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7mo. CAP. DE "UNA FLOR PARA EVANGELINA RODRIGUEZ"

 

                -VII-

 

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                 Novela-Histórica

 

Por Bernot Berry Martínez  (bloguero)

 

 La progenitora quedó apesadumbrada de cuanto sus hijos le informaron. No sabía qué hacer. Y cavilaba: ¿Iría al arroyuelo a investigar? Eso sería muy arriesgado. Si la observaban podría irle tan mal como a esa pobre mujer. Pero, ¿y si se trataba de ‘Lilina’, quien de vez en cuando se presentaba por la casa sin avisar, de manera imprevista, examinándolos a todos, incluyendo al marido cuando agotado llegaba cayendo la noche, conociendo cómo se hallaban, dejándoles alguna medicina si llevaba en su bulto, dándoles algunos consejos para mantener la salud? ¡Diantre, cuánto conversaba la cariñosa doctora! Bueno, entonces, por gratitud y porque eran allegadas, estaba moralmente impulsada a marchar hacia el afluente para averiguar. Claro, desde prudente distancia, tratando de no ser vista, vería si se trataba de la bondadosa ‘Lilina’, aquella hija de una distante prima de una tía abuela suya. 

Los vástagos quisieron acompañarla, pero ella se los impidió luego de dialogar un ratito con ambos. Rabiosos se quedaron en la casucha. La madre se dirigió hacia el diáfano manantial. Caminaba con precaución, lentamente, bajando la loma. Sentía un pavoroso miedo. Por eso le pidió a la ‘Virgen de la Altagracia’ que esos hombres no llegaran a contemplarla, que nada le pasara, y que la señora sometida a esa tremenda vejación de la violación no fuera su compasiva parienta. Y llegó a unos 30 metros del arroyo. Atisbó con cuidado, detrás de un guayacán, hacia el lugar donde tomaban sus hijos el agua. Quizá por su nerviosismo no pudo lograr escuchar nada. El sector se encontraba silencioso, aunque le pareció oír el ruido de un vehículo que comenzaba a partir. Inclinada, andando con mucha lentitud, provisoria, sosteniéndose de las matas, sintiendo el corazón en la boca, se aproximó más al riíto. Alcanzó ver que en la orilla se hallaban los dos recipientes dejados por sus hijos, también el palo con el cual los cargaban. Sin embargo, no advertía ni sentía cuanto fue a indagar. Entonces, ¿qué pasaba? ¿Acaso esa gente ya se había marchado o sus muchachos le hicieron una pesada broma para asustarla? Todo era posible. Cierto, quizá partieron o era una travesura de sus hijos. Y ansió que fuese esto último. Y por eso hasta tuvo intenciones de sonreír. Respiró con más tranquilidad. Sí, ojalá era verídico lo de la burla y nada le hubiera sucedido a la buenaza de ‘Lilina’, quien todavía no se perdonaba porque no había llegado a tiempo para atenderla en sus dos partos. Y llegó ella junto al manantial. Reparó que no había nadie. Sin atreverse a cruzarlo, miró por el contorno y del otro lado del arroyuelo, buscando una mujer en el suelo, también alguna prenda interior o ropa femenina. Pero nada de esto llegó a ver. Y de sus ojos salieron lágrimas de alegría. Pensó que su apreciada ‘Lilina’ se hallaba bien, que con certeza sus muchachos le hicieron una tremenda chanza. Seguramente en ese instante estaban riéndose, disfrutando tan tremenda travesura. Entonces, tomando una cubeta de cinc, la llenó de agua, la puso sobre su hombro derecho, y comenzó a subir el cerro, hacia su casa. Mientras ascendía con cierta facilidad a causa de la costumbre, alcanzó a contemplar un pequeño camión desplazándose, doblando detrás de una ancha colina. Pero al mismo no le dio importancia. Ni siquiera pensó en la posibilidad de que entre aquel oscuro aparato, suspirando adolorida y de pudor, cubierta con su rota vestimenta, temblando como asustada avecilla, conducían hacia Macorís, a la temible ‘Fortaleza-Cárcel “Pedro Santana”, a su querida prima ‘Lilina’. La verdad es que jamás se enteraría que del otro lado del riachuelo, a pocos metros del mismo, debajo de un matojo de yerbas, estaba el ropaje interior de la Dra. Rodríguez, indumentaria que con cierta regularidad sería vista por cautelosos cazadores de gallinas de guinea, ‘las pintadas’, quedando allí hasta que el tiempo la confundió con el rojizo terreno.  

Cuando la madre llegó al bohío, los jovencitos se pusieron muy contentos. De inmediato comenzaron a preguntarles sobre lo que había indagado. Sin embargo, ella, bajando el cubo, echando el agua en otro más grande, les dijo con seriedad que fueran a buscar más, que la necesitaba con urgencia para lavar y cocinar. Empero, los muchachos protestaron, no deseaban ir, allí se hallaban esos guardias abusadores de la pobre vieja, tan parecida a la doctora aquella, a la parienta lejana. Y esas palabras hicieron que la madre se enojara. No le agradó que siguieran mintiéndole, burlándose. Por eso les propinó un par de bofetadas a cada uno, diciéndoles: “Allá no hay ná, no hay ná. Dejen de hablá embute, eso e’ malo, e’ malo”. Y los mandó rabiosa a procurar el importante líquido, aconsejándoles regresar pronto, que no se pusieran a bañarse como habitualmente realizaban, de lo contrario les daría una buena pela, pues la necesitaba para sancochar los plátanos verdes del almuerzo.                                       

Arrastrando la cubeta, los hermanitos se fueron sin entender la razón por la cual su mamá no encontró lo que observaron con tanta claridad. Algo estaba mal. Debían de averiguarlo con suma discreción, desde lejos, agazapados. Sí, talvez ella fue por otro parte. Eh, ¿pero qué estaban diciendo? No, esa posibilidad era incorrecta, no podía ser, su madre trajo uno de los recipientes que ellos dejaron junto al arroyuelo. ¿Y entonces, eh? Bueno, lo cierto era que estuvo en ese sitio, llevando agua en la cubeta que arrastraban. Sí, era la misma, no la había cambiado. Y su mamá se encontraba muy enojada. Sí, quizá creyó que la relajaron con el asunto de la vieja parienta. Pero no, ambos vieron a esos tipos abusando de la anciana, una bien parecida a la doctora con olor a flor de limón, la que siempre jugueteaba con sus cabellos cuando llegaba, igualmente al partir.

Cierto era esto, Evangelina les saludaba con afectos pasando por ahí, brindándoles esa tierna sonrisa suya, sincera, la misma que utilizaba desde niña cuando vendía aquellos apreciados dulces por las calles del Macorís Caribeño.               

Los hermanitos se hallaban extremadamente nerviosos al aproximarse al arroyo, atisbando los lados, buscando a los militares. Pero no les vieron. Y trataron de escuchar los profundos y tristísimos gemidos de la señora. Nada percibieron. Por el paraje solamente oyeron cantos de aves y el originado por el riachuelo corriendo. Y se afirmaron, contemplándose silenciosos, los ojos muy abiertos, que algo raro se encontraba pasando. Y ellos, no entendiéndolo, pensando en la madre, en sus bofetadas, en la posible pela, en los sabrosos plátanos verdes sancochados, el hambre que tenían, llenaron con prontitud los cubos del vital elemento. Entonces, atravesando el fuerte palo por las agarraderas, los colocaron sobre sus hombros, poniéndose el más grande detrás, comenzaron a subir despacio, andando lentamente para evitar botar menos agua. Cuando llegaron a la vivienda notaron que la madre los esperaba, sus brazos cruzados sobre el pecho, viéndoles con enorme seriedad. Temieron que les pidiera retornar a buscar más. Empero, la madre no los mandó. Bueno, irían por la tarde. Ahora era descansar, comer, tratar de no hablar de cuanto realmente fueron testigos allá abajo, algo que no era mentira, lo contemplaron perfectamente, no tenían porqué decirle a su progenitora, tan buena con ellos, cosa tan espantosa, ni hablarle esa horrible falsedad, metiendo en la misma a esa señora de amable sonrisa, de suaves dedos y siempre con el agradable olor a flor del limonero.

Lo cierto fue que aunque esos hermanitos temían conversar con sus padres acerca de lo acontecido en el riachuelo, lo propagaron con otros jovencitos que iban a buscarla, bañándose en el mismo lugar. Lo narraban, principalmente el de mayor edad, en forma detallada, sin esconder nada, ni siquiera los guardias que lo hicieron, comentando igualmente de la anciana. Y esos muchachos, quienes vivían en dispersas casuchas con conuquitos, hijos de peones --algunos laboraban para el rico hacendado--, se lo notificaban a sus familiares, propagándose el rumor de que la médica había sido violada por unos militares de esa región. Y decían hasta sus nombres.

Las señoras mayores de esa zona, quienes respetaban y admiraban a la Dra. Rodríguez, se persignaron varias veces al percatarse de tan infausta noticia, rezando por la caritativa doctora, anciana ya, sin hijos ni marido. Es que ellas la conocieron bien, esencialmente cuando más tuvieron que necesitarla, ayudándolas con sus dolencias, embarazos y sus infantes, primordialmente al cruzar por ese vallecito para llegar con mayor prontitud a Pedro Sánchez, donde estaban los refugiados españoles.                 

El comentario del estupro a Evangelina Rodríguez llegó a los parientes de quienes lo hicieron. Y sus padres se avergonzaron de esos hijos. Por toda la región se sabía que la médica había sido la amorosa partera de esos jóvenes, quienes fueron sus verdugos violadores. Y sus progenitores, furiosos, con sus miradas irradiando esa honorabilidad que poseen nuestros laboriosos labriegos, echaron de las casuchas a sus hijos tan pronto se aparecieron a visitarles con botellas de ron y llenos de picardía. A ellos les pidieron que jamás volviesen a entrar en tales honestos hogares, explicándoles la causa, la vergonzosa y cruel tragedia. Y ellos, riendo de manera hipócrita, trataron de defenderse con engañosas falsedades, no  valiéndoles de nada. De los respectivos bohíos en donde nacieron, crecieron y se hicieron hombres vigorosos --sus madres llorosas, abatidas, sin mirarles--, los tres tuvieron que salir, dejar esas casuchas con tantos recuerdos. Y partieron con una pesadumbre que les quemaba sus entrañas. Se dirigieron al riachuelo. Ahí siguieron bebiendo ron, recordando (se reían de eso), cuanto le hicieron a Evangelina. Después se lanzaron desnudos a las aguas, jugueteando como cuando eran jovencitos...          

El bien rememorado amigo, don Juan Niemen Castle, sindicalista  y  periodista, decente y culto, hombre de bien aunque no fue perfecto, colaborador cercano de Mauricio Báez, torturado por la tiranía, con horribles cicatrices en su cuerpo, me confirmó que en “Méjico” investigaron a numerosos dirigentes que participaron en las huelgas de los ingenios azucareros.

Este  sincero señor era pausado en el hablar. Aunque no le gustaba recordar tan desagradable historia, conmigo no tenía secretos. En una ocasión en que conversábamos en su hogar sobre esos paros, me aseguró que Trujillo no creía en nadie, hallándose al tanto de cuanto acontecía en Macorís, pueblo que odiaba en demasía, dirigiendo con frecuencia él mismo los interrogatorios. Me comunicó que en la denominada fortaleza, desnudos, colgaban como a cerdos a quienes indagaban, dándoles palizas con tablas, palos, chuchos y ‘güebos de toros’.

--Era algo espeluznante. Te dejaban guindando por horas, interrogándote a cualquier hora del día o de la noche, y hasta de madrugada. Te descolgaban para darte un jarrito de agua. Un par de veces te ofrecían un poquito de harina de maíz sin sal, teniendo que comértela rápido, con las manos, la boca adolorida, sangrante, o se la llevaban riendo para echársela a unos puercos. Eso sí, les agradaba propinar un certero golpe con un palito en los testículos, mirándote lleno de risa --me dijo con tristeza, volteando el rostro para que no advirtiera sus ojos lagrimeando. Le pregunté acerca de las féminas, si las llevaban a ese lugar. Me confesó que pocas mujeres, exceptuando algunas de alto valor cultural y patriótico, se metían en ese tiempo a eso (la política), pero aunque no pudo verla le notificaron que allí llevaron a la doctora Evangelina Rodríguez.

--La pobre, tan inteligente y buena. Me contaron que la cargaron apaleada, destruida, y que por unos días le hicieron de todo, tratando de averiguar si tuvo que ver con las huelgas. Me informaron que el propio Trujillo le dio bofetadas, voceándole ‘perra comunista’. Pero yo no vi eso. Estábamos separados. Y fue mejor, ya que todos les teníamos una inmensa consideración. Ella, por las desilusiones recibidas, repleta de frustraciones, había ido perdiendo la razón. Me enteraron que por su amistad con los refugiados españoles, fue torturada más fuerte que a nosotros. Es que Trujillo la odiaba muchísimo. No quiero ni suponerme cuanto le habrán hecho esos malvados. Pero creo que fue algo tremendo. Esa gran mujer pudo llegar muy lejos. En aquel entonces, entre nosotros, corría el rumor de que los Republicanos ibéricos la estaban preparando para que ella cogiera el mando del país”. 

 

--Hum, perdóneme don Juan, pero  tengo entendido que a ella la soltaron, que no la hicieron desaparecer como a muchos otros. 

--Sí, eso fue cierto. Aseguran que luego de ser horriblemente martirizada por días, esos bandidos la abandonaron desnuda por un campo de Hato Mayor. Pero hay que tener en cuenta que el régimen de Trujillo no era bruto. Se encontraba bien asesorado por excelentes licenciados. Evangelina fue gran educadora y acreditada médica. Era conocida por todo el país, igualmente en el extranjero. La dictadura sabía todo eso, como además que había efectuado varias especialidades en Francia, conservando muy buenas relaciones con diversas universidades del mundo. Daba conferencias, escribiendo en revistas y periódicos locales y nacionales, igualmente en extranjeros, encantándole enseñar, utilizando hasta la radio para educar. Por tanto, esos malditos no podían hacerla desaparecer con mucha facilidad no. Ella no era una simple política. Vendrían averiguaciones del extranjero, algo que a Trujillo no le gustaba ni un poquito. Él se cuidaba de esas cosas. Y tal vez por eso, aconsejado por ciertos galenos de que ya estaba muy mal de la mente, que no hablaba y ni siquiera ya se quejaba con las torturas, decidieron lanzarla por ese campo de Hato Mayor, haciéndole creer a la gente que nunca estuvo detenida en ‘Méjico’, tampoco en parte, mucho menos horriblemente lacerada. Así de cínica y cobarde fue la tiranía trujillista, la más sanguinaria y espantosa que ha tenido Latinoamérica.            

--Le decían la señorita doctora. ¿Qué sabe acerca de eso, don Juan? 

--Te diré que Trujillo era un maniático, lo peor que le ha pasado a esta Nación. Odiaba a las mujeres vírgenes. Afirmaba con orgullo que en los pueblos donde existían ‘jamonas’ era porque no había un macho como él, y que en Macorís existían demasiadas, principalmente maestras. Esto te lo dice todo. Sus sinvergüenzas le hicieron cuanto quisieron por órdenes suyas, violando sus  derechos.            

--Don Juan, he notado que las autoridades no la recuerdan como se merece. ¿Por qué será, eh? 

--Eso es muy fácil. Aunque Evangelina fue de clase pobrísima, una higüeyana-macorisana, no es tanto por ese motivo. Es que fue una socialista con altos principios revolucionarios. Era una Patriota ejemplar. Nunca se vendió a esos mercaderes politiqueros, no obstante le ofrecieron hasta ser directora de hospitales. Tampoco era dogmática religiosa. Pienso que algún día vendrá un gobierno decente, uno del pueblo y no de grupitos de ladrones, que pondrá sus restos en el Panteón de los Inmortales, dándole la importancia merecida. Mientras tanto, amigo, debemos aguardar que llegue tan hermoso momento, sin jamás olvidarla, teniéndola siempre presente entre nosotros...

                 

 

21/03/2015 17:58 Bernot Berry Martínez #. sin tema

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