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'UNA FLOR PARA EVANGELINA RODRIGUEZ' (¿1879?-1947)

                  Capítulo  IX

            (Novela-Histórica)

 Bernot Berry Martínez          (bloguero)

    En poco tiempo ese conuco creció una barbaridad. Fue arropando totalmente la colina. Hasta el solitario hombre de la loma se asombró, porque para llegar a su casucha tenía que abrirse paso, echando hacia los lados a largos tallos y hojas. Con un machete debió de cortar la enredadera de auyama que penetraba al bohío. Pero en los siguientes días volvían a entrar, subiendo al techo, envolviéndola. Grandes y raros calabacines rojizos se distinguían por diversas partes. El jornalero se iba intranquilizando. Un intenso pánico se le fue apoderando. Y era que durmiendo poco, trabajando muchísimo, alimentándose mal, lo estaban aniquilando. Se le veía muy escuálido. Sus compañeros de trabajo murmuraban que las brujas de la colina se lo hallaban chupando, que pronto habría otra cruz blanca en el cerro porque con seguridad ya se encontraba tísico, y se le alejaban.      

    En eso fue que al hombre le sucedió, más o menos a las siete de la noche, llegando deprimido del trabajo, en extremo fatigado, acostándose a descansar, que sintió un fuerte remezón de la cama. Pensó que era un temblor de tierra. Al momento percibió que la cabaña entera se movía, haciéndolo como si estuviera sacudida por violento viento. Percibió que la casucha sollozaba como animal lesionado. Y ahora sí que se espantó bastante. Vislumbró que eso no se trataba de ningún sismo, sino de una pavorosa energía anormal zarandeando la vivienda. Y lleno de pavor se tiró del lecho, hincándose en el suelo llorando con sus brazos abiertos. Suplicó que le ayudaran con esa anhelante aspiración suya, consumidora de su existencia, a que le dieran un real poder para vengar a sus familiares. Y al ratico, liberando abundantes lágrimas, el humilde hombre sintió que esa morada de viejas maderas, de piso de tierra, con un solo cuarto, dejó de gemir, rodeándola una calma pavorosa. Y fue entonces, unos minutos después, que una potentísima fuerza alzó al sujeto un par de metros, quedando flotando unos instantes, cayendo luego bruscamente al piso, sintiendo que una enorme frialdad se le introdujo hondamente, hasta los tuétanos, sintiéndose robustecido, asimismo un grandioso rejuvenecimiento, comprobándolo al realizar un alto salto felino con el cual casi alcanza el techo de canas. En eso, apretando con firmeza sus puños, expulsando enorme cantidad de lágrimas, voceó fortísimo, posiblemente escuchándose en toda  la comarca: “¡CARAJO, LOS ASESINOS ME LA TENDRAN QUE PAGAR!”    

    Acto seguido salió corriendo rápidamente, bajando el pequeño cerro como un demente, tomando el camino real. Y durante horas, sin detenerse, continuó trotando con mucha prontitud, alejándose cada vez más de esa zona. Se le notaba extraño. Poseía los ojos desmedidos. No se detuvo mientras devoraba kilómetros sin cansarse, haciéndolo por horas. Vino a pararse cerca del poblado de Hato Mayor, cuando los destellos de la aurora comenzaban a lisonjearlo. Al hacerlo, se admiró de su enorme vitalidad, pues había  recorrido un largo trayecto. Parecía un nuevo individuo, pero excesivamente vivificado. No se explicaba la razón por la cual había efectuado tan colosal correría. Tampoco se sentía fatigado ni tenía sueño. Se consideraba con tanta fortaleza que podía continuar trotando hacia Macorís. No obstante, presintió que en esta población (Hato Mayor) tenía algo importante por hacer. Empero, ¿qué podía realizar en un pueblo donde poseía solamente un excelente primo, no viéndolo desde un largo tiempo? Entonces, lleno de vigor y valor, sin pensarlo demasiado, decidido fue a saludarle.  

    Allí, en el hogar de su madrugador pariente, propietario de un camioncito, le halló bebiendo café. El otro se  sorprendió mucho viéndolo llegar. Y se abrazaron con efusividad. El camionero le preguntaba si había pasado algo en la familia, temiendo ser  informado sobre pésimas noticias. El otro no le respondió, en tanto se dieron palmadas en las espaldas, admirándose el chofer de lo vigoroso que notaba a su primo, antes tan escuálido y debilucho. Entre risas, contento de verle, le ofreció una buena taza de café recién colado, de pilón. Y mientras el hombre de la loma ingería la oscurísima solución, conversaron acerca de distintos asuntos, incluyendo de cuanto les pasó a sus hijos y su concubina. El primo, un sujeto bonachón, ignorante de tales acontecimientos, se entristeció bastante, lamentándose no conocerlo, de que no se lo hubiera notificado para de inmediato acudir allá, ayudándole en tan terrible tragedia. Eran allegados muy cercanos. Se manejaban bien. El hombre le pidió excusas por no hacérselo saber, pero le enteró que estaba como loco, muy intranquilo. En ese instante se apareció la concubina del conductor, una gordita con simpática sonrisa, al escucharlo conversando, deseando averiguar con quién lo hacía tan temprano. Al ver que era el primo de su marido, aunque no se llevaba bien (aseguraba que era una ‘mojiganga’ de macho), ella le saludó con afectos. De soslayo, como examinan la mayoría de las mujeres a los varones, ella le observó cambiado, notándole decidido y vigoroso, especial para pasar un buen rato en un tibio lecho. Y casi sonreída por cuanto pensó, atisbó a una tranquila salamandra en lo alto de la pared de madera, y se acordó de cuanto siempre le aconsejaba su madre: “A esos animalitos no se les mata. Comen bichitos. Además, traen buena suerte a la casa”. Sonriendo con sus pensamientos, echó café entre un jarrito del preparado por su concubino, y mientras lo bebía caviló en la razón de la visita de ese pariente de su compañero. Al rato se puso a preparar un desayuno con víveres y salchichón, enterándose con prontitud de las aflicciones por las cuales había pasado el recién llegado, apenándose por no conocerlo a tiempo. 

    Al hombre de la loma le llegó una idea,  considerándola buena, magnífica. A solas le habló al primo de su  productivo y misterioso conuco. Le mencionó que podrían llenar su camioncito con variados víveres y venderlos en Hato Mayor y otros pueblos, haciendo buen dinero. Sí, podían ofrecerlos más barato, realizar competencia. Pero el pariente llegó a creer que su primo no se hallaba bien, quizás estaba afectado por cuanto le había sucedido. Mas, meditando un poco, se dijo qué carajo, no tenía nada que perder y lo complacería, además, podía tener algo de realidad, pues este mundo está lleno de casos extrañísimos. Y decidieron partir de inmediato hacia la extraña loma, sin contarle nada a la mujer. ‘Claro, la peor diligencia es la que nunca se hace’, pensó el camionero, refrán predilecto de su padre, señor de gran valor, nacionalista, muerto batallando contra los gringos por El Seibo, perdiendo su familia el valioso terrenito como igual les aconteció a muchos otros labradores durante aquel abuso propiciado por los interventores, mejor conocido como ‘El Desalojo’. Bueno, el chofer caviló que primero indagaría sobre el asunto del conuco, si todo era cierto y no una invención de su primo, volviendo a reflexionar en la posibilidad de que tal vez no andaba bien de la cabeza. Empero, afirmándose que lo principal era algo para vender, tratar de conseguir un poco de plata, ya que la necesitaba con cierta urgencia pues su fémina se la estaba exigiendo con frecuencia. Eso sí, su pariente le pidió que llevaran pico y pala, además machete, de este modo trabajarían mejor. Entonces, podría ser verdad lo del huerto. Y mientras se dirigían hacia esa región en donde supuestamente se encontraba el rarísimo conuco, el chofer iba pensativo, ansiando que todo fuera una brillante realidad. El hombre le apuraba, pidiéndole que le diera una mayor velocidad, no obstante al conductor no le agradaba  abusar del motor, lo cuidaba en extremo.

    Cuando llegaron a la colina, asombrado el camionero por cuanto veía, fue subiendo la máquina lo más que pudo, dando reversa. Realmente no podía creer en la abundancia de las viandas contempladas. Cierto, su primo no le había mentido. Era  todo una inmensa verdad. Y le dio un manotazo sobre el hombro, felicitándolo por no hablarle dislates, sintiéndose contento por todo, incluso porque tampoco estaba mal de la mente. En eso, el de la loma se dirigió a su vivienda con gran velocidad, y abriéndose paso entre los muchos ramajes entró en la misma, trayendo unas vestiduras y su machete. Esa ropa, un  pantalón y dos  camisas, las  puso detrás  del asiento delantero, quedándose con el instrumento.   .

    Al conductor no le importaba la extrañeza de tan inmensa producción. Cuanto le interesaba era efectuar un buen negocio, conseguir dinero pronto, sin problemas. Y por eso no le dio importancia averiguando el motivo de tan elevada fertilidad del conuco. Y llenaron el vehículo de variados víveres y frutos, todos de excelente calidad. Una buena carga la llevaron para Hato Mayor. Allí la vendieron con prontitud a un comprador de amplia sonrisa, muy preguntón. Y retornaron a buscar más. Pero esta vez la llevarían hacia Macorís, durmiendo el hombre de la loma en casa de su allegado. Comieron pan con café, dejando a la mujer durmiendo. Temprano partieron hacia la mencionada ciudad. Llegaron al ‘Mercado Municipal’, el cual en ese tiempo se encontraba entre la calle Duarte con la actual General Cabral. Con prontitud se aparecieron unos ávidos comerciantes. Indagaron lo que había entre el vehículo y compraron el flete completo, deprisa, antes que llegaran otros con un precio mayor. Les encantaron los productos que vieron, extrañándose que todos poseían un sutil tono rojizo. Por latas compraron las grandes almendras escarlatas, afirmando quienes las ingirieron que eran sabrosísimas y muy dulces. Los primos ganaron buen dinero, repartiéndolo en partes iguales luego de cubrir los gastos del camión. Comieron y descansaron un rato. Un mecánico revisó el motor, atendiendo el combustible, aceite, agua, neumáticos, pagando entre ambos el costo. Los dos sabían, esencialmente el camionero, que sin la máquina se hallaban perdidos. Y se fueron a buscar más viandas para el próximo día, pasando otra noche el hombre de la loma en Hato Mayor, en casa del pariente. Y nuevamente volvieron al extraño huerto, atiborrando otro flete con distintos alimentos. Retornaron a Macorís porque en este pueblo vendían las viandas a mejor precio. También porque nadie indagaba sobre su procedencia. Los compradores se embelesaban con los cuantiosos víveres frescos, muy baratos, grandes. Sin embargo, cuanto no entendían era que casi todos poseían una tonalidad rojiza.

    En poco tiempo vendieron cuanto llevaron, dirigiéndose a una fonda cercana, de chinos, comiendo en abundancia. Bebieron unas cuantas cervezas americanas. Empero, ninguno conversó acerca del misterioso conuco. ¿Para qué? Les iba bien, conseguían buena plata, no debían de preocuparse. Reposaron un rato antes de emprender viaje. Al vehículo lo volvió a cuidar el anterior mecánico. Poco después se encontraban recorriendo carretera, rumbo a Hato Mayor, donde volvieron a pasar la noche. El dinero, bien contado, lo dejaban escondido en la vivienda, sin decírselo a la fémina, la cual se iba poniendo curiosa con tantos viajes. Eso sí, ellos comían alimentos del pueblo, comprados por la mujer, nunca de los que se llevaban del fantástico huerto, algo que nunca entendió la concubina, pero sin darle importancia.     

    Así fueron cargando gran parte de cuanto el mismo engendraba. ¿Cuántos recorridos habían efectuados? Jamás ninguno los contó, llevó la cuenta, pero eran numerosos. Empero, por cuantiosas viandas que acarreaban, el conuco engendraba una cantidad similar. Ninguno entendía cuanto acontecía. Ambos no sembraban ni lo limpiaban. Cuanto realizaban era transportar la producción y venderla. Por tanto, contemplaban aquello como algo fabuloso, realmente profundo, muy lejos de sus limitadas mentalidades. Y si bien el chofer se puso un poco temeroso, se aguantaba porque era una oportunidad excelente que la vida le brindaba, debiendo aprovecharla al máximo. El huerto les dejaba buen dinero. Igualmente los labriegos de la comarca conocían bien al hombre de la loma, y muchos no les ponían caso a cuanto ejecutaban. Es más, la generalidad de ellos se encontraban deseosos de que todo aquello desapareciera, pues lo miraban con ojeriza. Sin embargo, igualmente había unos peones que contemplaban a los primos con envidia, comentándolo entre ellos, llegando ese rumor al peligroso latifundista, quien sin darle gran valor caviló esperar un par de semanas para investigarlo personalmente.     

    Los allegados se estaban cansando de recorrer el mismo trayecto, de venderles casi siempre a esos clientes, quienes compraban lotes variados, ofreciéndolos luego al detalle, ganando bastante más que ellos. Y decidieron cambiar de ruta, dirigirse a la capital. Allá, antes de alcanzar la ribera del Río Ozama, negociaron con un individuo gordo, sudoroso, de tez amarillenta, el flete completo, cuanto cargaba  el camión. El tipo lo pagó caro, el doble que en Macorís, después de chequearlo con un jovenzuelo, pidiéndoles que le trajeran más. Y los parientes partieron contentísimos. En tanto retornaban al Este, cada cual ingería ron de su propia botella.

    Como ya se contó, la mujer del camionero se hallaba indagadora, no entendiendo las numerosas partidas que su marido hacía con su pariente, llevando esas cargas. Ansiaba que se lo contara. Y caviló que debía encontrarse ganando buen dinero o no estaría trabajando tanto, acostándose tarde, levantándose más tempranito que de costumbre. Sí, le conocía bien. De seguro estaba metido en algún asunto bien raro. Mas, ¿en qué podía ser, ah? Y todo se lo había ocultado a ella, prácticamente la dueña del vehículo heredado de su padre. Sin embargo, de algo no se quejaba, le dejaba bastante dinero para la comida, sacando para pagar esas rifas clandestinas del uno al cien, comprarse una botella de licor con el cual soportar su tremendo aburrimiento. Bueno, pensó que sólo debía de vigilarlo con bastante disimulo. Se encontraba consciente que lo averiguaría. De cuanto se hallaba tranquila, inequívoca, es que no existía otra mujer compitiendo en su contra. Lo sabía de sobra. Su macho era tipo de poca monta, no levantaba fácilmente, si bien cuando lo alzaba cada diez días y realizaban sexo, la ponía a gozar en demasía, chillando fuerte, experimentando que viajaba por espacios siderales. Cierto, con regularidad se decía que vivía para disfrutar esos inigualables momentos. Los colindantes del concubinato, en la inmensa tranquilidad de aquel tiempo, se enteraban de esa bestial sexualidad a consecuencia de la chillería de la mujer. Enseguida se afirmaban que tendrían una mala noche. Esto lo conocían por experiencia, pues con sobrada certeza la pareja duraba horas en esa inusual acción amorosa. Anteriormente esos vecinos les lanzaban piedras al tejado de cinc, ansiando que acabaran para continuar descansando. ¡Pero qué va! Se afirmaba que cuando el enorme falo del chofer se levantaba, no valían pedruscos haciendo ruidos encima del techado que se lo tumbara, doblara, achicara, arrugara. Los jóvenes del poblado bromeaban que era medio curvo, como espada musulmana, y que para orinar debía de sostenerlo con ambas manos, así dizque varios lo habían visto haciéndolo junto a un árbol. El gran deleite de la concubina consistía en galopar sobre su marido, dándole fuertes nalgadas. Sus gritos llegaban hasta la iglesia, haciendo intranquilizar al ‘cura’ párroco, un español bajetón y calvo, amargado, de unos treinta años. Cuentan que una madrugada, hastiado de la chillería de la fémina, tocó algunas campanadas, como forma de amonestarlos. Pero esos campanazos a esa hora produjeron que muchos moradores se aproximaran deprisa a la iglesia, creyendo que se trataba de un urgente llamado, de algún incendio. Mas, tuvo aquel sacerdote que valerse de extrañas explicaciones para que se alejaran: “No hay ningún fuego. Son ratas en el campanario, ratas que las hacen sonar”, les dijo. Y entre risas, las doncellas tapándose las bocas, retornaron al calor de sus hogares, porque en esencia conocían cuanto sucedía. Empero, esos campanazos no valían para detener ese tremendo sexo del concubinato, prosiguiendo con su acto libidinoso. Fue entonces (me dijo un hombre que se lo contó un anciano de aquel poblado), que el religioso se dirigió hacia la casa, tratando de hacer un exorcizo con ‘agua bendita’, echándola sobre la morada, cual modo de espantar a los demonios que la dominaban con sus caprichos lujuriosos. Pero no aconteció cuanto aguardaba, continuando los dos en su insólita acción sexual. Y como el fraile ejecutó una tremenda ridiculez con los colindantes residentes que con gran interés atisbaban desde sus ventanas, no volvió a pretenderlo. Lleno de vergüenza, cabizbajo, sintiendo empequeñecerse mientras caminaba hacia el templo, allí se sentó en un asiento de madera. Desde ahí escuchaba los deleitosos gritos de la mujer, dominando el tranquilo ambiente. Los mismos se le introducían entre sus sentidos. Se percibía en extremo inquieto. Acaeció que –me contó que el viejo le indicó--, que similar a otras ocasiones, algo con lo cual luchaba tenazmente porque se le estaba haciendo una vergonzosa costumbre, se despojó de su vestimenta sacerdotal, y completamente desnudo, comenzó a masturbarse igual a un chimpancé. El monje se complacía meditando en Inés, la orgullosa joven profesora de preciosos ojos castaños, de quien se encontraba secretamente enamorado. Después, alcanzando el orgasmo, realizaba un susurro rechinante (”huíiii”..., dizque chirriaba), poniéndose de inmediato a pedir perdón, arrodillado, dándose golpecitos en el pecho, las lágrimas serpenteando por su pálido rostro, delante del ‘Cristo de Palo’ pegado en la pared. Esto lo afirmaba el sacristán a determinadas personas pudientes de la comunidad, las cuales le daban ron con el propósito de que los pusiera a reír, informándoles sobre los chismes que averiguaba o inventaba, ingiriendo largos tragos gratuitamente. Luego, como con regularidad suele acontecer, esos personajes se los contaban a sus amigos en festejos efectuados en Macorís, El Seibo, La Romana,...   

    Las  personas  que  vivían  próximo  a  la vivienda de la pareja,  llegaron  a  familiarizarse  con  aquella  placentera gritería, y se quedaban conversando, fumando ‘pachuché’ hecho de andullo, ingiriendo café o jengibre, oyéndola deleitada, aguardando ansiosos que se originara el intenso rugido del conductor, muy parecido al de un potente toro, escuchándose en el todo el poblado, dándoles a conocer que finalizó el espectacular apareamiento. Afirmaban que su éxtasis poseía la equivalencia al de varios normales. Entonces llegaba la tan aguardada tranquilidad ambiental.  “Se podían oír hasta las  pisadas de los muertos en pena”, me confirmó el individuo que le afirmó el viejo amigo.

    Ahora  bien, como esa extraña relación sexual lo hacían de vez  en cuando, más o menos cada diez u once días, los moradores de ese pueblo terminaron por familiarizarse. La realidad era, y lo sabía bien la fémina del conductor, llenándose de orgullo, que bastantes hembras del pueblo, hasta comadres suyas, ansiaban tener ese tremendo sexo con su marido. Con cierta frecuencia se lo confesaban. Hasta le ofrecían regalos, pidiéndoselo prestado, algo no raro entre incondicionales amigas. Empero, la concubina, muy confiada, les aconsejaba que se lo insinuaran para ver qué hacía, que ella nada diría. Sin embargo, el camionero era fiel a su mujer, como ella también. No obstante, con la única que él lo hizo, exigido durante días por su concubina cada vez con más insistencia, fue con la señorita Inés, la maestra del poblado, hermosa, quien nunca había sentido el calor de un hombre encima de su cuerpo virgen, apeteciendo intensamente hacerlo para no olvidarlo, llegar a la vejez con tan hermoso recuerdo. Mas, deseaba consumarlo únicamente con el chofer, gozarlo con él solamente. Y por eso debió el conductor, para que su fémina lo dejara tranquilo, acudir una noche donde vivía sola la profesora, no lejos de su vivienda. Él no vio a nadie por los alrededores. Estaba previamente acordado que la maestra dejaría una ventana abierta con su cortina. Diez días tenía el camionero que no lo hacía. Se hallaba perfecto para el acto. Por entre la cortinita ingresó la cabeza. La habitación estaba ligeramente alumbrada por una tenue luz de lámpara de queroseno. Atisbó a la profesora tendida en su cama, arropada hasta el cuello, aguardándolo, haciéndole señas con el índice para que se acercara. Y así lo formalizó, cerrando la ventana y la  cortinillita, olfateando un agradable aroma a incienso combinado con el de un sutil perfume. Intuyó que todo se hallaba preparado para  la acción carnal. El hombre se desnudó totalmente, como lo efectuaba en su vivienda. La profesora, extasiada, no le quitaba la vista del famoso falo, tal vez cavilando que su intenso deseo pronto se haría una fabulosa realidad. Con sumo cuidado se acostó a su lado, sintiéndola temblar como atemorizada pajarilla. No hablaron una palabra. Ambos sabían a qué él había ido. Y comenzó dándole un beso en cada párpado, repitiéndolos para que jamás le olvidara. Continuó por las orejas y mejillas, propinándole uno muy prolongado en los labios, haciendo que la maestra le obsequiara una encantadora sonrisa que le hizo sonrosar, sonrojo que él nunca olvidaría a través de los años. Prosiguió acariciándole con sus manos los diminutos y duros senos, dándole a cada pezón una experimentada caricia labial, haciéndola suspirar, agitando el cuerpo. La sábana se la fue quitando muy despacio, echándola al suelo, quedando completamente desnuda, mirándola moverse como encantada serpiente. Poseía la piel como de seda. Y se quedó embelesado por la grandiosa preciosidad que tenía a su vera. Por eso, con   ardor se manifestó: “¡Dios mío, qué hembraza!”. Estaba muy limpia, olía a flores, sabrosa para una extensa relación  sexual. Y le propinó un besuqueo en el ombligo, suspirando ella, ejecutando que abriera brazos y piernas, entregándosele totalmente. Le besó un rato el tesoro de la vida, haciendo que ella lagrimeara de satisfacción. Entonces recordó que era virgen, debía de tratarla con mucho cuidado, no quería lastimarla, sería vergonzoso y doloroso. Y el camionero lo fue llevando despacioso, soportándolo gozosa, silbando de placer, admirándose de que lo aguantara, hasta que los 34 centímetros de su falo, medido  jactanciosamente  por su concubina con una cinta métrica de sastre, estaban totalmente entre el canal vaginal de la profesora. 

 

NOTA: Esta obra se encuentra registrada en la Oficina de Derecho de autor, ONDA, como manda la Ley 65-’00.

24/08/2010 09:28 Bernot Berry Martínez #. sin tema

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