cuanto llevaban. Pero ahora lo realizaban con la finalidad de confundir a la Seguridad Gubernamental, institución que vigilaba todo de manera constante. Mas, ellos no se hallaban apresurados. Dejaban que los meses pasaran en tanto con sigilo trataban de averiguar acerca de los guardias que buscaban. Lo primero que lograron investigar fue que su pelotón fue trasladado de Macorís. Y cuando supieron el sitio en el cual estaba, muy alegres se dirigieron por aquellas inmediaciones con la finalidad de cazar a uno de ellos, ya que seguramente continuaban juntos. Los primos iban un poco disfrazados, sombreros y lentes por si acaso, quedándose por esa área, no lejos del recinto militar, vendiendo sus productos, durmiendo en el camión, bajo la lona, hasta cumplir con el juramento. Conocían que esos militares eran mujeriegos, también andariegos y buenos bebedores de alcohol. Y como asegura el dicho, ”a quien acechan tarde o temprano cae”, atrapaban a uno en cualquier sitio solitario, por lo regular engañado con ron. Riéndose con el soldado, abrazados, se lo llevaban al camión, diciéndole que se dirigían donde les aguardaban unas hembrotas con grandes nalgas, en el río tal, no lejos de donde estaban. Y ese militar se tragaba el anzuelo, pues era un tiempo de confianza, sumamente distinto al presente. Entonces, deteniéndose en un lugar dizque para orinar, considerado óptimo para el plan, era allí derrumbado a garrotazos. Enseguida le cortaban la yugular con una navaja de  barbero, sepultándolo de forma muy similar al primero. Luego regresaban al Este, con vestimentas diferentes, sin sus disfraces, a la vivienda en Hato Mayor, para descansar unos días. 


    La mujer del camionero, siempre tratando de averiguar lo que conversaban en voz baja, a la sombra del frondoso aguacate. Pero qué va, nunca lograba escucharles. Ellos cambiaban rápido a otro tema, así lo consideraba ella, frustrándose más, viéndoles beber sorbos de ron de un pote que tenían a su lado. Y le daban un trago, yéndose la fémina un poco de mal humor, haciendo que los parientes sonrieran.   


    Cuando pasaba una semana, ya ellos se hallaban listos para nuevamente volver a comprar y vender por otra zona, alejada esta vez de donde estuvieron. Pero el hombre de la loma deseaba quedarse en la capital. Aseguraba que allá estaba el futuro. Y consiguió un puesto de venta en el Mercado Modelo, en la Mella. En ese sitio negociaba las numerosas y excelentes viandas que su pariente le llevaba, quien también le asistía a negociarlas. A veces el camionero se quedaba unos días. Dormía en la misma cama del hombre, bebía ron y cerveza, pero jamás se acostó con alguna de las varias mujeres que ofrecían sus servicios sexuales por un dinerito, temeroso de que volviera  a suceder lo de la maestra  --siempre creyó que su mujer le mintió acerca de que la educadora se hallaba desahuciada--.  


    Con el  paso del  tiempo, averiguando sin prisa sobre el paradero  de alguno de quienes  buscaban --la concubina les ayudaba con esa información sin nunca conocer el motivo--, volviéndose a disfrazar y así engañar al temible enemigo cuando estaban alejados del pueblo, poniéndole hasta otra placa al camión, se largaban a cobrar el ajuste de cuenta con alguno de esos militares asesinos y estupradores. El hombre de la loma les decía a sus cercanos competidores en el Mercado que tendría que pasar unas semanas por el Este por problemas de salud de un familiar, pidiéndoles que le cuidaran su negocio. Esos tipos sonreían y le prometían hacerlo, no obstante en el fondo ansiaban que se quedara allá, que no retornara con su intensa competencia. Claro, él sabía que esas sonrisas eran falsas, hipócritas, sin embargo era una forma de despistarlos. Regularmente se iban hacia el Norte. Llevaban víveres y frutas. Todo lo mantenían en orden, evitando problemas con las autoridades militares en ciertos puestos que pedían documentación. Pero ellos sabían arreglárselas. Continuaban durmiendo entre el vehículo con la lona puesta, machetes en manos. Por ese sector, en el cual previamente habían indagado que estaba uno de los criminales, pues los trasladaron hacia distintas fortalezas o pequeños recintos. Por ese motivo los parientes no se marcharían hasta que lograban atraparle y ejecutarle, enterrándolo en algún sitio apartado y deshabitado.   


    Al lograr lo añorado, nuevamente regresaban a su vida anterior. De esta forma, en el trotar de pocos años, eliminaron a los cinco militares, incluyendo al antiguo sargento, quien ya era teniente segundo, de igual modo al cabo, ascendido a sargento. Y así volvió la paz interior en ambos, esencialmente al progenitor de los muchachitos asesinados en aquel hermoso manantial, riachuelo que curiosamente fue secándose, extinguiéndose por siempre, formando parte de los más de cientos de ríos y arroyos perdidos por Dominicana, máxime a causa de la terrible deforestación.     


    El Ejército Nacional  nunca  pudo dilucidar qué les pasó a  esos  militares,  primordialmente  al  teniente, un sujeto amante de la Guardia, considerado incapaz de traicionarla. Aseveran que el propio Trujillo se sorprendió con esa desaparición, y por eso mandó a efectuar una profusa investigación que a nada llegó. Con los años, agotados los caminos por solucionarlo, tal vez pusieron en sus hojas de servicio la palabra ‘Desertor’.


    Es más, durante un período ignorado sus familiares estuvieron vigilados por distintos calieses con bastante discreción, ya que varios oficiales superiores siempre creyeron que su gente los ocultaba, principalmente a los jóvenes. Empero, esos jornaleros-campesinos no deseaban saber absolutamente nada de esos violadores y criminales. Igualmente, y lo reconocían los mandamases del Ejército, el ‘Jefe’ aseveraba que “en este país todo se conoce; el dominicano no sabe guardar secreto”. Por tanto, siempre aguardaron que la información sobre los desaparecidos les vendría desde algún lado, incluso desde donde menos lo aguardaban. No obstante, a consecuencia de que los años pasaron y jamás les llegó, el tiempo se ocupó de devorarlos a todos.       


    El conductor se mudó con su concubina hacia la capital. Vendieron su casa en Hato Mayor, comprando otra de madera más pequeña, no lejos del Mercado Modelo, en la ciudad grande, en la urbe que crecía como la verdolaga. Durante años, en piezas separadas de esa morada, los tres vivieron juntos. La mujer jamás pudo averiguar el secreto de los allegados, recurriendo con mucha frecuencia al alcohol, deseando olvidar algo que no pudo indagar a pesar de utilizar enormes esfuerzos de persuasión.  Incluso llegó a mantener relaciones íntimas con el hombre de la loma, con el visto bueno de su marido por supuesto. Pero ni así pudo obtenerlo, sacarle absolutamente algo importante durante esa intimidad sexual normal, sin esa gritería que ejecutaba con el camionero. Cuanto pudo notarle era que poseía una piel ‘calientísima’, quemante, especial para dormir juntos en días friolentos. Sin embargo, con él no disfrutaba nada, ni un poquito, como acontecía con su bárbaro concubino. Lo que realizaba con el pariente de su marido consistía en abrirle las piernas para que llegara a satisfacerse. Con regularidad le decía al camionero para halagarlo: “Tu primo tiene un potroso pitico de policía, un potroso pitico”, y le mostraba un pedazo de su dedo índice, carcajeando, haciendo que el otro sonriera.      


    Empero, aquel ser de la loma nunca consiguió olvidar a la buena madre de sus hijos, y quizá por eso no volvió a  juntarse en otro concubinato, manteniéndose viviendo solo. Era fuerte, trabajador, serio. Con relativa frecuencia algunas féminas le rodeaban como abejas al clavel. Desde luego, en el fondo de su intimidad él estaba feliz, sin la amargura que antes roía su corazón hasta la eliminación de aquellos asesinos de los suyos. Los tres vivieron varios años en esa morada, haciéndose viejos. Murieron uno tras otro, cada siete días --el último fue el de la loma, siendo sepultado por la sanidad--, quedando la casa abandonada, sin que ningún pariente la reclamara. Por lo tanto, con lentitud, la misma fue desapareciendo porque los vecinos la iban despedazando, llevándose cuanto necesitaban. Allí, en donde estuvo esa casa, quedó un solar baldío. En ese terreno, debajo de un pedazo de lona, comenzó una secta ‘cristiana’ a efectuar cultos religiosos. Con el transcurso del tiempo fabricarían una iglesia-escuela, la cual es en la actualidad enorme.      


 


 


 NOTA: Este texto se halla registrado en la Oficina de Derecho de Autor, ONDA, como manda la Ley 65-'00-


 


 


 


 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




                        Capítulo XII




                        (Novela-Histórica)




 




 




   Pavoroso era el silencio. No se oían ni los pájaros. Apenas el viento podía percatarse cruzando entre los árboles. El conductor contemplaba a su primo. Lo hacía con asombro, ya que jamás pudo imaginarse la posesión de unos genitales tan acerados. Por eso se afirmó que es cierto cuanto dicen: “de cualquier yagua sale tremendo alacrán”. Y volvía a repetirse que lo había hecho solito, con un callao, sin poder ayudarle porque cuando trataba de hacerlo, de sujetarle los brazos por atrás para que su pariente le pegara en la cabeza, su familiar lo ponía a rodar por el suelo igual a muñeco trapero. Además, recordó que una fuerza extraña lo retuvo, sin poder moverse, cuando comenzaba la riña.   




 




    El hombre miró hacia el apartado camino real, interrogando a su familiar si había sentido la presencia de algún jinete o vehículo pasando. El otro le respondió que nada transitó por ahí, ningún sujeto había visto el pleito. Asimismo le indicó que se encontraban algo alejados de la vía, ocultos por la arboleda. Y tal vez por cuanto escuchó, el de la loma pensó un poquito antes de decir: “Hum, eso e’ bueno si, e’ bueno. Entonce vamo a enterrarlo. Ve rápido al camión y trae la pala y el pico. Así nunca lo encontrarán. Eh, mientra tanto yo iré haciendo el hoyo con la bayoneta del maldito ete --y afirmándolo le propinó una formidable patada que el cadáver dio una voltereta--. El chofer, impresionado, se fue trotando a buscar cuanto le había solicitado.    




    Enseguida el hombre comenzó a cavar la tierra humedecida por el aguacero de ayer. Lo hacía con rapidez. El terreno no estaba duro, compacto, era más bien ‘blando’ como aseguran los campesinos, fácil de hoyar. Y mientras escarbaba, cavilaba hacerla lo suficientemente grande y honda para que el cuerpo cupiera perfecto. De esa manera era muy seguro que ni la hambrienta jauría de perros que recorren todo el contorno, olfatearía el cadáver, poniéndose  con  bastante seguridad  a desenterrarlo con la  finalidad de devorarlo, dejando trocitos a las auras carroñeras.                                                  




 




    Con el vehículo retornó el conductor, dejándolo a la vera del camino. Con pala y pico se acercó donde su pariente. Le vio cavando con la bayoneta, sacando tierra con sus manos. Estaba bastante sudoroso, sucio, su camisa y cara manchada de sangre. Notó lo avanzado que ya se encontraba el hueco. Acto seguido él también se puso a sacarla con prontitud. El otro picaba el terreno. No conversaban. Las herramientas eran empleadas con mucha rapidez. Sabían que debían de ganar tiempo. Y de esta forma lo fueron profundizando. Lo confeccionaban largo y hondo, mayor que las exigencias sanitarias.                                        




 




    Cuando la excavación tenía más de dos metros de hondura, con longitud y anchura mayor que el extinto --el hombre tuvo que  ayudar a su primo a salir, sin embargo él lo realizó con facilidad--, cavidad considerada ideal para sepultarlo, fue que decidieron introducirlo. El hombre se quitó su sucia camisa y se la envolvió en la destrozada cabeza. Lo entraron dentro del agujero, poniéndolo boca abajo. Le contemplaron: estaba muy bien entre la excavación. La bayoneta con el estuche o ‘baqueta’, el ensangrentado callao, el gorrito tumbado por la doctora y traído por el camionero, se los echaron encima. Buscaron algunas ramas de variados arbustos y se las colocaron desde la cabeza hasta las botas, cubriendo también los alrededores del cuerpo. Las plantas salpicadas de sangre las cortaron, echándolas dentro de la sepultura. Lo fueron tapando lo mejor que pudieron con la tierra extraída, rellenando cualquier abertura notada cerca del cuerpo, apretándola fuertemente. Aplanaron ese terrenito en forma excelente. Es más, sembraron yerbitas en su superficie con la finalidad de que en pocos días estuviera tupido. El cuerpo del extinto se hallaba bien escondido, dando la impresión de que era un secreto perfectamente oculto. Empero, ¿nada de aquello se conocería? ¿Quedaría el difunto ahí, pudriéndose por siempre, sin nunca ser encontrado,  averiguado  el  motivo  de  su  muerte?  Ellos laboraron con tenacidad para que así fuera.




    La tierra  sobrante la esparcieron  por  distintos  sitios, a varios metros de la sepultara. Los dos rebuscaron con vehemencia cualquier asunto que hubieran olvidado para corregirlo. Entonces, no hallándolo, consideraron que todo se hallaba excelente, que el soldado eliminado no sería encontrado “ni en los centros espiritistas”. Al camino real salieron. El silencio era inmenso. Desde allí contemplaron los alrededores, buscando presencia humana. Era tiempo de poco movimiento. Sólo de cuando en vez cruzaba una carreta, algún jinete o vehículo motorizado. Por eso consideraron que la vía continuaba solitaria. Y se contemplaron complacientes, limpiándose con unos trapos que echaron en el camión, igualmente la pala y el pico. Consideraron que la suerte les rodeaba. Y partieron sin prisa, sintiendo cierta alegría porque tal vez no les advirtió ningún individuo. En ese momento empezó a llover. El chubasco no era fuerte, pero sí lo suficiente con el cual eliminar algún vestigio sangrante en el lugar del pleito, también les vendría bien a las yerbitas sembradas encima del desconocido sepulcro...   




 




    Días después las autoridades militares comenzarían a indagar con un pelotón de guardias, pertenecientes a la fortaleza de Macorís, la desaparición del soldado. Iban en un camión. Se detenían para interrogar a distintos sujetos de la zona, incluyendo a familiares del mismo. Pero nadie sabía nada. Incluso lo hicieron con la Dra. Rodríguez, a quien encontraron sentada en su piedra preferida, vestida con tela de henequén o ‘de pita’, adornado su pelo con varias florecillas de diversas tonalidades. Empero, como ella rió bastante cuando le preguntaron acerca del guardia buscado --enterrado a unos cuarenta metros de allí--, le propinaron violentas bofetadas, pateada varias veces en el suelo, insultada, pero sin dejar ella de reír. Igualmente aquellos abusadores militares, participantes en su bárbara deshonra, crueles compañeros del inquirido, quisieron matarla a bayonetazos “porque se encontraba burlando de la Guardia del Jefe”. Pero un joven oficial, al mando del pelotón, se les interpuso, afirmándoles que esa mujer no sabía nada, que de ninguno se reía porque estaba mal de la cabeza, era demente, una enferma mental. A esos soldados no les agradó que el teniente les detuviera. Empero, conocían que la disciplina estaba por encima de los sentimientos, y aunque no pudieron eliminarla en ese momento, obedeciéndolo, susurraron entre ellos que luego de unos días retornarían solos y le harían a la vieja comunista más hoyitos que un guayo. Y en tanto se marchaban, los estupradores de la médica les vocearon insultos. Algunos guardias observaron desde el camión en movimiento, que de nuevo volvía la anciana a sentarse en la roca, dándose cuenta que carcajeaba mirándolos.   




    Por más de una semana y con militares de toda la zona Este --lanzaron el rumor que se trataba de un fuerte vivaque, un modo de endurecer a los soldados--, varias compañías peinaron la región, buscando al desvanecido. Y lo hicieron así porque sus guardias amigos, asimismo el respetado sargento y el cabo de su unidad, no aceptaban la versión de que había desertado.    




 




    Mientras el camión con los parientes se desplazaba despacio por aquella blancuzca y polvorosa vía --en ese lugar no había  llovido--, fue que el conductor supo la razón que tuvo su primo de socorrer a la pobre anciana, arriesgando su vida, defendiéndola. Y conoció que era la Dra. Evangelina Rodríguez, una excelente médica de los pobres, parienta lejana de la mujer del hombre de la loma, nacida por ahí, educadora y primera doctora en el país, con estudios en Europa, abusada por varios guardias que después ahogaron a sus hijos porque los vieron en eso, hallándose entre éstos el tipo muerto en el pleito. Le dijo que ellos eran los causantes del fallecimiento por  tristeza de su concubina. Además, conoció que la médica estaba prácticamente obligada a deambular por caminos y veredas, sendas y atajos, hasta fallecer de agotamiento, esto a causa de sus creencias contrarias al Trujillato. Claro, la tenían como una andrajosa paria, debiendo vivir entre el monte, alejada de la gente ‘civilizada’. Y aunque el camionero conocía de varias atrocidades acontecidas por su allegado, todas no las sabía. Y él, enterándose de ellas, un individuo de saludable conciencia y con alto honor, lagrimeaba de rabia, empañándosele la  visión... 




    Los parientes vinieron a detenerse a varios kilómetros del suceso con el guardia. Se lavaron en un riachuelo no distante de Hato Mayor. Incluso limpiaron bien las herramientas usadas. Botaron entre el mismo los trapos usados para limpiarse. Fue en ese sitio donde juraron mantener en secreto lo acontecido con el soldado. Asimismo, se comprometieron a perseguir y de eliminar a los demás integrantes del grupo de asesinos, abusadores de Evangelina Rodríguez, tipos que eran criminales de muchachitos. Tal vez fue por eso que se contemplaron hondamente, ya que se consideraron destinados a destruir a esas escorias que continuarían asesinando y violando mientras estuvieran viviendo. Los dos pertenecían a las praderas orientales, región en donde se practicaba un adagio que se perdía en el tiempo, el  cual aseguraba: ‘quien la hace debe pagarla’.




    --¡La venganza será nuestra! --corearon al unísono, bebiendo ron de una botella que les había sobrado del día anterior.                                                                                        




    Y esos parientes, con el dinero guardado, se dedicaron a comprar viandas y frutas, vendiéndolas por poblaciones vecinas. Igualmente, como antes hicieron, se iban alejando hacia otras, ofreciendo cuanto llevaban. Pero ahora lo realizaban con la finalidad de confundir a la Seguridad Gubernamental, institución que vigilaba todo de manera constante. Mas, ellos no se hallaban apresurados. Dejaban que los meses pasaran en tanto con sigilo trataban de averiguar acerca de los guardias que buscaban. Lo primero que lograron investigar fue que su pelotón fue trasladado de Macorís. Y cuando supieron el sitio en el cual estaba, muy alegres se dirigieron por aquellas inmediaciones con la finalidad de cazar a uno de ellos, ya que seguramente continuaban juntos. Los primos iban un poco disfrazados, sombreros y lentes por si acaso, quedándose por esa área, no lejos del recinto militar, vendiendo sus productos, durmiendo en el camión, bajo la lona, hasta cumplir con el juramento. Conocían que esos militares eran mujeriegos, también andariegos y buenos bebedores de alcohol. Y como asegura el dicho, ”a quien acechan tarde o temprano cae”, atrapaban a uno en cualquier sitio solitario, por lo regular engañado con ron. Riéndose con el soldado, abrazados, se lo llevaban al camión, diciéndole que se dirigían donde les aguardaban unas hembrotas con grandes nalgas, en el río tal, no lejos de donde estaban. Y ese militar se tragaba el anzuelo, pues era un tiempo de confianza, sumamente distinto al presente. Entonces, deteniéndose en un lugar dizque para orinar, considerado óptimo para el plan, era allí derrumbado a garrotazos. Enseguida le cortaban la yugular con una navaja de  barbero, sepultándolo de forma muy similar al primero. Luego regresaban al Este, con vestimentas diferentes, sin sus disfraces, a la vivienda en Hato Mayor, para descansar unos días.




 




    La mujer del camionero, siempre tratando de averiguar lo que conversaban en voz baja, a la sombra del frondoso aguacate. Pero qué va, nunca lograba escucharles. Ellos cambiaban rápido a otro tema, así lo consideraba ella, frustrándose más, viéndoles beber sorbos de ron de un pote que tenían a su lado. Y le daban un trago, yéndose la fémina un poco de mal humor, haciendo que los parientes sonrieran.   




    Cuando pasaba una semana, ya ellos se hallaban listos para nuevamente volver a comprar y vender por otra zona, alejada esta vez de donde estuvieron. Pero el hombre de la loma deseaba quedarse en la capital. Aseguraba que allá estaba el futuro. Y consiguió un puesto de venta en el Mercado Modelo, en la Mella. En ese sitio negociaba las numerosas y excelentes viandas que su pariente le llevaba, quien también le asistía a negociarlas. A veces el camionero se quedaba unos días. Dormía en la misma cama del hombre, bebía ron y cerveza, pero jamás se acostó con alguna de las varias mujeres que ofrecían sus servicios sexuales por un dinerito, temeroso de que volviera  a suceder lo de la maestra  --siempre creyó que su mujer le mintió acerca de que la educadora se hallaba desahuciada--. 




 




    Con el  paso del  tiempo, averiguando sin prisa sobre el paradero  de alguno de quienes  buscaban --la concubina les ayudaba con esa información sin nunca conocer el motivo--, volviéndose a disfrazar y así engañar al temible enemigo cuando estaban alejados del pueblo, poniéndole hasta otra placa al camión, se largaban a cobrar el ajuste de cuenta con alguno de esos militares asesinos y estupradores. El hombre de la loma les decía a sus cercanos competidores en el Mercado que tendría que pasar unas semanas por el Este por problemas de salud de un familiar, pidiéndoles que le cuidaran su negocio. Esos tipos sonreían y le prometían hacerlo, no obstante en el fondo ansiaban que se quedara allá, que no retornara con su intensa competencia. Claro, él sabía que esas sonrisas eran falsas, hipócritas, sin embargo era una forma de despistarlos. Regularmente se iban hacia el Norte. Llevaban víveres y frutas. Todo lo mantenían en orden, evitando problemas con las autoridades militares en ciertos puestos que pedían documentación. Pero ellos sabían arreglárselas. Continuaban durmiendo entre el vehículo con la lona puesta, machetes en manos. Por ese sector, en el cual previamente habían indagado que estaba uno de los criminales, pues los trasladaron hacia distintas fortalezas o pequeños recintos. Por ese motivo los parientes no se marcharían hasta que lograban atraparle y ejecutarle, enterrándolo en algún sitio apartado y deshabitado.   




    Al lograr lo añorado, nuevamente regresaban a su vida anterior. De esta forma, en el trotar de pocos años, eliminaron a los cinco militares, incluyendo al antiguo sargento, quien ya era teniente segundo, de igual modo al cabo, ascendido a sargento. Y así volvió la paz interior en ambos, esencialmente al progenitor de los muchachitos asesinados en aquel hermoso manantial, riachuelo que curiosamente fue secándose, extinguiéndose por siempre, formando parte de los más de cientos de ríos y arroyos perdidos por Dominicana, máxime a causa de la terrible deforestación.    




 




    El Ejército Nacional  nunca  pudo dilucidar qué les pasó a  esos  militares,  primordialmente  al  teniente, un sujeto amante de la Guardia, considerado incapaz de traicionarla. Aseveran que el propio Trujillo se sorprendió con esa desaparición, y por eso mandó a efectuar una profusa investigación que a nada llegó. Con los años, agotados los caminos por solucionarlo, tal vez pusieron en sus hojas de servicio la palabra ‘Desertor’.




    Es más, durante un período ignorado sus familiares estuvieron vigilados por distintos calieses con bastante discreción, ya que varios oficiales superiores siempre creyeron que su gente los ocultaba, principalmente a los jóvenes. Empero, esos jornaleros-campesinos no deseaban saber absolutamente nada de esos violadores y criminales. Igualmente, y lo reconocían los mandamases del Ejército, el ‘Jefe’ aseveraba que “en este país todo se conoce; el dominicano no sabe guardar secreto”. Por tanto, siempre aguardaron que la información sobre los desaparecidos les vendría desde algún lado, incluso desde donde menos lo aguardaban. No obstante, a consecuencia de que los años pasaron y jamás les llegó, el tiempo se ocupó de devorarlos a todos.      




 




    El conductor se mudó con su concubina hacia la capital. Vendieron su casa en Hato Mayor, comprando otra de madera más pequeña, no lejos del Mercado Modelo, en la ciudad grande, en la urbe que crecía como la verdolaga. Durante años, en piezas separadas de esa morada, los tres vivieron juntos. La mujer jamás pudo averiguar el secreto de los allegados, recurriendo con mucha frecuencia al alcohol, deseando olvidar algo que no pudo indagar a pesar de utilizar enormes esfuerzos de persuasión.  Incluso llegó a mantener relaciones íntimas con el hombre de la loma, con el visto bueno de su marido por supuesto. Pero ni así pudo obtenerlo, sacarle absolutamente algo importante durante esa intimidad sexual normal, sin esa gritería que ejecutaba con el camionero. Cuanto pudo notarle era que poseía una piel ‘calientísima’, quemante, especial para dormir juntos en días friolentos. Sin embargo, con él no disfrutaba nada, ni un poquito, como acontecía con su bárbaro concubino. Lo que realizaba con el pariente de su marido consistía en abrirle las piernas para que llegara a satisfacerse. Con regularidad le decía al camionero para halagarlo: “Tu primo tiene un potroso pitico de policía, un potroso pitico”, y le mostraba un pedazo de su dedo índice, carcajeando, haciendo que el otro sonriera.      




    Empero, aquel ser de la loma nunca consiguió olvidar a la buena madre de sus hijos, y quizá por eso no volvió a  juntarse en otro concubinato, manteniéndose viviendo solo. Era fuerte, trabajador, serio. Con relativa frecuencia algunas féminas le rodeaban como abejas al clavel. Desde luego, en el fondo de su intimidad él estaba feliz, sin la amargura que antes roía su corazón hasta la eliminación de aquellos asesinos de los suyos. Los tres vivieron varios años en esa morada, haciéndose viejos. Murieron uno tras otro, cada siete días --el último fue el de la loma, siendo sepultado por la sanidad--, quedando la casa abandonada, sin que ningún pariente la reclamara. Por lo tanto, con lentitud, la misma fue desapareciendo porque los vecinos la iban despedazando, llevándose cuanto necesitaban. Allí, en donde estuvo esa casa, quedó un solar baldío. En ese terreno, debajo de un pedazo de lona, comenzó una secta ‘cristiana’ a efectuar cultos religiosos. Con el transcurso del tiempo fabricarían una iglesia-escuela, la cual es en la actualidad enorme.      




 




 NOTA: Es texto se halla registrado en la Oficina de Derecho de Autor, ONDA, como manda la Ley 65-’00.




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




  




 




 




 




 




 




 




 




  




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




                 Capítulo XII




           (Novela-Histórica)




  Por: Bernot Berry Martínez      (bloguero)




 




     Pavoroso era el silencio. No se oían ni los pájaros. Apenas el viento podía percatarse cruzando entre los árboles. El conductor contemplaba a su primo. Lo hacía con asombro, ya que jamás pudo imaginarse la posesión de unos genitales tan acerados. Por eso se afirmó que es cierto cuanto dicen: “de cualquier yagua sale tremendo alacrán”. Y volvía a repetirse que lo había hecho solito, con un callao, sin poder ayudarle porque cuando trataba de hacerlo, de sujetarle los brazos por atrás para que su pariente le pegara en la cabeza, su familiar lo ponía a rodar por el suelo igual a muñeco trapero. Además, recordó que una fuerza extraña lo retuvo, sin poder moverse, cuando comenzaba la riña.    




    El hombre miró hacia el apartado camino real, interrogando a su familiar si había sentido la presencia de algún jinete o vehículo pasando. El otro le respondió que nada transitó por ahí, ningún sujeto había visto el pleito. Asimismo le indicó que se encontraban algo alejados de la vía, ocultos por la arboleda. Y tal vez por cuanto escuchó, el de la loma pensó un poquito antes de decir: “Hum, eso e’ bueno si, e’ bueno. Entonce vamo a enterrarlo. Ve rápido al camión y trae la pala y el pico. Así nunca lo encontrarán. Eh, mientra tanto yo iré haciendo el hoyo con la bayoneta del maldito ete --y afirmándolo le propinó una formidable patada que el cadáver dio una voltereta--. El chofer, impresionado, se fue trotando a buscar cuanto le había solicitado.    




    Enseguida el hombre comenzó a cavar la tierra humedecida por el aguacero de ayer. Lo hacía con rapidez. El terreno no estaba duro, compacto, era más bien ‘blando’ como aseguran los campesinos, fácil de hoyar. Y mientras escarbaba, cavilaba hacerla lo suficientemente grande y honda para que el cuerpo cupiera perfecto. De esa manera era muy seguro que ni la hambrienta jauría de perros que recorren todo el contorno, olfatearía el cadáver, poniéndose  con  bastante seguridad  a desenterrarlo con la  finalidad de devorarlo, dejando trocitos a las auras carroñeras.                                                   




    Con el vehículo retornó el conductor, dejándolo a la vera del camino. Con pala y pico se acercó donde su pariente. Le vio cavando con la bayoneta, sacando tierra con sus manos. Estaba bastante sudoroso, sucio, su camisa y cara manchada de sangre. Notó lo avanzado que ya se encontraba el hueco. Acto seguido él también se puso a sacarla con prontitud. El otro picaba el terreno. No conversaban. Las herramientas eran empleadas con mucha rapidez. Sabían que debían de ganar tiempo. Y de esta forma lo fueron profundizando. Lo confeccionaban largo y hondo, mayor que las exigencias sanitarias.                                        




    Cuando la excavación tenía más de dos metros de hondura, con longitud y anchura mayor que el extinto --el hombre tuvo que  ayudar a su primo a salir, sin embargo él lo realizó con facilidad--, cavidad considerada ideal para sepultarlo, fue que decidieron introducirlo. El hombre se quitó su sucia camisa y se la envolvió en la destrozada cabeza. Lo entraron dentro del agujero, poniéndolo boca abajo. Le contemplaron: estaba muy bien entre la excavación. La bayoneta con el estuche o ‘baqueta’, el ensangrentado callao, el gorrito tumbado por la doctora y traído por el camionero, se los echaron encima. Buscaron algunas ramas de variados arbustos y se las colocaron desde la cabeza hasta las botas, cubriendo también los alrededores del cuerpo. Las plantas salpicadas de sangre las cortaron, echándolas dentro de la sepultura. Lo fueron tapando lo mejor que pudieron con la tierra extraída, rellenando cualquier abertura notada cerca del cuerpo, apretándola fuertemente. Aplanaron ese terrenito en forma excelente. Es más, sembraron yerbitas en su superficie con la finalidad de que en pocos días estuviera tupido. El cuerpo del extinto se hallaba bien escondido, dando la impresión de que era un secreto perfectamente oculto. Empero, ¿nada de aquello se conocería? ¿Quedaría el difunto ahí, pudriéndose por siempre, sin nunca ser encontrado,  averiguado  el  motivo  de  su  muerte?  Ellos laboraron con tenacidad para que así fuera.




    La tierra  sobrante la esparcieron  por  distintos  sitios, a varios metros de la sepultara. Los dos rebuscaron con vehemencia cualquier asunto que hubieran olvidado para corregirlo. Entonces, no hallándolo, consideraron que todo se hallaba excelente, que el soldado eliminado no sería encontrado “ni en los centros espiritistas”. Al camino real salieron. El silencio era inmenso. Desde allí contemplaron los alrededores, buscando presencia humana. Era tiempo de poco movimiento. Sólo de cuando en vez cruzaba una carreta, algún jinete o vehículo motorizado. Por eso consideraron que la vía continuaba solitaria. Y se contemplaron complacientes, limpiándose con unos trapos que echaron en el camión, igualmente la pala y el pico. Consideraron que la suerte les rodeaba. Y partieron sin prisa, sintiendo cierta alegría porque tal vez no les advirtió ningún individuo. En ese momento empezó a llover. El chubasco no era fuerte, pero sí lo suficiente con el cual eliminar algún vestigio sangrante en el lugar del pleito, también les vendría bien a las yerbitas sembradas encima del desconocido sepulcro...    




    Días después las autoridades militares comenzarían a indagar con un pelotón de guardias, pertenecientes a la fortaleza de Macorís, la desaparición del soldado. Iban en un camión. Se detenían para interrogar a distintos sujetos de la zona, incluyendo a familiares del mismo. Pero nadie sabía nada. Incluso lo hicieron con la Dra. Rodríguez, a quien encontraron sentada en su piedra preferida, vestida con tela de henequén o ‘de pita’, adornado su pelo con varias florecillas de diversas tonalidades. Empero, como ella rió bastante cuando le preguntaron acerca del guardia buscado --enterrado a unos cuarenta metros de allí--, le propinaron violentas bofetadas, pateada varias veces en el suelo, insultada, pero sin dejar ella de reír. Igualmente aquellos abusadores militares, participantes en su bárbara deshonra, crueles compañeros del inquirido, quisieron matarla a bayonetazos “porque se encontraba burlando de la Guardia del Jefe”. Pero un joven oficial, al mando del pelotón, se les interpuso, afirmándoles que esa mujer no sabía nada, que de ninguno se reía porque estaba mal de la cabeza, era demente, una enferma mental. A esos soldados no les agradó que el teniente les detuviera. Empero, conocían que la disciplina estaba por encima de los sentimientos, y aunque no pudieron eliminarla en ese momento, obedeciéndolo, susurraron entre ellos que luego de unos días retornarían solos y le harían a la vieja comunista más hoyitos que un guayo. Y en tanto se marchaban, los estupradores de la médica les vocearon insultos. Algunos guardias observaron desde el camión en movimiento, que de nuevo volvía la anciana a sentarse en la roca, dándose cuenta que carcajeaba mirándolos.   




    Por más de una semana y con militares de toda la zona Este --lanzaron el rumor que se trataba de un fuerte vivaque, un modo de endurecer a los soldados--, varias compañías peinaron la región, buscando al desvanecido. Y lo hicieron así porque sus guardias amigos, asimismo el respetado sargento y el cabo de su unidad, no aceptaban la versión de que había desertado.     




    Mientras el camión con los parientes se desplazaba despacio por aquella blancuzca y polvorosa vía --en ese lugar no había  llovido--, fue que el conductor supo la razón que tuvo su primo de socorrer a la pobre anciana, arriesgando su vida, defendiéndola. Y conoció que era la Dra. Evangelina Rodríguez, una excelente médica de los pobres, parienta lejana de la mujer del hombre de la loma, nacida por ahí, educadora y primera doctora en el país, con estudios en Europa, abusada por varios guardias que después ahogaron a sus hijos porque los vieron en eso, hallándose entre éstos el tipo muerto en el pleito. Le dijo que ellos eran los causantes del fallecimiento por  tristeza de su concubina. Además, conoció que la médica estaba prácticamente obligada a deambular por caminos y veredas, sendas y atajos, hasta fallecer de agotamiento, esto a causa de sus creencias contrarias al Trujillato. Claro, la tenían como una andrajosa paria, debiendo vivir entre el monte, alejada de la gente ‘civilizada’. Y aunque el camionero conocía de varias atrocidades acontecidas por su allegado, todas no las sabía. Y él, enterándose de ellas, un individuo de saludable conciencia y con alto honor, lagrimeaba de rabia, empañándosele la  visión... 




    Los parientes vinieron a detenerse a varios kilómetros del suceso con el guardia. Se lavaron en un riachuelo no distante de Hato Mayor. Incluso limpiaron bien las herramientas usadas. Botaron entre el mismo los trapos usados para limpiarse. Fue en ese sitio donde juraron mantener en secreto lo acontecido con el soldado. Asimismo, se comprometieron a perseguir y de eliminar a los demás integrantes del grupo de asesinos, abusadores de Evangelina Rodríguez, tipos que eran criminales de muchachitos. Tal vez fue por eso que se contemplaron hondamente, ya que se consideraron destinados a destruir a esas escorias que continuarían asesinando y violando mientras estuvieran viviendo. Los dos pertenecían a las praderas orientales, región en donde se practicaba un adagio que se perdía en el tiempo, el  cual aseguraba: ‘quien la hace debe pagarla’.




    --¡La venganza será nuestra! --corearon al unísono, bebiendo ron de una botella que les había sobrado del día anterior.                                                                                       




   Y esos parientes, con el dinero guardado, se dedicaron a comprar viandas y frutas, vendiéndolas por poblaciones vecinas. Igualmente, como antes hicieron, se iban alejando hacia otras, ofreciendo cuanto llevaban. Pero ahora lo realizaban con la finalidad de confundir a la Seguridad Gubernamental, institución que vigilaba todo de manera constante. Mas, ellos no se hallaban apresurados. Dejaban que los meses pasaran en tanto con sigilo trataban de averiguar acerca de los guardias que buscaban. Lo primero que lograron investigar fue que su pelotón fue trasladado de Macorís. Y cuando supieron el sitio en el cual estaba, muy alegres se dirigieron por aquellas inmediaciones con la finalidad de cazar a uno de ellos, ya que seguramente continuaban juntos. Los primos iban un poco disfrazados, sombreros y lentes por si acaso, quedándose por esa área, no lejos del recinto militar, vendiendo sus productos, durmiendo en el camión, bajo la lona, hasta cumplir con el juramento. Conocían que esos militares eran mujeriegos, también andariegos y buenos bebedores de alcohol. Y como asegura el dicho, ”a quien acechan tarde o temprano cae”, atrapaban a uno en cualquier sitio solitario, por lo regular engañado con ron. Riéndose con el soldado, abrazados, se lo llevaban al camión, diciéndole que se dirigían donde les aguardaban unas hembrotas con grandes nalgas, en el río tal, no lejos de donde estaban. Y ese militar se tragaba el anzuelo, pues era un tiempo de confianza, sumamente distinto al presente. Entonces, deteniéndose en un lugar dizque para orinar, considerado óptimo para el plan, era allí derrumbado a garrotazos. Enseguida le cortaban la yugular con una navaja de  barbero, sepultándolo de forma muy similar al primero. Luego regresaban al Este, con vestimentas diferentes, sin sus disfraces, a la vivienda en Hato Mayor, para descansar unos días. 




    La mujer del camionero, siempre tratando de averiguar lo que conversaban en voz baja, a la sombra del frondoso aguacate. Pero qué va, nunca lograba escucharles. Ellos cambiaban rápido a otro tema, así lo consideraba ella, frustrándose más, viéndoles beber sorbos de ron de un pote que tenían a su lado. Y le daban un trago, yéndose la fémina un poco de mal humor, haciendo que los parientes sonrieran.   




    Cuando pasaba una semana, ya ellos se hallaban listos para nuevamente volver a comprar y vender por otra zona, alejada esta vez de donde estuvieron. Pero el hombre de la loma deseaba quedarse en la capital. Aseguraba que allá estaba el futuro. Y consiguió un puesto de venta en el Mercado Modelo, en la Mella. En ese sitio negociaba las numerosas y excelentes viandas que su pariente le llevaba, quien también le asistía a negociarlas. A veces el camionero se quedaba unos días. Dormía en la misma cama del hombre, bebía ron y cerveza, pero jamás se acostó con alguna de las varias mujeres que ofrecían sus servicios sexuales por un dinerito, temeroso de que volviera  a suceder lo de la maestra  --siempre creyó que su mujer le mintió acerca de que la educadora se hallaba desahuciada--.  




    Con el  paso del  tiempo, averiguando sin prisa sobre el paradero  de alguno de quienes  buscaban --la concubina les ayudaba con esa información sin nunca conocer el motivo--, volviéndose a disfrazar y así engañar al temible enemigo cuando estaban alejados del pueblo, poniéndole hasta otra placa al camión, se largaban a cobrar el ajuste de cuenta con alguno de esos militares asesinos y estupradores. El hombre de la loma les decía a sus cercanos competidores en el Mercado que tendría que pasar unas semanas por el Este por problemas de salud de un familiar, pidiéndoles que le cuidaran su negocio. Esos tipos sonreían y le prometían hacerlo, no obstante en el fondo ansiaban que se quedara allá, que no retornara con su intensa competencia. Claro, él sabía que esas sonrisas eran falsas, hipócritas, sin embargo era una forma de despistarlos. Regularmente se iban hacia el Norte. Llevaban víveres y frutas. Todo lo mantenían en orden, evitando problemas con las autoridades militares en ciertos puestos que pedían documentación. Pero ellos sabían arreglárselas. Continuaban durmiendo entre el vehículo con la lona puesta, machetes en manos. Por ese sector, en el cual previamente habían indagado que estaba uno de los criminales, pues los trasladaron hacia distintas fortalezas o pequeños recintos. Por ese motivo los parientes no se marcharían hasta que lograban atraparle y ejecutarle, enterrándolo en algún sitio apartado y deshabitado.   




    Al lograr lo añorado, nuevamente regresaban a su vida anterior. De esta forma, en el trotar de pocos años, eliminaron a los cinco militares, incluyendo al antiguo sargento, quien ya era teniente segundo, de igual modo al cabo, ascendido a sargento. Y así volvió la paz interior en ambos, esencialmente al progenitor de los muchachitos asesinados en aquel hermoso manantial, riachuelo que curiosamente fue secándose, extinguiéndose por siempre, formando parte de los más de cientos de ríos y arroyos perdidos por Dominicana, máxime a causa de la terrible deforestación.     




    El Ejército Nacional  nunca  pudo dilucidar qué les pasó a  esos  militares,  primordialmente  al  teniente, un sujeto amante de la Guardia, considerado incapaz de traicionarla. Aseveran que el propio Trujillo se sorprendió con esa desaparición, y por eso mandó a efectuar una profusa investigación que a nada llegó. Con los años, agotados los caminos por solucionarlo, tal vez pusieron en sus hojas de servicio la palabra ‘Desertor’.




    Es más, durante un período ignorado sus familiares estuvieron vigilados por distintos calieses con bastante discreción, ya que varios oficiales superiores siempre creyeron que su gente los ocultaba, principalmente a los jóvenes. Empero, esos jornaleros-campesinos no deseaban saber absolutamente nada de esos violadores y criminales. Igualmente, y lo reconocían los mandamases del Ejército, el ‘Jefe’ aseveraba que “en este país todo se conoce; el dominicano no sabe guardar secreto”. Por tanto, siempre aguardaron que la información sobre los desaparecidos les vendría desde algún lado, incluso desde donde menos lo aguardaban. No obstante, a consecuencia de que los años pasaron y jamás les llegó, el tiempo se ocupó de devorarlos a todos.       




    El conductor se mudó con su concubina hacia la capital. Vendieron su casa en Hato Mayor, comprando otra de madera más pequeña, no lejos del Mercado Modelo, en la ciudad grande, en la urbe que crecía como la verdolaga. Durante años, en piezas separadas de esa morada, los tres vivieron juntos. La mujer jamás pudo averiguar el secreto de los allegados, recurriendo con mucha frecuencia al alcohol, deseando olvidar algo que no pudo indagar a pesar de utilizar enormes esfuerzos de persuasión.  Incluso llegó a mantener relaciones íntimas con el hombre de la loma, con el visto bueno de su marido por supuesto. Pero ni así pudo obtenerlo, sacarle absolutamente algo importante durante esa intimidad sexual normal, sin esa gritería que ejecutaba con el camionero. Cuanto pudo notarle era que poseía una piel ‘calientísima’, quemante, especial para dormir juntos en días friolentos. Sin embargo, con él no disfrutaba nada, ni un poquito, como acontecía con su bárbaro concubino. Lo que realizaba con el pariente de su marido consistía en abrirle las piernas para que llegara a satisfacerse. Con regularidad le decía al camionero para halagarlo: “Tu primo tiene un potroso pitico de policía, un potroso pitico”, y le mostraba un pedazo de su dedo índice, carcajeando, haciendo que el otro sonriera.      




    Empero, aquel ser de la loma nunca consiguió olvidar a la buena madre de sus hijos, y quizá por eso no volvió a  juntarse en otro concubinato, manteniéndose viviendo solo. Era fuerte, trabajador, serio. Con relativa frecuencia algunas féminas le rodeaban como abejas al clavel. Desde luego, en el fondo de su intimidad él estaba feliz, sin la amargura que antes roía su corazón hasta la eliminación de aquellos asesinos de los suyos. Los tres vivieron varios años en esa morada, haciéndose viejos. Murieron uno tras otro, cada siete días --el último fue el de la loma, siendo sepultado por la sanidad--, quedando la casa abandonada, sin que ningún pariente la reclamara. Por lo tanto, con lentitud, la misma fue desapareciendo porque los vecinos la iban despedazando, llevándose cuanto necesitaban. Allí, en donde estuvo esa casa, quedó un solar baldío. En ese terreno, debajo de un pedazo de lona, comenzó una secta ‘cristiana’ a efectuar cultos religiosos. Con el transcurso del tiempo fabricarían una iglesia-escuela, la cual es en la actualidad enorme.      




 




 NOTA: Este texto se halla registrado en la Oficina de Derecho de Autor, ONDA, como manda la Ley 65-’00.




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




   (Novela-Histórica)                      




                      Capítulo XI




 Por: Bernot Berry Martínez   (bloguero)




 




   Los místicos aseguran que la vida es una complicada ecuación, incomprensible para la mayoría de los humanos. Aseveran que cuanto existe se halla regido por una Ley llamada ‘Causas y Efectos’, y que nada sucede sin un propósito. Y aunque eso es algo difícil de entender, unos profanos en esos asuntos, la realidad fue que en aquel instante se oscureció todo el contorno, y sin estar lloviendo, cayeron sobre la colina del extraño plantío varios potentes chispazos, originando un intenso incendio que desde lejos lo vieron moradores del valle, quienes se persignaron tres veces, observando lo que acontecía sobre esa cumbre, considerándolo realmente espantoso. Es que fueron testigos de algo muy impetuoso, especialmente las cruces ardiendo en la oscuridad durante un buen rato.




    Cuanto allí había, como el almendro rojizo, la vivienda, el conuco con su inagotable cosecha, las blancas cruces, totalmente se quemó. En ese cerro nada utilizable quedó. Sobre el mismo, quizá como un recuerdo a la intimidad, solamente un gran pedazo negruzco permaneció por un tiempo, diluyéndose lentamente con su transcurrir. Ese sitio, durante años, afirmado por viejos lugareños de esa zona, más nunca nada volvió a crecer, ni siquiera la hierba conocida  por ‘coquillo’.                                 




    Entretanto, más allá de la colina, próximo a unos 700 metros, mientras el insaciable latifundista trataba con otros jornaleros de arrear hacia el enorme corral a varias asustadas reses por las fuertes tronadas, una fortísima y relampagueante chispa le cayó encima, carbonizándolo completamente. El cuerpo quedó humeando. Los peones, presenciando a tan macabra imagen, se horrorizaron, asustándose muchísimo, y casi histéricos se dispersaron a todo correr por distintas direcciones, no retornando jamás al latifundio. Algunos se fueron lejos, a Macorís y El Soco. El ganado quedó a su antojo, pateando el negruzco cadáver, destrozándolo. Bastantes de esos excelentes animales se perdieron, no volviendo jamás a ser hallados, ya que varios hambrientos campesinos los devoraron, salaron con prontitud una buena cantidad de la carne, escondiéndola, dándoles las entrañas a  perros y cerdos. Los huesos los sepultaron hondamente, sembrando encima plantas de verdolaga y menta.  




    Determinadas partes del cuerpo del hacendado fueron devoradas por aves carroñeras. Entre lo poco que encontraron los familiares y amistades, armados de escopetas, lejos del incidente, fue su cráneo. Estaba irreconocible. Hasta los ojos les faltaban. Algunos de sus huesos, despedazados, se notaban ennegrecidos. Cuanto lograron conseguir del cadáver los echaron entre un saco de cabuya, partiendo hacia el pobladito más cercano. Esos restos fueron puestos entre el mejor féretro que lograron obtener, traído deprisa sobre una carreta desde otro pueblo más grande. Un médico amigo de la familia los fue colocando lo mejor que pudo, poniendo en el lugar correspondiente a la horripilante cabeza. Y cerraron el ataúd con la estricta orden de que no se lo abrieran a nadie. Ni siquiera se lo permitieron a los barbudos curas con hábitos marrones, quienes muy presurosos llegaron desde variados lugares, deseando cada cual echar entre el sarcófago, ‘para que su alma descansara en paz’, su respectiva ‘agua bendita’ que trajeron entre una botellita exótica de diversos colores. Tales sacerdotes vinieron deprisa porque los parientes del extinto deseaban un culto religioso muy superior, más que de  primera, sin importar su costo.                




    Durante toda la noche dobló muy lúgubre la solitaria y antigua campana de la parroquia pueblerina. A la mañana siguiente le hicieron una ceremonia religiosa por horas. Hablando en latín, los curas se turnaron para expresar nebulosas palabras a sudorosos presentes que con seguridad no entendían absolutamente nada. Un gentío apretujaba la diminuta vieja capilla. Varios jóvenes que acompañaban a otros que eran amigos de la familia enlutada, tuvieron la impresión de que el diminuto templo podía romperse por los cuatro costados, y con disimulo salieron a conocer el pobladito, bebiendo ron de un recipiente metálico, saludando a muchachas que tenían flores en sus cabellos. Empero, los sacerdotes se vieron en la obligación de limitar el rito, restringirlo, porque la esposa del Gobernador Provincial se desmayó a causa del intenso calor. Y cargada por unos hombres como añeja muñeca, la sacaron del recinto, colocándola debajo de un frondoso naranjo. Algunas de sus íntimas, aprovechando tan buena oportunidad, se quedaron a su lado, echándole fresco con grandes sombreros.  




    Durante el despacioso recorrido de aquel entierro, desde la parroquia al pequeño cementerio, la campana tocó lentamente, oyéndose claramente por el inmenso silencio que envolvía el contorno. El pesado sarcófago llevaba encima excesivas coronas de flores, cayendo varias sobre los escuálidos bomberos que lo cargaban en sus hombros. Delante marchaba un cúmulo de monaguillos, portando plateadas crucecitas. Detrás iban los curas lanzando hacia los lados abundante humo de un óptimo incienso, llenando las viviendas con su peculiar aroma. Una grandiosa multitud, con edades disímiles, bastante apretujada, anhelando la mayoría ser observados por autoridades y familiares del difunto, iba acompañándolo hasta donde sería sepultado. Y cuando llegaron allí, otra vez los religiosos se alternaron para despedirlo. Esos clérigos pronunciaron expresiones que tal vez ni ellos mismos entendieron, echando por diferentes partes su ‘agua bendita’, efectuando de manera constante la señal de la cruz. Todos esos curas ojeaban de reojo al Gobernador Provincial, un apreciado hombre de Trujillo, asimismo a los parientes del extinto. 




    Los concurrentes se hallaban empapados de sudor, ya que el entierro se perpetró bajo un ardiente sol, sin brisa, con un firmamento de azul profundo. Cuando el ataúd estuvo bien sepultado, sin que se viera ninguna flor y todos comenzaban a partir, fue que extrañamente un pájaro de tonalidad oscura, parecido a un “chinchilín”, graznando con firmeza, volando encima de esa sepultura, soltó un bultico de color pardo que casualmente cayó en la reciente cubierta tumba. Varios jóvenes corrieron a examinarlo, el médico entre éstos. Y ese galeno, contemplándolo con interés en sus manos, reparó sorprendido que cuanto el ave había dejado caer era nada menos el revestimiento que cubre el corazón humano. Y así lo informó, alarmando a quienes les oyeron. De inmediato se rumoró que esa ‘cosa’ pertenecía al terrateniente, y de que el pájaro había devorado lo que guardaba. Discutieron los familiares y cercanas amistades si pertenecía o no al exhumado. Y como no llegaron a ninguna conclusión, un hijo del extinto lo guardó entre una botellita llena de alcohol. Mas, apoyado con inmensa complacencia por las autoridades, los parientes del muerto dispusieron eliminar a escopetazos a esas aves que les agradaba devorar corazones humanos.           




    En la venidera mañana y porque el día estaba precioso, con el sol afuera, los primos salieron temprano a continuar llevándose las viandas del extraño huerto. Se encontraban algo resacados, especialmente el chofer, por las bebidas del lluvioso día anterior, pero deseaban aprovechar el tiempo, partiendo temprano hacia allá. Mientras el camioncito fue acercándose a la colina, ellos se iban sorprendiendo por cuanto advirtieron alejados, en esencial ese delgado humo que zigzagueante se elevaba hacia la atmósfera. Por eso, al aproximarse lo suficiente para subirla en reversa igual que en ocasiones anteriores, pararon el vehículo y desmontándose deprisa trotaron hacia arriba. La  fueron subiendo con prontitud, ansiando verificar lo que había pasado. Ambos exclamaban frases incoherentes.




    El hombre de la loma llegó mucho más rápido que su primo, conmoviéndose de manera exagerada por cuanto encontró. Un horrible grito de dolor pronunció, sus manos alzadas, advirtiéndose que sus ojos estaban llenos de lágrimas, notando que ni las tumbas las pudo advertir. Entonces llegó su pariente, entristeciéndose bastante por cuanto vio, aproximándose donde su adolorido familiar, confundiéndose en un gran abrazo de dolor. Más luego se pusieron a contemplar conmovidos que todo allí se hallaba destruido, con olor a quemado. La cumbre se encontraba vacía, no tenía nada. Todo se había esfumado. No pudieron imaginarse ni dónde podían estar las sepulturas Era como si una fuerza enérgica revolvió la cima entera, haciéndola irreconocible. Los allegados estaban muy sobrecogidos, esencialmente el sujeto que vivió allí. 




    Unos conocidos moradores se acercaron y les contaron cuanto habían presenciado. Esos labradores pudieron apreciar que el hombre de la loma estaba cambiado, no era el de antes, lo percibieron vigoroso y con carácter imperioso. Le vieron buscando los sepulcros con cierta desesperación. Todos le ayudaron en esa búsqueda, pero no pudieron encontrarlos. Y decidieron fabricar una cruz grande, con dos pedazos del chamuscado almendro. Y sin ponerle ningún nombre, la colocaron firme encima de la cumbre. Ese símbolo le daba a esa colina una lúgubre impresión. Con cierta pena el de la loma se despidió de esos aldeanos, pidiéndoles que se la cuidaran pues la misma representaba cuanto había amado grandemente en ese hermoso vallecito. Y esos lugareños, complacientes, se lo prometieron, haciéndolo así durante unos meses, hasta que el viento de una tormenta se la llevó lejos, por los aires, no atreviéndose a poner otra substituta a consecuencia de que los hijos del fallecido hacendado, tan perversos como su padre, les dijeron que por respeto a la religión, esa negra y fea cruz la dejaban ahí, pero que cuando se derrumbara por cualquier motivo, ya no les permitirían colocar otra en su lugar, tampoco por su cercanía. Y de esta forma esa colina fue vista por los pobladores del valle con respeto y superstición, quedando sin la señal de que entre la misma había diversas tumbas. Es por eso que comenzaron a llamarla “la loma de los muertos”. Y aunque lo sucedido al latifundista no se hallaba lejos, varias personas de por ahí lo desconocían, sucediendo que cuando los primos se iban despidiendo de los aldeanos, alguien llegó a caballo con esa noticia, diciéndoles que “un rayo lo achicharró como a un puerco”, y que ya estaba sepultado en el pueblito tal. Y los parientes, escuchando tan agradable suceso, se miraron sonrientes, abrazándose con gran alegría. Los demás pobladores efectuaron algo similar, celebrando la trágica muerte de ese individuo, sumamente aborrecido por los habitantes de aquella zona.




    Seguidamente, como por inexplicable encantamiento, ese ambiente se transformó en algo fabuloso, envolviendo a  los presentes en una coloración rosada. Numerosas aves, entre los que estaban los prestigiosos ruiseñores entonando su victorioso epinicio, volaban por diversas partes. Y esas personas, cohibidas, testigos de cuanto presenciaban sin comprenderlo, disfrutaron de un formidable instante de complacencia. Se maravillaron del inmenso cambio experimentado por la Naturaleza, algo que jamás habían observado. Momentos después fue retornando con lentitud el estado natural, al cual se hallaban acostumbrados. Poseían los rostros excesivamente alborozados. Nadie dijo una palabra de cuanto contemplaron. Realmente no lo entendieron. Y jamás lo harían en tanto existiesen.




    Dicen que un hechicero que vivía solo en una casucha entre un montecito, un real misántropo, les explicó a varios moradores que le rogaron salir para que les revelara cuanto advirtieron. A dura pena salió. Les escuchó con atención, sin perder ningún detalle. Y en un minuto les dijo que estuvieron un instante de fascinación ambiental, que lo sucedido era un regalo del medio-ambiente a sus emotividades, logrando estar un ratico en otra preciosa dimensión. De inmediato entró a su casucha, cerrando la puerta, dejándolos boquiabiertos, alejándose de la presencia humana. Y los labriegos, sin entender lo escuchado, se marcharon muy preocupados. De veras temían que algo lamentable les aconteciera. Por eso se encerraron en sus respectivas viviendas, durando días dentro de ellas, temerosos, antes de atreverse a salir. 




    Con anterioridad los parientes se alejaron de aquellos aldeanos con apretones de manos y emotivos abrazos, marchándose con lentitud en el vacío camioncito. Iban silenciosos, aún conmovidos por cuanto presenciaron sin comentar su posible causa. Los dos se encontraban entre la felicidad y la congoja. Por una parte se hallaban contentos por la trágica muerte del hacendado, pero también tristes por lo acontecido en la colina. Cierto, por varios kilómetros ambos no dialogaron. En ese lapso se lo pasaron ensimismados en hondas cavilaciones sinuosas. Entonces fue cuando el hombre de la loma, a lo lejos, advirtió a una persona que le pareció conocida. Y se puso a contemplarla con atención, deseando verificar si se trataba de quien pensaba. Y en tanto la máquina se le iba aproximando, él pudo divisarla mejor. En eso sintió una fuerte impresión porque en efecto era la parienta lejana de su mujer, la bondadosa doctora que de cuando en vez les visitaba en el bohío, examinándoles a todos, incluso a él, dejándoles diferentes remedios para que los usaran, esencialmente los ‘mata parásitos’. Sí, de modo perfecto distinguió a la Dra. Evangelina Rodríguez. La notó desolada, delgada. Estaba sentada tranquilamente encima de una enorme piedra. Claro que era ella, la salvajemente violada por aquellos cobardes guardias que asesinaron a sus muchachitos porque los vieron, recordando que jugaba con ellos por las noches bajando y subiendo la colina, sembrando juntos algo en el conuquito bajo la bella luz de una Luna llena, y por cuyos crímenes también  se enfermó y pereció su amada e inolvidable mujer.  




    --¡Diantre, cuánta falta me hacen!  --murmuró, y el camionero le interrogó acerca de lo que había susurrado, pero rápidamente le habló sobre otro asunto, volviendo de nuevo a contemplar a Evangelina. 




    En ese instante la lenta marcha del vehículo cruzaba por donde se encontraba sentada. El hombre le observó en sus cabellos unas cuantas flores silvestres de variados tonos, asimismo que estaba vestida con telas de sacos de pita o henequén, un tejido que pica una barbaridad. Apenado, meneó su cabeza. Memorizó que los católicos empleaban ese tipo de lienzo para cumplir alguna grave penitencia. Pensó que tal vez ella lo usaba debido a que no poseía otro, vistiéndose con ese atuendo para mirar a la poca gente que por allí cruzaba en variados transportes: máquinas, carretones, caballos, etc. Claro, él ansió tener algo para obsequiarle, ropa y comida, pero nada llevaba, igualmente su pariente. Entonces se prometió que las compraría y volvería para dárselas. Sí, era lo poco que podía hacer. Y tendría que efectuarlo sin que nadie le viera pues era peligroso, ella estaba bien ‘navajeada’ con el gobierno. Algunas personas le tenían un miedo tremendo, semejante al demonio. Es que de inmediato se lo informaban a los calieses si notaban que alguien la socorría, incluso  hasta con un pan viejo. Era un bárbaro castigo del régimen trujillista, algo completamente inhumano, el cual no lo entendía. Empero, consideró que debía ayudarla, era un deber suyo, su mujer y sus hijitos se lo agradecerían del más allá. Y se dijo que le compraría ropa decente para que se la pusiera. Recordó que ella era una fémina excelente, una buenísima médica que a tantas gentes de su región había atendido, curado, parteando a numerosas embarazadas, incluso a esos malditos que quebrantaron su integridad. Sí, no debería olvidar ni un momentito sus buenas atenciones con todos, incluyendo igualmente que era parienta de su imborrable concubina. Mas, eso sí, esa posible ayuda él no la comentaría con nadie, ni siquiera con su primo, era problemático. Y no tanto por éste, era un infeliz con excelentes sentimientos. Era por su mujer, vaya, con seguridad podría averiguarlo. Siempre está vigilando igual a un hurón. ¡Caramba, cuánto ron traga! Y  grita como una diabla cuando lo hace con el  primo. Hum, ¿sabrá lo del dinero que tenemos guardado en la casa, eh? No, creo que todavía no lo conoce. Mi pariente no es tan estúpido no. Si fuera un chisme o algo así, seguramente se lo podría contar para que riera la gordita esa, pero era cosa de cuarto, dinero, eh, con eso él no es tan pendejo no...        




    El hombre de la loma se hallaba viendo para atrás, hacia donde seguía la Dra. Rodríguez, sorprendiéndose cuando vio salir a un joven militar de entre los matorrales. Observó que aquél se quedó contemplando al camión alejándose. Seguidamente le pareció que ese sujeto se ocultó hasta que ellos cruzaran. Intuyó conocerlo. Y mirándole con más atención, hombre de perfecta visión, se afirmó que ese guardia se parecía a uno de su región. Entonces su corazón le dio un brinco. Sí, podía ser uno de los violadores de Evangelina y de los asesinos de sus hijitos, también culpables del fallecimiento de su concubina. De inmediato se llenó de ira. Y con rabia le exigió a su pariente detener la máquina. Éste, sin sorprenderse, creyendo que iría a orinar, fue parando el vehículo. Pero sin darle explicación, el camión aún en marcha, el hombre se lanzó a tierra, dando unas volteretas por el suelo, levantándose de un brinco. Corriendo se introdujo en el monte. De este modo, quizá pensó que así oculto y haciendo un rodeo, el soldado no le percataría como con certeza lo haría por el camino real.  




    El conductor, detenida ya la máquina, salió a la vía, quedándose observando a su allegado. Apenas pudo ojear su rápida silueta perdiéndose entre las matas de la floresta. Realmente no comprendía lo que su primo estaba efectuando. En eso reparó en un guardia uniformado de caqui, tirando del brazo de la anciana que había visto de reojo sentada sobre esa gran piedra a  la  vera  del camino, una pobre loca de la cual se afirmaba que era enemiga del ‘Jefe’, encontrándose bien ‘fichada’. Sin embargo, él ignoraba de quién se trataba. El conductor notó que la anciana señora trataba de zafarse de la mano del militar, pues tal vez no deseaba acompañarle, deseando permanecer en su asiento. El camionero caviló que con certeza aquel soldado trataba de llevársela hacia las altas hierbas con fines de hacerle allí el amor carnal. Y el chofer rió por eso, ejecutándolo con mayor ímpetu cuando lo distinguió ponerse desesperado, ya que la cargó y trató de conducirla hacia los matorrales, mientras reparaba que ella pataleaba, dándole con sus manos golpecitos en la cabeza del ardoroso joven, tumbándole el gorrito. Lo anterior lo pudo ver bien, sin mucha dificultad. 




    Fue  en ese momento, delante del militar, con la anciana sobre  sus  brazos, que se apareció el  hombre de la  loma. Tenía  en su  diestra un  férreo  callao  alargado, negruzco. Amenazante desafió al guardia, expresándole: “¡Oye, oye,  maldito criminal, suelta la doctora, suéltala ya!”




    Por breves segundos el soldado quedó sorprendido. La galena contemplaba al recién aparecido con muchísima atención. El guardia le atisbó de pies a cabeza, echando un vistazo al durísimo guijarro que poseía en la diestra en tanto mantenía cargada, suspendida en el aire, a la pobre e indefensa Dra. Rodríguez.




    --¡Coño, que la suelte ya, carajo! --le volvió a manifestar con mayor violencia, la pardusca piedra levantada, dispuesto a pegársela en pleno rostro. Los separaban  unos metros.




    El soldado sonrió. Conocía al sujeto desde su infancia, aunque lo percibió más vigoroso y con mayor disposición. Recordó que siempre se había comentado que era un enorme cobarde. Por eso, igual que un fardo sin valor, lanzó a un lado a la anciana, cayendo ésta encima de un matojo, partiendo ella deprisa de ahí. El guardia le dijo al hombre: “Ah, tú ere el jipato ese, el pai de lo carajito chimosito que se ahogaron, ¿verdá, eh?”. Y el hombre, enojado, le respondió: “No, que se ahogaron no, utede lo asesinaron, maldito”. Enseguida, ocultando el militar su irónica sonrisa, extrajo de su camisa un estuche o ‘baqueta’ con una larga bayoneta, sacándola, brillando el durísimo acero hasta los ojos del asombrado camionero.




    En ese instante el chofer se encontraba poseído por la firme decisión de marcharse pronto del sitio, evitando un formidable lío con un soldado del gobierno. Sin embargo, pensó que si lo hacía estaría abandonando a su primo, lo cual sería una terrible irresponsabilidad de su parte, algo que nunca podría olvidar, mucho menos perdonarse. Además, quedándose y ayudándole, conocería  la razón de haberse lanzado presuroso del vehículo para enfrentar a ese militar, un joven ansioso por tener sexo con la vieja demente. Entonces se fue aproximando lentamente hacia donde se hallaban, ya casi enfrentados, insultándose, moviendo ambos los brazos, sosteniendo con firmeza sus respectivas armas: el guardia con su poderosa bayoneta en su mano derecha y el estuche o ‘baqueta’ en la izquierda, el hombre de la loma, agachado, el férreo callao en su diestra. .




    El conductor, a varios metros de ambos, sintiendo que una fuerza extraña lo detenía, les miró combatir. Los dos eran rápidos. El soldado era mucho más joven y poseía su temible bayoneta. Empero, su pariente se movía como un felino, haciéndole fallar cada vez que intentaba clavársela, echándose ágilmente hacia un lado, toreándolo, cayendo el guardia  sobre el terreno. Advertía al militar levantarse indignado, arremetiendo con furia contra ese entrometido, enojado quizá porque vino a espantarle a la maniática con quien de vez en cuando sostenía obligadas relaciones sexuales entre el monte.




    Cierto, el inmóvil camionero escuchaba al soldado gritar: “¡Guárdame eto ahí, maldito jipato!” Y otra vez  notaba que le sucedía lo anterior, desplomándose encima de hierbas o de matitas espinosas, enojándose más. Observó que su primo iba penetrando en el paraje, alejándose del camino real. Entonces descubrió que ya él no estaba raramente detenido, que poseía movimientos. Y por eso los fue siguiendo, intentando sostenerlo por detrás para que su primo le propinara un durísimo golpe en la cabeza, en la misma sien. Admiró la enorme destreza demostrada por su familiar. Contempló al soldado que se iba fatigando, muy sudoroso, eminentemente enfurecido. Le escuchó exclamar expresiones bestiales contra su contrincante, asimismo términos muy vulgares contra la señora, a la que no veía por parte. Empero, la Dra. Rodríguez no estaba lejos, proseguía el pleito con satisfacción, ojeando desde unos pequeños arbustos, sonriendo mucho cuando el soldado se desplomaba.       




    El guardia estaba sumamente encolerizado. De igual modo el cansancio lo iba poniendo lento, notándose jadeante. Eso era en extremo peligroso. Y aconteció que al desmoronarse encima de unas matitas, tratando con cierta dificultad de levantarse, el hombre de la loma aprovechó para propinarle un fortísimo golpe por encima de la oreja. El soldado gritó“¡Ay mi mai, ay mi mai!” Mas, su contrincante continuó golpeándolo sucesivamente. Rabioso le voceaba: “Ete por mi pai, maldito; ete por María; ete por Robertico; ete por Manuelito”...




    El cráneo se lo destrozó. La sangre salpicaba el rostro del vencedor, también las hojas y tallos cercanos. En eso llegó el camionero junto a su pariente, sujetándole con bríos la mano con la cual magullaba la cabeza del guardia con el duro guijarro ensangrentado, no tolerando que continuara haciéndolo. Desde su escondite “Lilina” se encontraba contentísima, disfrutando grandemente de cuanto presenció, partiendo de inmediato carcajeando.                                    




    --¡Ya tá muerto, tá frito, muertecito tá, tranquilízate, tranquilízate! --le susurró el chofer varias veces casi al oído, calmándolo con golpecitos en los hombros, logrando que su primo dejara caer el guijarro tinto en sangre.         




    El hombre de la loma se hallaba un poquito sofocado. Sus ojos se notaban bastante rojizos. El conductor le cogió una inmensa admiración, esto a consecuencia de cuanto había visto. No comprendía de dónde su pariente, siempre tranquilo y evitando problemas, poseía esa intuición guerrera. Porque eso de batirse a muerte con un soldado joven, con larga bayoneta, entrenado, solamente con un callao, ridiculizándolo, matándolo, era algo grandioso de verdad. Y lo admirable era que lo hizo solo, sin su ayuda. Por tanto, volvió a interrogarse de dónde había obtenido esa preparación para enfrentarlo y eliminarlo. Era algo raro que no podía entender, sucediendo lo  mismo cuando trabajaban: su pariente no se cansaba, y él, algo más joven, debía detenerse a recuperar aliento. Cuando el hombre se aquietó, de forma profunda se contemplaron, como interrogándose: Bueno, y ahora qué hacemos eh? 




 




Este texto está registrado en la Oficina de Derecho de Autor como manda la Ley 65-’00. 

30/08/2010 09:26 Bernot Berry Martínez #. sin tema

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